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Pedro Sorela

Páginas de novelas

SAINT EXUPÉRY en Dibujando la tormenta. Fragmento

Domingo 06 Marzo 2005. Páginas de novelas

Hay que ser un incendio[1]

 

Se debe escribir,

pero con el propio cuerpo[2]

 

No es posible terminar de saber quién fue Saint-Exupéry. Escritor y piloto, desde luego, pero también inventor (al morir dejó registradas 14 mejoras para el vuelo de los aviones), mago con las cartas hasta el punto de haber podido vivir de eso, conde más a ojos de los otros que para él mismo, ajedrecista temible, amaestrador con un don para los animales, dibujante (¿qué sería El Pequeño Príncipe sin los dibujos?), violinista de chico y cantante capaz de llenar una noche con canciones medievales sin repetirse, generoso filósofo de la amistad, matemático, al parecer, de genio…

André Gide, compañero de ajedrez y su padrino literario, decía que de su cabeza no se sabía si admirar más su potencia o su diversidad, y es unánime el comentario admirativo de su conversación –en los restaurantes las otras mesas se iban callando, para escucharle…-, hasta el extremo de que no fue raro quien pensara, tras escucharle, que su verdadero talento no estaba en la escritura. Según el general Chassin, éste era de la misma naturaleza que el del poeta y consistía en localizar una relación invisible entre dos cosas muy diferentes en principio y –aquí es donde deja de ser un talento de poeta- luego aplicarlas para resolver un problema. Según Leon Werth, “tenía un pensamiento que sin pausa se hacía poesía, y una poesía que sin pausa se hacía pensamiento”. Y poseía la virtud que Borges atribuía a su amigo Macedonio Fernández (y que él también practicaba): especulando, hacía que su contertulio pensase que estaba descubriendo con él; le permitía sentirse más inteligente.

Pero más allá de la anécdota de sus muchos talentos, lo que ocurre con Saint-Exupéry es que estaba muy vivo, y lo estaba, además de por una energía vital que al final se sobreponía a no pocos achaques, porque se lo había propuesto: “Lo importante es estar vivo”, decía en los años treinta, ante la amenaza de la mediocridad que acechaba una vida inmóvil. (Bruyère). Esa misma conciencia parece guiar la pregunta que le hizo un día a un colega piloto: “¿Eres consciente de que estás creando tu pasado?”.

Su atractivo no carecía de sombras: mercurial y ciclotímico, podía pasar de la exaltación a la más profunda melancolía en un instante y por razones misteriosas. Además de ideas que ayudan a comprender los azares de su obra y su fama después de muerto, y que también iluminan pasajes de la historia francesa contemporánea, los lúcidos escritos políticos de sus últimos años interesan a los historiadores pero también a los sicólogos. Insomne, entre otras razones porque bebía casi tanto té como café Balzac, despertaba a sus amigos a cualquier hora para leerles sus últimas páginas… y sin embargo pocos se quejaban en voz alta. Cuando Nueva York era también una ciudad francesa a causa de los numerosos exiliados de la guerra, Denis de Rougemont –cuenta en su diario-, les dijo al piloto y a Consuelo, su mujer: “No sois una pareja sino una conspiración contra el sueño de vuestros amigos”. La razón de quejas tan poco ácidas es que era también, según todos los testimonios, una persona que comprendía a los demás hasta un punto perturbador. Eso dice en su diario Anne Lindbergh, la escritora y esposa del piloto, el mismo día de conocerle. “… Me sentía alegre, liberada y feliz. Yo y ese desconocido que comprendía tan bien todo lo que yo expresaba y sentía…”  

Cuesta aceptar que Saint-Exupéry viviese sólo 44 años –su avión de reconocimiento no regresó de una misión sobre Francia poco antes de terminar la II Guerra Mundial-, pues su vida fue tan intensa que uno se pregunta si Stendhal no estarían pensando en él cuando propuso la idea de que es preciso hacer de la propia vida una obra maestra como condición para escribirla.

Y si ese carácter intenso y desordenado no resulta evidente a primera vista es por una sola razón: tuvo un instrumento para darle una portentosa unidad, la escritura, y su escritura fue en particular armoniosa. Y un punto de vista privilegiado: el cielo. No es casual que, según varios testimonios, a veces leyese mientras pilotaba, que dibujase, que nunca se separase de un papel y un lápiz, y que, a la pregunta de un periodista de qué se sentía más, si piloto y escritor, contestara que no veía la diferencia (Estang). La respuesta refleja de forma magnífica la forma del escritor de vivir el vuelo, la escritura… y su propia vida.

El desorden de Saint-Exupéry es, sencillamente, inenarrable. Él lo cultivó con mimo en todos sus dormitorios, en el de su infancia en el castillo familiar de Saint-Maurice, cerca de Lyon, en su pupitre en el colegio, en su campamento en el desierto, o en las muchas residencias de su itinerario casi nómada de adulto. Incluso cuando estaba invitado, como supieron durante varios meses en la casa del doctor Pélissier, que le acogió en Argel durante un periodo en particular depresivo, durante la guerra. Un desorden “indescriptible”, según Pélissier, tan exagerado que el servicio doméstico se negaba a arreglarlo, cuando chico, y eran sus hermanas las que tenían que intervenir, según cuenta Simone; el escritor, compungido, hacía votos de enmienda, pero inútiles. Pues se trataba de un desorden militante, si podemos decir, ya que de una forma muy significativa a mi juicio tendía a no poder regresar a esa habitación si alguien la había hollado intentando poner orden: como podrían sugerir múltiples ejemplos de animales, el escritor destruía el mundo (lo desordenaba)… para reordenarlo poniéndole su marca. Según Nelly de Vogüé (Pierre Chevrier), si los libros de aviación de Saint-Exupéry no pierden contemporaneidad es porque “el escritor no cree en la lectura directa de la realidad. Se sitúa más allá de la actualidad con el fin de imponer su orden”.

Pero no cualquier marca: ese desorden era, por así decir, poético, como sugiere el poema que el estudiante escribió para recuperar un pupitre individual que le habían quitado en el colegio, a causa precisamente de su desorden. Dice el pupitre en tres de sus divertidos versos: 

Estaba premiado por mi amo

de un bello desorden, efecto del arte.

La paz allí era profunda…

Rastros de su pensamiento poético y anárquico se ven desde su aversión por la geografía –el más rígido orden que existe-, y por la historia: el no por desesperado menos optimista intento de poner orden en el caos del tiempo. Según su hermana Simone, su aversión por la geografía y la historia, y más tarde por las lenguas extranjeras, venía de que era incapaz de concentrarse en lo que le aburría. “Saint Exupery nació arcángel”, dice Charles Moeller, “mal adaptado a las rutinas de nuestra vida moderna” (…) El hecho de que le tentara seriamente la carrera de bellas artes y, al mismo tiempo, la marina y la aviación muestra que en todo buscaba el mundo de la belleza”.

Su también legendaria capacidad de distracción es también síntoma de que el escritor había configurado un mundo a su medida, en el que cobran sentido anécdotas que reflejan un grado de inconsciencia notable, como el hecho de ponerse a dibujar sus personajes en un momento de vuelo sumamente peligroso, o a leer mientras pilotaba. Mediante el procedimiento de fijar el timón con una goma y así poder leer, dibujar o meditar, se adelantó a la concepción del piloto automático: en cierta ocasión dio vueltas sobre la pista antes de terminar el libro, con la excusa de que si no lo terminaba antes el ansioso aterrizaje podía llegar a ser peligroso.

Su intensidad y desorden, o no necesidad de arraigo, si se prefiere, se refleja en lo que sin duda fue una vida nómada. Sus direcciones son numerosas y de diverso tipo, y se alternan con hoteles (del deprimente Titania del boulevard D’Ornano de los tiempos en que vendía camiones al elegante Lutetia, donde vivía en departamentos separados con su mujer, y que luego había de ser cuartel general alemán durante la Ocupación y hoy prohibitivo monumento a un mundo ya ido), y van punteadas con avisos judiciales para incautarse de muebles a cambio de impuestos o alquileres impagados: llegó a ser casi una táctica, según se desprende de las explicaciones que le dio a su esposa el día en que ella le llamó alarmada porque ugieres judiciales se disponían a quedarse con sus muebles. Eso no impedía que viviesen con lujo y hasta con Boris, un criado ruso refugiado que hacía la compra en taxi (años treinta, un duplex en la place Vauban), aunque no siempre (casi nunca, salvo al final) se lo podían permitir. En París, Saint Exupéry tenía sus cuarteles en el café Aux Deux Magots, centro hoy de la industria turística cultural-nostálgica de Saint-Germain, y en la brasserie Lipp, justo enfrente, todavía hoy centro de reunión de los políticos y periodistas parisinos.

Esa carencia de arraigo se refleja de forma muy visible en el hecho de que no tenía una mesa, por ejemplo. A menudo escribía en los cafés, como se puede ver en los membretes de su caudalosa correspondencia. Tanto en el elegante duplex de la avenida Vauban como antes, en el desierto, su mesa era una tabla puesta sobre dos apoyos, lo cual armoniza con una concepción de la escritura en la que “la perfección se consigue, no cuando no hay nada más que sumar, sino cuando no hay nada más que restar” (Tierra de los hombres). Pero una vez depurados hasta una perfección zen, por así decir, los manuscritos regresaban al caos. En París los guardaba en masa en una caja de sombreros.

Toda la vida del escritor está marcada por una suerte de búsqueda, y ésta condiciona todo lo demás. Por ejemplo, y aunque su comportamiento no lo permitiese deducir –pues siempre estuvo acompañado de alguna mujer-, desde muy joven tuvo la idea de que el matrimonio entorpece y adormece la búsqueda. Desarraigo… o elección de arraigo. Siempre pareció ir en busca de algo que iba por delante, y con una extraordinaria capacidad, como observó Leon Werth, para dejar escapar la felicidad: en cualquier momento podía sumirse en un melancólico silencio depresivo.

Pero algo sí tuvo claro desde que comenzó a ser piloto, y era su deseo de alejarse de todo destino que le mantuviese inmóvil, sin algo que hacer. Desde el principio lo que más le gustaba de su trabajo de piloto es que no era un trabajo “para gigolós sino un verdadero oficio”. Gigolós, es decir inútiles. En ese lenguaje ¿no late un remordimiento de clase? Casi por definición, un aristócrata es aquel que no trabaja.

Pues su vida vida de nómada también tenía que ver con ciertas costumbres de señorito, como cuando, en el servicio militar, alquiló un apartamento en la ciudad para poder tomar baños calientes fuera de las horas de servicio. Lo pagó su madre, que no tenía dinero para esos lujos, y que fue también, es muy posible que después de pedir un crédito, la que pagó su título de aviador (pese a temer la iniciativa como sólo podía temerla una madre en los comienzos de la aviación).

El relato de cómo obtuvo el diploma es largo y prolijo, pero quizá convenga saber que fue una verdadera conspiración de clase, en la que dos oficiales aristócratas movieron las suficientes influencias para que lo obtuviera violando varios puntos del reglamento. (Durante su vida de estudiante no tuvo reparos en gestionarse enchufes varias veces). También era posible obtener gratis el título haciendo un servicio militar de tres años en aviación, pero esa posibilidad ni la consideró.

Siempre mantuvo una actitud por encima de la situación. Según decía, amaba a la especie, pero no las masas (lo mismo que Stendhal). ¿Hay una idea más aristocrática?

Igual tenían que ver los numerosos altibajos que vivió su vida a lo largo de sus primeros veinte años, en los que de un día a otro alternaba venturosos estados de piloto o seductor, con los de estudiante fracasado o vendedor de camiones (fracasado también), y con azares de novela: por un día escapó a la primera guerra mundial, pues el tratado de Versalles fue firmado al día siguiente de cumplir 19 años, la edad en que se enviaba a la gente a una guerra que devoró a la mitad de su generación.

Según le decía a su esposa una de las viejas empleadas del castillo de Saint-Maurice, Denyse –y que en la mitología del escritor se termina convirtendo en la imagen de la civilización, al ser la centinela de los amplios armarios donde se conservaban en perfecto orden las sábanas planchadas-, el escritor no era cuidadoso en su naturaleza más profunda “al tener demasiadas cosas en la cabeza”. Y puede que ese comentario de apariencia ingenua no careciera de razón.

Si hay algo constante sobre Saint-Exupéry es que todos los testimonios hablan de él como de una suerte de gigante que no se encontraba muy firme sobre la tierra. Salvo quizá en su infancia, cuando rodeado de una madre, una tía abuela, tres hermanas y un hermano era el rey Sol del castillo familiar. Alguien que heredaba, literalmente, un nombre de caballero andante pero a quien sentaban mal los uniformes, en particular el último, cuando se reincorporó al ejército francés en Argelia con un traje más o menos militar que había comprado en Nueva York en una tienda de implementos teatrales. Pierre Chevrier, seudónimo bajo el que se ocultaba su compañera de los últimos años, Nelly de Vogüé, y la primera en estudiar su obra, señala que “se sentía perseguido”, o que había perdido todo sentimiento de realidad. A veces buscaba la puerta de su habitación “en una pared en la que no estaba”...



[1] Escuchado a Saint-Exupéry por Edmond Petit. La Pléiade, p. LIX

[2] Saint-Exupéry se lo dijo a una señora que durante la guerra le reprochaba los riesgos que asumía para volar: “Se equivoca usted…. Si yo no resistiera con mi propia vida, sería incapaz de escribir… Se debe escribir, pero con el propio cuerpo”. (Bruyère, p. 356).

 

Trampas para estrellas. Unas páginas...

Miércoles 01 Marzo 2000. Páginas de novelas

...Nicolás desembocó al fin en el interior de El Polo y parpadeó varias veces a causa de la luz. Furioso por el fraude del pez-boxeador, impulsado por una vieja desesperación, no supo al principio identificar el sitio. Le pareció un hangar, la estación de angustia de una multitud en fuga. En cierto modo lo era: Nicolás se encontraba en el Desierto, una especie de vestíbulo que rodeaba el corazón del Instituto de Alta Exploración y donde daban clase, de pie para ahorrar espacio, los estudiantes de los primeros cursos. Eran cientos, si no miles, y eso que en la universidad clásica hubiese sido considerado una aberración, un escándalo, era en El Polo una propuesta pedagógica. Se amontonaba a los estudiantes primerizos en la entrada y se les sometía a diversas pruebas para medirles el temple de exploradores.

- ¿Es usted el profesor de Introducción al Calor?, preguntó a Nicolás un estudiante. Casi imberbe, sudaba, agobiado. En el fondo de los ojos se le alcanzaba a ver un prematuro comienzo de crisis en la fe.

- No, dijo Nicolás, y pensó que en su vida le habían tomado por espía, carterista, coronel, gerente y hasta neurótico crónico (lo que probablemente era), pero nunca profesor. Vio una genuina desesperación en el chico. Por qué, preguntó.

- Es que llevamos cinco semanas de clase y él no aparece.

- ¿Y por qué seguís viniendo?

Nicolás miró en torno. Por encima de la masa de jóvenes imberbes, algunos adultos hacían esfuerzos por imponerse al calor y hacerse oír por encima del tenaz gruñido de la muchedumbre. Al principio le pareció que hablaban con eco. Luego comprendió que era eco sino el reflejo de los oradores sobre rápidas pantallas de televisión que también salpicaban la multitud y donde se proyectaba la habitual publicidad con gente joven, forzuda y sonriente.

No tan habitual, si uno se fijaba. Quienes salían en las pantallas se parecían mucho a los oradores, sólo que en más joven y guapo. Eran probablemente ellos mismos, rejuvenecidos por algún truco catódico. Parecían cómodos, frescos e insudorizados en escenarios con el sol de hojalata y las flores húmedas de exotismo. Sólo entonces Nicolás comprendió que lo que hacían los oradores era dar clase, que el número de sus alumnos dependía del alcance de su voz, y que en las pantallas se proyectaban prácticas en vivo de lo que estaban enseñando.

- ¿Por qué seguís viniendo?, preguntó de nuevo Nicolás. Un temblor pasó vacilando por los ojos del chico. Bajó la voz.

- Es que mandan espías. Comprueban si estamos.

- ¿Y si no estáis?

Nueva vacilación, como la del preso, el esclavo que teme que al mencionar las cosas se las convoca.

- Si no estamos nos mandan trabajos extra de Calor.

Pese a su amplia experiencia Nicolás quedó estupefacto. Los trabajos extra de Calor habían sido abolidos desde mucho antes de que las escuelas de Exploración se transformaran en Institutos Superiores, después de repetidos accidentes y en particular de que a un profesor aún muy verde se le secaran dos alumnos tercos...

Viajes de niebla. Unas páginas...

Miércoles 06 Marzo 1996. Páginas de novelas

...Por la noche los pasajeros se esforzaban en acudir a los bailes de la travesía, en parte porque no hacerlo era como desairar al capitán, un elegante marino que gobernaba el Magallanes sin hacerse una arruga, sobre todo porque ponerse un esmoquin o un vestido de noche, especialmente un vestido de noche, aliviaba misteriosamente el mareo, por lo menos durante la primera hora. Un perfume adecuado o una corbata negra devuelven cierto orden al mundo.

Se puede decir que esa travesía del Magallanes fue diferente, no sólo por el diario de a bordo: “mar arbolado”, “vientos de cuarenta nudos”, “el baile del paso del ecuador de la travesía fracasa por el mareo del pasaje”, sino porque no hacía falta mirar demasiado ni ser un novelista para comprender que no eran tiempos ni para campeonatos de shuffleboard, ni para bailes, ni mucho menos para mares en calma.

Por algún anceso marino, quizá corsario, en ese mar insolente Camila se sentía en su casa. Feliz de que se niño no se mareara –siempre mantenía la horizontal gracias a su cuna en hamaca-, exaltada por el viento, las nubes, el mundo moviéndose bajo el barco vulnerable, lo que a ella le hubiese pareciedo extraño habría sido un mar en calma, gaviotas planeando aburridas y a la luz de las estrellas llegando hasta el barco sin tener que esforzarse. No era eso lo que estaba en el aire.

De todas formas el aspecto un poco huérfano del Magallanes no se debía sólo al mareo del pasaje: era febrero y en primera clase debían de ir vacíos por lo menos uno de cada dos camarotes, lo que producía un poco el mismo efecto que un gran hotel con sólo unas pocas luces encendidas bajo la lluvia. Subrayaba ese vacío el que la segunda clase fuera llena –estudiantes de regreso de Euroopa, actores haciendo las Américas, comerciantes con espíritu de conquista y muchas misioneras con los ojos alumbrados-, y la tercera, abarrotada: de cantantes. Al amplio puente de primera, donde aquí y allá unos cuantos pasajeros dormitaban o intentaban leer arropados por mantas con el anagrama del barco, llegaba durante el día el rumor ansioso de la humanidad amontonada abajo.

Con la noche y cuando el mar lo permitía ese rumor de ansiedad se cambiaba en guitarras, acordeones, violines, palmas y hasta castañuelas, más de una vez, y sobre todo en canciones, alegres si se cantaban hacia proa, melancólicas si mirando la popa, que a veces contaban cosas en idiomas enérgicos y enigmáticos. Parecían venir de otra gente, otro viaje.

 

Käs lumbe der shnoel,

dun suçedan down et mored.

Kas lümbe der shnoel,

ras wände, a solitel korsai.

O Tir, razor min its taita,

O Tir, saär tuzur, O tir,oa in llas e shasho an il no.

Jahá quis in, ¿it llas?

¿It no? ¿it shasho es?…

(Mi amada se queda atrás,

dulce amada bajo la luna.

Mi amada se queda atrás,

no temas, yo te mandaré llamar.

Adiós, casa de mis padres.

Adiós, prado verde, adiós

paz del fuego y silencio de la noche.

Allí adonde voy, ¿qué fuego habrá?

¿qué noche?, ¿qué silencio?… )

Cantos del regreso, antología y traducción de Pedro Sorela. Ediciones Corunda. México).

p. 154

 

 

 

… En algún momento de aquella creación sobre el borde de un acantilado alguien no soportó más el silencio entre las notas. O la imperfección de éstas. O la tensión que se creaba cuando Vinkírovitz levantaba un dedo y apuntaba a una tecla, y procuraba inmovilizarla con los ojos. De golpe se aceleraron los murmullos que habían impedido la perfección del silencio entre las pausas. Unos cuantos carraspearon. Esa fue la señal. Murmullos y risas ya indisimuladas, escondiéndose unas tras otras, se transformaron pronto en ese viejo graznido de las multitudes cuando ridiculizan lo que no comprenden y temen. Se teme lo nuevo, pues nos envejece.

“¡Payaso!”, gritó un valiente, y en un instante se incendió el teatro. Sobre Vinkírovitz, que parecía no darse cuenta, comenzaron a caer risas puntiagudas y sarcasmos y un tomate que le alcanzó en la cintura y le escurrió una mancha impresionante sobre una de las alas del frac. Vinkírovitz siguió tocando. En ese momento abordaba el pedazo que se ha dado en llamar Los pájaros –realmente no tiene sentido hablar de movimientos en la música de Vinkírovitz-, por lo que la algarabía del patio parecía el doble.

“¡Farsante!” “¡Turista!” “¡Timador!”, le gritaban desde la platea y los palcos, y Vinkírovitz seguía buscando, inventando sus pájaros por entre el piano.[1] “¡Tramposo! ¡Embaucador! ¡Cuentista!”, se oía, y Vinkírovitz, impasible. Le cayó un huevo sobre el teclado pero eso no impidió que acertara con las teclas correspondientes: cuando la música de lo permitió, se limpió el huevo en los pantalones, igual que hacen los niños con los mocos.

La indiferencia de Vinkírovitz y el hecho de que continuara tocando –su música parecía sumar ahora un matiz de ironía- iban excitando al patio, que navegaba hacia la deriva, directo hacia la exasperación.

“¡Terapeuta!”, gritaba la marquesa de Monasterio, y enarbolaba sus impertinentes. “¡Voltaire!”, gritaba el conde de Urquiza[2], y luego soltaba un enigmático “Je, je”. “¡Patán! ¡Belcebú!”, se desgañitaba la señora de Pérez, que años después, aprovechando el caos, derivaría en Pérez de la Escotilla… Nada: Vinkírovitz, inconmutable.

Algo había en su música porque Camila le miraba suspensa, indiferente al ruido de los lados y detrás, una especie de motín tan poco interesante como una pelea en las graderías de un estadio. Eso apenas lo escuchaba. Sí sentía en cambio el extraño puente que la tenía sujeta a Niebla, a su lado, como si ambos atravesaran juntos una tormenta, una guerra, una bronca de borrachos, y vieran un refugio al mismo tiempo.

Aunque ¿era la música lo que la tenía pendiente de Vinkírovitz como de un milagro? ¿O era en realidad ese puente con Niebla y através de él la música? Muchas veces Camila se lo preguntó, sin hallar nunca una respuesta nítida, y mucho menos cuando escuchaba de nuevo el Alba de la ciudad, como aquella vez en Londres, y conseguía volver a oír, latiendo bajo la losa de leyenda que ya velaba esa música, la rabia y genuina novedad que esa noche la conmovieron.

De todas formas Camila estaba “chocada”, como hubiese dicho ella, por un público que no alcanzaba a comprender. Si no les gustaba, ¿por qué no se iban?

“¡Gabacho!”, le gritaban a Vinkíroviz, muy injustamente pues no tenía nada de francés y en París a su música tampoco le había ido muy bien. “¡Sordo!”, gritaban. “¡Trompetista!” “¡Saltimbanqui!” “¡Pedo!”, y sobre el escenario caían huevos y tomates.

Al principio intimidada, no tanto por la violencia de los insultos como el el filo de su sarcasmo, poco a poco Camila sentía cómo le subía a la garganta una indignación casi desconocida, que sólo recordaba de la vez en que vio a un mayoral azotar a un caballo bajo la lluvia con un fuete de circo al tiempo que lo montaba con espuelas de estrella.

“¡Cojo!”, gritó alguien, y Camila se giró como si la hubieran mordido para descubrir quién poedía ser tan miserable. Quedó muy sorprendida porque quien podía serlo era Ágata Cumbreflorida, una chica silenciosa y tan delgada que un embarazo se le hubiera notado al segundo mes. Ágata se encontraba en el palco del marqués de Ante junto a un grupo que a Camila le costó reconocer, pese a que todos eran habituales de su propia casa. De jovencitas salidas del colegio del Sagrado Corazón, recién presentadas en sociead, se habían transformado por efecto de la música en histéricas amazonas que soltaban insultos entre carcajadas amarillas. En cuanto a los hombres, aunque mantenían la pose del pelo engominado, esa distancia que le inoculan con la leche del ama de cría a los marqueses de medio pelo, gritaban “¡mendigo!” “¡hortera!”, “¡dominguero!”, con desdén. Camila comprendió que los estampidos de sus escopetas de caza habían terminado por secarles el cerebro. Y sintió pena por ellos –así era Camilia- y se prometió que los hijos que tuviera nunca se les parecerían.

En ese instante un resto de tomate que aún no era papilla hizo el camino de regreso por el cielo del Teatro Real y fue a estrellarse contra la gargantilla de brillantes que partía en dos el cuello de cigüeña de Ágata Cumbreflorida. La joven quebró el porte para mirarse y la expresión que puso fue de incrédula sorpresa, como quien no puede aceptar que un mono se columpie de una lámpara en un comedor de Estocolmo, por ejemplo. Camila volvió la vista hacia delante y, en uno de los grandes momentos de su vida, vio a Niebla agachándose sobre el escenario del Real para comprobar qué tomates estaban suficientemente enteros que pudieran regresar al frente. Recogerlos. Y arrojarlos.

A su lado Vinkírovitz le miraba, ya sobrio si es que alguna vez había estado borracho, seguía tocando, miraba hacia los palcos y soltaba grandes carcajadas. Una alegría de niño le brillaba en los ojos –nada que ver con la venganza sino también una gran afición a lo imprevisto-, mientras se olvidaba de los pedales del piano y llevaba el ritmo con su pierna buena.

“!Leb shätz!”, gritaba de vez en cuando con entusiasmo. “¡Leb shätz!” .

(páginas 169 y ss.)



[1] Literalmente, pues como es sabido al final de Los pájaros el intérprete tiene que intentar conseguir el famoso efecto Tucán. No se sabe muy bien lo que es. Tampoco tiene nada que ver con el canto del tucán pues Vinkírovitz nunca vio ni escuchó un tucán. Y porque el tucán no canta.

[2] Conde de Urquiza y de Casa Urquiza, también conocido como El Reconde.