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Pedro Sorela

geografias

Comunistas tímidos en busca de los rastros de la Revolución en China

Por: Pedro Sorela Sábado 15 Octubre 2005. En Textos de viaje, Viaje

¿Cómo saber que China es un país comunista? Muy fácil: uno va a la plaza de Tiananmen y se encuentra con larguísimas colas de campesinos con banderitas comunistas, pastoreados por comisarios gritones con megáfono, esperando a saludar a Mao en su tumba. El mismo que, en una descomunal foto retocada de carné, preside la entrada a la Ciudad Prohibida de los antiguos emperadores, una ciudadela que albergaba a diez mil personas, tan exigente con la admisión que, en su día, tan sólo acercarse a ella sin ser socio podía costar la muerte.

Con cuidado se pueden encontrar otros rastros: los (muchos) cochazos negros y con los cristales ahumados de la "nueva clase", inconfundible para quien recuerde los antiguos ZIL soviéticos y de otros países tras el Telón, y que guardan en su interior, como gusanos de seda, a los invisibles guardianes de la revolución. O una asociación de escritores que ocupa en Shanghai todo un palacete art nouveau, incautado a un antiguo "capitalista" (así lo explicó su relaciones públicas con lenguaje tan retro como el palacete), y que edita varias revistas a razón de diez o doce personas en plantilla en cada una. 

Desierto acercándose

Sábado 01 Febrero 2003. En Textos de viaje, Viaje

Foto: Montse Morata

La tierra que se toma más tiempo y espacio para anunciarse es el desierto. Y no por casualidad. Es de imaginar que lo hace para preparar al viajero, por prevenido que vaya, a recibir una revelación de las que añaden una estrella en el cielo y cambian el propio lugar en el mundo: el desierto no tiene fin.

Quizá lo primero que se descubre es que el desierto está lejos. Da igual que uno comience su relato cuando se encuentra en un borde y sólo hace falta un paso para sentir esa primera emoción única de pisar una duna: algo en un punto intermedio entre la tierra y el agua, o quizá el aire, y que ciertamente está viva. De qué otra forma, si no, podría la duna cambiar todo el tiempo e incluso esconderse. Da igual: el camino al desierto es largo, sutil y emocionante, y si en general el avión no es más que un recurso de viajeros pobres, no imagino qué otro progreso puede ser más engañoso que el de acudir a él en avión desde alguna de nuestras ciudades llenas. Vendría a ser, y perdón por la obviedad, como hacer el amor ahorrándose el anhelo y la seducción. O sea, reducirlo a frase hecha, anuncio publicitario, obscenidad del tipo rally París-Dakar o similares.

Lección del ángel

Por: Pedro Sorela Martes 29 Octubre 2002. En Textos de viaje, Artículos, Viaje, Arte

Pocas veces he recibido una tan nítida y magnífica lección de escritura como en las dos visitas que, con veinte años de separación, realicé a los frescos pintados por Fra Angelico en las celdas de sus compañeros en el monasterio de San Marco, en Florencia.

Apenas importa que él sólo pintase una decena de los 43 frescos, y en los demás, se limitase a dirigir. Desde La Anunciación que corona las escaleras y abre el recorrido, el asombro que produce semejante alianza entre arte e inocencia no consigue sin embargo impedir la aparición de otra lección tan angelical, quizá, como la primera.

Ahora bien: ¿lección o cuento?

Gracias a que por alguna misteriosa (y bendita) razón, los frescos de Fra Angelico no se encuentran en las rutas obligatorias de los turistas, con un poco de suerte es posible verlos en silencio y con cadencia: aunque lenta, ésta es importante porque, en ella, uno va descubriendo que los frescos, del siglo XV, van contando la historia de Jesús con comienzo, trama y desenlace... pero sin que la historia termine ahí.

Su valor tampoco es definitivo comohistorieta: el propio Angelico, en las puertas de un armario del convento, y Ghirlandaio, en la basílica de Santa Maria Novella, firman las historietas más bellas del mundo. No, lo cierto es que los frescos componen una historia por la forma en que está contada, u organizada, al configurar la almendra, por así decir, el verbo, de monásticas, claras y armoniosas celdas alineadas en los lados de un rectángulo.

Arañando el Atlántico

Por: Pedro Sorela Viernes 15 Octubre 1999. En Textos de viaje, Viaje

Un cartel situado junto a un edificio en construcción en una avenida de Bogotá pide estos días a los colombianos: "No se vayan, que ya lo estamos componiendo". Más allá de su optimismo, lo que llama la atención de este anuncio, de varios pisos de alto, es su capacidad de información.

Con ocho palabras, borra de un plumazo las docenas de titulares de una prensa interesadamente autista, ensimismada en las mezquinas batallitas políticas de siempre, y, como el negativo de una foto, informa de un hecho del que no tardaremos en oír hablar: los colombianos se están marchando. Hace ya tiempo que se van del campo a las ciudades, desplazados (ese es el eufemismo de la retórica política local) por los sangrientos episodios de la guerra civil colombiana, la más vieja del mundo. Desde hace unos cuantos meses, quien puede se marcha del país. En un colegio de pago de unos mil alumnos, en Bogotá, setenta se dieron de baja este año por causa de emigración.