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Pedro Sorela

El irlandés que no lo era

Por: Pedro Sorela Martes 14 Abril 1981. En Cuentos

Él, L.P., periodista cansado, viajaba al norte tan pronto como podía, con la desesperada intuición de que sólo el viaje ­­­–el viaje al norte, París, Londres, Roma, a veces Berlín– podía devolverle de cuando en cuando, como los plazos de un crédito, la sangre que tenía que ir invirtiendo día a día en su periódico.

Ella, A.N., alta, morena, pómulos de eslava, iba todas las tardes con su hijo a los jardines de las Tuilerías, pasaba las mañanas en la silenciosa sección de arte de la Bibliothèque Nationale, y se transformaba por las noches en compañía, adorno, baza decisiva en la veloz carrera de su marido como alto cargo de una multinacional de ordenadores. París a los 39 años, nada menos.

Octubre fue para él, como siempre, un alivio. Al fin un poco de fresco, noches más largas y ya no las infinitas tardes de agosto, regreso de Madrid a su verdadera naturaleza de ruido y atasco y conflicto en lugar del escenario fantasma en cuyo silencio destaca más la radio del vecino superviviente. A ella, danesa de Skagen, una península donde rebota la luz de dos mares, octubre la ponía en un estado de exaltación parecido al del estudiante que después de tres meses de tedio de playa, discoteca, oye fascinado los engranajes de su cerebro al ponerse otra vez en marcha.

La noche en que coincidieron ambos eran gente nueva, dispuesta, exaltada por los amarillos moribundos y los rojos intensos de octubre, y por eso quedaron enganchados el uno del otro con una fuerza que ya no se hace. Cómo fue no importaría demasiado de no ser porque ayuda a comprender el final de esta historia… Se conocieron en una de esas charlas amables que se inician en los restaurantes de mesas demasiado juntas a los que se va a la salida de los teatros. El marido de A.N. quiso ver en L.P. a un irlandés, un paisano en la combinación de pelo negro, tez muy blanca y ojos azules, y ahí comenzaron a desfilar más botellas de las necesarias para acompañar a los quesos, y luego una larga sesión de rondas de armagnac que terminó cuando las sillas ya estaban puestas sobre las demás mesas, el suelo limpio y los camareros vestidos de calle. Para el marido hubiera sido quizá un encuentro divertido, nada más. El y ella maniobraron para otra cena, y luego otra. En esa tercera, que era de despedida pues regresaba a Madrid, y con la sinceridad de quienes no cuentan con tiempo, se las arreglaron para citarse a la mañana siguiente en el hotel. Allí, tras un largo abrazo, él la hizo sentar en el borde de la cama, se arrodilló a su lado, le cogió una mano y le explicó que no quería hacerlo así, rápido y probablemente mal, que quería verla otra vez, vivir con ella, tener tiempo por delante.

Comenzó al día siguiente, ya desde el avión, una correspondencia intensa y secreta que, como los ojos del irlandés, ayuda a construir el final. Él recibía su correo en el ático del Madrid de los Austrias, ella en la Poste Restante, y no en la oficina de correos más cercana a su casa, sino en una situada a dos estaciones de metro de la Bibliothèque Nationale. No llevaba las cartas a su casa, como pudo comprobar quien la robó por dos veces en el metro y una en su casa, sino que las dejaba en la mesa con llave la que le daba derecho su trabajo de investigación; un lugar estratégico entre incunables y obras maestras, y en consecuencia de casi imposible acceso.

Esas cartas demostrarían, si fuese preciso, hasta qué punto la pasión fue sincera y fuerte entre L.P. y A.N., y en ellas podrá reconocerse todo aquel que haya vivido lo suficiente: él se pregunta atónito qué le ocurre, ella no soporta una ciudad súbitamente vacía, él, allá en Madrid, va dejando de lado a sus amigos, ya no sale, busca la soledad, ella difícilmente aguanta a su marido, dice, y se tiene que retener para no rechazarle siempre, él llega a escribirle poemas –poemas tristes, melancólicos, sobre la ausencia–, ambos preguntan todo el tiempo si aún son queridos y comienzan a crear un lenguaje propio, una jerga, e intentan superar la distancia, la insuficiencia del correo, y vencer el tiempo que pasa: acuerdan saludarse al despertar y antes de dormir, recordarse con el ángelus a mediodía, y pensarse intensamente, imaginarse con sinceridad y, a las siete en punto, pensar en lo que harán cuando puedan verse al fin.

Las cartas comenzaron a ser leídas por ojos ajenos en el momento en que el lenguaje paralelo comenzaba a inventarse una gramática, y cuando los horarios del recuerdo, por así decir, ya habían sido establecidos y sólo necesitaban de alusiones. Las cartas ya no resultaban pues cargantes en su retórica de enamorados, sino enigmáticas, misteriosas, sugerentes.

Eligieron Londres, una ciudad posible, para su reencuentro, y aun así, temerosos de tropiezos casi inevitables entre tanta gente, marcharon a Escocia. Buscaban, claro, en el otoño brumoso, los ríos, los amarillos apacibles, un cuadro que no desentonara con sus cartas, a la vez que opaco, no demasiado visible, como lluvia fina al otro lado de una ventana.

Sí, L.P. había intuido bien en el hotel de París. En Escocia, con casi una semana por delante, entre piedras alisadas por los siglos y prados eternamente húmedos por el rocío y la niebla, dejaron que la espera fuese creciendo lentamente en ellos hasta que todo fuese natural sin necesidad de músicas ni bebidas. Cuando finalmente quedaron desnudos el uno frente al otro, sus cuerpos no les parecieron extraños compañeros de una voz, una mirada, unas manos que conocían bien; el cuerpo le él no se correspondía con su edad, tal como había temido ella, y estaba desgastado por la falta de sueño y la comida de lata. El de ella, en cambio, como confirmó él con un temblor casi imperceptible, era de un blanco que sorprendía bajo su pelo negro, y de una suavidad y ternura como L.P. no había conocido nunca.

Quién sabe qué hubiese ocurrido en el caso de que L.P. y A.N. hubiesen cedido aquella mañana en París a su deseo de guiar las caricias de una mano o humedecer los labios en lugares escondidos. Probablemente no hubiese ocurrido nada más. En Escocia, por un inesperado efecto del abrirse con sinceridad y esperarse sin prisas, fueron quedando más unidos, cada vez, hasta que les pareció imposible separarse. La última noche permanecieron abrazados, sin dormir, preguntándose cómo iban a lograr sobrevivir el uno sin el otro.

Lo consiguieron, no sin esfuerzo. Reiniciaron de inmediato el pobre sustituto de una correspondencia intensa, aunque ligeramente distinta. No primaba ya la desolación por la ausencia, sino cierta rebeldía ante ella, que poco a poco fue planeando otros encuentros. Una noche, tras una fiesta en la que había bebido demasiado, ella se sentó de golpe en la cama como quien ha sido golpeado por el error de una pesadilla, y tuvo que violentarse para fingirla ante su marido, también despierto, cuando en realidad exultaba ante la dimensión de su hallazgo: porque A.N. se había acordado del viaje de Christian Lebot a Bayona. Dos meses de verano en los que había pintado mucho, pero mal, cuadros que parecían ejercicios para no perder la mano, construidos con tal serenidad y ausencia de búsqueda que, admirablemente en él, parecían las obras sin vida ni talento de un profesor de Bellas Artes.

En el mismo instante en que A.N. recordó ese período de Lebot, decidió que ella lo recuperaría para la historia del arte, iniciaría de inmediato un voluminoso estudio sobre ese verano marginal. Tendría que viajar mucho a Bayona, y Bayona estaba a una noche de tren desde París, y a otra desde Madrid.

Así encontraron L.P. y A.N. una vía para mantener encendido su amor a distancia, y resultó tan fácil como una pasión por la caza o por navegar a vela. No tuvieron mayores dificultades para encontrarse con cierta regularidad en el sur de ella, en el norte de él y, lo que es más importante, con perspectivas de hacerlo durante mucho tiempo, tanto como durase un estudio inacabable sobre dieciocho cuadros y dos grandes cuadernos de bocetos.

No tardó en crearse algo parecido a una rutina, que ellos llegaron a ver como una suerte de matrimonio; al final de cuentas, se decían en las difíciles despedidas, estaban más tiempo juntos que muchos matrimonios de pilotos o de maestros de escuela rural. Además, las separaciones y encuentros saboteaban la monotonía que –tenían ya edad para saberlo– corroe y destruye, e incluso mata.

Un jueves de cada dos, y prácticamente a la misma hora, él iba a la estación de Chamartín y ella a la de Austerlitz, y ya en los coches-cama, escuchando los anuncios de trenes y ciudades que a esa hora menudean en todas partes, despertando en las estaciones para descontar etapas, iban construyendo cada encuentro.

No hacían locuras, sin embargo. No se instalaron ni se establecieron en un lugar fijo que hubiera desmentido la investigación de A.N., pues Christian Lebot, en su veraneo mediocre, no había cambiado la naturaleza viajera que le había inquietado la segunda parte de su vida y había recorrido toda la zona, a ambos lados del Pirineo, con la ansiedad de un turista de autobús.

L.P. Y A.N. se compraron un coche blanco de segunda mano, uno de esos que abundaban en la región , y en el que guardaron, como en el deseo de un lugar propio, las cartas intercambiadas desde el viaje a Escocia que les fueron robadas un día, junto con el radiocasete. Con el coche fueron visitando todo el País Vasco, como habían hecho en Escocia: eludían los lugares frecuentados por turistas, como Biarritz, Zarauz o Fuenterrabía, pues siempre eran posibles coincidencias no deseadas, recorrían pueblecitos discretos en los que nunca faltaba un bar y una pensión con rutinaria pero excelente comida: cordero y pimientos, merluza si estaban cerca de la costa, y angulas a buen precio, que sólo se comían en España. En esos bares era fácil además charlar con la gente del lugar, que, bajo ademanes rudos y lenguaje más bien cortante, era simpática y discreta: jamás preguntaban por otra cosa que no fuera si les gustaba el pueblo o si ya habían comido los chipirones de la patrona, famosos en todo el país.

Cinco meses después del comienzo de esos viajes, un 26 de mayo humedecido por la lluvia invisible del norte, L.P. y A.N. fueron asesinados de dos tiros en la nuca cuando salían del bar La Francisca, en Elanchove, costa de Vizcaya. Anochecía y el agresor, un hombre de unos treinta años que vestía un cortavientos amarillo, caminó hacia otro coche de color blanco, idéntico al de ellos, a cuyo volante esperaba otro hombre con el motor en marcha.

Nunca se les identificó. En el comunicado difundido dos días más tarde, los ejecutores explicaron la verdadera identidad de L.P. y A.N., conspiradores que bajo la apariencia de un periodista y una investigadora se habían dedicado a recorrer el país en busca de información y contactos, en una clara labor de apoyo para futuras acciones de guerra. Antes de su desembarco se habían preparado de una forma concienzuda que demostraba su capacidad profesional: él, como periodista de sucesos, había aprendido de armas y métodos de sabotaje. Ella, como supuesta especialista en el pintor Christian Lebot y esposa de un ejecutiva de una multinacional que le ofrecía excelente cobertura, se había documentado sobre infinidad de aspectos de la vida del País Vasco. Una correspondencia entre ambos, interceptada, demostraba igualmente su pericia en códigos y transmisiones en clave.

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