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Pedro Sorela

Puta en la tormenta

Por: Pedro Sorela Sábado 06 Enero 1996. En Cuentos

Puta en la tormenta

Sé que es difícil de creer pero con el ¡Tchann!… ¡Tchann!… que abre la Sinfonía Heroica de Beethoven lo he visto al fin todo claro, como si un relámpago se hubiese quedado, iluminándolo todo..

… El problema es que lo ha hecho con veinte años de retraso.

No creo que otra obertura -algo alegre de Mozart, o triste, de Chopin- hubiesen podido situarme como La Heroica en mitad de Berlín, de aquel día, y de una tormenta como la de la La Pastoral, que se acerca y amenaza redoblando, rompe con los timbales y bate las alas y se aleja entre trompas y violines.

Y una tormenta, esa de Beethoven, de perturbador parecido a la que me atrapó a mí cuando caminaba por Unter den Linden (el Paseo bajo los tilos), concentrado y casi levitando por la idea de que andaba, si no por el inexistente centro del mundo, al menos por uno de ellos… Un centro que se había quedado vacío, me temo, lo que confirmó la intuición de que los dioses habían vaciado la tierra, como en una ópera de Wagner, con el exclusivo fin de mostrarme a mi Lohengrin como una diosa depositada por la tormenta en lo alto de un acantilado, en el centro de la ciudad renaciendo con la lluvia.

Yo había llegado a Berlín, entonces todavía Berlín Este, sobre las diez de la mañana, a tiempo para ver al Pueblo congregado en Alexanderplatz, una plaza en la que cabría una ciudad y que sin duda había sido pensada para celebrar grandes victorias. Y así era, ahí estaban miles de berlineses más bien serios festejando a su patrón, El Trabajo, el más importante del santoral comunista, en lo que entonces parecía una religión irrebatible y eterna y en una de sus mejores catedrales. Juegos gimnásticos, desfiles, banderas ondeando al viento con un sentido del espectáculo de masas como no por casualidad ya sólo sabían conseguir los comunistas, y luego niños, olor a salchichas y unos cuantos juegos, pocos, hasta que a las dos y media de la tarde, tres, quizá, la ciudad se vaciaba con la rapidez de un desagüe y en todo el centro de Berlín no quedábamos más que los tilos, un viento cargado de presagios, y yo. En serio: nunca me han abandonado con mayor y más contundente rapidez.

Pero no me sentí ofendido, al contrario: ahí es nada, de pronto y como en un regalo extraordinario, la posibilidad de sentirte señor y único superviviente de una ciudad con 700 años de historia -a escribir sobre su cumpleaños me había enviado un periódico-, que más de una vez ha sido el centro del mundo. Un centro vacío, ya digo, salvo por mí, que lo recorría con el paso grave de quien camina por la Historia.

No era domingo pero Berlín Este tenía el aspecto de uno de los domingos más intensos que yo hubiese visto, y los recuerdo a todos: ese aire universal de final de fútbol, de desastre nuclear después de la nube radiactiva, de epidemia de televisión y de tedio de día de fiesta. De alguna taberna dos hombres sacaron a rastras a un borracho medio muerto, un perro pasó buscando por el suelo el rastro de su dueño y dos o tres Trabant -el coche del pueblo- se dejaron oír con su petardeo de electrodoméstico en lo que pareció un modesto fuego de artificio para subrayar el silencio en que quedó sumida la ciudad.

… Sólo durante el tiempo que emplea el público en terminar de ocupar sus asientos y se calla, el director levanta los brazos, uno de ellos con un palito y… ¡Tchann!…¡Tchann!: ahí estaba la lluvia llegando entre trompetas y timbales, una formidable tormenta de primavera alemana como en un cuadro de Caspar David Friedrich o en la vida de Von Kleist, con relámpagos y truenos que lo mínimo que sugieren es la existencia de Dios. Refugiado bajo el alero de uno de los grandes mausoleos que bordean Unter den Linden -uno de ellos, incluso, con soldados inmóviles custodiando una llama eterna-, me pregunté si los alemanes habían huido de la tormenta o era que a partir de cierta hora ya no les daban de comer.

Siempre andaba uno preguntándose esas cosas, si visitaba un país comunista. Aunque los periódicos daban por terminada la guerra fría, y los políticos se abrazaban en la televisión, lo cierto es que no sabíamos gran cosa de los comunistas, salvo que eran cultos, grandes deportistas y músicos, y el bombardeo de la publicidad -calumnia, que algo queda- nos había dejado con la vaga sospecha de si no serían en realidad distintos, y en qué. De modo que uno iba a un país comunista y miraba con disimulo a la señora que volvía de la compra para ver si en el fondo de los ojos le asomaba el estalinismo. Y a veces le asomaba, en efecto, pero la experiencia terminaba por enseñar que eso que le asomaba no era más que la desconfianza que también se alcanza a ver en los ojillos entrecerrados de Dijon, Manchester o Pamplona ante todo extraño que se atreva a salirse de los telediarios y aparecer en la calle.

De todas formas no había muchos ojos que ver, en Berlín, bajo esa tormenta de primavera que parecía la de Noé: habría jurado que en el mundo no quedábamos más que los dos soldados que se hacían de piedra ante la llama eterna, los relámpagos y truenos, y yo, disfrutando como si a mi edad descubriese la existencia de Beethoven. Los demás se habían ido. Quizá no era un espectáculo para todos los públicos. Cuando la manta de agua se hizo más delgada pude ver que otro Trabant pasaba por delante de mí, y cuando volvió a pasar noté -la cortina de agua era ya una sábana- que lo conducía una rubia, y que me miraba con más sonrisa que ojos. "O sea que no estamos solos", me dije algo reconfortado en el desastre nuclear del día de fiesta; pensaba en los soldados y en mí. "Nos acompaña una puta".

Detuvo el coche, se bajó y vino en mi dirección. Aún llovía un poco, y eso - la prisa hasta el alero intentado protegerse con un bolso minúsculo, las risas- le sirvieron como presentación: la lluvia une mucho a quienes buscan refugio de la lluvia, en Berlín como en Bogotá y como en Londres (no, en Londres no hay refugios para la lluvia).

- Hola, dijo, y a partir de aquí empieza la gran falsificación de este cuento porque para reproducir los idiomas y acentos de Karina (se llamaba Karina, según iba a saber de inmediato) se necesitaría una orquesta y con traductores entre los instrumentos.

Le respondí con amabilidad: por razones que no se le escaparán a nadie, una puta no era el nativo idóneo para averiguar si los comunistas eran en verdad distintos, pero en la tarde del diluvio no me iba a poner exigente.

Karina me sonrió con camaradería.

- ¿Italiani?… ¿greco?… ¿français?… ¿spagnolo?, comenzó, como comienzan todas las mujeres que en el mundo se ven obligadas a tomar la iniciativa.

No era una mujer, en realidad, sino una muchacha, como también a menudo sucede con las putas, y sonreía con franqueza. Tenía un vestido demasiado aireado para Berlín (como había demostrado la tormenta), usaba zapatos de tacón alto que parecían de otra, no tanto como sucede con la niña que se pone los de su madre, pero casi, y con sus labios se podía sospechar que estaban retocados, como un coche, para el amor. Aún así, bajo el vestido veraniego dos tallas más pequeño su cuerpo parecía tan firme y ausente de malicia como sus ojos. Aunque en muchos lugares hay putas niñas, lo último que tarda en envejecerles es la mirada.

Tras preguntarme de dónde era, siguió el diálogo previsto de cuándo había llegado, si me gustaba Berlín y qué mala suerte con la lluvia, y como el repertorio se iba terminando, hice yo también alguna pregunta.

- Soy música, me dijo, y tras un ligero desconcierto pensé que sí, por qué no, se podía ver así: música.

- Violinista cómica, precisó con seguridad en su idioma accidentado.

No era exactamente eso, terminé por averiguar (la conversación real era mucho más larga y oscura), sino violinista de la Komische Oper de Berlín, una conocida orquesta, y precisamente se tenía que ir a una clase particular pero le encantaría volverme a ver. Todo eso no lo dijo en una sola tirada, pero sí en un único impulso.

Ya no llovía, los truenos sonaban como lejanos cañones en las afueras de la ciudad e, igual que en La Pastoral, con la paz de la tarde regresaban los pájaros y también los Trabant, el coche del pueblo.

Como si realmente tuviese mucha prisa -quién sabe: un cliente de hora fija, quizá-, insistió tanto en verme otra vez que no pude negarme a aceptar una cita para después de su clase o lo que fuese, y en un hotel en Unter den Linden imposible de no encontrar. Comprendo que no debía haber aceptado, pues no pensaba acostarme con ella -aún no lo necesito, y además tenía que estar en Berlín Oeste a las ocho de la noche-, pero no sé, me dio pena: igual que con los payasos o las floristas, hay algo conmovedor en las putas.

Mientras llegaba la hora de ir al hotel descubrí que puede haber algo aún más desolado que una ciudad vaciada por un domingo: un domingo por la tarde en la ciudad ya no desierta, cuando la gente, atraída por el fin de la lluvia y un remedo de sol, saca su tedio a pasear. Entonces, sorteando algún que otro borracho más que compañeros llevaban a rastras aprovechando la tregua del agua, salían los mismos berlineses que por la mañana habían desafiado a los elementos -mandíbula enérgica y mirada hacia el tejado de los edificios, al otro lado de Alexanderplatz-, pero ahora por la tarde, guardada ya la Historia en el armario hasta el próximo domingo, volvían a cobrar importancia sus ropas diseñadas para recordarles su rango y reforzar su humildad, se podía ver el tedio en los ojos de los matrimonios mientras empujaban carritos con niños, y la resignación de los mayores, y la rabia de los jóvenes que paseaban como convalecientes porque no había otra cosa que hacer.

Karina me esperaba en la barra del hotel, con los ojos encendidos aunque con un matiz distinto. No había pedido nada.

- No puedo, no me dejan, me dijo, y nunca supe si se refería a la consumición en el bar o a la persecución general e implacable a la que estaba siendo sometida por la Stasi, la policía política de Alemania del Este, sus compañeros de la Komische Oper, sus vecinos, los transeúntes, el carnicero que ni siquiera le respetaba su turno en la cola y en general cualquier alemán que no tuviese ya el alma en otra parte, como ella.

Algo había cambiado. Ya no era la sonrisa con ojos que me había estado buscando en el final de la lluvia sino una joven alemana igual a tantas (a los del Sur los rubios tienden a parecernos tan iguales como nosotros a ellos), sólo que con una ventanita trágica en los ojos. Muy atractiva, por otra parte. Lástima que fuese puta.

Pero insistía en no serlo. Me hablaba de ópera y de violines, y yo sentía el mismo rubor que cuando alguien, por lo general un oficinista, pretende descender de reyes o por lo menos generales. Intenté cambiar de conversación y llevarla a mi terreno, al fin de cuentas por eso en buena parte estaba en Berlín Este: para saber si eran distintos.

Y lo eran. Por lo menos Karina. Porque supo adaptarse con rapidez a la nueva conversación y pronto, con la naturalidad con que cantaron de nuevo los pájaros tras la tormenta, empezó a exhibir un talento que no era precisamente el de puta. De hecho se portaba con un poco de torpeza en la barra del bar: se sentaba sin astucia, no sabía resaltar el valor de sus piernas de atleta y se le había olvidado renovar el colorete de sus labios, que aparecían ahora pálidos e inocentes con dos ligeros paréntesis de niña en los extremos.

Karina se reveló como una especie de antropóloga con poderes mágicos: Pasaba un extranjero por la calle, ella le ponía encima un ojo rapaz, y sin transición decía: "Italia, Milán". O "Francia. No París". Al principio no era muy impresionante, pues cualquiera puede distinguir a un francés de un inglés, sobre todo si es mujer, pero uno comprendía que no estaba tratando con un aficionado cuando Karina podía distinguir a un belga de un suizo y de un alemán, y sin oírles hablar, siendo así que belgas, suizos y alemanes son como primos hermanos dobles.

Buena profesional, Karina percibió que su habilidad me impresionaba más que sus piernas, y como una niña, cayó en la tentación de exhibirse. Y a la vista de que aún no había demasiados extranjeros paseando por la tarde berlinesa, decidió sacarle a sus ejemplares el mejor partido: Ya no era sólo un milanés, sino -todo esto en un idioma mestizo de varios- un milanés con un sueldo medio-alto que le permitía comprar a finales de mes zapatos caros pero no los más caros posible.

Todos los magos tienen truco -eso es lo que les distingue de los brujos, un oficio mucho más fácil-, y ese era el de Karina: dotada para la observación, una cualidad vital en su oficio, la chica ejercía su talento sobre la base de otro don no menos impresionante, el de guardar en su cabeza un archivo fotográfico completo del paraíso consumista de Occidente. Karina sabía quién fabricaba qué, dónde, y a qué precio, y cuánto ganaba la gente en los diferentes trabajos y países para poder comprarlo. Desde el otro lado del Muro, y gracias a la televisión y a las crónicas de los viajeros, podría haber sido una inspectora de Hacienda de cualquier país europeo sin pasar ningún examen, y detectar a los evasores de impuestos, no por sus yates y coches de lujo, sino por los zapatos.

Karina miraba con insistencia la pluma que asomaba por el bolsillo de mi camisa. Era desechable pero eso aún debía de ser una curiosidad en Berlín Este, de modo que se la regalé; al menos así la indemnizaba un poco por su tiempo. Y aunque me la agradeció con una cortesía un poco de otra época, noté que daba vueltas sin saber cómo preguntarme cuánto costaba.

- Lo mismo que una entrada de cine, le informé, y con toda claridad observé que ese dato le hacía algo en los ojos, como si fuesen las ventanitas de una máquina registradora, y en el paso por no sé qué alambiques de su cerebro le daba informaciones sobre mí que yo no podía ni sospechar. No sentí miedo porque ya no tenía tiempo.

- Me tengo que ir -le dije-, tengo entrada para un concierto. Como con un niño a quien se le dice que es hora de bañarse y dormir, vi la decepción pasando por sus ojos. "Un concierto en la Filarmónica", me justifiqué, pues hasta los niños saben que uno no puede perderse un concierto de la Filarmónica de Berlín, y menos en Berlín. Yo había comprado mi entrada por teléfono desde hacía un mes, y desde entonces me cuidaba hasta de las corrientes de aire.

Karina se empeñó en llevarme en su Trabant hasta la puerta de entrada del metro que me llevaría a Berlín Oeste, y durante el viaje conservó y hasta aumentó su amabilidad, pese a que ya no tenía cliente. Pensé que los dentistas, arquitectos, alcaldes y otros oficios en apariencia más respetables tienen menos corazón que las putas, al menos las de Berlín.

Jamás se me habría ocurrido que me costaría despedirme de una de ellas, pero así fue. Erika dejó escapar dos lágrimas, me dijo que hubiese dado mucho por acudir conmigo a ese concierto -Eugen Jochum, nada menos, dirigiendo La Heroica-, y con gesto algo trágico de telenovela me dijo que tal vez, algún día, en un mundo mejor…

- Tal vez, acepté, le di un beso en la mejilla y me metí en la estación y en mi tren con un pensamiento no por obvio menos extraño y angustioso, cuando uno se enfrenta a él, y era que Karina no me podía seguir, una humilde puta, que no podía venir a un concierto al otro lado de la ciudad, y que intentarlo a la fuerza le podía costar incluso la vida. Desde el primer momento -desde el primer momento del día, incluso-, supe que asistir a esa experiencia en persona y desde primera fila dejaría huella en mi vida.

Una semana después recibí una postal llena de pasión que por su aspecto acartonado parecía haber sido enviada diez años antes, y a los pocos días, una llamada telefónica de Karina a la que respondí con cordialidad pero sin alentar nada imposible. Luego archivé el episodio en mi memoria, que es perezosa y olvida con facilidad, y confié en que ella también lo hiciera.

Hasta hace un rato, veinte años después, cuando escuché de nuevo el ¡Tchann…! ¡Tchann…!, de la Heroica de Beethoven, y la reconocí de pronto, justo a la izquierda del director, como primer violín: Erika, rubia como muchas alemanas pero conservando en los ojos el reflejo trágico que, me pareció, le daba a su música la tonalidad exacta, inconfundible.

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