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Pedro Sorela

Fin del Viento

Novela. Editorial Alfaguara, 1994. Páginas: 296. Colección Hispánica. Portada: Raul. ISBN: 9788420481364

Fin del Viento

Recuerdo que Sealtiel Alatriste, el editor de Alfaguara en México, fue a buscarme al aeropuerto para llevarme al hotel Camino Real, en el D.F., que el mes anterior había alojado a la Reina de Inglaterra. Aquí hay una confusión, pensé, y le dije: "Sealtiel, el precio de este hotel no lo vas a recuperar ni con las ventas de esta novela, ni con el de todas las demás juntas".

Sealtiel se rió con el entusiasmo repleto de significados que le caracteriza.

- Es que esto no se mide así, me dijo.

Tardaría en comprender qué quería decir, entre otras cosas porque, por la más radical de mis novelas, fui entrevistado veinticinco veces en una semana, y varios periodistas no sólo se habían leído la novela -toda una novedad, para un escritor que atienda entrevistas en España-, sino que además parecían comprenderla.

Esta tercera novela, en cuya divulgación mis editores se esforzaron bastante al consolidarme como autor, fue seguramente la que secó en torno a mí el cemento de una reputación de escritor difícil que no se corresponde con la realidad. Es una novela que sin embargo gusta a los exigentes. "Puro lenguaje y ¿acaso no se trata de eso?", dice de ella un traductor francés amigo empeñado en encontrarle editor en Francia.

Yo vi la novela con las emocionantes imágenes de los rumanos derribando a Ceaucescu, quizá el tirano más grotesco de su tiempo. "Todavía son posibles las revoluciones", me dije como quien recibe una revelación, y de forma inevitable -cada cual tiene su tirano- me vino la imagen de una revuelta contra algo que no ha dejado de obsesionarme: la destrucción de la costa mediterránea española -catalana y balear-, el lugar irrepetible de los veraneos de mi infancia. Y destrucción no sólo por la especulación sino sobre todo por el mal gusto que ni siquiera la intuye. Algo que a distancia resulta por completo incomprensible.

Así que, todavía habitante (esa es la palabra) de una concepción radical del artista, que sólo tendría que darse cuenta a sí mismo de lo que hace, me propuse dos experimentos que hoy me parecen épicos, por decir algo. Contar la novela épica de una revolución, pero desde la óptica de una primera persona y no con los recursos de un Tolstoi omnisciente.

Y además -esto es lo de verdad arriesgado- prescindiendo de las ventajas de la primera persona: emociones, biografía y recuerdo, visión y narración subjetivas con las que se pueda identificar el lector. Además, no contar la revolución propiamente dicha sino sus preparativos. Y ello por la constatación de que por lo general no me interesan los medios y finales de las historias -a menudo el climax oficial-, sino sus comienzos: sobre todo, cómo se gestan, como se preparan. No cuándo cae el tirano sino el primer momento, el de los héroes.

El héroe es Rodrigo, uno de los huérfanos propietarios de Gádor en "Aire de Mar en Gádor", veinte años después, pensé que tenía los ojos y la piel necesarios para comenzar una revolución, sobre todo, contra la zafiedad.

Un antiguo editor y amigo leyó el manuscrito y me dijo: "El urbanismo no es materia ni de revolución ni de novela".

La crítica dijo...

 

“La vitalidad metafórica, los resortes expositivos, la mecánica creadora, en definitiva, el impulso estilístico es el que, junto a la determinación inapelable del narrador, unifica literalmente el relato”. 

Antonio Ortega, El Urogallo

 

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  • Fin del viento. Una página.
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