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Pedro Sorela

Pedro Sorela

 

Atorretrato_2_a_lnea_sept_10Soy nieto de explorador e hijo de viajeros -un español y una colombiana-, y a los doce años había cambiado ya dos veces de continente, vivido en cuatro idiomas y hecho en barco la travesía del Atlántico. Esas son las circunstancias más decisivas en mi vida y lo que escribo. También la de haber sido un niño con una garganta débil a quien obligaban con frecuencia a permanecer en la cama, junto con muchos libros y largos momentos de aburrimiento y ensoñación. Tengo una deuda con el aburrimiento, o al menos el silencio, así como con mi padre, que le devolvió a un amigo a los dos días el televisor que nos había regalado. Sólo vi la televisión pasados los treinta. Eso, hoy, marca una vida de escritor más de lo que resulta imaginable. Estoy muy agradecido con mi trabajo de profesor de redacción, en la universidad de Madrid, en el que me pagan sobre todo con tiempo y por enseñar a jóvenes a pensar con libertad, y dándome a mí una plena a la que no sabría renunciar. Sé que no es una experiencia generalizable y ya se alcanzan a insinuar ciertas sombras grises sobre la universidad española.

Fui periodista durante un par de décadas, en las que hice de todo: desde corregir noticias de corresponsales semi analfabetos pero que tenían “el colmillo retorcido” del que yo carecía, y que según un director que padecí es indispensable a la profesión, a emitir sentencias graves desde una columna semanal durante mis últimos cuatro años en El País, en Madrid. Agarré una alergia casi insuperable a los “actos culturales” y entrevisté a cerca de ciento cincuenta escritores y saqué la conclusión de que los más interesantes eran con frecuencia los que menos se lo creían: Leonardo Sciascia, Susan Sontag, el historiador Georges Duby, el lexicógrafo Rafael Lapesa... gente ya algo de vuelta de la vanidad que atenazaba a casi todos los demás. U Octavio Paz, que pese a estar ya muy enfermo, me deslumbró tanto con su inteligencia que me bajé del taxi que me llevaba de regreso al periódico para no tener que aguantar la radio del taxista.  “Y encima me pagan”, pensé agradecido cuando hablé con Leonardo Sciascia tres días seguidos en Sicilia, o en otras memorables ocasiones.

He escrito sobre todo novelas y cuentos, más o menos relacionados entre sí, aunque independientes, y un par de ensayos. Uno sobre la juventud y el periodismo de García Márquez que tendría que corregir mucho, y otro sobre algunos fundadores de la escritura moderna: Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare y Saint-Exupéry. Pero cada vez me quedo más tiempo callado cuando me preguntan qué tipo de literatura escribo: novela, cuento, ensayo, teatro… estoy más y más convencido de que son categorías interesadas, que no responden tanto a realidades literarias sino a los intereses comerciales o así sea académicos que gobiernan hoy buena parte de la vida literaria. Quizá influya en ello el hecho de haber escrito y dirigido teatro durante diez años con grupos independientes. El haber entrevisto, al escribirlos, hasta qué extremo los ensayos tienen que ver con la creación. Y con haber viajado con bastante intensidad para últimamente escribir, no de viajes, sino a partir de viajes. Esto termina por empequeñecer y hasta ridiculizar cualquier frontera.

Dicho sea sin alarde sino como la constatación de un futuro que ya ha comenzado a llegar, aunque parezca que no muchos se hayan dado cuenta.


OTROS TEXTOS AUTOBIOGRÁFICOS:

Yo nací extranjero

Por: Pedro Sorela Jueves 05 Noviembre 2009. En Conferencias

Instituto Cervantes de Dublín, 2010

Yo nací extranjero. Quiero decir que nací en Bogotá, Colombia –el lugar más lejano de la tierra, según dice Dostoievski en algún sitio que no recuerdo-, hijo de padre español y madre colombiana. Ambos eran viajeros que me sacaron de Colombia a los seis meses para pasar una infancia trashumante por algunos países y –esto es importante- otros idiomas. Además esos idiomas no siempre se sobreponían a los países.

Desde mi primer recuerdo, mi percepción del mundo fue la de extranjero. O si se prefiere, forastero. O, en algunos casos que quisiera ir aumentando, un nativo un poco raro. No sé qué es no serlo, desconozco cualquier sentimiento de pertenencia exclusiva a un país, siquiera chico, una patria, una raza, un nosotros, una palabra en la que no confío demasiado pues nunca he terminado de saber sus límites.

Todo ello ha marcado mi vida hasta el extremo de que, estoy seguro, determinó mi decisión de escribir, oficio que, más allá de lo que proponía Albert Camus, quizá sea la expresión misma de la extranjeridad. Su pasaporte.

Se puede ser extranjero de formas muy diversas, pero –al menos desde mi percepción- no se puede escribir, escribir literatura, quiero decir, si no es desde cierta marginalidad. Cierta extranjeridad. Justo lo contrario de ese tentador pero tramposo equívoco que propone lo local como condición para lo universal, y que tanto ha prosperado en todas partes pues todo el mundo se apunta a imaginar que su pueblo es el centro del mundo. Soy consciente de ir en contra de los tiempos, algo que, por cierto, es o debiera ser también inherente a la escritura, o mejor, a la ética del artista: escribir a contracorriente...

El viaje

Por: Pedro Sorela Lunes 05 Marzo 2007. En Artículos

Publicado en: Una infancia de escritor. Antología de Mercedes Monmany. Xondica Editorial

Mi padre, mi hermano Luis Xavier, y yo, a la derecha.
Mi madre no quiso participar, víctima de la melancolía de las
migraciones. 

Yo no sé muy bien dónde nací. La versión que escuché más veces dice que en una casona caprichosa y afrancesada que se encuentra en la esquina de la calle 69 con la carrera séptima, de Bogotá, pero lo cierto es que mis primeros recuerdos de ella se remontan a un día de los primeros años sesenta –o sea que yo ya era un muchacho–, cuando acompañé a mi madre, o ella me llevó para sentirse acompañada frente a sus recuerdos, y me encontré con la inmensidad de las casas vacías y las huellas de los cuadros en las paredes, y, situado sin aviso frente a un baúl abierto, ante evidentes pruebas de que la memoria de uno no se inicia en sus primeros recuerdos, sino antes de ellos, en un sombrero de paja de su madre cuando niña o en la petaca de plata de su abuelo, que aún guarda un resto de brandy.

Después de nacer, justo después, estuve dando tumbos por el mundo como uno de esos aventureros de la primera mitad de siglo, que fueron aniquilados por los viajes en grupo y las agencias de publicidad. A menudo he pensado que me gustaría repetir ese tiempo que mi madre recordaba con escalofríos, mezcla de horror y también de añoranza por tanta frescura, y mucho más el tiempo en que mi abuela tardaba tres meses para trasladarse a su internado en Ramsgate desde las tierras de mi bisabuelo en la Judea, cerca de La Mesa.

European memories

Por: Pedro Sorela Sábado 28 Octubre 2006. En Conferencias, Artículos

Coloquio de escritores en Amberes, 2006

When I was a child, the dining room table at my home in Barcelona was divided into two opposing bands:

The English side, led by my grandmother —whose greatest pride was, as a student in England, to have attended the Jubilee of Queen Victoria— and the French one, my father’s. He could have commanded other sides but he elected the French one because French was his first language, the one in which he had been raised and in which he spoke to us at times, although he wasn’t French in the sense of having a French passport. I suspect that he also chose this side, above all, for that healthy and immemorial pleasure of contradicting one’s mother-in-law.

And I chose that side not only because I liked my father more than my grandmother —he was a bon vivant and a traveler, and my grandmother was prey to all the Victorian superstitions— but because my brother and rival was on the English side. This was because they sent him to a school in England, while I stayed in Barcelona studying at the french school.

In any case I stayed home because I had a very weak throat and would not have been able to resist the rigors of a boarding school, or at least that’s what my mother claimed. I recall this language thing because it seems the most graphic way of reflecting a world that has disappeared today, and nevertheless it’s the world I come from...

El mar y el aburrimiento

Por: Pedro Sorela Domingo 24 Julio 2005. En Artículos

Parte del libro El viaje del Capitán Nemo. La Coruña 2005

Escultura de Homenaje a Julio Verne.
Jardin des Plantes, París.

Yo le debo a mi garganta y mis pulmones débiles una infancia llena de viajes y aventuras. También a mi hermano, mucho más fuerte que yo, y a mis padres, que en consecuencia me sobreprotegían. A una ciudad, Barcelona, llena de sol pero también de vientos y humedades que podrían figurar por derecho en algún museo del crimen, sección asesinatos sutiles o vías indirectas. A un mar, en esa ciudad, muy potente por escondido y menos obvio que el de las urbanizaciones fraudulentas de la costa y las postales de los turistas. A un tiempo inmóvil, que en mi caso parecía una siesta eterna, punteada de anginas sólo interrumpidas por los veraneos de tres meses en otro lugar todavía más inmóvil, Mallorca, pese a que ya habían comenzado a destruirlo con las urbanizaciones aludidas. A una familia exótica y dispersa y muy consciente de su pasado, que se manifestaba bajo la forma de fotografías en lugares lejanos e historias que parecían de otro mundo. Y lo eran.

Aunque si lo pienso, quizá no se tratara tanto de historias de otro mundo… como de los narradores: mi madre, sobre quien recaía, ahora me doy cuenta, el cargo semi sagrado de guardiana de la memoria familiar. Y mi padre, en quien se daba un gen raro que no he vuelto a encontrar y que me habría de marcar para toda la vida: tenía el vasto y políglota pasado de ciertas personas nacidas a comienzos de siglo… y el don de hablar de él pero sólo a medias. Decía por ejemplo: “Pues una vez en Roma (o Buenos Aires, o Cracovia, o…)”, y contaba una anécdota. Y cuando uno quería saber más y preguntaba qué estaba haciendo en Buenos Aires o en Cracovia, entonces se reía… y pasaba a otra cosa. Creo que si tengo que elegir un hecho decisivo entre los muchos que me convirtieron en escritor sería ese el primero de todos: la compulsión de completar aquellas historias.

Fronteras de Tres de Marzo (Texto patriótico)

Viernes 04 Mayo 2007. En Conferencias, Artículos

Feria del Libro de Valladolid, 2007

p.S.

Hace unos años, con motivo de la publicación de mi novela para chicos Yo soy mayor que mi padre, mi editora me pidió que cambiase el nombre de la ciudad de donde partía la acción, Tres de Marzo, por el de Bogotá, que era el que reconocerían nuestros jóvenes lectores... y era el que le correspondía en realidad, según yo mismo había terminado por ver. La ciudad de Tres de Marzo aparecía esporádicamente en cuentos y otras novelas mías (no en todas): en Huellas del actor en peligro y Viajes de Niebla, y ahora también en la última: Ya verás. Al principio pensé que la había inventado, como los escritores hacen casi siempre, para poder hablar con libertad de cualquier parte sin que le corrijan de forma constante los pequeños patriotas, los dueños del lugar: esto no es así, no es verdad que tal casa está en tal o cual esquina, las nubes de esta ciudad no van de norte a sur sino de este a oeste, no es cierto que al padre fundador de la patria le gustase el té: en realidad era un gran bebedor de café.

Y no pude. Quiero decir que no pude atender al ruego de mi editora de cambiar el nombre de Tres de Marzo por el de Bogotá. Le pedí un verano de plazo, lo intenté, me imaginé mi ciudad con otro nombre... y no pude. Y así se publicó la novela, con la acción en Tres de Marzo y tresmarinos como personajes… Y, aunque no muchos lectores protestaron por el nombre, y aparte de la lección de que hay que tener cuidado con lo que se bautiza, porque se queda, como es natural, la razón por la cual no pude realizar el sencillo cambio del nombre de Tres de Marzo por el de Bogotá no ha dejado de intrigarme.

Escribir hispanoamérica

Por: Pedro Sorela Martes 27 Febrero 2007. En Conferencias

Instituto Cervantes de Palermo, 2007

El primer pedazo de América que pude ver con mis propios ojos fue la luna, la luna de junio, que es viajera y más amarilla. Colgaba sobre el puerto de Barcelona y yo la estuve mirando con gran intensidad, creo que por primera vez en mi vida, en la conciencia de que, aunque aéreo y como indiferente, era el último pedazo de Europa que vería en quién sabe cuanto tiempo, y que la próxima vez que la viera llena, rebosante y amarilla de puras ganas de decir algo, sería en América. Ya sería una luna americana.

Pero no fue así. Cuando dos semanas después el Americo Vespucio, el barco italiano en el que emigrábamos se acercó a Cartagena de Indias a través del archipiélago de las Islas del Rosario, el espectáculo hizo que se agotaran, no ya los carretes de fotografía, sino las cámaras en la muy cara tienda del barco de la que hasta el momento los pasajeros habían procurado mantenerse alejados. Y puede que el espectáculo con que se hizo anunciar, lleno de morados y de nubes, fuese fantástico. Pero la luna que sucedió a ese atardecer estruendoso no era la misma.

Y no porque ya no estuviese llena o vacía, o que se le hubiese aclarado el amarillo como en un programa de lavadora equivocado: es que claramente algo le habían hecho durante la travesía del Atlántico, algo que sólo aparecía, que sólo se descubría ya en destino, en América. Si es que América era en realidad mi destino. Ese cambio de la luna me hizo dudarlo.