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Pedro Sorela

La filipina de Upper Prince Albert y otros cuentos chinos

Por: Pedro Sorela Martes 20 Julio 1993. En Cuentos, Viaje

En: Cuentos invisibles. Alfaguara 2003

La filipina de Upper Prince Albert y otros cuentos chinos

*Había una señora en Hong Kong, en la época en que yo estuve, que invitaba a su casa a amigos occidentales para que viajaran por China y luego se la contaran.

 

* Se puso de moda un juego (entre los ricos), que consistía en reconocer el aeropuerto cualquiera del mundo en el que habían sido previamente soltados. Al principio había que reconocerlo con precisión: el país, la ciudad… Luego el juego se fue haciendo tan difícil que bastaba con decir el continente en que se encontraba.


* ... y manos. Ah! las manos de Rebeca. Delgadas, frías, según noté cuando le di la mía, hechas para tocar el laúd (como mínimo).

Con Rebeca (Zhiling en chino) aprendí a comer con palillos. Ella los manejaba tan bien y con tanta delicadeza que nada más verla quise ser palillo y llevarle cosas y besos a los labios, incluso corriendo el riesgo de un mordisco. Por otra parte… qué delicia ser mordido por los dientes de Rebeca…

También quería ser cacharrito chino. Comíamos unos cacharritos chinos, con arroz blanco, en un restaurante vegetariano de la zona de Wan Chai. Una verdadera exquisitez. Te volvías vegetariano.

Y cómo hablaba: Rebeca dejaba de comer arroz con el bol pegado a la boca (los chinos empujan el arroz, los japoneses eligen los granitos uno a uno), y hablaba un correctísimo inglés con un suave acento chino. Cantonés. Un poco nasal y con esas vocales medias, a caballo entre la a y la e que parecen casi canto. Un idioma increíble y cada vez más idioma. Quiero decir que cuanto más lo oigo más me parece que con ese idioma se puede decir mucho.

Zhiling decía mucho. Suavemente, con los ojos semiocultos como al fondo de una habitación en semi penumbra, con la boca de labios ligeramente gruesos y que era inevitable imaginar desnudos, con la nariz delgada pero viva, con las manos… Zhiling decía…

* Todas las noches, desde el atardecer, una mujer filipina se instalaba en una esquina discreta de Upper Prince Albert y miraba con fijeza una ventana. Llamaba a alguien en silencio, esperaba algo, claramente. Los domingos se unía a los cientos, miles de compatriotas que al caer de la tarde se reúnen en una especie de gigantesco galpón bajo uno de los rascacielos de Hong Kong a charlar, comer, aprenderse las cartas de casa, bailar danzas regionales, leer periódicos filipinos... Su ruido es el de un inacabable gallinero humano. Sólo que no se trata de gallinas sino de mujeres solas: como tras una extraña hecatombe, no hay hombres.

¿La espera de la mujer en Upper Prince Albert tenía que ver con esa ausencia?

Lo fácil es suponer que sí… pero puede que no.

 

* Una mujer cansada se acercó al banco de piedra que anillaba un árbol y con la mano lo palpó, comprobando si estaba frío o caliente. No le debió de gustar lo que tocaron sus dedos porque se fue. No sabría nunca que con ese gesto -yo me sentaba en el banco, una tarde de verano en Macao-, se convirtió en la imagen misma de la vulnerabilidad del ser humano: eso que lo emparenta con los perros que vagan por las carreteras, sin comprender la idea misma de abandono, las mariposas cuando aún son capullo, los profesores a quienes se les va la memoria, o una mujer bella cuando descubre su primera arruga.

 

* Se hacía el extranjero, el extranjero recién llegado, sólo para poder disfrutar del espectáculo siempre renovado de las camareras de los restaurantes inclinadas sobre los mapas que les mostraba en busca de ayuda sobre la mejor ruta a tomar. Y para disfrutar de su curiosidad al acercarse a un extranjero barbado, su buena voluntad, su tibia cercanía, sus alientos inocentes, sus sofocadas risas de niñas aunque ya eran casi mujeres, su piel, sí, de porcelana.

Lo que no sabía es que las muchachas se hacían las despistadas, y hacían que discutían las alternativas entre sí como generales de alto estado mayor, para disfrutar del espectáculo, más bien escaso por aquellos años, del extranjero barbado y oloroso a soledad, perdido en Cantón. Sus ojos redondos, su voz baja y musical, sus manos, su desamparo y el arrobo con que las miraba como si fuesen las últimas mujeres sobre la tierra.

 

* Un amanecer, los escorpiones, perros, anguilas, gatos, tortugas y gamos de ojos asustados que vendían para comer en el mercado de Gouang Zhou decidieron reivindicar la isla de Shamian para China y echar a los extranjeros que venían a mirarles, señalarles con el dedo y fotografiarles con indignación por no ser como los pollos y filetes de ternera que se venden en los supermercados de Europa y Estados Unidos.

Muchos años antes, cuando la época colonial, a comienzos del siglo XX, una manifestación por idénticos motivos terminó con unos 400 muertos. En esta ocasión, humanos.

De modo que esta vez emplearon la astucia. Al alba cruzaron el puente que separa el legendario mercado de Guang Zhou de la isla de Shamian. Por las innumerables películas-basura con que les habían estado bombardeando por televisión, sabían que los humanos no soportan a las anguilas, serpientes y escorpiones, e incluso a según qué perros y qué gatos en según qué situaciones.

 

* Sucede que al parque de atracciones del Jardín de las Siete Estrellas de Guilín llega una vez un niño.

Son las dos de la tarde del 25 de agosto de 1998. (Yo estaba ahí, y lo ví).

En vista de lo cual, alguien pone en marcha un tren bicicleta de cuatro vagones conducidos, respectivamente, por dos monos y dos osos panda un poco despintados que, pese al calor vertical, pedalean sincronizadamente.

En el tobogán que cae sobre un mar de bolas de colores, una mujer aparece desde detrás de un abanico que le hacía de sombrilla y sonríe. Luego vuelve a desaparecer. El tobogán sigue inmóvil. Las bolas también.

Una mujer -otra- aparece corriendo desde alguna siesta para poner en marcha los autos de choque. Un auto de choque pacífico y algo cojo que apenas puede chocar ya contra nada. Luego se detiene. La mujer se retira cantando una melodía china hacia la sombra en la que mira el tiempo que pasa.

En algún sitio se oye el gemido de un columpio. Un columpio lento.

Una tercera mujer con pantalón blanco y chaqueta amarilla de seda entallada de las que usan las chinas duerme la siesta sobre un banco. Le sobran las piernas. Se ha descalzado. Su ropa interior se le adivina. De calor crujen las chicharras.

Un avión de la guerra contra Japón se pudre resignadamente en una esquina, cerca de dos bragas, rosa y blanca, bajo el sol.

Una sirena envejece con orgullo en la popa de un navío que no va a ninguna parte.

Cabrían más cosas. Pero no quieren. En la periferia, medio escondidos, un par de grupitos compactos juegan concentradamente a las cartas o al mah-jong.

La mujer de los autos de choque vuelve a correr. Otro niño.

Esto se anima.

 

* Al llegar a Robinson Place 70, en Hong Kong, cruzar todos los porteros y guardias de seguridad, pasar frente a la piscina, subir al piso 27 en un ascensor de metal noble y abrir la puerta F, se encontró con una señora rubia que, en medio de un salón desnudo, ella también a medio vestir, arrodillada y besando prácticamente el suelo, desgranaba un mantra que no interrumpió. A lo lejos, abajo, se escuchaba el respetuoso rumor de la ciudad repitiendo el mantra.

 

* Todas las mañanas y todas las tardes cruzan las calles, los cielos y los ascensores de Hong Kong formales ejecutivos con el ceño particularmente fruncido por la gravedad de su misión. No son banqueros. Son héroes. Pues está escrito que llegará el día en que el último ser humano sobre la tierra tendrá reloj, máquina de fotos y teléfono móvil, el día en que tendrá incluso dos de cada, y ya no querrá más, y entonces qué.

Entonces, un jueves de agosto de un año ya decidido, entonces se abrirá un agujerito bajo un tenderete en el mercado de Woosun St. y estallará una tormenta con 3.436 relámpagos y el último será la señal para que todo Hong Kong comience a irse por el agujerito como el agua de una bañera.

(Esa es la causa de que comandos especialmente adiestrados de banqueros chinos con licencia para matar cuiden todos los días, con métodos milenarios, de que no todo el mundo pueda acceder a un teléfono móvil).

 

 

* Sucedió en el Hang Seng Bank, una gigantesca nave de titanio que domina un buen pedazo de Des Voeux Rd. Central: uno de los clientes que hacía (pequeña) cola para entrar en contacto con una de las eficientes profesionales que atienden a los clientes, de pronto se arrodilló.

Fue sin aviso y con gran naturalidad. Estaba en la cola (no una cola, en realidad, sino tras una línea amarilla en el suelo, de las que se utilizan para hipnotizar gallinas), y de pronto se arrodilló en actitud claramente venerante, oratoria, suavemente suplicante incluso.

En cualquier otra situación los soldados que montan guardia en las puertas con rifles capaces de parar un camión en marcha se habrían arrojado sobre el insolente y le habrían aplastado ahí mismo para que aprendiera y sirviese de lección. Que se hubiese puesto a dar gritos, por ejemplo, o consignas, o desnudado, o intentado pegar fuego al edificio (un esfuerzo inútil: el titanio no quema).

Pero algo debía de tener ese arrodillamiento de verdad, de necesario, de ineluctable incluso, porque los guardias no hicieron nada mientras una segunda clienta, y una quinta, y un sexto, séptima, duodécima, vigésimo y así se arrodillaban a su vez y rendían sumiso tributo mientras las eficaces cajeras se transformaban en sacerdotisas (para lo cual no tenían que hacer mucho pues en efecto ya tenían el cuerpo etéreo y delicado) y lo organizaban todo mientras del último piso se decidía a bajar el más grande, el esperado, el gran señor del templo.

 

* A los niños en Hong Kong se les bautiza mientras cura, padres, padrinos y niños van ascendiendo por una escalera mecánica. No importa si el nombre del chico es muy largo pues en Hong Kong sobran las escaleras mecánicas de hasta siete pisos. Luego, en una segunda parte de la ceremonia se le vuelve a bajar hasta el punto de origen.

No es difícil encontrar el profundo significado a esta ascensión y caída, misticismo y realismo de la ceremonia. En el shitai, ecléctica religión nacida de la mezcla de creencias que es H.K. , se pretende infundir en el joven la ambición de convertirse en uno de esos viejos orientales a quienes sus subordinados suplican la venia para convertirse en alfombra, pero sin olvidar mientras tanto su condición de oficinista, caminante toda su vida por los 746 kilómetros de galerías que atraviesan H.K. en todas las direcciones, en su mayor parte bordeadas por tiendas de alto diseño, relojerías de a 1.000 dólares el minuto y tiendas de vino de a 50$ el sorbo. Quién compra todo eso sigue siendo un misterio, pero alguien debe de ser porque desde luego los oficinistas no son.

En esas galerías es fácil encontrarse a grupos de escolares de los que en otros sitios visitan el zoológico o los museos. En H.K. ese tiempo precioso es utilizado para que vayan a los grandes edificios y, desde abajo, miren hacia arriba. Eso les llena de gran admiración por el género humano al tiempo que les inculca una genuina (y necesaria) humildad. No se les dice por ejemplo que cierto edificio mide tantos metros y es el segundo más alto del mundo, sino que tiene 394 veces el tamaño de un hombre. Así se explica que los chicos de Hong Kong coleccionen cromos de arquitectos como en otros sitios coleccionan futbolistas.

Y así.

 

* Estaba yo desde hacía un buen rato observando a los chinos orar, quemar incienso y mover rítmicamente unos palitos en un bote cuando ha llegado la clásica pareja de ricos blancos, mayores, pegados cada uno a una cámara de vídeo. Y con clásica insolencia se han puesto a filmar sin rubor alguno. Pero entonces ha sucedido: mientras miraba a la señora con frío odio me ha parecido que cambiaba de color. La fuerza de mi mirada, me he dicho, que tiñe lo que veo. Pero los vaivenes del turismo la han traído de vuelta hacia mí y he visto que en efecto la señora había cambiado tanto de color como de textura. Ahora -noté claramente cuando pasaba a mi lado con su cámara, su insolencia, sus cremas y camisetas-, ahora era de plástico.

 

* Llevaba un par de años en Hong Kong y había casi conseguido no saber que estaba en China. Trabajaba en un edificio neuyorkino, sus colegas se vestían como en la City, vivía en los mid-levels entre gente que parecía salida de un club de golf, y los viernes cenaba en un restaurante italiano que hacía lo posible por estar en Ibiza. Algunas noches iba a tomar unas cervezas a un pub de blancos en Wan Chai que si no eran marines debían de haberlo sido.

Una de esas noches sintió que alguien se sentaba a su lado en la barra un poco, sólo un poco más cerca de lo normal: eso los blancos lo notan de inmediato. Se giró y se encontró con unos ojos que decían lo que nadie le había dicho nunca, una piel de perla, una nariz que parecía capaz de seleccionar los olores, un cuello de escultura… la china, quizá la mujer más bella que había visto jamás. En ese bar se permitían las chinas si eran muy guapas. Ésta le sonreía, le saludaba, le decía de dónde era, y con la misma naturalidad le preguntaba "Do you want me?", y a él le salió un "No, thank you" como las docenas de "no thank you" que cualquier blanco tiene que ir soltando al cabo del día ante las múltiples invitaciones que le asaltan en cualquier lugar de Asia. Discretamente, la china se retiró.

Pero él ya no es el mismo. Intenta llevar la misma vida de antes pero algo falla. Siempre parece que busca. Que le falta algo.

 

* Al principio, sentado en la penúltima fila, disfruté del vacío del autobús, e incluso -la esperanza es la parte más temeraria del hombre- llegué a confiar en que se mantendría vacío: podría viajar como en una suerte de limusina china, traqueteante, cierto, pero con más espacio que en un avión de ricos. La soledad es sin embargo en China un concepto más bien abstracto (hasta las solitarias campesinas con sombrero triangular y el agua a media pierna en los campos de arroz suelen llevar un crio en la espalda), y al cabo de un kilómetro el autobús estaba lleno, al cabo de dos habían subido el doble de pasajeros que cuando iba lleno, y al cabo de cinco allí se juntaba un imposible doble del doble, aunque con una facultad misteriosa: no parecían molestarse entre sí. Y otra más misteriosa aún: no me molestaban a mí. Nadie me tocaba. Nadie me miraba tampoco (los chinos miran de otra forma, como si los ojos fuesen de adorno y el don de la vista lo tuviesen en una parte invisible) y, para la cantidad de gente que allí convivía, incluyendo el chico ayudante del chófer, que flotaba por fuera como una bandera y tan sólo iba unido al autobús por un brazo y una pierna, tampoco se puede decir que oliesen.

Y entonces sucedió: en esa apretada aldea que deambulaba a pacífica velocidad por el centro de China, primero creí tener la impresión de que ya había estado allí. Clásico. Luego comprendí que, por uno de esos prodigios que suceden si se va tan lejos que hasta los mapas pierden sentido, había recuperado eso que tantos y tantos delincuentes intentan ocultar desde siempre pues saben que, si guardan el secreto, se pueden repartir el botín del mayor negocio que existe: La China era también mi país.

Igual que la tierra entera.

La tierra entera es mía y yo soy de la tierra entera, y si cualquiera reinterpreta de la manera que sea ese derecho es para robármelo y hacer negocio con él. El negocio de las banderas, los pasaportes, las fronteras… Tuve que ir a China para recordar una evidencia que sabemos al nacer -durante un tiempo impreciso tuve la nítida conciencia de que ya lo sabía- y luego nos van ocultando.

Pasó el momento más intenso y emocionante de la revelación y, no tanto para recordarlo como para no permitirme volver a olvidarlo, me lo escribí en la palma de la mano, como cuando era niño, pues mi cuaderno de notas ya no me bastaba:

 

Yo soy de todas partes y

ninguna de ellas es de nadie

 

y cuando levanté los ojos alcancé a pillar algo, quizá curiosidad pero nunca se sabe, en los ojos de una china que permanecía de pie en el pasillo abarrotado.

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