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Pedro Sorela

Reseñas - Quién crea la noche

La gramática interna del cocido

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Zenda. Autores, libros y compañía - Federico Haro del Río

 

Si muchos estudiantes lo detestaban era porque nunca les engañaba sobre la calidad de sus trabajos. «Ni vosotros ni yo tenemos tiempo para mentirnos", decía.


Aunque pudiera ser, no soy yo quien habla así de Pedro Sorela, sino Pedro Sorela quien habla del profesor Diego de la Balma en Quién crea la noche. Como De la Balma, Pedro se conformaba con contagiarnos "la alergia al tópico". No era poco. Veníamos de la tortura de un Bachillerato uniformador y nos dimos de bruces con alguien perteneciente a esa especie de profesores en peligro de extinción que él retrata en su novela.


Como la clase de Orazio Dassisti, otro de los personajes del libro, la de Pedro era también uno de los últimos reductos libres de móviles en el mundo. Lo llevaba a gala y lo dejó claro el primer día: "Al que le suene el móvil, coge, se levanta y se marcha. No hace falta que yo, ni nadie, diga nada". Fueron muchos aquel curso los que enfilaron con resignación, móvil en mano, la puerta del aula. Circulaba la leyenda de que un día fue su teléfono el que interrumpió la clase. "Esto es un drama", dicen que dijo. Se levantó y se marchó.


Con él aprendimos que en el periodismo las excusas no es que no sirvan, es que no existen. Si el encargo de la semana estaba hecho, adelante. Si no, que pase el siguiente. "En periodismo —nos decía— no se puede decir es que... Está prohibido. No figura en el idioma". Bien lo sabe esto Rory Gae, personaje de la novela, de quien podemos asegurar que fue su alumno, porque lo que enseñaba Pedro no lo enseñaba nadie más.


Era muy consciente de que justificar suspensos exige más esfuerzo que regalar aprobados. "Suspender alumnos —dice en el libro que nos tiene aquí reunidos— da trabajo", pero él no estaba dispuesto a dejar de cumplir sus obligaciones por el mero hecho de que muchos alumnos no cumplieran las suyas. Era justo. Y pagaba siempre con la misma moneda: si uno había sido generoso en el esfuerzo, él era generoso (mucho) con la calificación.


"Se mire por donde se mire, buena lectura y buena música afilan los ojos y la capacidad de matizar", dice en Quién crea la noche. Con él, la buena lectura estaba garantizada: Victor Hugo, Saint-Exupéry, Rilke, García Márquez... Pero sus métodos para educar nuestra mirada iban más allá. En una ocasión nos pidió escribir un texto con la gramática interna de un cocido.


—¿Madrileño? —preguntó jocoso un alumno creyendo que se trataba de una broma.

—O montañés, lo que prefiráis.

—Pero ¿cómo que con la gramática interna de un cocido? Eso no tiene sentido —dijo, más seria, otra alumna.

—Ah, bueno, si queréis podéis hacerlo entonces con la de una paella —remató Sorela.

Ni siquiera los que nos atrevimos a intentarlo descubrimos cuál era con exactitud la gramática interna de un cocido (ni madrileño ni montañés), pero aquello nos sirvió para comprender que los cocidos, como las paellas y como todo, tienen su gramática. La extravagancia de algunos de sus encargos le granjeó no pocas críticas. Era su manera de afilarnos los ojos. "Yo —decía— me afilo los míos cada mañana frente al espejo". Así descubrimos muchos el envés de Madrid, "ese lado de jungla o Himalaya —como lo describe él en el libro— que tiene cualquier ciudad, por plana que sea".


Aprendimos, en definitiva, que lo imposible es una entelequia y que nada está lejos. Todavía algunos le reprochan que no enseñaba, y tienen razón: no enseñabas, Pedro, pero contigo se aprendía mucho.


Zenda. Autores, libros y compañía - Federico Haro del Río


La sempiterna curiosidad de Pedro Sorela

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Cadena Ser - "Los Muchos Libros"


Ayer en el estudio de 'Los muchos libros' compartían espacio y charla Macarena Berlín, Antonio Rubio y Montse Morata. Todos compañeros de profesión de Pedro Solera, periodista para El País, y escritor de numerosas novelas y tesis, fallecido el pasado año. Entre miradas, los tres asistentes recordaban a quien reivindicó toda su vida la herramienta esencial del oficio: la mirada de la curiosidad. Y apelaba Rubio: "sin curiosidad, sin atrevimiento, sin investigación, sin inquietud somos personas que no pertenecemos a este oficio".


Ayer en el estudio de 'Los muchos libros' compartían espacio y charla Macarena Berlín, Antonio Rubio y Montse Morata. Todos compañeros de profesión de Pedro Solera, periodista para El País, y escritor de numerosas novelas y tesis, fallecido el pasado año. Entre miradas, los tres asistentes recordaban a quien reivindicó toda su vida la herramienta esencial del oficio: la mirada de la curiosidad. Y apelaba Rubio: "sin curiosidad, sin atrevimiento, sin investigación, sin inquietud somos personas que no pertenecemos a este oficio".


Su obra es referente en las escuelas de periodismo y su recuerdo sigue muy patente entre sus alumnos. Montse Morata, discípula y amiga del periodista colombiano que dirigió su tesis doctoral sobre Antoine de Saint-Exupéry rescataba una de las frases de su maestro la grandeza del alma se contagia, "y es lo que Pedro nos contagiaba". Se entregó por entero a la docencia, "Sorela, formaba para poder informar correctamente", recuerda Rubio. Bajo una enseñanza impregnada de principios como la exigencia, el valor y el rigor, explica su alumna, "eran esos valores de la superación que llevan a descubrir a alguien que desconocíamos y que no era otro que nosotros mismos".


Quién crea la noche, libro póstumo del periodista, "en esta obra está destilada toda su esencia, el pensamiento e ideas que fue desarrollando en toda su obra y vida", opina Morata. Para Rubio, Pedro Sorela "en el fondo es un filósofo que utiliza el viaje y la observación de las personas para analizar el mundo en el que estamos". Punto de vista que comparte Morata: "El viaje es una alegoría de la creación y condición misma de la libertad".


Tanto Rubio como Morata coincidieron también a la hora de hablar de la influencias del periodista: "tiene influencias de García Márquez". Sorela estudió los textos escondidos del escritor, sus años difíciles, la juventud y el periodismo.


Por esto y mucho más, la clave de este libro es, como dice Morata, "la creación como infinito, lo lleva al extremo en esta novela".

"La sempiterna curiosidad de Pedro Sorela" - Los muchos libros - Cadena Ser

El último viaje de Pedro Sorela hacia lo imprevisto

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ABC Cultural - Jaime G. Mora

Sentado detrás de su mesa de profesor, en la última planta de la facultad de Periodismo, a Pedro Sorela a menudo la mirada se le congelaba en dirección a las ventanas de un aula que parecía sobrevolar, como un avión que se hubiera quedado colgado en el aire, el campus de la Universidad Complutense. Siempre llevaba gafas redondas y la barba poblada; le bastaba con afeitarse la mirada, decía. La mirada, la curiosidad, era un bien amenazado, y había que regarlo cada mañana para que no se marchitara antes de tiempo. El periodismo, lo escribe en « Quién crea la noche» (Alfaguara), envejece rápido cuando se toma en serio: «Las redacciones de todo el mundo están ocupadas por ancianos de veintinueve años, treintañeros fatigados y escépticos, con la curiosidad ya en las últimas, y casi todos se marchan a un plan B antes de los cuarenta y cinco».

El plan B de Sorela, nacido en Bogotá en 1951, fue la universidad. Allí recaló después de desempeñarse como periodista en «El Correo», en la agencia Europa Press, donde entrevistó al teniente coronel Antonio Tejero durante el golpe de Estado, y en «El País», diario en el que se especializó como periodista cultural y experimentó con el columnismo. «Escribir columnas durante años termina por conformar una mente ocurrente, perspicaz, superficial, oportunista, rápida y resultona», apunta en « El sol como disfraz» (2012), la novela en la que trata de desentrañar el enigma por el que los periódicos salen todos los días. En la universidad, donde impartió redacción periodística casi hasta el final de sus días, como en el Máster de ABC, se convirtió en mucho más que un profesor: en un maestro.

Se le tenía por extravagante por hacer leer libros difíciles a sus alumnos. Se le tenía por antipático porque no toleraba la estupidez. Desde su púlpito llamaba a la resistencia contra los clichés, contra la falta de imaginación y contra las cabezas cuadradas. Qué difícil es recordar a cualquier profesor, después de tantos años, y qué fresco en el recuerdo lo seguían teniendo tantos plumillas, de una generación y de otra, que quedaron huérfanos hace poco más de un año, cuandomurió por culpa de un cáncer.

Nos quedan sus lecciones, eso sí, y nos quedan sus novelas. Viajero impenitente, Sorela entendía la escritura como una manera de volar. «Aire de Mar en Gádor» (1989), «Trampas para estrellas» (2001), «Ya verás» (2006), «Historia de las despedidas» (2008), «Viajes de niebla» (2013), fueron algunos de sus intentos de conjugar viaje y escritura. «El viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante», escribe en «Cuentos invisibles» (2003). «Me aburro –anota en "Huellas del actor en peligro" (1991)–. O no me aburro, sino que me abruma comprender, verlo como una mancha en el aire, cuánto, cuánto nos aburrimos todos en Madrid, París, Roma y Londres». Madrid, París, Roma y Londres, y Nueva York y Hong Kong y Ámsterdam y Santiago y otra vez Madrid y muchas más ciudades son los escenarios de «Quién crea la noche», la obra que Sorela terminó poco antes de morir.

«El verdadero viaje ha de ser lento, a veces aburrido», dice aquí, en su testamento literario. Pocas veces se usará con tanto sentido esta expresión. Distintos personajes –empresarios, estudiantes, artistas, inmigrantes, profesores… uno por cada capítulo– cruzan sus vidas a lo largo de estas 35 historias perfectamente ligadas entre sí. Sorela retrata un mundo feo, tiranizado por el entretenimiento estéril, entregado a la tecnología, donde ya no quedan países por descubrir. ¿Qué hacer si ya todo está a la vuelta de la esquina y no tenemos un país lejano con el que soñar?, se pregunta. ¿Qué hacer, cuando los lugares comunes han sepultado las multitudes? Sus personajes encuentran el camino correcto cuando aprenden a mirar. «Su mirada lo hacía diferente –dice uno de sus protagonistas–. Siempre se veía que estaba pensando en otra cosa». Este es para Sorela el mejor modo de poner rumbo hacia lo imprevisto en un mundo de ciegos. Es un gesto de rebelión.

"El último viaje de Pedro Sorela hacia lo imprevisto" - ABC Cultural - Jaime G. Mora

Vidas cruzadas

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Babelia - Ana Rodríguez Fischer

Pese a la triste circunstancia que la enmarca —el fallecimiento del autor hace algo más de un año—, los lectores de Pedro Sorela estamos de enhorabuena porque podemos disfrutar de su última novela, que sin duda contribuye a ahincar más aún en nuestra memoria el recuerdo de una obra que ocupa un lugar impar e irreemplazable en nuestro panorama narrativo. Y aquellos que desconozcan al autor tienen ahora una excelente ocasión para descubrirlo porque Quién crea la noche es un magnífico crisol que agavilla un buen número de temas representativos de un autor que tiene en la ecuación escritura-viaje su expresión esencial.

Desde las novelas Viajes de niebla (1997), Trampas para estrellas (2001) y Ya verás (2006), a los Cuentos invisibles (2003) e Historia de las despedidas (2008), Sorela ha ido estrechando ambas experiencias —viajar y escribir— para hacerlas destilar cuanto tienen en común, hasta el punto de que los elementos clásicos de una novela de aventuras —exploración, peligros y dificultades, azar, hallazgos y encuentros, fracasos y derrotas— aparecen filtrados a través de una lente de naturaleza metafórico-poética con la que combatir una manera excesivamente pedestre de entender la tradición realista. El objetivo es contar historias singulares que suceden en escenarios que llevan incorporados a los personajes —sea el desierto, un bosque nórdico o una metrópolis— y enfocadas desde un ángulo que no soslaya la mirada lúcida y crítica, ya se trate de abordar el mundo universitario, los holdings de la información y los poderes mediáticos, la especulación inmobiliaria y la gentrificación, la uniformidad globalizada, el tráfico de inmigrantes, el megalujo, la corrupción, el embrutecimiento que inyectan según qué productos culturales o el descomunal negocio de las patrias y de quienes se desviven por hacerlas necesarias. Es decir, los comportamientos y valores de una sociedad siempre entregada al espectáculo, pivotando entre la mascarada y la farsa, y regida por un pragmatismo tan obsceno como acomodaticio.

Mediante 35 historias bien trabadas, en Quién crea la noche Sorela va desplegando un rico mural que conforma una radiografía de nuestro presente protagonizada por personajes de todas las edades, procedencia y condición —muchos de genealogía mestiza—, que se mueven por medio mundo y viajan en distintos medios de transporte —desde cruceros a pateras y aviones o trenes—, con propósitos y razones muy distintas. A la vez que se dibuja la vida real y nuestro proteico presente, se perfilan los conflictos íntimos: la baraja de emociones y sentimientos que guía nuestras vidas, la duda de si estaremos hechos de libertad o destino, el amor como experiencia fronteriza, los dilemas morales, la reivindicación de la belleza en un mundo muy necesitado de ella, la alianza entre naturaleza y creación, la duda y a la vez la esperanza de que la literatura y el arte nos alivien de los golpes y naufragios, la desazón o la congoja ante el paso y el peso del tiempo…

Y es admirable la modulación, la intensidad y la belleza con que este prodigioso mural va apareciéndosele al lector, resultado de conjugar una mirada tan atenta como aguda y selectiva sobre la realidad, con una estimulante imaginación creadora.

"Vidas cruzadas" - Babelia - Ana Rodríguez Fischer

Doktor Faustus

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Revista Música y Literatura - Álvaro del Amo


Montaigne, Sorela, Trapiello y Abbott

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Diario El Mundo - Manuel Hidalgo


PLUTARCO EN LA FERIA

Un 38,2% de los españoles no lee un solo libro al año, porcentaje, por cierto, cercano al de los abstencionistas en las recientes elecciones. La Feria del Libro de Madrid, inasequible al desaliento, ya ha llegado al parque de El Retiro con su puntualidad de último viernes de mayo, su baúl anual de tópicos sobre los que discutir y, oh maravilla, sus más de dos millones de visitantes previstos. Nórdica ha publicado De los libros, un opúsculo extractado de entre las más de 1.700 páginas -en la edición de Acantilado- de los Ensayos de Michel de Montaigne (1533-1592), quien, degenerando, llegó a ser alcalde de Burdeos. El sabio renacentista puede sorprender cuando escribe: "Sólo busco en los libros el gusto que me proporcione un honrado entretenimiento". Quienes nunca leen suelen creer que los lectores son héroes esforzados que aceptan aburrirse por un fin alto y pretencioso, y los buenos lectores, olvidando que también se entretienen con los libros, imputan a los lectores superficiales o de ocasión buscar sólo el entretenimiento. Lo que habría que aclarar es qué entendía Montaigne y qué entiende cada cual por entretenimiento y cuáles son los requisitos -¿honrados?- para obtenerlo. Montaigne desdeñaba los libros recientes y se refugiaba en los clásicos. Plutarco era su preferido, y de Plutarco acaba de publicar Mármara La excelencia de las mujeres, que no es un tratado feminista, pero que sí refuta, censando los méritos de destacadas mujeres, la feroz misoginia de Pericles y de otros eximios y ensimismados varones griegos.


LOS CLUBS DE LECTORAS

Cuando los cine-clubs se extinguen, los clubs de lectura proliferan. Tiene su intríngulis que el personal no esté por la labor de salir de casa para reunirse a hablar de películas, pero sí para hablar de libros, siendo la lectura, en principio, una actividad más privada. Los impresionistas (y otros) pintaron mucho a las mujeres leyendo, y no a los hombres, y en estos clubes de lectura es masiva la concurrencia de las mujeres. Estuve el martes en el club correspondiente de la librería La Central para comentar con las asistentes -digo bien- Claus y Lucas (Libros del Asteroide), de Agota Kristof, cuya lectura recomiendo vivamente. Participaban unas 20 personas, ¡y apenas dos eran varones!


'QUIÉN CREA LA NOCHE'

No sé qué habría dicho de esto mi amigo Pedro Sorela, fallecido hace poco más de un año, hombre de opiniones radicales y hombre que (a su manera, como en todo) amaba a las mujeres. Pilar Álvarez nos convocó el lunes en la librería Alberti a la presentación de la novela póstuma de Pedro, Quién crea la noche, recién editada por Alfaguara. Las míticas autoexigencia e intransigencia con lo banal de Sorela le depararon una selecta y acérrima comunidad de lectores exigentes. ¿Qué es para ellos el entretenimiento? Fue bonito constatar la fidelidad, el reconocimiento y el entusiasmo de dos antiguos alumnos de Pedro, la profesora Montse Morata y Alfonso Armada, hoy reputados periodistas y escritores gracias a las inoculantes clases de Sorela. Dijeron que Quién crea la noche es, quintaesencia y decantación, lo mejor que escribió el gran viajero, ferviente admirador de Saint-Exupéry y, como otra vez puede comprobarse, maestro en el arte de titular.


CARTAS DE PÍO BAROJA

Sumando amigos poco dados a las contemplaciones, Andrés Trapiello reunió a sus fieles, el mismo día, en la librería Cervantes, con Fernando Rodríguez Lafuente como jocoso padrino. Diligente a más no poder en su amarre al escritorio, a Diligencias (Pre-Textos), la vigésimo segunda entrega de su Salón de pasos perdidos, Trapiello ha añadido en estos meses El Rastro y una edición ampliada de Las armas y las letras, ambos en Destino. Los entremeses suelen ir al principio de la comida, por delante de los platos fuertes, pero contradiciendo -que es lo suyo- tal norma, Trapiello ofrece al final del curso Un poco de compañía (Ipso Ediciones), su aportación renuente a la colección Baroja (& Yo), en el que desempolva y saca lustre a cinco cartas inéditas del escritor donostiarra a Juan Terrasa, un amigo diplomático. Las glosas jugosas de tal correspondencia van componiendo un retrato reticular de Baroja y su mundo, aderezado con tres o cuatro soplamocos -marca de la casa- a algunos que Trapiello hace pasar por allí para recibirlos. Ya terminando, y después de convocar a Gracián en una cita sin desperdicio ("La queja trae descrédito"), Trapiello se estira y, a la vez, se condensa en un capítulo sin grietas: Filosofía barojiana. Joaquín Ciáurriz, el editor, ya puede abonarle su soldada sin reservas. Muy ricas, las piparras del aperitivo, que volaron en un santiamén.


DISCÍPULA DE EUGÈNE ATGET

La Fundación Mapfre nos apabulló en 2011 con una inolvidable exposición de Eugène Atget (1857-1927), cuyo espléndido catálogo se abría con un retrato del fotógrafo francés, obra de su discípula Berenice Abbott (1898-1991). Ahora, en la Sala Recoletos, hilvanando y al calor de los flashes del festival PHotoESPAÑA, la Fundación Mapfre ofrece una no menos apabullante muestra -cerca de 200 piezas, una docena de ellas de su maestro- de la fotógrafa norteamericana, cuya mirada -se dijo- fue "directa, pura y estricta", así la aplicara sobre personajes famosos, motivos científicos o edificios neoyorkinos que tocaban -y tocan- el cielo.


"El mundo" 3 de junio de 2019, Manuel Hidalgo