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Pedro Sorela

Pequeños cuentos (rebajados) de Navidad

Miércoles 28 Diciembre 2016. En Cuentos, Blog

p.S
"...lanzó en las redes el fácil bulo de que los Reyes Magos eran cuatro..."

Iba a encender la radio pero algo, un presagio, una bruma que se insinuaba en la ventana le impidió hacerlo. Quizá la experiencia de años le permitió intuir que someterse a altas radiaciones de felicidad, anuncios idiotas, lotería y tópicos navideños puede derivar en tristes y hasta dramáticos fenómenos.

      En ese programa de radio los locutores habían dicho tantas veces que en caso de que les tocara la lotería lo primero que harían sería "tapar los agujeros" que cuando al fin les tocó, un tercer premio, se encontraron con que la emisora de radio era un gigantesco gruyère. Y los periodistas estaban un poco excavados, aquí y allá, como una escultura de Pablo Gargallo, y el premio no daba para tapar tanto hueco.

    Odiaba tanto el Fin de Año, y el champán, y las uvas, y los besos con sabor a whisky, y los pitos, y el confeti, que en su casa, en lugar de tomar uvas, todos los años se arrojaba a medianoche una televisión por la ventana. Y ello tras el grito de "¡Agua va!". Luego jugaban a las cartas.

     En ese periódico habían despedido a un tercio de la plantilla y entre ellos a algunos de los mejores redactores, por tener sueldos demasiado dignos, de modo que hicieron las necrológicas del año cambiando el nombre de los muertos y de los divorciados, y con los textos del año anterior. Pero como esas honras a los héroes estaban escritas con plantilla, nadie se dio cuenta.

     Como el centro de la ciudad se convertía por esas fechas en un manicomio descomunal -cómo sería de grande que el ayuntamiento había decretado el ensanchamiento de las aceras para darles a los locos más espacio y permitirles jugar y correr y comprar-, optó por salir hacia las afueras, a ver qué había. Nunca lo hubiera hecho: durante años, y en silencio, la Internacional de la Construcción, en unión de conocidas bandas de arquitectos, habían perpetrado una ciudad todavía más rectangular. Todo ángulos rectos, de modo que los niños, en los parques, en lugar de balones se lanzaban ventanas.

     No creía en los Reyes y siempre hizo alarde de ello, hasta que le trajeron un piano.

      Harto de mentir, este publicista metió en un anuncio de perfumes un mensaje revelando la verdad. Pero no pudo calcularlo todo y lo leyó la persona equivocada.

     Le encantaba hacer regalos y como tenía la sensación de que el verdadero regalo era para quien lo hacía, lanzó en las redes el fácil bulo de que en realidad los Reyes Magos eran cuatro, y el asunto prendió pues es muy fácil "incendiar las Redes" como dicen los periodistas de cien palabras. Entonces convocó a unas oposiciones para cubrir la plaza y como las oposiciones tenían su propio retrato, como suelen, las ganó. Rey Mago funcionario de por vida, y con regalos a cargo de una tarjeta del ayuntamiento.

     Este era un broche de diamantes que no quería ir al escote de doña Pura sino al delicado de una top Model. Pero como las Top no usan broches de diamantes, a no ser que se los regalen señores repeinados de pereza, y el broche no tenía enchufe con ninguno, tuvo que fastidiarse.

     Llegó el día en que no pudo evitar ir a estos grandes almacenes -eran las Rebajas- y se convenció a sí mismo de que el peligro ya había pasado. Tenía que haber pasado, ya no estaban en fechas. Pero en los Grandes Almacenes habían decretado que las Navidades duraban hasta la primera semana de rebajas, y cuando entró sonó fatalmente Gingle Bells, una vez más, como una fúnebre marcha triunfal. Y en efecto, esa nueva audición rebasó el vaso que se había ido llenando en toda una vida de navidades aguantando ese villancico feliz, que lleva una carga tóxica. Solo ahora lo está descubriendo la ciencia, tras generaciones y generaciones con el tímpano deformado, y por eso en Suecia le pagan más a los empleados de los supermercados por aguantarlo. Entonces sucedió lo que ya había anunciado hasta Nostradamus. Lo que pasa por no leer ya sus profecías. Por no leer en general.

Mesa de cuatro

Miércoles 23 Noviembre 2016. En Cuentos, Blog, En la calle

p.S
"... la pareja guardaba esa hipnotizante inmovilidad.."

Era una pareja de unos treinta y pico años, la edad que por alguna razón constituye más de la mitad de la clientela de restaurantes en España, y además respondían a lo que ordena 2016: él barba sucia de unos pocos días y una gorra que no se quitó para comer, uno de los muchos modales que por lo visto han caducado, y ella rubia discreta, más bien delgada y el móvil en la mano. Los tenía enmarcando, por así decir, a la amiga con la que yo estaba comiendo en un restaurante thai, por lo que no me quedaba más remedio que mirarlos, quisiera o no.

      Y poco a poco fui quedando atrapado, o más bien hipnotizado por ellos, y eso pese a que con mi amiga nos enzarzábamos en una potente discusión tras otra, sobre temas que correrían el riesgo de distraernos. Como la imagen de la pareja, que hacía todo lo posible por distraerme a mí.

      ¿Y por qué, si no se movían? Pues justo por eso. La pareja guardaba esa también hipnotizante inmovilidad de algunos matrimonios mayores, que en los restaurantes mira el uno hacia el este y el otro hacia el oeste, y en el curso de toda una cena lo único que se intercambian es "¿quieres café?". Uno se pregunta qué ha podido ocurrir para que ya no tengan nada que decirse y, sobre todo, cómo será la vida en su casa. ¿Se dirán algo alguna vez? Y en ese caso, ¿qué?

      Pero esta no era exactamente esa escena, que a fin de cuentas es un clásico. Primero, porque la pareja en cuestión tenía la edad en que la gente en España se casa o se van a vivir juntos, o sea que se adelantaba como veinte años al clásico, y segundo porque sí había una pequeña variante: el móvil. Durante todo el primer plato la mujer estuvo comiendo con su móvil, tecleando, acariciándole y haciéndole cosas, y durante todo el segundo tomó el relevo su compañero, y en ambas ocasiones mientras el otro miraba hacia los pies de la mesa vecina. No estaban peleados, como a veces ocurre, pues de vez en cuando se preguntaban qué tal estaba lo que habían pedido, e incluso se acercaban amorosamente un tenedor para que el otro probara. Todo ello resultaba más notable por cuanto la comida de ese restaurante era, en efecto, un poema, como corresponde a la cocina thai, que sólo con la intriga los condimentos y la maestría en su uso da para una conversación de horas.

     Llegado el momento pagaron y se marcharon, y ahí pude ver que la mujer estaba embarazada, y eso me tranquilizó un poco: dentro de unos meses la extraordinaria aventura de la paternidad les mantendría ocupados, y quién sabe, alternándose con los móviles tal vez podrían seguir sin hablarse hasta la edad en que el silencio es ya el espacio natural y no llama la atención de nadie.

Modesta cruzada (Viaje a Jerusalén)

Jueves 29 Mayo 2014. En Cuentos, Viaje, Blog

Entrada al Cenáculo. Jerusalén.

[...] Así entré en la ciudad casi sagrada, en la que por otra parte tenía la impresión de haber estado ya, o haberla soñado. Muchos soldados patrullaban por todas partes, aunque pronto los fusiles se fueron transformando en grandes piruletas de caramelo gracias al aspecto imberbe de los soldados y sobre todo las soldadas. Pese a sus pechos altos y firmes, las chicas no podían disimular pieles suaves y cuerpos poco guerreros. Si costaba imaginarlas disparando, era fácil en cambio imaginarlas como frutas, con ropa interior leve y delicada bajo la piel de los ásperos uniformes verdes... Esas ensoñaciones desaparecían de golpe cuando, si no llevaban gafas de sol, uno les veía los ojos. Había algo ahí que no es fácil encontrar, como no sea en soldados que ya han participado en… también se ve en hospitales… o entre supervivientes… Tiene que ver con el dolor y a veces la muerte.

    Y sin embargo eso tenía menos que ver con su condición de soldados y más con la ciudad, un poco al modo de mantequilla avanzando sobre una tostada. Porque los mismos ojos se les veían también a muchos ciudadanos: una especie de cuenta pendiente, de enfado difuso que se quedaba como sorprendido cuando, a dos de ellos, les pregunté la dirección del Cenáculo, el lugar de la Última Cena de Jesucristo y los Apóstoles. Era el único Santo Lugar, había leído, sobre el que no se había edificado un templo, o un mercado, o ambos, como en el Huerto de Jetsemaní, la Vía Dolorosa y el Gólgota. Simón tampoco sabía la dirección. Con el cuento de que no podía hablar, me miraba divertido, como un viejo colono que ve a su primo recién desembarcado arreglárselas con nativos. Simón sonreía, pero no podía disimular sus ojos. De vez en cuando me señalaba algún edificio, alguna cornisa, alguna vista. Eran sobre todo, y así los comprendí, los gestos amistosos de un mudo.

    Con el malhumor suspendido por la sorpresa, los dos primeros jerusalenitas me contestaron en un inglés correcto al que sin embargo se le salía, como una camisa mal metida en un pantalón, una especie de impotencia. Era -y eso se les veía más en los ojos que en la voz- como si no supiesen cómo se decía Grecia, ni Revolución Francesa, ni bombilla, ni minifalda. Pese a su inglés de recepcionista de hotel, por una intuición, digamos, auditiva, uno sospechaba que para decir minifalda, incluso para conjugar el verbo, tiraban una piedra.

     El tercero no tiró una piedra, pero porque no la tenía. Inconsciente como sólo puede serlo un turista, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle al primer transeúnte que pasó a mi lado dónde encontrar el lugar de la Última Cena, sin fijarme apenas -no parecía importante- que iba de luto y tenía la misma mirada de muchos habitantes de la ciudad, pero más acentuada. Algo en sus ojos se encendió para preguntarse si había oído bien, y debió de confirmarlo porque a continuación descargó sobre mí una frase sin comas cuyos detalles no entendí pero sí el sentido general; cuánto más que la frase, sin descansos, iba creciendo en volumen e intensidad, punteada y subrayada con una mano y luego un puño. Sólo entonces comprendí que era un judío ortodoxo, esos hombres vestidos de negro que llevan rizos delante de las orejas y van cubiertos con sombreros de hombres de negocios de los años cuarenta.

    El punto final se hacía esperar tanto que decidí no esperarlo y seguir mi camino: El lugar de la Última Cena resultó estar a la vuelta de la esquina -una habitación en una casa de piedra  humilde como toda la Jerusalén histórica-, y si no le habían montado una iglesia alrededor era porque en la parte delantera de la casa había nacido, se cree, el rey David. Dentro del abigarramiento general de esa ciudad en capas, el edificio convivía, como miembros de un mismo cuerpo, junto a un asilo, una especie de colegio minúsculo y un patio con tres tumbas. Inclinados sobre un muro para verlas mejor, una vez visitada la sala desnuda en donde nada recordaba a Jesucristo y los Apóstoles, pudimos ver que no eran unas tumbas cualquiera. Las tres estaban ennoblecidas por el moho de los siglos como tumbas inglesas, historiadas… y, según fuimos comprendiendo a medida que afinábamos nuestra vista, alguien las había profanado: les habían estrellado encima botellas de vino y whisky, la peor afrenta que se le puede hacer a un alma musulmana, judía y supongo que también cristiana.

    Durante un tiempo me quedé estupefacto, mientras hacía lo posible por respirar y entender. Luego, como le había sucedido al hombre de antes, la voz me fue creciendo de furia mientras le preguntaba a Simón que cómo pretendían vivir en paz si a la gente se le permitía escupir sobre los muertos. Simón ni se esforzaba en contestarme, y en esta ocasión su silencio no parecía tener que ver con su mudez. Miraba las tumbas como si estuviese viéndoles el más allá. No parecía sorprendido.

    La réplica me vino del judío ortodoxo. De pronto, como impulsado desde su escondite por el resorte de una caja sorpresa, salió manoteando como una polichinela a soltarme su discurso sin puntos que quizá fuese el mismo anterior, rumiado mientras permanecía escondido para regurgitarlo ahora. Tampoco él parecía esperar respuesta.

    En lo que se anunciaba como un intercambio de monólogos, la respuesta volvió a llegar por un lado imprevisto. De bajo la venda de Simón, salió uno de sus espeluznantes lamentos, esta vez ventrílocuo, con una serie de chasquidos que yo jamás había escuchado. El enfadado Polichinela sí porque sin cohibirse le lanzó otra frase sin comas, grandísima y con el punto final tan retrasado que se perdían las esperanzas de que llegara nunca. Así lo comprendió Simón que, sin esperarlo, salió al encuentro de la frase con otro de sus gemidos. Su voz se rompía de forma angustiosa por segundos a la vez que se apagaba, y además, me pareció, le dolía. Me disponía a insultar directamente al ortodoxo -a lo mejor así se callaba Simón-, cuando de alguna parte surgió otro contertulio. Esta vez era un hombre joven, moreno, con los dientes muy blancos y la cara agradable. Pero se le veía alarmado.

    - Váyanse-, nos dijo con urgencia en inglés. "Váyanse, váyanse. Esto es peligroso. Váyanse." -El joven casi nos empujaba-. "Ustedes no saben dónde se meten. Esto puede terminar muy mal. No hay forma de hablar con ellos. Váyanse."

    De modo que nos fuimos. Aunque tardé en recuperar el pulso - así como me enfado en un segundo, se me pasa en medio-, pero como suele ocurrir, tras vaciarme, el episodio me había rellenado con una angustiada melancolía. [...]

    (Fragmento de "Antes del desierto", en Cuentos invisibles, Alfaguara, 2003)