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Pedro Sorela

Ladra di cani

Por: Pedro Sorela Domingo 13 Marzo 1983. En Cuentos

Llueve. Llueve sobre las afueras de Roma y Annalisa escarba la cerca confiando en llegar hasta Panda antes de que alborote. Llueve. Annalisa se aparta el pelo de la cara con el reverso de la mano y se pinta de barro. No le importa, ni lo piensa, está pendiente de cavar lo suficiente para poder pasar. Llueve, llueve sobre Roma. «Tranquila, Panda, tranquila», musita de cuando en cuando. Y cava con las manos.

En la casa la fiesta continúa, más sosegada. Las voces han ido bajando el volumen, aún se oye alguna carcajada, suena un bolero. Deben de estar bailando, piensa Annalisa, y se imagina dos o tres parejas dispersas por los sofás, dos o tres parejas bailando en el amplio salón, todos pensando en lo mismo. Ha reconocido los coches de Paola, Giancarlo y Alberto en el porche de la entrada, además de otros dos, y se imagina las chicas que han llevado maniquíes intercambiables, azafatas de revista, infelices. Varias se quedarán a pasar la noche.

El foso es ya casi suficiente y Panda, que siente la cercanía, gime con más fuerza. «Tranquila, Panda, tranquila», musita Annalisa, y araña la tierra, ya no piensa en quitarse el pelo que se le pega a la cara. La tierra arenosa se escurre por el agua, a cada rato tiene que empujarla más atrás.

Atrapada en el esfuerzo, Annalisa no ha oído la llegada de otro coche

Que al entrar en la finca la ilumina y paraliza como un conejo. Sus negros ojos brillan deslumbrados por los faros. Cree que la han cazado. No se dejará, decide, no dejará que la aparten de Panda, se la llevará consigo pase lo que pase. Pero el coche sigue lentamente hasta el porche de los coches, se detiene, apaga las luces, el motor, y un hombre y una mujer bajan y corren riendo bajo la lluvia hasta la puerta. Se abre ésta, deja ver un instante de la fiesta a media luz, voces, se vuelve a cerrar. Annalisa siente el frío que le ha calado el chaquetón y le llega a la piel, se mira por entre el barro varias uñas rotas. «¡Mierda!», masculla. Sigue cavando.

De pronto comprende que ya puede pasar. Y si ella puede, también podrá Panda. Con cuidado para no provocar más corrimientos, Annalisa se acuesta sobre la tierra y se desliza poco a poco por debajo de la cerca, hasta encontrarse al otro lado. Panda, que algo ha comprendido, gime, gime con más fuerza. «Tranquila, tranquila», dice ella mientras corre hacia la caseta, abre la puerta y con rapidez calla a Panda, que ha llegado a soltar dos ladridos. Con la perra sujeta a su pecho, Annalisa escucha. Oye el rumor lejano de la fiesta, y los latidos de su corazón y el de la perra, que le lame la cara y la mano con la que intenta sujetarle el morro. La tranquiliza, le habla, le susurra «tranquila, tranquila». Le mira el vendaje de la pata delantera. Está sucio y viejo. Annalisa jura de nuevo, aunque esta vez en silencio. La lluvia repica con estruendo en el techo de uralita.

Decide no perder más tiempo. Coge una manta del nicho en que duerme Panda, la levanta con esfuerzo, pesa, abre la puerta, mira hacia la casa, comprueba que todo sigue igual, y procurando tapar al animal con la parte alta de su cuerpo, corre hacia la cerca. Allí deposita a la perra en el suelo, le dice que esté quieta. Panda comprende. La empuja lentamente, con cuidado, mientras ella sigue el mismo camino.

La puerta de la casa se abre cuando ya casi ha terminado de pasar. Annalisa no mira hacia atrás. Se da cuenta de que algo ocurre porque la música es más nítida. Tras un silencio breve oye la voz de Giorgio: «¡Eh!», y luego otra vez, «¡Eeeh!», más fuerte. Annalisa no espera más, se levanta de golpe con la perra entre los brazos, engancha el chaquetón en la alambrada, tira; siente el desgarro en la espalda y corre, corre hasta el coche a unos cien metros. Ahí se da la vuelta: Giorgio ha llegado hasta la cerca y mira desde allí, ya no grita, ha comprendido. Ella abre la puerta de su coche, coge a la perra y la coloca en el asiento de atrás, con cuidado, se sienta al volante y arranca.

Cree que ha vencido, Annalisa. Cree que ha vencido y por eso, mientras conduce nerviosa por el camino de la finca que lleva a la carretera hacia Roma deja oír una carcajada. «¡Mascalzone!», dice, feliz. Pero la palabra se le muere en la boca al ver que un coche, el coche de Giorgio, le tapa el camino, poco antes de la entrada a la finca. Ha sido más rápido y la ha alcanzado por el otro camino. Los faros de otros coches la deslumbran desde su propio espejo: tampoco puede retroceder.

Annalisa detiene el coche a unos veinte metros, apaga el motor, tranquiliza a Panda que la mira interrogante, se baja. Siente de nuevo la lluvia en la cara a la vez que un gran cansancio. El coche que la sigue también se ha detenido pero sus ocupantes no se bajan. Su luz ilumina a Annalisa por detrás y, más, a Giorgio, de pie junto a su coche. A lo lejos la luz de Roma tiñe de morado la tormenta.

«No te la voy a devolver», dice Annalisa. «Te advertí que si le ocurría algo me la llevaría.»

«Nunca pensé que fueras una ladrona de perros», dice Giorgio. Ninguno de los dos levanta la voz y el rumor de la lluvia tiende a llevarse las palabras.

«No soy una ladrona de perros. Me llevo lo que es mío.»

«Panda no es tuya.»

«Sólo te la presté.»

«¡Hace un año! Durante todo este tiempo ni has llamado para saber cómo estaba. Ahora es mía.»

«No necesitaba llamarte para saber cómo estaba. La prueba es que me he enterado de que la habías atropellado. Eres un inepto.»

«¡Fue un accidente!»

«Un accidente que rompe el compromiso. Me la voy a llevar.»

«No.»

"No sé cómo lo vas a impedir.»

Giorgio guarda silencio. Luego dice:

«La policía te lo impedirá.»

Llueve, llueve aún sobre Roma cuando una caravana de tres coches se detiene ante el puesto de carabineros más cercano. De los dos de los extremos desciende una tropa del mismo estilo –ellos, guapos, sonrientes, seguros, ellas, delgadas, seductoras, perfumadas– y del coche de en medio baja una mujer que viste un chaquetón desgarrado por detrás. Lleva en los brazos un perro con una pata vendada y los ojos negros le brillan de emoción.

«Esta mujer ha entrado en mi casa y ha robado mi perro», dice Giorgio caminando aún hacia la mesa del sargento.

«Me llamo Annalisa di Gregorio y he entrado en la casa de este señor para recuperar mi perra», dice Annalisa.

El sargento les mira, mira a su compañero, que se sienta en una mesa al lado, mira a la tropa que espera un poco más atrás y que casi guarda silencio, y vuelve a mirar a Annalisa y Giorgio.

«Por favor, no hablen los dos al tiempo.» Es un hombre joven, rubio, tiene acento del Véneto.

«Soy el doctor Giorgio Abbro. Me encontraba esta noche con unos amigos en mi casa y vi desde la ventana que algo raro sucedía al otro lado de la perrera. Al salir, vi que esta mujer se llevaba mi perra.»

«No es su perra!»

«Luego hablará usted. Prosiga doctor.»

«Corrí en mi coche y le corté el paso en la carretera. Luego hemos tenido que venir aquí porque no me la quiere devolver.»

«No es su perra. Yo se la dejé hace un año con el compromiso de que la cuidaría bien. Pero hace una semana la atropelló con su coche. He venido a recuperarla.»

«¿Es cierto eso?»

«¡No, no es cierto. La perra era de los dos!»

«¡No era de los dos!» Annalisa se vuelve: «Alberto, Giancarlo, vosotros sabéis que no era de los dos. ¡Panda ya estaba conmigo cuando vine a vivir aquí!»

«Luego, señorita. Ahora deje hablar al doctor.»

«Era de los dos. Hace un año ella decidió marcharse y yo me quedé con la perra. Yo vivo en una finca y ella en un piso en la ciudad. Es lógico que yo me quedara con ella. Un perro está mejor en el campo.»

«¡Cómo! ¿En una perrera? ¿Con un hombre que ni mira hacia atrás cuando saca el coche?»

«¡Fue un accidente! Sargento, usted comprende que fue un accidente. La perra ya se está recuperando.»

«¡Recuperando! !Mire este vendaje! ¡Ande, mírelo! No lo cambia desde que se lo pusieron. ¡Y en una perrera!»

«Señorita, los perros están para vivir en perreras.»

«¡No cuando tienen una pata rota! Escuche: fui yo quien le obligó a construir la perrera. ¡Él quería dejarla fuera, incluso en invierno!»

«¿Es cierto eso?»

«Es una forma de contarlo. En realidad, la casa estaba recién construida cuando ella vino a vivir conmigo: todavía no había mandado hacer la perrera, pero pensaba hacerlo.»

«¿Sí? ¡Qué memoria! Escuche sargento: construyó la perrera porque esa fue la condición que le puse.»

«¿Y por qué le dejó la perra?»

«Me dio pena. Decía que quería guardar algo mío, decía que Panda significaba mucho para él.»

«Y significa. Si le hubiera importado tanto no me la habría dejado, como dice. La perra se quedó conmigo porque era más mía que suya, y ambos lo sabíamos.»

«¿Lo sabíamos? Yo no sabía nada. Además ¿y la alambrada? ¿Cree usted que es forma de tener un perro, en una perrera rodeada de alambradas, como en un campo de concentración?»

«No es una alambrada, es un enrejado de gallinero.»

«Es igual! ¡Panda no es una gallina!»

«Es una perra estupenda pero peligrosa. La encierro cuando viene gente.»

«¡No es una perra peligrosa y no la encierra sólo cuando viene gente! ¡La encierra siempre, de día y de noche!»

«¿Y tú cómo lo sabes?»

«Porque lo he visto. He venido… a veces… y he visto.»

Llueve, llueve en la madrugada de las afueras de Roma mientras en un cuartelillo un hombre elegante y una mujer con el chaquetón desgarrado y barro en la cara discuten por la propiedad de una perra herida. Llueve…

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