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Pedro Sorela

Que los banqueros, un día cualquiera

Martes 20 Diciembre 2011. En Blog

Que los banqueros, un día cualquiera

p.S  Lectora ideal 2011
"Que los ojos de la gente vuelvan a ser capaces de soñar con Moby Dick".

Que los banqueros, un día cualquiera, amanezcan modestos y un poco encogidos.

Que los cipreses tengan en febrero una pubertad tranquila.

Que en los quioscos broten geranios sobre las revistas del porno rosa. O cafés cortados. Algo.

Que sigamos descubriendo en pasillos oscuros de palacios inmensos tesoros bajo el polvo, como El vino de San Martín, de Brueghel el Viejo, y que cojan el camino de El Prado, no de Sotheby's.

Que los ojos de la gente vuelvan a ser capaces de soñar con Moby Dick y los mares del sur. A las librerías, esta es una promesa, regresará a continuación.

Que en las plazas de fanáticos geómetras crezcan árboles con grandes sombras sobre bancos (para sentarse).

Que las mujeres redescubran la falda. Y vuelvan a sonreír.

Que Madrid se vuelva una ciudad para caminantes. Como Roma. Se necesitan siglos pero alguna vez hay que decidirse.

Que a 857 publicistas les crezca pelo verde y, melancólicos, no puedan trabajar. Que haya un terremoto sólo para "chirimbolos", la televisión en el metro y otras pesadillas de Orwell.

Que sea necesario explicar lo obvio unos miles de veces menos. Y padecer que nos lo cuenten otros tantos miles... menos también.

Que alguien escriba una Oda a la paella. O una ópera para esta temporada en el Teatro Real.

Que por las calles de Nuevos Ricos y Horteras vuelvan a circular viejecitas simpáticas.

Que los liquidámbares sigan otoñeando en cuatro colores, y gratis: sólo para darnos ganas de viajar y pintar.

Que los telediarios y periódicos traigan noticias y caras e ideas nuevas.

Que el fútbol le ceda el primer puesto al bendito azul del cielo, y que el cielo no sea siempre azul desierto.

Que haya nubes, la escritura de los dioses, y que llueva.

Que los nacionalistas viajen un poco, aunque sea a Oporto, Casablanca o Burdeos, que eso les bajará la fiebre, y ya para siempre.

Que los arquitectos a sueldo de la Internacional del Ladrillo sean víctimas de súbitas pasiones y se fuguen lejos con mujeres fatales.

Que colegios y universidades se liberen de los nuevos puritanos, los políticos y los comerciantes. Que vuelvan los sabios, o que vengan.

Que los estudiantes escapen de Internet a respirar un poco y se topen, de pronto, con ciertas novelas. Ya verán.

Que los modistos salgan del espejo y tengan alguna idea nueva, alguna vez. Sobre todo los de hombre.

Que los padres de niños mimados sean condenados en los restaurantes a quedarse sin postre.

Que los de Soria valgan lo mismo que los de Barcelona o Madrid, y que 50 millones de españoles, no sólo unos cientos, puedan proponerse para gobernar. Quién sabe, a lo mejor alguno sabe cómo sacarnos de esto.

Que perdamos el miedo. Que dibujemos, contemos y bailemos más.

Por favor.