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Pedro Sorela

Dibujando la tormenta

Ensayo. Autor: Pedro Sorela Alianza Editorial, 2006. Páginas: 472. Portada: Ángel Uriarte. ISBN: 978-84-206-4559-9. 

Dibujando la tormenta

Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry. Inventores de la escritura moderna

Prólogo

Este libro debería pedir perdón por romper con algunas de las reglas del juego –la académica, la de la industria nacionalista, la de la correción política y otras-, pero no lo va a hacer pues, como se intenta contar, si de algo han sido víctimas los por otra parte irreductibles autores de los que aquí se habla es justo de esas etiquetas.

Su selección no responde más que al gusto personal de su autor y al único criterio de que el placer de su lectura no defrauda y por el contrario aumenta, a la par que sus enseñanzas decisivas sobre la escritura de nuestro tiempo. Y ello además de la progresiva certeza de que estas enseñanzas no serían posibles sin el conocimiento de las vidas de los autores, incluso en el caso del misterioso Shakespeare, que debemos adivinar entre líneas y legajos. Lo que sin duda discute el vasto malentendido según el cual la literatura es un asfixiante sistema ordenado en función de los más variopintos, no siempre convicentes y en ocasiones bromistas criterios, desde la patria hasta el sexo, o de que la literatura es sólo texto. Más aún, texto cuya principal razón para existir es la de ser interpretados y la interpretación es lo que importa. Como decía Borges, las “universidades crédulas” no hablan de literatura sino de historia de la literatura. A Faulkner, a su vez, no le extrañaba nada que pudiesen hacer los académicos. 

Y sospecho que son muy pocos los creadores que tan siquiera se puedan reconocer en tal encierro, me refiero a los que no se resignan a su condición de engranajes de una industria cultural o subordinan su obra a cualquier militancia del momento.

En este libro podrían figurar otros autores con igual o mayor mérito, sin duda (aunque improbable), pero los elegidos son éstos, y en cualquier caso, los que están, son: su caligrafía es reconocible en la escritura moderna. Si a alguien le extraña la inclusión de Saint-Exupéry al lado de Shakespeare, confío en que terminará aceptando su “escritura con el propio cuerpo” como una de las más intensas y estimulantes del siglo pasado, o que comprenda que los altibajos en la vida del feo Stendhal configuran la vida como obra maestra que él propuso como condición necesaria para crear una. Y es posible que en la selección anide también un inconsciente deseo de subrayar la toxicidad del prejuicio según el cual la literatura viene a ser el espejo, más que de un lector, de un grupo. Esa escritura de espejo y grupo simplemente aplaza la literatura, a saber hasta cuándo.

Escribí estos ensayos después de abandonar el periodismo –la ineludible derrota en la persecución del tiempo pero también, yo así lo creo, los años de acción o de su amago con que quizá debiera empezar una vida de escritor-, y buscando en mi tradición algo a cuya sombra pudiera releer lo ya escrito y repensar qué es la escritura y a dónde lleva; y que a la vez me recordase lo que puede llegar a ser en un tiempo en el que, según algunos, se desvanece. Aunque no he logrado olvidar la idea de Faulkner de que toda obra de arte está condenada en última instancia al fracaso, me cuesta encontrar fracasos en los que disfrute y aprenda más que en los de Borges, Stendhal, el propio Faulkner, Shakespeare y Saint-Exupéry, todos escritores, por vocación, en la tormenta: la que cambia el paisaje. Entre sus ruinas vivo mejor. Y hasta donde he podido comprobar, los demás, cuando los conocen, también.

Creo que sobran otras explicaciones. Si algo reúne a los cinco escritores es el carácter indiscutible de su propuesta, al menos de momento y, precisamente, lo inabarcable de los estudios que hablan sobre ellos; sólo la llamada Industria Shakespeare produce sobre él unos 5.000 textos de cierto volumen… al año. Ni que decir tiene que esa es una de las causas de que estos escritores permanezcan en cierto modo secuestrados por los especialistas -también víctimas de ese circuito secreto-, lo cual resulta en extremo injusto pues, de nuevo, si algo compartieron en vida fueron los intentos de escapar, en todo momento, a su conversión en mausoleos. Acaso esa libertad, esa vida, es en efecto inherente a todo gran arte. En el uso de la mía yo me he centrado en la lectura gozosa y prioritaria de sus obras, utilizando sin embargo algunos de los estudios biográficos canónicos sobre ellos -las cerca de 2.000 páginas en las que Blotner sigue a Faulkner poco menos que semana a semana a lo largo de su vida, por ejemplo, son difícilmente eludibles-, o inencontrables hoy por razones incomprensibles como el ensayo en que el polaco Jan Kott lee nuestro tiempo a la luz de Shakespeare.

Este libro nació, imagino, el día en que descubrí que ninguno de mis alumnos de escritura en la universidad de Madrid sabía quién era Stendhal. No es que no le hubiesen leído; es que ni sabían quién era, y el único estudiante que se arriesgó a levantar la mano propuso que se trataba de un filósofo alemán. Profesor aún ingenuo, ese descubrimiento me impresionó de tal manera que tuve que salir de clase. Me preguntaba cómo era tal cosa posible, y también, si en una clase universitaria de escritura no podía dar por supuesto a Stendhal, ¿qué podía dar por supuesto? ¿En qué idioma les podía hablar? A los pocos minutos regresé al aula y les dije a mis estudiantes: “Bueno, esto es lo que hay, y así tendremos que jugar la partida. Pero sabed al menos que os han engañado”. He escrito pues pensando en esos jóvenes víctimas de un tiempo –ya lo anunció Saint-Exupéry- que no distingue entre Bach y la canción del verano, entre Shakespeare y la publicidad, y sobre todo en aquellos, estudiantes de la universidad o lectores de mis novelas, que a pesar de todo y con tenaz curiosidad de supervivientes, me han preguntado por libros, escritores y recursos que alguien les había birlado, y me han ido colocando una y otra vez ante los problemas esenciales de la escritura, que claro está no son sólo de la escritura.

No han pasado muchos años de aquella estupefacción que me dejó mudo y ahora sé que se podría llenar medio libro con anécdotas de la ignorancia masiva creada por el humor bárbaro (y cómplice) de la posmodernidad, y que por supuesto hace tiempo que no se limita a las aulas e impregna todo el paisaje, hasta las nubes, pero mi alarma ya no es tanto por las lagunas de ignorancia, ya casi mares, fomentados por pintorescos planes de estudio a cual más tecnocrático y reaccionario… por no hablar de lo que se anuncia. En verdad cuesta creer que en Europa y el Mediterráneo se proponga la investigación y el casi exclusivo manejo de las nuevas tecnologías como una revolución científica y educativa del siglo XXI, que es como si nos hubiesen preparado para el siglo XX enseñándonos sólo a conducir. Lo de verdad alarmante es la progresiva comprobación de que los estudiantes -y no sólo ellos-, son cada vez más ajenos a la palabra. No es que universitarios españoles de letras no sepan quiénes fueron Stendhal, Azorín y María Zambrano, o como descubrí hace poco, los apátridas Lancelot du Lac y los caballeros de la Mesa Redonda, abuelos de Don Quijote, quizá porque no tienen una industria nacional para defenderlos. Es que por todas partes se detecta una progresiva y ya inocultable dificultad, en medio de una suicida indiferencia, para conectar con la letra, la palabra. Para imaginar y entender lo que dicen esos sistemas de signos.

En lo que asombrosamente nadie repara es que en la palabra, y sólo en ella, es donde residen la imaginación que cuenta y la abstracción, y que imaginación y abstracción son las condiciones mismas de la libertad.

La crítica...

 

“Rezuma todo el libro un entusiasmo literario muy difícil de encontrar hoy día, amén de un conocimiento de primera mano de los textos comentados (...) Este libro debería leerse como una invitación no sólo a los autores tratados, sino a la gran literatura." 

J. Ernesto Ayala-Dip, El País


"En Dibujando la tormenta Sorela defiende una noble causa: la de la literatura" 

Ana Rodríguez Fischer, Letras Libres


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