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Pedro Sorela

geografias

Pruebas de que uno está en Portugal

Jueves 09 Abril 2015. En Viaje, Blog

p.S

"Un fuego encerrado en una caja de cristal..."

Llegamos a esa hora en que en el extranjero comen y cuando quieres comer tú es a menudo demasiado tarde y tienes que aguantar toda la tarde, hasta la hora de la cena, que menos mal es a la hora de la merienda. Por alguna razón, eso se produce sobre todo en Portugal.

     Pero no. Como todos teníamos algún doloroso recuerdo en esta dura prueba de las  meriendas-cena portuguesas, nos apresuramos a buscar un restaurante, y en efecto, en la plaza central del ¿pueblo?... ¿ciudad?... de la pequeña ciudad de provincia portuguesa, que es una categoría especial en el mundo de la provincia europea, vimos lo que parecía un restaurante en un segundo piso, como a veces sucede en estos sitios, y dijimos qué diablos, y entramos.

      Y en efecto, las escaleras sonaban: esa es una de las pruebas irrefutables de que uno está en Portugal, no falla. Puede que ocurra en otros sitios pero no tanto como en Portugal. Luego, a través de unas altísimas puertas con cristales biselados de piso de bisabuelos, ¿me siguen?, entramos en una sala que era cualquier cosa menos un restaurante: sobre varias mesas como de comedor viejo, pero sólido, se medio caían revistas y libros igualmente venerables, en tanto que en varias librerías de obra se alineaban, mal, indicio de tráfico, un montón de libros que reunían una cualidad extravagante: en portugués y español sobre todo, ninguno de ellos era un best seller ni había estado nunca en una lista. Y todos eran buenos. Eso es algo que un lector de tercer año reconoce a distancia.

     Hacía calor. Por algún atávico temor a una lluvia que había fallado a la cita -pues en Portugal, es sabido, llueve tanto como en Santiago, donde es el símbolo de la ciudad-, entre dos grandes ventanales ardía una pequeña chimenea encerrada en una caja de cristal, y el guardafuegos lo armaban una hilera de viejas botellas de oporto vacías. Una declaración de principios, pues justo en ese momento se apareció un hombre alto y vestido como un duque -quizá fuese el duque de ese feudo de libros y chimenea- con traje cruzado a rayas finas y corbata verde elegante y pañuelo a juego en el bolsillo. Quizá para pedir excusas por el fuego, traía delicadas copas de aperitivo y un par de botellas de oporto: la una de tinto y la otra -un  exotismo- de blanco frío. Una delicia. Una delicia que te hacía comprender el fuego, el suelo quejumbroso, los libros y revistas pasadas de fecha y cómo y por qué, en el salón de al lado, las mesas tenían cristalería de época y manteles blancos portugueses -esto es, con primorosas labores- como no veía desde la casa de mi abuela, hacia la mitad del siglo XX. (Heredé algunos, pero no me atrevo a sacarlos de un viejo baúl, donde el tiempo los debe de haber demigajado. Además, en mi bodega no hay ese oporto inencontrable).

    Entonces, al cabo de un tiempo -las horas son más largas en Portugal; por lo menos diez minutos, y está bien que así sea- apareció una señora de aspecto sobrio, casi místico, aunque sonriente, que ocupaba más o menos la mitad del espacio del duque -¿he dicho que era muy alto como debiera corresponder por rango a los duques y rara vez sucede?-, pero que a simple vista se veía era la duquesa. El ángulo de la cabeza, la mirada, incluso la sonrisa segura... no sé, esas cosas se saben. Y luego de saludarnos, con la misma comedida cordialidad que es de uso en Portugal, nos contó que ese restaurante era un punto de reunión de escritores y nos ofreció unas sopas portuguesas, caza y postre que no describo porque no me alcanza el talento y nadie me creería. Sólo diré, a modo de pequeña prueba, que el pastel de chocolate era sin el menor asomo de duda el mejor que me he comido en mi vida, y yo he comido muchos. Créanme: muchos.

    La conversación fue en buena parte sobre Borges. Parece casualidad pero yo sé que no lo fue. Y no porque Borges fuese -también- de ascendencia portuguesa, que eso es lo de menos, sino porque la literatura era uno de los pocos temas armónicos con el suelo crujiente, las ventanas altas, el oporto blanco frío y los manteles bien planchados.

    Solar Bragançano, en Bragança. (Vaya pronto, aunque llueva. Los restaurantes-cuento rara vez duran mucho).

Modesta cruzada (Viaje a Jerusalén)

Jueves 29 Mayo 2014. En Viaje, Cuentos, Blog

Entrada al Cenáculo. Jerusalén.

[...] Así entré en la ciudad casi sagrada, en la que por otra parte tenía la impresión de haber estado ya, o haberla soñado. Muchos soldados patrullaban por todas partes, aunque pronto los fusiles se fueron transformando en grandes piruletas de caramelo gracias al aspecto imberbe de los soldados y sobre todo las soldadas. Pese a sus pechos altos y firmes, las chicas no podían disimular pieles suaves y cuerpos poco guerreros. Si costaba imaginarlas disparando, era fácil en cambio imaginarlas como frutas, con ropa interior leve y delicada bajo la piel de los ásperos uniformes verdes... Esas ensoñaciones desaparecían de golpe cuando, si no llevaban gafas de sol, uno les veía los ojos. Había algo ahí que no es fácil encontrar, como no sea en soldados que ya han participado en… también se ve en hospitales… o entre supervivientes… Tiene que ver con el dolor y a veces la muerte.

    Y sin embargo eso tenía menos que ver con su condición de soldados y más con la ciudad, un poco al modo de mantequilla avanzando sobre una tostada. Porque los mismos ojos se les veían también a muchos ciudadanos: una especie de cuenta pendiente, de enfado difuso que se quedaba como sorprendido cuando, a dos de ellos, les pregunté la dirección del Cenáculo, el lugar de la Última Cena de Jesucristo y los Apóstoles. Era el único Santo Lugar, había leído, sobre el que no se había edificado un templo, o un mercado, o ambos, como en el Huerto de Jetsemaní, la Vía Dolorosa y el Gólgota. Simón tampoco sabía la dirección. Con el cuento de que no podía hablar, me miraba divertido, como un viejo colono que ve a su primo recién desembarcado arreglárselas con nativos. Simón sonreía, pero no podía disimular sus ojos. De vez en cuando me señalaba algún edificio, alguna cornisa, alguna vista. Eran sobre todo, y así los comprendí, los gestos amistosos de un mudo.

    Con el malhumor suspendido por la sorpresa, los dos primeros jerusalenitas me contestaron en un inglés correcto al que sin embargo se le salía, como una camisa mal metida en un pantalón, una especie de impotencia. Era -y eso se les veía más en los ojos que en la voz- como si no supiesen cómo se decía Grecia, ni Revolución Francesa, ni bombilla, ni minifalda. Pese a su inglés de recepcionista de hotel, por una intuición, digamos, auditiva, uno sospechaba que para decir minifalda, incluso para conjugar el verbo, tiraban una piedra.

     El tercero no tiró una piedra, pero porque no la tenía. Inconsciente como sólo puede serlo un turista, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle al primer transeúnte que pasó a mi lado dónde encontrar el lugar de la Última Cena, sin fijarme apenas -no parecía importante- que iba de luto y tenía la misma mirada de muchos habitantes de la ciudad, pero más acentuada. Algo en sus ojos se encendió para preguntarse si había oído bien, y debió de confirmarlo porque a continuación descargó sobre mí una frase sin comas cuyos detalles no entendí pero sí el sentido general; cuánto más que la frase, sin descansos, iba creciendo en volumen e intensidad, punteada y subrayada con una mano y luego un puño. Sólo entonces comprendí que era un judío ortodoxo, esos hombres vestidos de negro que llevan rizos delante de las orejas y van cubiertos con sombreros de hombres de negocios de los años cuarenta.

    El punto final se hacía esperar tanto que decidí no esperarlo y seguir mi camino: El lugar de la Última Cena resultó estar a la vuelta de la esquina -una habitación en una casa de piedra  humilde como toda la Jerusalén histórica-, y si no le habían montado una iglesia alrededor era porque en la parte delantera de la casa había nacido, se cree, el rey David. Dentro del abigarramiento general de esa ciudad en capas, el edificio convivía, como miembros de un mismo cuerpo, junto a un asilo, una especie de colegio minúsculo y un patio con tres tumbas. Inclinados sobre un muro para verlas mejor, una vez visitada la sala desnuda en donde nada recordaba a Jesucristo y los Apóstoles, pudimos ver que no eran unas tumbas cualquiera. Las tres estaban ennoblecidas por el moho de los siglos como tumbas inglesas, historiadas… y, según fuimos comprendiendo a medida que afinábamos nuestra vista, alguien las había profanado: les habían estrellado encima botellas de vino y whisky, la peor afrenta que se le puede hacer a un alma musulmana, judía y supongo que también cristiana.

    Durante un tiempo me quedé estupefacto, mientras hacía lo posible por respirar y entender. Luego, como le había sucedido al hombre de antes, la voz me fue creciendo de furia mientras le preguntaba a Simón que cómo pretendían vivir en paz si a la gente se le permitía escupir sobre los muertos. Simón ni se esforzaba en contestarme, y en esta ocasión su silencio no parecía tener que ver con su mudez. Miraba las tumbas como si estuviese viéndoles el más allá. No parecía sorprendido.

    La réplica me vino del judío ortodoxo. De pronto, como impulsado desde su escondite por el resorte de una caja sorpresa, salió manoteando como una polichinela a soltarme su discurso sin puntos que quizá fuese el mismo anterior, rumiado mientras permanecía escondido para regurgitarlo ahora. Tampoco él parecía esperar respuesta.

    En lo que se anunciaba como un intercambio de monólogos, la respuesta volvió a llegar por un lado imprevisto. De bajo la venda de Simón, salió uno de sus espeluznantes lamentos, esta vez ventrílocuo, con una serie de chasquidos que yo jamás había escuchado. El enfadado Polichinela sí porque sin cohibirse le lanzó otra frase sin comas, grandísima y con el punto final tan retrasado que se perdían las esperanzas de que llegara nunca. Así lo comprendió Simón que, sin esperarlo, salió al encuentro de la frase con otro de sus gemidos. Su voz se rompía de forma angustiosa por segundos a la vez que se apagaba, y además, me pareció, le dolía. Me disponía a insultar directamente al ortodoxo -a lo mejor así se callaba Simón-, cuando de alguna parte surgió otro contertulio. Esta vez era un hombre joven, moreno, con los dientes muy blancos y la cara agradable. Pero se le veía alarmado.

    - Váyanse-, nos dijo con urgencia en inglés. "Váyanse, váyanse. Esto es peligroso. Váyanse." -El joven casi nos empujaba-. "Ustedes no saben dónde se meten. Esto puede terminar muy mal. No hay forma de hablar con ellos. Váyanse."

    De modo que nos fuimos. Aunque tardé en recuperar el pulso - así como me enfado en un segundo, se me pasa en medio-, pero como suele ocurrir, tras vaciarme, el episodio me había rellenado con una angustiada melancolía. [...]

    (Fragmento de "Antes del desierto", en Cuentos invisibles, Alfaguara, 2003)

 

Mar de motos en Saigón

Por: Pedro Sorela Martes 15 Febrero 2011. En Viaje

Un gigantesco atasco, deliberado y feliz. Foto: pS

Cuando llegué a Hanoi recorrí durante un buen rato las habitaciones libres de mi pequeño hotel “boutique” que había contratado por internet –esto es, un hotel de bolsillo, al margen de las agencias de turismo y sin la obligatoria CNN en la televisión del desayuno–, en busca de aquella que me ofreciera un nivel de ruido aceptable. El patrón del hotel me seguía con sumisión oriental y una sonrisa un tanto ambigua, sin querer decirme –de todas formas yo terminaría por descubrirlo, es algo insorteable– que no existe en Hanoi tal cosa como un nivel de ruido aceptable. No en el centro, al menos, donde en un metro cuadrado pueden pasar casi tantas cosas al tiempo como en Nueva Delhi, que ya es decir. Y el centro es la parte interesante de Hanoi. O sea que lo mejor es acostumbrarse a los tapones de cera en los oídos, aunque es mejor traerlos puestos pues en Hanoi, la ciudad que después de la guerra hacía hablar a algún cronista de un “silencio casi sobrenatural” en sus calles ocupadas por los ciclistas, todavía no han considerado oportuno importarlos, o fabricarlos. A lo mejor esperan que el nivel de ruido sea realmente inaceptable. A fin de cuentas apenas ahora se comienzan a despedir de los miles de años de una civilización agrícola en la que, por ejemplo, el rey enviaba a las concubinas rebeldes a tejer seda blanca a un monasterio retirado frente a un pequeño lago que no es difícil imaginar silencioso y casto. Hoy, en medio de la ciudad, el monasterio está cercado por colegios que a su vez bordean el lago, cerrado al tráfico pesado –por lo visto se prefiere el riesgo del agua al de los coches–, y al atardecer, en estruendo, el idioma más universal que existe: niños jugando.

Treinta y cinco años después de la guerra entre el norte de Vietnam y un sur aliado con Estados Unidos, la impresión dominante, en especial en el norte, es que la guerra no ha terminado del todo. Y no sólo porque norte y sur sigan siendo regiones muy distintas, lo que se nota desde el urbanismo hasta el clima. Ni tampoco porque en museos, calles, librerías y demás se sigan presenciando arcaicos ejemplos de una suerte de religión que se creía en decadencia, al menos en política: el culto a la personalidad. En este caso, Ho Chi Minh, el líder que ganó la guerra de independencia de la entonces Indochina contra Francia, y luego inspiró la guerra contra Estados Unidos. Esa santificación laica a caballo de la religión y la publicidad recuerda los viejos tiempos de la Unión Soviética y el Telón de Acero, aunque sin llegar a excesos como la Rumanía de Ceaucescu o la actual Corea del Norte, con la única dinastía hereditaria comunista en el mundo, a falta de confirmar la cubana. Allí se han registrado niveles que ni Orwell pudo imaginar en las peores fiebres de la tuberculosis. Por otra parte, el culto a la personalidad ¿es patrimonio comunista? En la vecina Tailandia el culto es quizá mayor hacia el rey Bhumibol Adulyadej, cuyas imágenes tamaño top model ocupando grandes espacios en Bangkok parecen hacer las veces de un moderno Gulliver vigilando a los pobladores enanitos que se agitan contra la contaminación y los rascacielos en una de las varias ciudades que en el mundo superan los veinte millones de personas.