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Pedro Sorela

Azul para cenar

Por: Pedro Sorela Sábado 13 Noviembre 1999. En Cuentos

En Cuentos invisibles. Alfaguara 2003

Azul para cenar

Foto: P.S.

En una cena en casa de Dimas apareció sin avisar un plato distinto -un magnífico plato con rayas de azul cobalto sobre un fondo amarillo-, que se reprodujo en cenas posteriores. No se reprodujo el plato sino su carácter distinto: platos únicos (aunque seleccionados por un mismo ojo) y que se adjudicaban a ciertos invitados, como sutiles condecoraciones, a la vez que se ninguneaba a la menguante vajilla habitual hasta hacerla desaparecer: unas cenas después todos los invitados comíamos en platos diferentes aunque con algo azul.

De algún modo el color tenía su importancia, no sólo porque en esa ocasión coincidí por vez primera con María Daniel -y ella llevaba un jersey de cachemir azul turquesa que sugería y evocaba la tersura increíble de sus pechos, de suave perfume aguamarina, no sabría definirlo de otra forma-, sino porque también, estoy convencido, la distribución igualitaria del azul contribuyó a que por una vez fuese una cena pacífica.

¿Acaso no lo solían ser?

Pues no, no solían. Tardé en comprenderlo pues yo no hacía mucho que había llegado de México y aún me defendía en la vida a base de muñequeo. Me faltaba mucho para terminar de comprender las reglas del juego español, complicadas, precisamente, a causa de su nitidez. Uno nunca creería que un pueblo tan antiguo haya podido sobrevivir prescindiendo hasta ese extremo de la sutileza y la ojeada, del sobrentendido y de la sombra.

Aunque si a las cenas de Dimas las acompañaba una tensión que a veces reventaba, también es cierto que no era la tensión española, erizada de jotas y zetas, y ese tono inapelable con que hablan, como si hubiesen sustituido los verbos por el álgebra y las metáforas por las ecuaciones. Era más bien como si unos violines interpretasen un suave andante veneciano junto a una chimenea encendida y de pronto en la velada se colasen trompetas, sin invitación. A pesar de todo, con su modo suave y exótico Dimas conseguía siempre reconducir la cena a la cosa andante, y la gente bajaba la voz. Como afuera de la casa nunca nadie bajaba la voz, comprendí que no era vejez sino algo en la casa, las cenas de Dimas.

Pero no nos adelantemos: ya las cenas eran azules -y ya había conocido a María Daniel-, cuando nos fueron servidos platos distintos. No platos-platos, que ya cada cual tenía uno diferente y azul (y yo uno sevillano, con tres cerezas azules en el centro), sino viandas diversas. Espaguetis a la pescatore para éste y huevos estrellados con perejil para aquél, habas a la catalana para Sophie y merluza a la menta para Ernesto…

La idea fue acogida con risas y grandes celebraciones, y cuando Ernesto y Sophie se cambiaron sus platos con una mala educación que me asombró -quizá no se daban cuenta de que así despreciaban la elección de su anfitrión, le cambiaban los pinceles-, me pareció que nadie percibía una especie de sufrimiento artista en el fondo de los ojos separados de Dimas, que a la cena siguiente sirvió los platos -otra vez menús diversos en platos azules pero distintos- advirtiendo que no se admitían cambios. Y a la vez que sonreía, recuperaba un tiempo perdido porque los menús eran esta vez muy distintos: espaguettis con sobrasada (para mí), pescado hecho en jugo de pomelo, arroz con higos, huevos rellenos de dátil y almendra, cerdo perfumado... Sí, cerdo literalmente perfumado.

Fue para María Daniel. Era la segunda vez que la veía, pues la vez anterior no había venido y yo no me había atrevido a preguntar por ella (la timidez mexicana que nos impide decir "no" y también hacer preguntas directas).

- Huele a perfume… dijo como quien adivina la canela al fondo de un salpicón de frutas.

Dimas le sonrió y se la quedó mirando como si esperase más de ella.

María Daniel se volvió a inclinar sobre el plato, y su corta y flexible melena medio le cubrió el rostro como un pequeño telón. Era todo un espectáculo ver a esa mujer con un raro talento para elegir una ropa con vocación de guante y que sin embargo nunca era vulgar, todo un espectáculo verla inclinada sobre el plato como un patán, olfateando, y hacer que pareciera el alarde de una Nariz, un gran connaisseur de perfumes. Lo era.

Vengeance, de Lolita Lempicka.

Dimas sonrió con la satisfacción del artista que por fin encuentra quien le entienda.

Parecerá tonto, pero sentí celos. Nunca había asistido a un concurso de perfumes sobre cerdo (aparte de alguna fiesta con narcos en Culiacán) pero mis ojos mexicanos, educados en los prolijos matices del mole y los equívocos del arte sincrético me permitieron intuir entre Dimas y María Daniel algo que no sabía qué era. Hasta la siguiente cena se enredaron en mi recuerdo los espaguettis con sobrasada y la intuición nerviosa de que María Daniel me había pasado cerca, muy cerca con su silueta que parecía un recorte, pero no se había detenido. Pese a haber casi palpado con los ojos su pelo de seda, su cuerpo moldeado por el vestido de algodón negro, sus pechos que incluso así se evidenciaban tersos con los pezones oscuros, pese al perfume sobre el cerdo, que casi flotaba sobre la mesa, y a la forma en que me había mirado al despedirse, pese a todo ello tenía la sensación de que se me había escapado y, en contra de lo que esperaba, la siguiente cena no contribuyó a tranquilizarme.

En la mesa, además, se desarrollaba una nueva oleada de cambios: los cubiertos se habían contagiado de la fiebre diferenciadora (de nuevo unos invitados premiados en perjuicio de otros), al igual que los vasos, las velas -ahora de variados colores y alturas-, las servilletas y naturalmente las bebidas: los invitados bebíamos vino tinto, blanco, cava, whisky, y una joven alemana pelirroja, Coca-cola: por decreto, sin apelación. Lo que no quedó sin respuesta:

- En Alemania lo hacemos más fácil -comentó, no sin suficiencia-. Ponemos todo sobre una mesa y cada cual va y se sirve lo que quiere.

Nadie reparó en la llamarada que pasó por los ojos y por la sonrisa de Dimas, que no dijo nada pero a la cena siguiente (nunca más volví a ver a la alemana) logró sorprenderme con la sustitución del mantel por individuales hechos a partir de fotografías de históricas representaciones de Shakespeare: Titania durmiendo junto al centauro con cabeza de asno, lady Macbeth levantando sus manos ensangrentadas, Lear, loco, hablando con el sepulturero...

Alguien comentó que Shakespeare era el pasado, o alguna otra previsible bobada semejante. Le replicó otro a quien por supuesto Shakespeare le importaba una higa pero quería vengarse -estoy convencido- por el hecho de que a él le hubiesen tocado garbanzos con salsa de mostaza y miel y no unos espaguettis con una salsa negra de cuitlacoche que hacía lanzar grandes exclamaciones a su beneficiario. Pero yo no les hice mucho caso: a mí, claro está, no me impresiona el cuitlacoche; mi abuela hacía hasta helados negros con él (helados de cuitlacoche con guanábana, o con nopal).

En cambio, como si una suerte de falso mapa nacional hubiese saltado en pedazos, los individuales terminaron por abrirme los ojos y me hicieron ver al fin hasta qué punto habían cambiado las cosas en la casa. Es difícil explicarlo. Quizá baste decir que las mesas no eran mesas del todo, sino ensamblajes, asociaciones atrevidas (un cristal sobre una biblioteca acostada, o sobre tinajas en cuyo fondo se desarrollaban misteriosas escenas), ni tampoco los cubrerradiadores: en ellos, disimulando los radiadores como hubiesen hecho las rejillas clásicas, cuadros con las ballenas heridas de un mismo pintor navegaban por las calles y plazas de una ciudad misteriosa. Además, en lo alto de las escaleras que dominaban el comedor, una elegante muñeca de la Belle Epoque había comenzado a asistir a nuestras cenas, silenciosa, recta y con las rodillas juntas y victorianas, y el concentrado interés de los espectadores de un teatro.

No sé cuánto tiempo llevaba en su palco discreto, pero cuando al fin reparé en ella, su mirada me descubrió que eso es lo que éramos, teatro, y sólo me preocuparon dos cosas: de qué hacía yo, y qué estaba previsto que pasara con María Daniel. Por lo demás, si se trataba de una obra, se movía y renovaba como un ejército en guerra.

Yo había conocido a Dimas junto a la mesa de novedades de El Parnaso, la librería en la plaza central de Coyoacán. Me lo presentó Álvaro, charlamos un instante, y después Álvaro me dijo que la casa de Dimas en Madrid era "el segundo consulado mexicano en la ciudad" . Ahí quedó todo.

Hasta que a los pocos días de llegar recibí una llamada de alguien con la voz amable en medio de tantos españoles enfadados, y una invitación a cenar en una dirección que parecía una broma:Rincón de peces, 5.

- ¿Y dónde están los peces?, bromeé cortésmente.

- ¿Los peces? -dijo Dimas con su voz de bajo-: los peces somos nosotros.

Me reí. Ignoraba que hablaba en serio.

Puede que la casa de Dimas fuese "el segundo consulado de México en Madrid", pero entonces era también el francés, el egipcio, el chileno, el iraní… parecía la sala Vips de un aeropuerto central. Ni siquiera pues en cierta ocasión coincidí con Kukacuyo, un indio colombiano que había acudido a Madrid a recoger un premio por haber impedido que la luz llegase a su tribu, manteniéndola así a salvo de la civilización blanca, y también a un escritor que se complacía en esa vieja superstición adolescente de que la zafiedad es un síntoma de talento. Esa noche, al acompañarme hasta el taxi y despedirse con un apretón de manos más cálido que de costumbre, me pareció que Dimas lamentaba ese error de anfitrión pero no lo puedo asegurar. ¿Se puede asegurar algo respecto a Dimas?

María Daniel era argelina, de madre española, pero definirla así me chirría hoy más que en otras ocasiones. Tenía un pelo lacio y brillante, de india, se enfundaba en la ropa, de toda evidencia sabía del valor de sus piernas, tan altas que al sentarse y cruzarlas tenía que inclinarlas un poco de lado, y su nariz estrecha y larga le daba una ineludible gravedad al rostro: no podía poner una cara neutral. No se pintaba los ojos, hubiese sido demasiado, pero para contrarrestar su melancolía de nacimiento perfilaba el dibujo ovalado de los labios y los pintaba con un tono gris perla, a juego con sus ojos y vestidos; el resultado era una sensualidad delicada y trágica.

Ya habíamos coincidido en varias cenas y yo no sabía qué hacer para acercarme a ella. Me intimidaba. Lo resolvió el azar, disfrazado de compañía madrileña de taxis, que una noche de sábado lluviosa y prenavideña se negó a venir: no había coches disponibles, dijeron.

Y así me vi yo, de pronto, subido a una camioneta enorme que a María Daniel le quedaba grande: incluso ella tenía que estirar las piernas para llegar a los pedales, y la falda, de paso, se le alejaba casi un palmo de la rodilla.

- No sabía que me ibas a llevar en avión, le dije.

Ella se dio cuenta del paso de mis ojos por sus piernas pero no se dio por enterada.

- No es un avión; es un camión de reparto.

- ¿Y qué repartes?

- Niños.

Tuve suerte pues de que al día siguiente fuese domingo y ella no se viese obligada a madrugar para el colegio. Pues no me dejó en una avenida para coger cualquier taxi, como yo le había pedido, aunque quería lo contrario, y en el camino hacia mi casa aceptó detenerse a tomar una copa.

Eso casi siempre termina de una manera, y así en efecto íbamos a terminar nosotros de no ser porque…

Ya conocía yo sus labios, cuya línea y color había borrado con los míos, ya había desnudado y besado sus pechos tersos y más duros que su edad, sus pezones oscuros, ya había acariciado la parte interior de sus muslos de seda, ya había gemido ella chupando mi lengua y ya había luchado con impaciencia con mi ropa… me senté en la cama para quitarme los zapatos, ella se levantó para quitarse el vestido, y ese momento crucial fue también el elegido por el destino porque, para disimular la panza que me avergüenza y que me impedía desanudarme con comodidad los zapatos, no se me ocurrió otra cosa más inteligente que comentar:

- Me siento como una boa. No debí comer tanto.

- Será que te lo mereces, dijo María Daniel, y yo decidí atribuir eso desagradable que había percibido en el fondo de su tono al hecho de que quizá, al fin y al cabo, no hablaba tan bien español.

Pero un par de minutos después recordé que ella podía ser argelina pero su madre era española y hablaba el español como cualquiera de nosotros. Quizá, incluso, mejor.

Me detuve y se lo pregunté:

- Qué quieres decir…

Me miró de medio lado, un tanto extrañada. No era el mejor momento para pedir explicaciones.

- … con eso de que quizá me lo merezco.

Me miró como si no se pudiese creer lo que oía. Me había interrumpido cuando le besaba la pierna izquierda. A mitad del recorrido. Justo cuando iba por detrás de la rodilla, que es una zona minada. Eso también contribuyó: no hay que interrumpir los besos en las zonas minadas. Se terminó de dar la vuelta y me miró de frente.

- Pues está bastante claro -me dijo, y le brillaron aún más sus ojos árabes y trágicos-: te lo debes de merecer desde el momento en que Dimas te mima como si fueses su favorito. A ti te dio la langosta, y el vino libanés, y los dulces sicilianos…

Y no sé, dijo favorito con un tono que no me gustó. Yo soy mexicano y los mexicanos somos muy sentidos.

- A qué te refieres con favorito. Y qué quieres decir con eso de que … me mima.

Estuvo mal, lo sé. No debiera haber empleado esos tonos. Yo mismo me puse la cuerda. El beso detrás de la rodilla fue el último verdadero. Luego siguieron algunos besos y caricias ya contaminados, desganados, obstaculizados por algo. Llegamos a estar, ella enfrente de mí, abierta y ofreciéndose, y yo recreándome en la espera, como hacen en Japón, pero algo se interponía y sin palabras decidimos que no. Estábamos de acuerdo, no era el mejor momento.

No hablamos mucho más. María Daniel terminó vistiéndose para irse: ni siquiera se puso las medias de seda que yo había disfrutado tanto acariciando; la seda es para mí como una segunda desnudez, más febril. Busqué unos viejos cigarrillos rancios que recordaba haber visto en un cajón, y me puse a fumar, sin ganas, por primera vez en cuatro años. Alcancé a ver cierta claridad antes de cerrar las persianas sin dejar una rendija, apagar la luz y desear que para cuando me despertase ya hubiesen pasado las Navidades.

Lo he pensado -la memoria es un gran pensador-, y no sé: creo que quizá nuestro error fuese el de querer respetar el protocolo previsto y, aquella noche en que la ausencia de taxis nos subió a su camioneta, fingir que nos interesaba la ciudad. Y no nos interesaba. No tanto porque quisiésemos desnudarnos cuanto antes -que en efecto queríamos- , sino porque de algún modo estábamos encantados por la cena de Dimas.

Y es que, como he dicho, no eran tanto cenas como representaciones de una especie de teatro. Los asistentes quedaban, más que satisfechos como comensales -y eso que algunos de los platos los recordaré toda la vida-, encantados como espectadores de algo bueno. Con la caída del telón uno no quiere salir, hasta que no le queda más remedio que pactar con la realidad, inferior a lo que ha visto.

Y en efecto la ciudad en la que María Daniel y yo decidimos representar el prólogo era terrible, no por fea sino por previsible. Ambos llevábamos el suficiente tiempo en España para saber bastante bien qué estaban pensando y diciendo los clientes de los dos bares a los que fuimos, qué buscaban al elegir el sitio y la copa, qué le iban a pedir a los Reyes Magos en Navidades y a qué partido iban a votar en las siguientes elecciones. Era lo mismo en todas partes y bastaba una simple ojeada. Sin saberlo, creo que sentimos que con ese ritual barato de noche de sábado -no el amor, sino su prólogo ya escrito e hipócrita- rebajábamos la obra de la que procedíamos. A la que pertenecíamos.

Exitosa o no, que ni siquiera se medía de esa forma, al menos allí había alguien que se tomaba cada día como algo nuevo, merecedor de ser vivido, y con un entusiasmo que le terminaba echando perfume a un cerdo (o pimienta a un flan de miel): hace falta ser un optimista para llegar a imaginar esas cosas, y un entusiasta para ponerlas en práctica.

O un desesperado.

Esa y no otra era la tensión famosa, la de las trompetas entre los violines. No mucho después de la noche blanca con María Daniel, a las trompetas se unieron sin aviso oboes, trombones, clarinetes y hasta un cornetín de órdenes. De segundo consulado de México (y de Argelia, de Chile y de…), la casa de Dimas pasó a convertirse en una delegación de la ONU en Madrid. En una ocasión llegué a contabilizar siete idiomas en la mesa, intentado ponernos de acuerdo en español.

Hacía tiempo que me había dado cuenta de que la lista de invitados venía a ser otra de las combinaciones, de las mezclas de Dimas, y no menos intensa que las que realizaba con los muebles de su casa, la cocina, o la simple disposición de su mesa. Ya me invitaba menos. Nunca volví a coincidir con María Daniel, y me pregunto si llegó a saber algo, o se lo dijo una vez más su intuición, una inteligencia de artista que él llevaba al virtuosismo. En medio del caos, seguía respetando algunas de las reglas de un gran anfitrión, que en primer lugar covierte su casa en un lugar de refugio y le ahorra encuentros engorrosos a sus invitados.

La última vez que fui, recuerdo, Dimas había cubierto la gran mesa del comedor con un cristal dividido a modo de tarta en porciones irregulares, y una de las porciones no era un cristal sino un espejo. Le correspondió a una profesora norteamericana delgadita y muy bella que, vista al revés en el reflejo, no lo era tanto: le destacaban como dos pequeños cráteres los orificios de la nariz. Yo estaba sentado a su lado y, mientras me comía un revuelto de angulas con paté de Estrasburgo, me era imposible concentrarme en lo que la mujer me decía -sonaba a la irritación de un catarro-, ni tampoco en la escandalosa injusticia de que a ella le hubiesen servido una sopa de pobre: pan, huevo y cebolla, y por si eso no bastase, ajo. Si Dimas quería crear agravios, con ella se había equivocado: no sólo creo que sería capaz de vomitar si le hiciesen comerse una angula pequeñita, sino que los agravios ya los traía de su casa.

A mí, sentado a su lado, lo que me impedía concentrarme, incluso en mis angulas con paté de Estrasburgo (algo que ya se sale de la palabra paté, habría que inventarle otra), eran los orificios de su nariz. Situados en la base de una línea tan estrecha que de toda evidencia sólo podía entrarle el aire delgado de Nueva Inglaterra, y esta línea en el medio de unos ojos azul verdad y una cara tan blanca que parecía maquillaje, los orificios se veían sin embargo oscuros, estrechos, pecaminosos, y su simple visión esquinada sobre el espejo me perturbaba más que cuando me metía bajo la mesa de la plancha para verle las piernas y el abismo a las muchachas de casa.

Sólo con el tiempo he comprendido que cortar en porciones de pastel el cristal de la mesa del comedor, como políticos repartiéndose una antigua colonia, no tenía más objeto que poder renovar con facilidad los individuales, por así llamarlos, que situados bajo el cristal componían el mantel de cada cena: y a mí, esa última vez, me tocaron planos de ciudades, y planos de toda evidencia sobados, con anotaciones y rutas marcadas a bolígrafo y lápiz, con los dobleces blancos después de haber sido llevados tiempo en un bolsillo.

Muchas veces me he preguntado si era un signo, un presagio, una senda, algo. Sólo a base de recordarlas me he dado cuenta de que si en las cenas de Dimas siempre terminaba por subir la tensión era, primero, porque las personas normales no resistíamos esa búsqueda por mapas y ciudades, sin pausa: ahora sé que hace falta estar entrenado para soportarla.

Eso sucedió en la última cena: sublevada quizá por la manifiesta injusticia en la distribución de la comida -no conmigo, como ya he dicho, sino con un escritor a quien habían adjudicado un plato de exquisitos espárragos verdes ensartados en alcachofas y con una salsa blanca de apio-, la profesora norteamericana le arrojó su té turco de manzana. La cara blanca se le había puesto roja y le latía una venilla en la frente. "Por quién me ha tomado", le preguntó al escritor (que la miraba con la sonrisa fija), y hasta el día de hoy, cuando me aburro, imagino respuestas posibles.

Pero creo que su agravio no era por nada que le hubiesen dicho, por mucho que lo pareciera. Creo que en realidad envidiaba, deseaba esos espárragos que le habían caído al escritor, de cuya inevitable hambre, por otra parte, me alegré: era un pedante insufrible. Por lo demás, ese no era por entonces más que uno de los juegos más inocentes, pues Dimas había llegado en su fiebre mezcladora a extremos difíciles de concebir: sofás que se convertían en bibliotecas, televisores que emitían en cámara lenta de tal manera que las películas de acción parecían ballets, floreros de lápices extraños, alfombras kurdas bajtiari que en la combinación de texturas contaban auténticas novelas, juegos de luces que provocaban atmósferas inéditas en el teatro…

¿Y el jardín? Aunque sólo lo vi de noche, se podía alcanzar a percibir que en un nuevo salto de su pasión, en un patio no muy grande de baldosas y con macetas de raras formas y pintadas, Dimas conseguía transformaciones inéditas, apenas entrevistas a la luz de una vieja farola de la calle. Sin olvidar las comidas. Agotados ya sus talentos culinarios, Dimas, como en el fin de una época, no se dedicaba ya tanto a cocinar y a combinar sino a provocar a sus invitados: a unos mucho y a otros poco. A unos viandas muy ricas y a otros… nada. A unos, platos laboriosos que había que conquistar, como alcachofas con el corazón cambiado, o mejillones rellenos de carne, y a otros, la obligación de comer primero el dulce y en último lugar la sopa, después del café: como se ve, la combinatoria neurótica de un emperador romano a punto de ser degollado. E igual que los siervos de Perón, de Calígula, la gente le reía las gracias pero sólo de dientes para afuera. Y no tanto por la obligación de tomarse la sopa después de los dulces y el café sino por la injusticia: comer lentejas mientras nuestros vecinos paladean trufas francesas… Lo llevaban fatal.

Creo que la tensión de las cenas se debía a que nos provocaba de forma sistemática como única forma de avanzar en su viaje particular. Cosmopolitas, elegantes, intelectuales, canallas, viajeros… no éramos otra cosa que los actores de su obra de teatro, y ésta era el teatro de siempre, el de la búsqueda. No existe otro.

Así que no me extraña que ni siquiera se despidiese.

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