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Pedro Sorela

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16 abuelos vascos

Por: Pedro Sorela Miércoles 29 Mayo 1996. En Cuentos, Viaje

En: Cuentos invisibles. Alfaguara 2003

16 abuelos vascos

Foto: Ángel Colina. El Mundo

Al señor a mi izquierda se le comenzó a escuchar de pronto un suave borboteo que no debía molestar, pero molestaba. Un como zumbido que en un dormitorio crecería en la noche hasta convertirse en el mugido de un búfalo. Y aunque no estábamos en un dormitorio sino en el magnífico comedor de mi amiga Edurne, con despejados ventanales frente a la ría y el puente Colgante, imagen de Bilbao y hasta de toda su comarca, con una tibia luna meciéndose en el agua y un millón de lucecitas admirándonos desde enfrente, la molestia terminó por interponerse entre mi paladar y el jugoso salmón preparado por Edurne, que me produjo una agriera antes de tiempo. Fascinado con la interferencia, ya un zumbido, no creo que siquiera me diese cuenta. El salmón pasó sin gloria por mí, como un salmón desconocido.

Claro que, igual que ocurre con los soldados desconocidos a los que luego se hacen monumentos y se promete “Nunca más”, se veía venir. ¿Acaso todos mis compañeros de viaje no se levantaron como un solo hombre, igual que siempre, cuando el avión aún no se había detenido? Parecía que así querían darle prisa al avión en su lento rodar hacia la parada de taxis. ¿Y acaso todos esos enchaquetados de azul no sacaron móviles nada más bajar para, con una sola mano, avisarles a sus mujeres igual que se hace en los aeropuertos de Barcelona o Sevilla? Yastoyaquícariño, llegarénmediahora (aviso que conjura sorpresas y posibles infartos). Nada bueno podía salir de un ritual tan sobado.

Edurne había preparado una ensalada de berros, espinacas y canónigos hermanados por un fragante limón americano, unas patatas llenas de cositas desconocidas y deliciosas y, además del salmón que podía andar medio crudo igual que una ninfa medio desnuda, un vino blanco primo de la ninfa, chispeante y alegre. Precisamente lo había traído el señor de mi diagonal izquierda, que para cuando llegamos a la mesa ya había contado unos cuantos polvorientos chistes sobre bilbainos y donostiarras (donostiarras son los de San Sebastián, la ciudad vecina), y eso que nada más llegar yo, Edurne había dicho:

- Por favor, no iremos a contar chistes de bilbainos y donostiarras, ¿verdad?

Le di las gracias en silencio. Es cierto que en su día conocí creo que bien los chistes de bilbainos y donostiarras, pero esa noche me parecía que había sido en otra vida, aunque en un tiempo, estoy seguro, en que ya los señores de chaqueta azul se levantaban antes de que el avión se detuviera para empujarlo hasta la parada de taxis. Entonces, esto es cierto, no había teléfonos móviles y por eso morían infartados muchos más chaquetas azules a los pocos minutos de llegar a sus casas.

Pero no hubo forma: El señor situado a mi izquierda -llamémosle Joserra- insistía en contar chistes. Contó el del bilbaino que en un bar de San Sebastián le pregunta a otro: “¿Les decimos que somos de Bilbao?”, y el otro le contesta: “No: que se jodan”. Y en el mismo impulso contó lo de que piden agua de Bilbao, y el camarero de San Sebastián no entiende, y entonces le dicen: "¡Champán, hombre, champán!". E inevitablemente otro invitado contó que cuando llega la hora y preguntan cuánto se debe, el camarero les responde: "Nada: aquí el agua de Bilbao es gratis".

Todo el mundo rió en cada uno de los chistes, como en una especie de puntuación de fiesta, pero no con el entusiasmo de la primera vez, sino con la costumbre de la tercera, o cuarta, o vete a saber. En cuanto a mí, una risita cortés me provocó un regüeldo que en esta ocasión me sabía a espinacas.

Y es que de algún modo intuía que iba a pasar todo esto: ¿Acaso al llegar al hotel no había comprobado que en la RAI seguía el mismo programa que ya había visto hacía dos semanas en Tel Aviv? El conserje me había entregado mi llave después de yo decirle la misma frase que digo en todos los hoteles (un día voy a decir otra, a ver qué pasa), y con el botones recité el diálogo que tengo con sus colegas y le di la misma propina.

Es cierto que con el taxista había intentado hablar de otra cosa, pero tan pronto me salí del tiempo, el tráfico y el fútbol, me miró de lado por el espejo y se calló.

En el programa de la RAI entrevistaban a una muchacha colombiana (conozco bien el acento) sólo, o eso parecía, porque quería ser italiana. Comprobé la tendencia a la mañana siguiente casi por casualidad, como suele suceder con las grandes revelaciones de la ciencia[1]: en el desayuno me senté cerca de tres mujeres guapas que, pese a su uniforme de ejecutivas (lo de las chaquetas azules pero en mujer), no podían disimular su condición de latinas, en este caso italianas. De pronto sonó un teléfono móvil y una de esas mujeres que parecía que iban a reventar el uniforme se levantó y apartó un poco y, como si no quisiera que la escucharan, habló en español. Un español suave, latinoamericano. Habló poco, en voz baja, y luego se dio la vuelta y saludó en italiano cordial a una recién llegada que la había llamado Isabella. (Pero yo ya había visto que bajo su disfraz se llamaba Isabel).

Para la noche habría olvidado el incidente de no ser porque en cierto momento me pareció ver que el hombre de mi izquierda, Joserra, había dejado entrever algo raro bajo la manga de su elegante terno azul marino de bilbaino invitado a cenar.

Mientras se enfriaba la cena, la conversación se había calentado. Ya no saboreábamos el salmón, ni el vino, ni veíamos la luna ni las lucecitas, y cada uno se escuchaba a sí mismo y veía a los demás lejos y les oía como en voz baja. Y todo porque si los bilbainos son más chulos que los donostiarras, o si los donostiarras más señoritos, y si el club de fútbol de Bilbao está sólo formado por muchachos del país con pureza de sangre acreditada, y así con todo el guión hasta que Joserra sacó aquello de que él no tenía los 16 apellidos de los vascos puros, dieciséis abuelos puestos uno detrás de otro, pero podía garantizar que no tenía sangre árabe ni judía, y decía: “Lo cual no es mejor ni peor, simplemente ES”.

Me invadió, como supongo que a todos, una oleada de compasión: no tener sangre árabe ni judía en España no es sólo muy difícil sino que, según enseñan los casos conocidos, puede derivar en graves minusvalías. No otra cosa, ese riesgo de peligro, es lo que había estado palpando yo en el aire desde mi llegada.

Y en efecto: Joserra dijo lo de “...simplemente ES”, y subrayó ES con golpes de los nudillos de la derecha en la mesa de un modo que hacía mucho no veía: desde que, en un tiempo que yo creía otra época histórica, pero no, las mujeres se lavaban el pelo con vinagre y las maletas iban amarradas con cuerdas. Y al dar con los nudillos en la mesa se le vio una cosa rara que contrastaba con el traje azul marino pero sobre todo con el reloj Hermit-Gaulois de medio millón como mínimo de los que en una cena anterior nos había estado hablando Ollana, la chica que en una diagonal más cerrada se sentaba entre Joserra y yo: justo a mi izquierda. Ollana trabaja en una relojería para millonarios que parece no un comercio sino una película. Manteniendo los obsequiosos modales necesarios a su trabajo, y tal vez por ver cómo trataban a un reloj de su marca preferida que para ella era como el actor del que estaba enamorada en secreto, Ollana se removía un poco inquieta, igual que una yegua que ha sospechado algo tras un matorral pero todavía no está segura.

Y aunque ellas no lo sepan, las yeguas no se equivocan nunca: creo que excitado por mi compasión ante su carencia de sangre judeo-árabe, Joserra golpeó varias veces con los nudillos el inmaculado mantel de lino de Edurne (de la madre de Edurne), sin darse cuenta no sólo de que estaba derramando el vino sino de que eso raro que llevaba bajo la manga se le asomaba un poco más en cada nudillazo.

Lo que al principio parecía una verruga luego creció hasta convertirse en costra, una costra con pelos que se podían contar y que no parecían surgir de la costra sino atravesarla. Empezaba justo antes del reloj Hermit-Gaulois. Aunque frenado por el puño de la camisa, abotonado con un diamante en forma de pelota de golf (lo que ayudó mucho al contraste), un nudillazo hizo saltar el gemelo y se vio que la costra era una gran mancha que se perdía en la manga del traje azul.

Hipnotizados por la conversión de la verruga en costra y luego en mancha, el salto del gemelo me desensimismó y noté que algo me tocaba la rodilla. Era algo palpitante y cálido, y sólo cuando metí la mano bajo el mantel de Edurne (un vasto mantel de lino con servilletas tan bien planchadas que parecían de cartón), sólo cuando metí la mano me di cuenta de que era la rodilla de Ollana que, como una yegua con querencia de establo, había ido a encajarse en el ángulo de la mía. Puede que se hubiera ido a refugiar allí huyendo de lo que había intuido en el arbusto. Eso no impidió que mi mano se quedase, olvidada ya del brazo con la mancha, e incluso remontara un poco por el muslo, impulsada por el tacto de la media contra la carne tibia: esa combinación, sobre todo en la parte interior, inocente y blanca del muslo, produce algo indetenible.

Lo detuvo sin embargo la visión de algo en el ojo de Joserra, a quienes ambos seguíamos mirando sin ponerle atención. Una cosa roja que le nacía en el lagrimal nos hizo al fin escucharle (quizá estaba explicando lo que le ocurría) y sólo entonces nos dimos cuenta de que, mientras seguía golpeando con los nudillos contra la mesa en una especie de puntuación contundente, la interferencia, el zumbido del comienzo se había puesto fatal y ya apenas se entendía lo que quería decir. Bueno, no es que cuando lo de los 16 apellidos y lo de la sangre judeoárabe fuese muy claro, por culpa de un verbo escupido y de los golpecitos violentos contra la mesa, pero es que ahora una especie de estertor le oscurecía mucho las palabras.

Que pronto, a medida que se le rompían los gemelos, los botones y hasta las costuras del traje, se convirtieron claramente en una especie de gruñido, de gemido, de rugido, una especie de rugrugeñido que no nos sonaba de nada y esa fue nuestra perdición: no habíamos terminado el postre cuando este sujeto que seguiremos llamando Joserra para entendernos se nos comió.

A mí me guardó para el final, supongo que para hacerme pagar lo de mi compasión ante su falta de sangre mestiza. Y no puedo contar los detalles, más que por pudor, porque no hubo detalles: de pronto estábamos sentados en la mesa de Edurne, con la luna murmurando en la ría y un millón de ventanitas mirándonos desde enfrente, y de pronto ya estábamos en esta caverna oscura y muy húmeda y resbalosa en la que escribo mi testimonio, por si alguien termina por leerlo, aunque no sé cómo, y sirve de algo.

Él duerme: le oímos y hasta lo sentimos en las paredes.

Ollana se aprieta contra mí, y también Edurne (no sé si por efecto de la respiración), pero yo qué puedo hacer. No puedo hacer nada.



[1] La manzana de Newton, la bañera de Arquímedes, la ventana de Gayán de Gádor, etc...

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