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Pedro Sorela

Viajes de Niebla

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 1997. Páginas: 382. Portada: Raul. ISBN: 9788420480848

NOVELA. EDITORIAL ALFAGUARA, 1997. PGS. 384. COLECCIÓN HISPÁNICA. ISBN: 9788420482576

Todo escritor sabe, a partir de cierto momento, con cuántas bazas seguras cuenta. Yo siempre supe que contaba con Viajes de Niebla: ahí es nada, el sueño de cualquier escritor, la narración de un mundo real, pero desaparecido. Casi un deber para cualquiera que lo haya presenciado, o al menos oído sus historias. "¡Qué barbaridad!", me dijo una vieja amiga al publicarse, "¡qué imaginación!". No le dije que me había tenido que reprimir, como todo novelista, para ser creíble.

Ahora creo que la alegría, el entusiasmo del libro, y que llega a su punto álgido con la recreación en setón del canto de los marineros a bordo del Magallanes y el concierto revolucionario de Vinkírovitz en el Real, tiene que ver con que me había mudado recientemente desde un piso oscuro a una casita llena de luz, con cuatro árboles, el techo inclinado y una chimenea...

Yo suelo escribir en un estado no del todo consciente, y sólo después, con el libro impreso, comprendí que Camila Mallarino, Diego y Niebla, el poeta Íñigo Gayán de Gádor, contaban básicamente la historia de mis padres. Lo que no dejó de perturbarme. Cómo era posible que yo dibujara a mi madre oscilando entre dos hombres. Podría no haberlo sido, pero era una mujer de un solo hombre. Hasta que comprendí que Diego y Niebla, de título revelador, eran las dos facetas de mi padre, las que yo recordaba sobre todas y que habían fascinado, y cómo no, a mi madre.

El título de Conde de Niebla existe, pero yo no lo sabía cuando los amigos anarquistas de Iñigo le cambiaron el suyo para imponerle ese, a caballo entre la rebelión libertaria, el viaje, el humor y la poesía. Además de su capacidad de sugerencia -el único valor, el estético, que justificaría la permanencia de los títulos de una clase desaparecida para siempre (puede que existan duques y marqueses, pero son como vagos indicios arqueológicos ambulantes de una especie extinta), el título de Niebla hace eco del de mi tío Pedro Sorela, conde de Nieva, que siempre me pareció un verso. Residente toda su vida en Bruselas, el último destino diplomático de mi abuelo, el más pequeño de los hermanos de mi padre -otros dos murieron en la Guerra Civil- fue el único con el que tuve cierto trato y a su través entreví los últimos vestigios de unas fidelidades más que un ideario, una estética, una forma de estar en el mundo ya olvidados. Como Diego, era un señor de los de entonces. Ya no los hacen así. Es algo que se dice a veces pero en esta es cierto.

Niebla se corresponde además con una cualidad que tenía mi padre. Igual que el Niebla del libro, mi padre, que se casó con el pelo casi blanco, había viajado mucho pero contaba la mitad. Sólo hacía puntuales y precisas referencias a lugares y hechos lejanos, y también idiomas que parecían improbables, inventados ahí mismo por él, y eso aguzaba más, mucho más la curiosidad.

Él no entraba a las invitaciones a explicar por qué él estaba ahí y lo había presenciado, ampliar el cuento y mucho menos terminarlo -no está claro que las historias terminen-, y a cambio se reía. Estoy convencido de que sin esa cualidad, y sin el don de mi madre para contar las historias de varias generaciones de su familia y de sus amigos, en un país donde, entonces, lo que más se podía valorar de nadie es que supiese contar bien, sin ellas, digo, yo no sería escritor.

La crítica...

“Su obra más rotunda”. 

Juan Ángel Juristo, El mundo

 

"Por la amplitud del mundo abarcado, por la hondura con que se penetra en estas vidas fingidas y por la riqueza literaria aquí desplegada, Viajes de Niebla es una novela altamente recomendable. Y además de gratísima lectura". 

Ana Rodríguez Fischer, Quimera

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