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Pedro Sorela

Yo soy mayor que mi padre

A finales del siglo XIX, mi bisabuelo Arquímedes optó por dejar a mi abuela y sus hermanos en Inglaterra, donde estudiaban, tras el asesinato en Colombia, por envenenamiento y en el curso de una de las múltiples guerrras de conservadores contra liberales, de mi tío abuelo Anibal. Este, ya ingeniero, había regresado de Cambridge, en Inglaterra, para ayudar a su padre con las haciendas de café en las que tiene su origen el dinero de mi familia materna. Y esa es la razón de que mi abuela Clementina, con quien me crié, fuese una señora básicamente inglesa -inglesa de aquellas- y que en mi familia haya una rama británica, incluido un tío abuelo médico, el tío Medardo, que me contaba historias del blitz, en Londres, durante la guerra, así como un alcalde de Bodmin, Cornwall.

Un siglo más tarde, en Bogotá, mi hermano, abogado, recibió por correo una única foto de sus tres hijos a la salida del colegio, y así supo que él y su familia se encontraban... seguían en peligro. Pese a que convalecía en la finca de un amigo, en la Sabana de Bogotá, de dos heridas de bala en el pecho, temió por la vida de sus hijos y confirmó que quienes habían atentado contra él, desde una moto y vaciándole encima un revólver en un semáforo, pensaban repetir: la foto era un mensaje mafioso inequívoco. Sacó pues del colegio a sus tres hijos, Luis, Isabel y Lucas, aún niños y, todavía con una bala en un pulmón, que nunca le pudieron extraer, emprendió el camino a un exilio, lejos, que duraría diez años. Su cuarta hija, Beatriz, nació en el extranjero y, al término de los diez años, parte de los hijos ni siquiera regresaron a Colombia, y alguno volvió a salir al poco tiempo de hacerlo. Hoy ninguno vive ya en Colombia. Se repetía así la historia de mi familia colombiana, quizá extrapolable a la de todo el país. Algunos lo llamarían maldición, otros destino. Y ello, pese a que, en mi libro, Bogotá se llame Tres de Marzo, como en otras novelas mías. No pude cambiarle el nombre, pese a las invitaciones de la editorial.

El libro conoció un éxito considerable, que todavía dura, y vista la dureza de la historia de la que parte y a su modo cuenta, no sé muy bien por qué. Lo escribí en un solo impulso en el centro de un verano (por lo general soy mucho, mucho más lento), con una única norma -ser claro- después de haber fracasado en el intento previo de escribir una novela para chicos con otro tema. "Seguro que es una buena novela", me dijo María Jesús Gil, la editora que me había animado a escribir para jóvenes- "pero no es una novela para chicos". Para que esta vez sí lo fuese, hice que la narrase el hijo mayor, de unos doce años entonces. Y aunque respeté sólo la curva de la historia, inventándome los detalles, supe que había acertado cuando mi sobrina Isabel, ya para entonces una muchacha, leyó en una sentada el cuento de su propia historia y salió de la habitación con los ojos encendidos.

Entre las manifestaciones del éxito, novedosas hasta entonces para mí, y al que es probable que ayudase la estupenda portada de Raúl, un escritor amigo, también guionista, me dijo que tenía al productor necesario y me preguntó si estaría dispuesto a permitir una película. Pues conocía mi idea de que la escritura -la escritura literaria-, es un camino paralelo al cine y rara vez coincide con él. Pero al parecer, las posibilidades de seducir al productor en cuestión pasaban por cambiar elementos esenciales de la historia y ambientarla en lugares más conocidos y con una trama más identificable. Y lo esencial no se puede cambiar, ni siquiera a cambio de una película.

Además la historia continuó fuera del libro, y años después siguió siendo igual de dramática. Mucho más. Para tranquilizarme, para consolarme, me digo que a mi hermano, que al fin de cuentas era la víctima, también le gustó en su día el libro. Y encuentro cierto sosiego con los comentarios que me hace algún que otro estudiante, en la universidad de Madrid, donde enseño, cuando reconoce en mi al autor de un libro con el que, en su día, permaneció más de una noche en vela y le dio el deseo de leer más. No hay mayor éxito que ese.

También me confirmó en la idea de que literatura y verdad están o pueden estar unidas, aunque para encontrar esa verdad haya que contar la realidad de otra forma que con un espejo, una cámara de fotos.

Con la publicación del libro en Colombia siento que cumple con su propia vida. 

Para comprar el libro...

El libro está disponible en Colombia en: 

Librerías Nacional y Panamericana, entre otras

 

En España en libro se puede comprar en:  

Amazon.es


Juvenil. Autor: Pedro Sorela SM El Barco de Vapor, 2001. - SM Colombia, 2011. Páginas: 228. Portada: Raúl.

Cambio de amigos

Juvenil. Autor: Pedro Sorela Alfaguara Juvenil, 2005. Páginas: 144. ISBN: 9788420467382

cambio_de_amigos

Irse de la propia ciudad suele ser una experiencia fuerte. Y por razones que no puedo explicar aquí, debería ser obligatorio, aunque sea solo un tiempo. Seguro que se acabarían algunas guerras, que suelen ser discusiones vecinales de ombligos.

Regresar a esa ciudad de la que se partió un día suele ser más fuerte aún. De eso trata La Odisea. Porque se haga lo que se haga, la ciudad ha cambiado. Creemos que volvemos pero en realidad seguimos yendo. Se comprende que mucha gente sea reacia a todo ese tráfico por los mares y los aeropuertos.

Visto que yo he migrado varias veces en mi vida, y eso desde los seis meses de edad, "mi" ciudad es una compuesta por otras varias, no forzosamente cercanas y ni siquiera en el mismo idioma, y además va modificándose -quiero que se modifique- a medida que descubro otras en las que me siento cómodo. Tal vez lo que más me gusta de Madrid, donde vivo desde hace tiempo, es la facilidad con que deja que te marches (vivo a diez minutos del aeropuerto)... y la generosidad sin aspavientos con que te recibe al regreso.

Y no, no debe de ser fácil esa generosa fluidez, a juzgar por la fuerza con que la gente se agarra a otras ciudades, que tampoco se lo ponen fácil para marcharse. Todo eso le ocurre al héroe de este libro, un muchacho que regresa de Barcelona a Madrid, su ciudad, para descubrir que esta ha cambiado. Y él también.

Cuéntamelo de nuevo

Juvenil. Autor: Pedro Sorela SM El Barco de Vapor, 2003. Páginas: 156. ISBN: 9788434895119

Esta novela se desarrolla en la isla más extrema de Europa, por el lado de las Canarias, y es a la vez una isla y, claro está, una memoria, una nostalgia: La de los veranos que, padre divorciado, pasé en playas y casas de campo con mi hija Inés cuando era niña. Y la de mis propios veraneos eternos, de niño, en las costas de Cataluña y Mallorca, antes de su destrucción por la codicia, la ignorancia y el mal gusto -acaso todo ello es lo mismo- quién sabe si para siempre. Es pues una costa bellísima y áspera, una isla tranquila, como suelen serlo, pero al lado de las simas habitadas por los monstruos. 

Y luego la novela tiene que ver con la única ideología en la que fui educado en mi vida: el odio al racismo. Y no hacía falta que nos educaran pues de alguna forma mi hermano y yo (mi hermano era mucho más político que yo) reaccionábamos contra él de una forma natural desde niños. ¿Sería genético? No sin cierta sorpresa genuina, con el tiempo me fui enterando de que desciendo de Juan del Corral, un dictador decisivo en la liberación de los esclavos en Colombia, y de que mi abuelo, explorador de Guinea y jefe de una de las últimas grandes expediciones de España en África, que bajó hasta el río Níger, dedicó buena parte de su vida y su fortuna a la creación de la Sociedad Antiesclavista Europea, con la escritura de varios libros sobre el tema y un triunfo que, sin retórica, me parece el mayor de la familia: consiguió que los países aún esclavistas -había nacido un siglo antes que yo- prohibieran los latigazos como castigo.