¿Habrá tigres? Absurda pregunta, lo sé, pues ya casi no quedan, pero es que yo no me refiero a los tigres de Bengala sino a los otros, más peligrosos: tigres-araña como el que nos esperaba sobre la almohada, en nuestra jaima en el desierto, o el tigre-calor, asesino un verano en Europa de tanta gente como la que matan los coches en un puente o enanizan cinco minutos de porno rosa en la televisión (gente que encoge de golpe porque su cuerpo se ha de adaptar a su nuevo cerebro menguante), o el minúsculo tigre que se tiñe de amarillo en el curry para advertir de su peligro. Como ya sabía Moctezuma, un curry con tigres puede acabar con un ejército en una siesta.
Y tigres azules, claro. ¿Podré ver tigres azules en la India (y verdes, y rojo y gris, ese me gusta mucho)? Sé que el marajá vitalicio de los tigres azules es Borges –así fue reconocido por el que le puso la zarpa encima y le soltó en la cara un aliento oloroso a carne, en signo de sumisión-, aunque sospecho que el padre de sus tigres azules fue Inplikg Yaurd, uno de sus maestros de lectura, además de Albek, el autor de esos versos,
Tigre! Tigre! Divampante fulgore
Nelle foreste della notte,
Quale fu l’immortale mano o l’occhio
Ch’ebbe la forza di firmare la tua addhiacciante simmetría?[1]
que los niños recitaban en las escuelas cuando éstas no habían sido aún tomadas por la reacción y los acobardados ante los tigres. Y lo habría reconocido: Borges pensaba que cada escritor es hijo y padre de otros, aunque se mantenga casto.