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Pedro Sorela

geografias

Mar de motos en Saigón

Por: Pedro Sorela Martes 15 Febrero 2011. En Viaje

Un gigantesco atasco, deliberado y feliz. Foto: pS

Cuando llegué a Hanoi recorrí durante un buen rato las habitaciones libres de mi pequeño hotel “boutique” que había contratado por internet –esto es, un hotel de bolsillo, al margen de las agencias de turismo y sin la obligatoria CNN en la televisión del desayuno–, en busca de aquella que me ofreciera un nivel de ruido aceptable. El patrón del hotel me seguía con sumisión oriental y una sonrisa un tanto ambigua, sin querer decirme –de todas formas yo terminaría por descubrirlo, es algo insorteable– que no existe en Hanoi tal cosa como un nivel de ruido aceptable. No en el centro, al menos, donde en un metro cuadrado pueden pasar casi tantas cosas al tiempo como en Nueva Delhi, que ya es decir. Y el centro es la parte interesante de Hanoi. O sea que lo mejor es acostumbrarse a los tapones de cera en los oídos, aunque es mejor traerlos puestos pues en Hanoi, la ciudad que después de la guerra hacía hablar a algún cronista de un “silencio casi sobrenatural” en sus calles ocupadas por los ciclistas, todavía no han considerado oportuno importarlos, o fabricarlos. A lo mejor esperan que el nivel de ruido sea realmente inaceptable. A fin de cuentas apenas ahora se comienzan a despedir de los miles de años de una civilización agrícola en la que, por ejemplo, el rey enviaba a las concubinas rebeldes a tejer seda blanca a un monasterio retirado frente a un pequeño lago que no es difícil imaginar silencioso y casto. Hoy, en medio de la ciudad, el monasterio está cercado por colegios que a su vez bordean el lago, cerrado al tráfico pesado –por lo visto se prefiere el riesgo del agua al de los coches–, y al atardecer, en estruendo, el idioma más universal que existe: niños jugando.

Treinta y cinco años después de la guerra entre el norte de Vietnam y un sur aliado con Estados Unidos, la impresión dominante, en especial en el norte, es que la guerra no ha terminado del todo. Y no sólo porque norte y sur sigan siendo regiones muy distintas, lo que se nota desde el urbanismo hasta el clima. Ni tampoco porque en museos, calles, librerías y demás se sigan presenciando arcaicos ejemplos de una suerte de religión que se creía en decadencia, al menos en política: el culto a la personalidad. En este caso, Ho Chi Minh, el líder que ganó la guerra de independencia de la entonces Indochina contra Francia, y luego inspiró la guerra contra Estados Unidos. Esa santificación laica a caballo de la religión y la publicidad recuerda los viejos tiempos de la Unión Soviética y el Telón de Acero, aunque sin llegar a excesos como la Rumanía de Ceaucescu o la actual Corea del Norte, con la única dinastía hereditaria comunista en el mundo, a falta de confirmar la cubana. Allí se han registrado niveles que ni Orwell pudo imaginar en las peores fiebres de la tuberculosis. Por otra parte, el culto a la personalidad ¿es patrimonio comunista? En la vecina Tailandia el culto es quizá mayor hacia el rey Bhumibol Adulyadej, cuyas imágenes tamaño top model ocupando grandes espacios en Bangkok parecen hacer las veces de un moderno Gulliver vigilando a los pobladores enanitos que se agitan contra la contaminación y los rascacielos en una de las varias ciudades que en el mundo superan los veinte millones de personas.

Beirut: la reinvención de una ciudad

Por: Pedro Sorela Domingo 02 Mayo 2010. En Viaje, Textos de viaje

Un parque arqueológico con rastros de balas.  pS.

La primera evidencia, en una ciudad en la que nada es obvio, pese a las apariencias, es que en Beirut ya no todo el mundo habla francés. Ni siquiera la mitad de la población, como asegura un taxista del aeropuerto, que no lo habla. Y eso pese a que los carteles están escritos en árabe y en francés, a un par o tres librerías internacionales con acento galo, y a diarios como L’Orient, que proclaman su “expresión francesa” e informan casi en exclusiva, como todos sus colegas, del sudoku de máximo nivel de la política de Oriente Medio.

Y cuando sí lo hablan, suele ser o algo lento o un poco anticuado (y más bello que el franglish tan abundante hoy). Tan seguro puede uno estar de que los viejos hablan francés como inseguro de que un joven lo hable. Todo lo cual sugiere que tal vez en Líbano el tiempo pase más rápido y con más cosas que en otros sitios. ¿Cómo se puede prescindir tan fácilmente de una lengua como el francés cuando ya se tenía? Tal vez viene de ahí el que toda la ciudad –casitoda– sea también un parque arqueológico con restos no siempre romanos y abundantes rastros de balas y de bombas.

En las ciudades de Oriente Medio cuesta elegir entre matices pues casi siempre se impone un trazo dominante, como si toda la ciudad montase una obra expresionista. En El Cairo, por ejemplo, hay que hacer un primer esfuerzo para descubrir esa ciudad continente tras la aduana del ruido y el polvo del desierto, que tiñe el mundo de color pardo. En Beirut... en Beirut es la guerra la que se impone, pero no sólo la que de cuando en cuando asuela la ciudad, como un accidente astrológico ya escrito, sino la diaria del tráfico y las motos.

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  • El viento inmóvil de Barcelona

    Por: Pedro Sorela Sábado 14 Junio 2008. En Viaje, Textos de viaje

    J. G-R.

    En Barcelona los niños juegan en las plazas hasta más tarde. Como en Andalucía, pero lo de Andalucía es otra cosa. En Barcelona la luz se alarga. En febrero no es difícil ver a gente en mangas de camisa, una forma de identificar a esa gente como extranjera (ahora, por los visitantes, la ciudad alarga la lista de las ciudades internacionales). Sin embargo los barceloneses se empeñan en que es invierno, y uno diría al comienzo que no es una opinión meteorológica sino cuestión de lucir lo que compran en las boutiques más bonitas y mejor puestas de Europa. “Barcelona es el París del Mediterráneo”, me repitió hace poco una amiga española que vive en Roma, mientras íbamos a comprar un desatascador para su nariz.

    Cierto: es como París por la extraordinaria sensación de pasear por sus calles como por un teatro… o una película. Una película de amor y lujo… En todo caso de lujo. Pues en Barcelona, como en París, hace frío. Cada uno en su escala, ése es uno de los secretos mejor guardados de las dos ciudades.

    En Barcelona hace un frío inesperado que asciende desde el mar por las Ramblas hasta lo alto del Tibidabo y de Sarriá y se desliza astuto y con sigilo por toda la ciudad. Y con mucha eficacia. Era el responsable del atasco en la nariz de mi amiga, y en buena parte gracias a él –voy comprendiendo muchos años después– soy escritor.

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