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Pedro Sorela

Fronteras en el mar

Jueves 19 Mayo 2016. En Blog, Novela

Emilio López-Galiacho
Portada de Banderas de agua.

Hubo un tiempo, al menos en mi recuerdo, en que lo que más podía ambicionar un chico era cubrir su maleta con todas las pegatinas de hoteles que se repartían entonces en ellos, y el colmo era tener un pasaporte con hojas extra, de forma que todos sus visados se desplegaban como un acordeón. Así era el de mi padre, que llevaba su pasaporte fascinante con la misma naturalidad con que hoy nos reclamamos europeos, primermundistas prestos a mostrar nuestro DNI en Viena, si nos lo piden. El pasaporte se reserva para los sitios aún exóticos, como la India o Estados Unidos.

     ¿Con la misma naturalidad? Desde hace algún tiempo ya no estoy tan seguro. Cierto que ya no tenemos que andar cambiando dinero en las fronteras, como antes, y que mucha más gente que antes habla ahora en inglés o en castellano -en Alemania, Francia u Holanda era casi tan difícil como en España encontrar anglo hablantes, y estoy hablando de hace treinta años-, pero no estoy seguro de que las mentes sean ahora más abiertas. Entonces, lo juro, no dabas la mano a un nuevo conocido con la bandera de tu país en la izquierda por la sencilla razón de que a nadie le importaba demasiado.

    Es más, en ciertos momentos, la nacionalidad casi se postergaba al segundo párrafo, y ello por pura amabilidad y buenos modales. Así ocurría, y ahora estoy hablando de una infancia bastante nebulosa, en la Mallorca de los años cincuenta, la posguerra mundial tardía, cuando todavía no había comenzado la explosión nuclear turística que iba a exterminar el paraíso de las islas, lo mismo que la costa Brava catalana, y en la que los ingleses, franceses, holandeses y alemanes que llegaban de avanzadilla hacían los primeros esfuerzos por llevarse de forma civilizada. Y en el caso de nuestros amigos, de la mano de mi padre, español, y mi madre, colombiana, potencias neutrales.

      Y cosmopolitas. En el sentido menos pijo y más interesante de la palabra. Quiero decir que mi padre, hijo de un explorador más tarde diplomático, y mi madre, enviada al exterior desde niña, igual que su madre, habían crecido y se habían educado en un mundo en el que lo civilizado era abrirse a lo extranjero y no encerrarse. Esto es, moverse en un mundo cuanto más abierto mejor. En fronteras, sin duda, pero también en idiomas, lecturas, viajes y todo lo que se pudiera, sin por ello abandonar lo que hoy llamaríamos unas pocas señas de identidad esenciales. Lo bueno estaba también lejos, y casi mejor si era distinto. No es casual que a mi hermano y a mí nos enviaran siempre a colegios en otros idiomas -y no, no eran forzosamente caros, a menudo lo eran menos que los otros, todavía no estaban de moda-, que me enseñaran a leer con los libros de Julio Verne y de Tintín (¿alguien ha observado que las nacionalidades casi no existen en Tintín?), y que en la biblioteca de mi abuela materna, en Barcelona, estuvieran las obras completas de Stefan Zweig, el más transfronterizo de los europeos.

     Pero eso ha cambiado en vida mía, y ello hace que me admire de todo lo que puede caber en el espacio de una vida, que por definición es siempre corta. Por alguna razón no ha disminuido mi capacidad de asombro, y no dejo de ejercitarla todos los días cuando leo de las muchas iniciativas para crear nuevas fronteras o reforzar las existentes, volver a ponerlas donde ya no había, construir muros que parecen la nueva Gran Muralla China, que se ve desde la luna, y reinventar un mundo medieval como si fuese la imposible traslación a la realidad de una novela de ciencia ficción a cargo de un autor de nuevo enloquecido con las entelequias de la diferencia, la raza, los derechos históricos, los dioses y todo lo demás que ya creíamos tan superado como la Inquisición y la difteria. Cómo será la amnesia que hay hasta supuestos izquierdistas que se reclaman nacionalistas, lo que no merece ni ser comentado.

    Y no estoy hablando sólo de las fronteras nacionales sino de todos esos pequeños grupos y sectas que constituyen los ejércitos de la nueva tiranía políticamente correcta, los nuevos nacionalismos, si se quiere, una vez caducados los de antes -es como si los humanos padeciésemos la maldición del gen gregario, todas esas muchedumbres poniéndose la misma camiseta en un estadio-, y que a veces utilizan los mismos miedosos recursos, y hasta peores, más refinados.

    De eso trata Banderas de agua, novela publicada por FronteraD, primero por entregas digitales y ahora en papel y libro electrónico, y que será presentada por Fernando Savater el miércoles 25 de mayo en la librería Lé, de Madrid (Castellana 154), a las siete y media de la tarde. Estáis invitados.

    Hasta aquí he hablado del libro en términos ensayísticos o políticos. Creo sin embargo que el conflicto del que estoy hablando no trata sólo de las fronteras tipo raya sobre la tierra -muy reales, pese a su carácter imaginario- sino de otras que detecto como narrador, como novelista, y que consisten en una progresiva dificultad para comprender la visión poética que es el sustrato de cualquier literatura, la metáfora, la narración. Por eso mismo, y porque ese es el lenguaje de los novelistas, lo he elegido para Banderas de agua, que comienza así:

    "Un día los tiburones decidieron establecer fronteras en el mar".

 

Banderas de agua

Viernes 06 Marzo 2015. En Blog, Novela

Emilio López-Galiacho.
Trata de la invención de las fronteras, y más cosas, como siempre hacen las novelas.

Novela

Mis primeras palabras, mi primera frase, según me contaba mi madre, fueron en italiano. Entonces vivíamos en Italia. Hijo de un español y de una colombiana, viajeros ambos, eso significa que desde el principio fui un extranjero, un migrante. Desde el comienzo, alguien consciente de las fronteras.

     O mejor de su ausencia, pues tuve la enorme suerte de que mis padres jamás se las tomaron demasiado en serio y, en la medida de sus posibilidades, se sentían en casa en muchos sitios y eso fue lo que nos transmitieron.

     Sin embargo, con el tiempo fui también tomando conciencia de que mi indiferencia a las fronteras no se correspondía con la realidad, en la que por el contrario, a lo largo del último medio siglo, fueron tomando progresiva importancia. Para mi sorpresa. Y aunque siempre estudié en colegios que alternaban por lo menos dos idiomas, el primer choque fue, y siguió siendo, más que con los idiomas, con los acentos: de alguna forma, un acento distinto, aunque fuese en el mismo idioma, no sólo no suponía un aliciente, como lo era para mí, sino un obstáculo. Esa fue tan solo la primera lección.

     Luego fui descubriendo que esos acentos se correspondían con otra realidad menos gaseosa, que eran los países, y más que los países, su historia. Y siguiendo por ese camino terminé por descubrir con los años -contar el proceso sería un libro- no sólo que existe una industria que podríamos llamar de las naciones, sino que esta industria identitaria es la más grande jamás inventada por el hombre y además el origen de la mayor parte de los desastres políticos que ha vivido. Quién lo hubiese dicho, a mis padres y a los que, como ellos, pensaban que las peculiaridades nacionales ya no daban, tras las lecciones de la Segunda Guerra Mundial, más que para adornar a los personajes en los cuentos de la sobremesa. (Entonces se hacía sobremesa, entre otras cosas porque no teníamos televisión).

      Aún así comencé a viajar en serio coincidiendo con la progresiva disminución de los visados, y blanco y con pasasporte europeo, nunca tuve mayor problema con las aduanas. Sí veía que en muchos aeropuertos las colas se organizaban en función de razas y otros criterios, y hasta sospechaba lentitudes y retenciones que nunca me afectaban a mí y no me inspiraban más que una vaga solidaridad, más bien abstracta. Hasta que detuvieron a una joven amiga colombiana, Juliana González Rivera, en la frontera de Checoslovaquia, cuatro días antes de que este país entrara en el espacio Shengen, y acusada de circular sin visado la deportaran a Dresde, en Alemania. Allí fue metida en un calabozo como una delincuente para permanecer 48 horas, al término de las cuales estaba previsto que ingresara en una cárcel para pasar varias semanas o meses antes de ser expulsada y no poder volver a terminar sus estudios de doctorado en Europa. Por fortuna los mandos policiales de Dresde no eran estúpidos y, tras algunas (frenéticas) gestiones, comprendieron que Juliana era una víctima de la telaraña identitaria y la torpeza en el diseño de ciertos visados, le retiraron los cargos y le permitieron volver a España, para terminar, por cierto, una brillante tesis sobre cómo se cuentan los viajes.

       Creo que ahí, junto con algunas experiencias de mi hermano, que con sus hijos tuvo que vagar por Europa durante años tras sufrir un atentado en Colombia (lo que conté en Yo soy mayor que mi padre), ahí se comenzó a fraguar Banderas de agua, aunque se venía gestando desde mucho antes. Trata de la invención de las fronteras... y más cosas, claro, como siempre hacen las novelas. Se publicará primero por entregas semanales, los martes, en la revista digital Frontera D (ayer jueves fue publicado el primer capítulo, ver enlace más abajo) y luego en papel en la editorial de esta misma publicación, a la que agradezco haberme dado asilo en sus páginas, en tiempos, pese a las apariencias, simpatizantes con las aduanas y los muros. Ese es pues su sitio: la novela de las fronteras en una editorial sin fronteras.

 

Los malos en matemáticas son invisibles

Miércoles 29 Octubre 2014. En Blog, Obra, Novela

Fernando Vicente
"Había perdido para siempre la lógica de los números".

Mis profesores, en el colegio, se dividían en dos bandos: los que se preguntaban cómo había podido fracasar el sistema hasta el punto de permitirme llegar hasta ese curso, y los que salían en mi defensa y señalaban que, por el contrario, yo tenía cierto talento en la interpretación de las metáforas de Víctor Hugo o Chateaubriand, o el humor de Molière y de Ionesco. Estos eran los profesores de Letras. Los primeros, los de álgebra, geometría, física y química, aunque esta última era lo bastante literaria -a fin de cuentas sus fórmulas tenían letras- como para permitirme aprobarla de vez en cuando.

     Hay que tener en cuenta, por si no hubiese quedado claro con la mención de lo que estudiábamos, que yo vengo de un tiempo tan remoto que no había especialización en el bachillerato y había que estudiar tanto letras como matemáticas -ahora lo agradezco, por increíble que me parezca a mí también-, y buena parte de mis profesores no habrían superado los exámenes de la moderna Inquisición Pedagógica: ni el profesor impaciente que nos arrojaba tizas para hacernos callar, con una puntería que le envidiábamos, ni la profesora a la que llamábamos El Moco y que en cierta ocasión le dijo a Moreno (seudónimo): "Moreno, si los gilipollas volasen, usted sería jefe de escuadrilla".

    Pese a que nos ponía notas algebraicas (-3, -4,5 y por lo tanto el cero ya era una conquista), tengo un gran recuerdo de El Moco, y no sólo porque a mí me fuese envidiablemente bien con ella: aprobado justo en medio de verdaderas orgías de notas algebraicas (y eso también sería hoy imposible). Vestida siempre de rojo y negro en homenaje a Stendhal, admiración que me transmitió, aunque muchos años después, la razón más probable de su tolerancia conmigo es que mi apellido tenía tan sólo una letra más que el Julien Sorel, el héroe de El rojo y el negro, y quién sabe si no éramos incluso parientes. Intuyo que era una izquierdista intransigente (en aquel tiempo, en ese colegio los profesores respetaban las cabezas indefensas de los alumnos y no se abrían las gabardinas para exhibir sus ideas políticas) pero nadie como ella me enseñó nunca tanto sobre las sutilezas de la poesía galante ni me inculcó tanto respeto por los clásicos. O mejor aún, por lo que merece serlo. Y sin duda me enseñó más literatura que la que me iban a enseñar luego en la universidad, con grupos, generaciones y fechas de edición, trucos todos inventados por los profesores para no cansarse.

     Salvo de alguno, buen profesor por un azar improbable, me temo que no guardo un buen recuerdo de los demás profesores de matemáticas. Porque eran malos. Es cierto que por culpa de los viajes de mi familia yo me había saltado dos cursos, perdiendo ritmo para siempre en la lógica de los números, pero creo que jamás se plantearon ningún problema que no fueran los muy misteriosos que resolvían en la pizarra los buenos de la clase en matemáticas, y desde luego jamás supieron lo que era la pedagogía. Como por ejemplo K., que el primer día de clase deambuló por entre los pupitres pasándonos revista con la narizota roja de un sargento alcohólico, y al llegar a mi sitio, en la esquina más remota del aula, se me quedó mirando con adelantada fruición y me dijo con impecable lógica matemática: "Estás sentado en el puesto que el año pasado ocupaba Fernando Vega. Fernando Vega era un gamberro, y por lo tanto tú eres un gamberro". Nunca la lógica matemática me había parecido lo irrefutable que dicen que es, pero ese día confirmé mis prejuicios.

     Los malos en matemáticas son invisibles, que acaba de salir en Alfaguara Juvenil, trata de todo ello. Leyéndolo despacio y en frío, sí tengo la impresión de estar poniendo ciertas cosas en su sitio, pero no  creo que sea una venganza pues hace demasiado tiempo y mi memoria sonríe, pese a todo. A veces pienso que esos fueron los mejores años de mi vida.

El sol como disfraz

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 2012. Páginas: 360. Portada: Pedro Sorela. ISBN: 9788420412771

«Uno de los enigmas del periodismo es que los periódicos salgan cada día sin rastro de tanta sangre y traición dentro de ellos: sólo reflejan las guerras de afuera y, en contra de lo que se cree, tampoco demasiado.»

Pisotones, fotos y portadas que buscan retener en titulares el día fugitivo.... el verdadero protagonista de esta novela es La Crónica del Siglo, un periódico que podría ser casi cualquiera. En el apogeo de su éxito no previsto, Pedro Sorela muestra cómo quienes lo escriben son periodistas más de carne que de hueso.

     Así Sofía, redactora jefa atrapada entre un cuerpo de fábula, su poder y el deseo de ser madre. Picasso, en el origen mismo de la leyenda de La Crónica del Siglo. Paloma, que ya conocimos en Aire de Mar en Gádor, al igual que Dimas, un periodista que intenta aplicar al periodismo secretos del teatro. O Daniel, reportero con cara todavía de estudiante, que busca en una vieja moto una noticia cierta en un Madrid disfrazado por el sol y el azul del cielo para disimular la dictadura más severa que existe: la del tiempo.

   En una época en que la información deja de ser lo que fue y busca lo que será, El sol como disfraz explica algo del por qué y cuenta el qué y el cómo. El cuándo es el periodismo de nuestro tiempo, uno de los trabajos más atractivos y crueles que existen.


Han dicho...

 

«Sorela novela con crueldad y ternura la vida de un periódico de éxito, tan real que puede ser cualquiera. Su prosa brillante y personal entra como un bisturí en el periodismo de hoy y saluda al de mañana» 

Álex Grijelmo, periodista y ensayista 


«Pasé una magnífica tarde de sábado leyendo la novela, que leí literalmente de un tirón. La alta teoría periodística del autor  está muy bien imbricada en el desarrollo del complejo  relato, donde viven claramente diferenciados personajes principales y secundarios. La riqueza del libro se presta a amplios comentarios»   

 Álvaro del Amo, escritor, cineasta y crítico de ópera


«Hace muchos años que la dictadura de los tabúes parece haber cortado las alas de los autores. En un alarde esencialmente literario tú se las has devuelto. Qué harán ellos con las alas está por verse» 

Mario Muchnik. Editor y escritor

 

«...Una prosa limpia, aguda, de un escritor que parece que habla de periodismo pero en realidad nos está revelando la mayor crisis de nuestro tiempo: la de la imaginación y la libertad mental [...] La eficacia del cuento, la verdad de quien ha ejercido el periodismo, la sugerencia de la buena ficción y la autoridad del testimonio casi autobiográfico [...] Sorela, como no he leído a nadie hacerlo hace tiempo, se aparta de su ombligo para hacer lo que hacía Balzac: representar la sociedad de una forma casi taxonómica [...] Se le nota que ha sido periodista –es casi un reportaje–, que ha hecho teatro –una estructura coral–, que dibuja –sólo alguien con los ojos muy afilados puede hacer un retrato tan eficaz–, que es un viajero –como Dimas Foz, uno de sus protagonistas–, y, sobre todo, que ha conseguido mantener los ojos jóvenes, quizá porque es profesor de una cátedra que no es tanto lección magistral –que también–, sino una invitación a mirar con ojos propios, y por eso ya es legendaria. “No hay que aprender a escribir sino a ver”, dijo Saint Exupéry, y Sorela lo ha conseguido»

Juliana González-Rivera, periodista


...Tu novela es cojonuda, me la he leído en dos sentadas en la tumbona del jardín. Me ha gustado mucho y además  disecciona con sabrosa saña (o quizá pasa a cuchillo) ese reino al que le quedan quince minutos. ¡Bravo!

Jordi Soler, escritor 

 

Has conseguido (con este libro, pero con toda tu trayectoria, evidentemente), que se te reconozca sin leer tu nombre en la portada, por lo que dices y por cómo lo dices. Supongo que eso es a lo que aspiramos todos. Y no me extraña que tenga éxito entre los estudiantes de periodismo, aunque lo que cuentas no sea precisamente como para tirar cohetes ni despertar vocaciones…  

                                                                                                                                               Martín Casariego, escritor


He disfrutado mucho leyendo 'El sol como disfraz'. Me ha costado, eso sí: muchas ventanas abiertas a la reflexión, era imposible pasar de página con fluidez. Me he quedado atrapada en muchas frases, me ha parecido todo tan nuevo y, al mismo tiempo, tan familiar que mi cerebro no paraba de intentar hacer conexiones. Es también un ejercicio completo de redacción. Ni lugares comunes ni palabras de más. Cómo engañan la precisión y la síntesis porque en esa "economía del lenguaje" se relata y sugiere más de lo que parece. Así que exige esfuerzo. También de vez en cuando tu libro nos pone frente a un espejo en el que no es fácil mirarse. Incomoda y da pellizcos. Menos mal que otras veces ofrece alas para volar un poco más alto y ser más libres en este oficio de contar.

                                                                                                                                                Silvia Melero, periodista


"... ese escenario tan vibrante que has conseguido para una novela de lo más extraña en la literatura española: la literatura sobre periodismo. Me ha gustado mucho el equilibrio entre reflexiones sobre el periodismo --y la vida-- y el fresco que trazas sobre el periodismo. No sé hasta qué punto gana aquí el recuerdo o el hábil mecanismo de la ficción, pero lo cierto es que a uno le entran ganas de haber vivido en una redacción de las que añoran tus personajes. Por momentos parece el cuaderno de bitácora que todo periodista debería escribir o, al menos leer. Es el gran fresco del periodismo español de nuestros días: sí, esa es la sensación que uno tiene al terminar de leer la novela. Lo dicho: me ha encantado".

 Jorge Eduardo Benavides, escritor

El sol como disfraz", una interesante novela de Pedro Sorela que me ha hecho reflexionar mucho sobre el periodismo, sus males, sus tópicos. Recordar mis experiencias recientes, sentirme cómplice. "Si aquello no era una guerra se le parecía: cada vez menos gente hacía más cosas. O había menos gente (...) Tenía que disimular para que no se le viera en los ojos lo extraño y ajeno que le parecía el periódico. Lo lejos que se sentía de las intrigas, que van unidas a la vida periodística como la grasa al jamón". Así lo ve Daniel, el protagonista, pero ¡cuántas veces sentí lo mismo! En fin, una novela altamente recomendable, crítica, desmitificadora, escrita por alguien que conoce a fondo las tripas de una profesión en proceso de desmantelamiento.  Emma Rodriguez, periodista en Cultura de El Mundo desde la fundacion. En Facebook
Pienso que en el enjambre que configuran los personajes es absurdo tratar de identificar a cada uno de ellos. Lo correcto es observar el enjambre o la bandada de pájaros o banco de alevines y mirar cómo se mueve, hacia dónde va o cómo se abre a la llegada de un peligro o perturbación. Así entiendo yo que resulta la lectura gratificante y el texto se hace mucho más comprensible. Con esa aproximación, el texto se hace inteligible, rico, complejo y aleccionador. Y me explico las continuas intervenciones del autor, las inserciones, las máximas acerca del trabajo y los personajes que trabajan en las redacciones de los periódicos.

 Juan Antonio Méndez, traductor


«En tiempos de twits y Huffingtons, El sol como disfraz de Pedro Sorela nos recuerda que una vez existió algo llamado periodismo»

Carlos Primo, periodista y escritor

El sol como disfraz: nunca tanta verdad junta por página cuadrada. Excelente disección de la profesión periodística de Sorela. 

 Rosana Fuentes. Periodista y profesora de Relaciones Internacionales

 

 «Sé que se lo regalaré a más de uno.  Aunque mi ejemplar es mío; en el futuro puede que necesite recordar cómo se mira con ojos jóvenes»

Ana Vázquez, periodista y música

 

«Un libro esperanzador. Medicina contra la soledad y la impotencia. Aunque también propina muchos puñetazos en el estómago(...) Cuando todo el mundo discute sobre el modelo de negocio, Sorela atina con el único que sobrevivirá y triunfará: el buen periodismo»  

Cristina Vallejo, periodista y socióloga

 

«Una gran novela, a medio camino entre la fábula y el realismo»

Juan Carlos Rodríguez, periodista y crítico

 

«He disfrutado muchísimo leyendo esta novela. Muchísimo. Lo segundo: también gracias. Porque también he pensado mucho, leyendo esta novela. Tanto como disfrutado. ¿Será lo mismo?... El latido y la enfermedad de este oficio: la lucha perdida de antemano contra el tiempo. Y un canto de amor a los rodeos, quizá único modo de contar un poco la verdad. Una novela de periodistas que es a la vez un ejercicio de periodismo... una novela que cuenta a los periodistas para contar, rodeándolo, el periodismo. Que cuenta el periodismo para contar, rodeándolo, el hoy en que vivimos. Que cuenta el hoy, quizá, para, rodeándolo, recordar que todo lo que lo aborde de frente no puede ser sino un teatro, un ponerse el sol como disfraz»

Laura Casielles, periodista, poeta y arabista

 

... Ahora estoy leyendo este "El Sol como Disfraz" y parece que he regresado a sus clases (que tanto echo de menos), y vuelvo a tener los ojos abiertos, enormes y la sonrisilla irónica a medio hacer...

                                                                                            Alma de Diego, poeta


«Leído despacio, a ritmo de violín, queriendo robar el cuaderno de notas de Daniel...»

Mayte Guerrero, periodista y editora



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En prensa


«Es estimulante y admirable la agudeza crítica de Pedro Sorela, que obliga o ayuda al lector a encarar ese mundo desde perspectivas nuevas, alumbrando tanto los brillantes logros de ese nuevo periodismo como su final, corroído por el tiempo...»

Ana Rodríguez Fischer, El País.


"La novela más férreamente centrada en la prensa que yo conozca (...) Todo este riquísimo material se conjuga en una diversificada historia cuyo primer mérito radica en la habilidad formal que le da sentido unitario. El argumento gira en torno al proposito de "Picasso", nuevo y excéntrico director del centenario La Crónica del Siglo, de lograr un periodico innovador. Los detalles del trabajo en la redacción ocupan mucho espacio y al lector curioso se le ofrece una guia de viaje por el dia a dia de la confección de la prensa; casi al punto de que un estudiante encontrará una auténtica introducción a las peculiardades de cada sección de un diario."

Santos Sanz Villanueva (El Mundo)


«La novela no debe leerse como un roman à clef, aunque también sería tonto pensar que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia»

Manuel Rodriguez Rivero. El País.

Leí  hace unos meses "El sol como disfraz", de Pedro Sorela, y me afectó tanto que tuve que dejar pasar un tiempo para hablar sobre ella

Emma  Rodriguez, en lecturassumergidas.com

 

Pedro Sorela, otro potente narrador  todoterreno, nos habla del oficio de periodista en El sol como disfraz (Alfaguara). Con una prosa certera y con una ironía no exenta de ternura, Sorela nos relata el auge y la caída de un director que llega a un periódico con la aviesa intención de ponerle unas gafas nuevas (...) Sorela sabe muy bien que, al fin y al cabo, lo que distingue a un buen escritor y a un buen periodista es la mirada.

Javier Morales. eldiario.es 


«El oficio de informar en una novela sin contemplaciones»

Tiempo.


«Una buena crónica de un estilo de vida en peligro de extinción»

Javier Márquez, Esquire.


«La alegoría de un ocaso: el de toda una cultura periodística, la de las rotativas y el papel, que parece ir perdiéndose en el horizonte» 

Javier M. Uzcátegui. La huella digital. Revista Universitaria.


«Imaginación, pasión, cotidianidad y humor»

Javier Velasco, Todo literatura.


«La dictadura del tiempo. El plan B. El periodismo como viaje. Y la vocación literaria siempre por encima de todo. Y en las redacciones, lo justo. Es peligroso»

Eduardo Laporte, El náufrago digital.


«En El sol como disfraz está, aunque casi inadvertida, la idea de que existe otro periodismo posible. Hay un aliento renacentista, de reflexión, de crisis, y hay un aliento de esperanza por un periodismo que pueda evolucionar mirando hacia atrás. Un periodismo que busque su futuro en la vieja fórmula de utilizar palabras veraces para contar historias que importan. Un periodismo que huye de las plantillas y las historias prefabricadas»

Miguel Carreira, Los lunes de El Imparcial.

«El sol como disfraz no me pareció escrita por un periodista-escritor, sino más bien por un gran lector que hubiera forjado su estilo a fuerza de adentrarse en mundos y visiones ajenas con la intención (lograda) de conseguir un refugio propio»

Marina Sanmartín, La Fallera Cósmica. Revista de Letras (La Vanguardia).


"...las verdades como puños que vive la profesión periodística y la utopía que él mismo (sus alumnos universitarios posiblemente estén de acuerdo conmigo) ha consttruido en torno a esta profesión". 

                                                                                 Ismael Arranz (Kiss FM).

Entrevistas — Radio Nacional de España 
(***A partir del minuto 17).

Ya verás

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 2006. Páginas: 264. ISBN: 9788420469645

Tantos, tantos viajes cruzando el Atlántico, casi todos por aire y uno por mar. Y muchas otras travesías que me contaron.

Tanto, tanto baile con chicas delgadas y ágiles que transmitían su cuerpo a través de su cintura en mi mano, hace tiempo, en Tres de Marzo. Bailes y fiestas que transcurrían al mismo tiempo que los primeros grandes libros y las grandes discusiones, las únicas que al cabo del tiempo importan.

Y tantas clases, en el campus medio salvaje de la universidad de Madrid, agradeciendo ese privilegio: enseñar a algunos jóvenes a pensar, ver, descubrir el placer misterioso de la escritura, mientras se mira por grandes ventanales cómo escuadras de pájaros hacen piruetas en silencio en el cielo gris de invierno.

De todas esas lejanías está compuesto "Ya verás": "la única promesa a la que un viajero no se puede resistir". Y no, no son tres historias distintas, como llegó a decir algún crítico, sino, con el casi olvidado deseo de construir novelas con grandes ventanales, tres momentos en la vida de una sola mujer, incluidos sus orígenes, que además es azafata y cuya vida transcurre en el aire.

Ya verás es, por supuesto, hijo de todos mis libros anteriores, pero sobre todo de Cuentos invisibles. Esto es, la intuición de que los cuentos de un mismo libro, y en particular si transcurren en lugares lejanos, conforman una sola historia. En este caso, tejida por el viaje y el movimiento de la mirada.

En este libro tuve por primera vez la sensación de que había comenzado a terminar de pagar mis deudas, y esta vez era más mío que nunca.

Trampas para estrellas

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 2001. Páginas: 272. Portada: Raul. ISBN: 9788420442440

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A partir de un incidente real -cómo cuatro amigos y yo estuvimos a punto de ahogarnos en un río de los Llanos, en Colombia, cuando teníamos unos trece años-, esta novela trata de la boqueante situación de la universidad española, en la que decenas de miles de estudiantes viven una situación límite... sin que nadie se dé cuenta o al menos lo diga.

Y en efecto, sólo recibí un comentario de un colega y amigo, aunque no cuenta mucho porque pertenece a especie extinta de los que lo leen todo. Nadie más me dijo nada. Aunque quizá, lo reconozco, ese silencio pueda tener que ver con la dificultad española para moverse entre lo imaginario y lo alegórico. ¿Tan difícil era identificar las mastodónticas, catedraticias, amasadas facultades españolas en el Instituto de Alta Exploración de Madrid? Una escuela de exploradores -qué otra cosa es o debiera ser una universidad- en la que los futuros exploradores intentan conservar su curiosidad y entusiasmo en la carrera de obstáculos por enigmáticas asignaturas y pintorescos profesores.

Aunque para percibirlo ellos viajen lejos, Bela, Pablo y Santa Ya, los tres protagonistas, viven en Trampas... la época de la vida a mi modo de ver más dramática en este tiempo en Europa. Su mili: el paso del estadio ideal en la vida, el de estudiante, al de habitante de la ciudad cuadriculada.

Quizá vuelva sobre ello. Me gustaría.

Viajes de Niebla

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 1997. Páginas: 382. Portada: Raul. ISBN: 9788420480848

Todo escritor sabe, a partir de cierto momento, con cuántas bazas seguras cuenta. Yo siempre supe que contaba con Viajes de Niebla: ahí es nada, el sueño de cualquier escritor, la narración de un mundo real, pero desaparecido. Casi un deber para cualquiera que lo haya presenciado, o al menos oído sus historias. "¡Qué barbaridad!", me dijo una vieja amiga al publicarse, "¡qué imaginación!". No le dije que me había tenido que reprimir, como todo novelista, para ser creíble.

Ahora creo que la alegría, el entusiasmo del libro, y que llega a su punto álgido con la recreación en setón del canto de los marineros a bordo del Magallanes y el concierto revolucionario de Vinkírovitz en el Real, tiene que ver con que me había mudado recientemente desde un piso oscuro a una casita llena de luz, con cuatro árboles, el techo inclinado y una chimenea...

Yo suelo escribir en un estado no del todo consciente, y sólo después, con el libro impreso, comprendí que Camila Mallarino, Diego y Niebla, el poeta Íñigo Gayán de Gádor, contaban básicamente la historia de mis padres. Lo que no dejó de perturbarme. Cómo era posible que yo dibujara a mi madre oscilando entre dos hombres. Podría no haberlo sido, pero era una mujer de un solo hombre. Hasta que comprendí que Diego y Niebla, de título revelador, eran las dos facetas de mi padre, las que yo recordaba sobre todas y que habían fascinado, y cómo no, a mi madre.

Fin del Viento

Novela. Editorial Alfaguara, 1994. Páginas: 296. Colección Hispánica. Portada: Raul. ISBN: 9788420481364

Recuerdo que Sealtiel Alatriste, el editor de Alfaguara en México, fue a buscarme al aeropuerto para llevarme al hotel Camino Real, en el D.F., que el mes anterior había alojado a la Reina de Inglaterra. Aquí hay una confusión, pensé, y le dije: "Sealtiel, el precio de este hotel no lo vas a recuperar ni con las ventas de esta novela, ni con el de todas las demás juntas".

Sealtiel se rió con el entusiasmo repleto de significados que le caracteriza.

- Es que esto no se mide así, me dijo.

Tardaría en comprender qué quería decir, entre otras cosas porque, por la más radical de mis novelas, fui entrevistado veinticinco veces en una semana, y varios periodistas no sólo se habían leído la novela -toda una novedad, para un escritor que atienda entrevistas en España-, sino que además parecían comprenderla.

Esta tercera novela, en cuya divulgación mis editores se esforzaron bastante al consolidarme como autor, fue seguramente la que secó en torno a mí el cemento de una reputación de escritor difícil que no se corresponde con la realidad. Es una novela que sin embargo gusta a los exigentes. "Puro lenguaje y ¿acaso no se trata de eso?", dice de ella un traductor francés amigo empeñado en encontrarle editor en Francia.

Leer de este libro:

  • Fin del viento. Una página.
  • Huellas del actor en peligro

    Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 1997. Páginas: 384. Colección Hispánica. ISBN: 9788420482576. Otras ediciones: Tercer Mundo, Bogotá, 1991 - Círculo de Lectores, Barcelona, 1996

    Este es el único de mis títulos que me dictó un sueño, que yo sepa, aunque lo que me dictó era rastros, Rastros del actor en peligro. Y le obedecí pese a que ya había leído el consejo de Graham Greene (que escribió un libro con ellos) de no recurrir a los sueños jamás, para hacer literatura, pues nadie los entiende y sólo interesan a los psicoanalistas.

    Yo entonces vivía del periodismo y, por mi trabajo, viajaba bastante por Europa, gracias en buena parte a la amplitud de miras de un jefe que había sido corresponsal en Moscú, y a que en España vivíamos años de esplendidez que hoy se han vuelto casi legendarios. Y escribí este libro que se desarrolla en Tres de Marzo, la capital andina en la que pretendía resumir a varias ciudades pero que en esencia es Bogotá, mientras mantenía una relación intensa con una mujer escandinava, que podía viajar con facilidad y con la que me reunía de forma regular en alguna capital europea. (Véase El irlandés que no lo era, en Ladrón de árboles). O sea que lo que recuerdo es el enorme contraste entre mi realidad cotidiana, la Europa de los años ochenta y en diálogo con una mujer nórdica -otro mundo, en efecto-, y la de la novela, cuyo protagonista es un actor perdido en un rodaje en Los Andes. 

    Aire de Mar en Gádor

    Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 1992. Páginas: 240. Colección Hispánica. Portada: Raul. ISBN: 9788420480633. Otras ediciones: Tercer Mundo, Bogotá, 1993 - Santillana/Universidad de Salamanca, 1997

    Yo no escribí esta novela: la dibujé muy lentamente con una pluma Parker 51 (la que había usado siempre hasta la fecha), y volviendo a empezar una y otra vez con cualquier tachadura. Y no tanto en busca de la pulcritud o la perfección sino para mantener la concentración mientras me llegaban las imágenes, la música, las palabras precisas o incluso la propia historia del libro, pues este, el primero después de un par de novelas de aprendizaje (inéditas, y que sigan así), fue el más inconsciente de mis libros: sólo tenía en la cabeza la curva, no los detalles. Eso es lo que recuerdo sobre todo, más incluso que el hecho de que arrojé a la basura un primer borrador, con la novela ya terminada, conservando tan solo el primer capítulo. Y en efecto, como ocurre con casi todos mis libros, y antes, con mis obras de teatro, el primer capítulo tiene una densidad distinta. 

    También recuerdo lo muy irreal y ficticia que encontraba la calle, al salir a media tarde para ir a mi trabajo en el turno de seis de la tarde a una de la mañana en la agencia de noticias Europa Press, a una manzana de mi casa. Por no hablar de lo irreal que me parecía el ambiente de la propia agencia, con las intensas intrigas de política y terrorismo de cualquier día en el Madrid de la Transición. Gádor y el piano de Mar me parecían mucho más reales durante una buena hora, así como La Crónica del Siglo, el periódico de Dimas y Paloma que nace en este libro, y que con los años, quién lo iba a decir entonces, iba a contar precisamente (en mi última novela, en prensa) la historia periodística de esos años.