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Pedro Sorela

Preguntas al escritor

Martes 30 Octubre 2012. En Blog, Entrevistas

Preguntas al escritor

Hay on Wye, ciudad librería en Inglaterra.

Diálogos/Quién elige al entrevistado

 "¿Usted qué hace aquí?", me preguntó irónico pero cordial Ken Follett la segunda vez que lo fui a entrevistar. "¿No es su periódico un periódico serio? Yo soy un escritor de aeropuerto, hago entretenimiento. Los grandes periódicos no se ocupan de mí". En realidad, a su modo, Ken Follett estaba fishing for compliments, frase hecha inglesa que alude a quien busca mimitos:  Escandalizadas frases del periodista de periódico serio tranquilizándole: "No, hombre, no: usted es un gran escritor. De eso no hay duda En realidad no importa que venda cientos de miles de ejemplares"... Y en realidad no importa: Follett jamás ganará el premio Nobel, si es que esa quiniela le interesa a alguien, pero a su modo, en su estilo, Follett ha sido a menudo un estupendo escritor, sin tanto que ver como pareciera con el género del bestselerismo: entendiendo por buen escritor, como me comentaba una joven novelista amiga, que lectores nada analfabetos quieran llegar a casa para seguir leyéndole.

    Esa segunda entrevista era a propósito de Los pilares de la tierra, la peor de sus novelas entre las tres o cuatro suyas que he leído (y no estoy diciendo que sea mala, aunque eso aquí no venga al caso), o sea que todavía no había comenzado a vender como un record internacional -eso comenzó con Los pilares-, pero ya se acercaba al podio. Y, antiguo periodista de tabloide, conocía las estrategias en la administración de la imagen y se hacía el avaro con la suya... como le ocurre a los ex periodistas: véase García Márquez. Como se cuenta en la entrevista, tras concertar esta por vía indirecta, fue él quien me fue a buscar a mi hotel para llevarme a un banco de The Serpentine, que es a Hyde Park, en Londres, lo que el estanque de las barcas a El Retiro en Madrid. Y ahí se desarrolló la entrevista en un tibio día de septiembre, con él vestido como un joven   y arrojado banquero de la City, lo que a su modo tal vez fuera ya entonces: Pelo gris abundante y haciéndose el rebelde (toca la guitarra en un conjunto de pop, o rock, o algo), zapatos de lazo tan brillantes que parecían de charol, camisa a medida con cuello raro, corbata de seda gorda y nudo agresivo... etc. Un triunfador. Un hijo del pueblo que ha accedido al lujo, o lo que se entiende por tal, y no le remuerde ni esto pues se lo merece.

   En mis dos entrevistas con Follett y en la lectura de sus libros -no es obvio pero lo uno va o debiera ir con lo otro como el jamón serrano con el pan con tomate- confirmé que sí existe un modo de escritura anglosajona que se diferencia de la española: allí los escritores planean sus libros hasta el detalle antes de sentarse a escribirlos. Recuerdo que el también británico William Boyd, en otra entrevista, me mostró los sucesivos planos de una de sus novelas, y al penúltimo ya sólo faltaba ponerle unos cuantos adjetivos y puntos y aparte para quedar terminada. O sea que nada queda al azar: el colmo de la escritura deliberada, inaugurada según Borges por Poe y por Flaubert, y a su modo desarrollada por Henry James. Y también aprendí que un best seller suele tener las dimensiones de una catedral "porque cuando aciertas, la gente quiere mucho. Quiere quedarse a vivir en el libro". 

    Pero estos días me he acordado de Follett porque ¿cómo no hacerlo? Sería más rápido decir dónde no lo han entrevistado que dónde sí... como suele ocurrir con sus periódicas apariciones... y de gente como él. De todo el mundo, en realidad: hoy los contratos de edición incorporan la obligación del escritor a prestarse a la publicidad de la obra, y las posturas de intransigente discreción ante los medios de Faulkner, Beckett, Maurice Blanchot u otros (Salinger ni siquiera permitía que se hablara de él ni del libro en la contracubierta) resultan relatos de excéntricos de otro tiempo.

     Bien, allá los escritores con su actitud ante los medios... que a mi juicio contribuye no poco a retratarles. Pero ¿y los periodistas? ¿Los entrevistadores? ¿Por qué los periodistas (los redactores-jefe y directores), al menos en España, sienten la obligación de entrevistar al último premio, al último best-seller, al último Nombre que pasa por su ciudad, siempre y cuando no sea ni un sabio ni un viejo y esté respaldado por un potente gabinete de prensa? Y ello, en la cadena más que engrasada de una industria cultural que poco tiene que ver con la cultura, el interés del lector o la peculiaridad o mérito de la obra, y sólo para que el suplemento en cuestión coincida en tiempo y forma con la mesa de novedades de El Corte Inglés. (En cine, los productores se gastan más de la mitad del presupuesto en publicidad).

    Así las cosas, quizá no fuera tan irónica la observación de Follett de que por lo general los periódicos serios no se ocupan de él, o al menos no está previsto que lo hagan. Ello se debe a algo que en las redacciones llaman actualidad. Pero que casi siempre es desinformación y obediencia.