joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

La crisis del escritor de fajas

Martes 07 Marzo 2017. En Cuento, Blog

p.S
"... comenzó a titilar y luego soltó un pequeño chisporroteo..."

Jorge San Epifanio había terminado de escribir la última frase destinada a la faja de uno de los libros de la editorial, y se disponía a apagar el ordenador para ir a ver los últimos dos capítulos de su serie preferida, cuando la frase -la mejor novela de iniciación de la última década- comenzó a titilar, luego soltó un pequeño chisporroteo, como si no estuviese bien engrasada, y finalmente se desprendió de la pantalla. Primero una esquina que la dejó colgando al modo de un borracho aún cogido por una mano al repecho de un balcón, y luego las dos. E igual que ropa sucia arrojada a la lavadora, la frase fue a caer en "lunes", en la agenda que se encontraba debajo de la pantalla. San Epifanio la cogió, la examinó, le dio la vuelta, sopló un poco para quitarle el polvo y, visto que la frase no revivía y tampoco era tanto trabajo, la tiró al cesto de los papeles y se dispuso a escribirla de nuevo. Y estaba a punto de escribir "la mejor..." cuando la frase que había escrito antes, destinada a otra de las novedades -el contundente "un hallazgo"-, dejó asomar una especie de ampolla sobre la o final y, tras el mismo chisporroteo, fue a parar en la frontera entre el martes y el miércoles en la agenda.

      Para darse cuenta de la gravedad de la crisis es necesario decir que era la primera. San Epifanio no sabía lo que estaba pasando. Poeta con cierto talento resultón en la universidad, había escrito un par de novelas prometedoras poco después (eso dijeron los escritores de fajas de la época: "una espléndida promesa", "una de las más prometedoras promesas en estos tiempos de sequía"), y en contraprestación a que su editorial lo becara con un modesto sueldo para que pudiera cumplir esas esperanzas, se comprometió a escribir las fajas de las novedades para hacerlas más atractivas a los lectores: cuatro o cinco al mes, y con tiempo por delante. Nada. Como hubiese dicho uno de sus personajes sobrados y simpáticos,  "pan comido".

     Pero tratándose de alta literatura es arriesgado comprometerse. Hay que andarse con cuidado. Porque lo que no sabía San Epifanio es que, para los poetas como él, el número de versos es limitado y los adjetivos también. ¿Cuántas frases atractivas que inciten a la compra (a la lectura ya es otra cosa) puede escribir un escritor de fajas de libros, por mucho talento que tenga? Pues según una tesis doctoral presentada en la Facultad de Publicidad, no más de 200. En caso de verdadero talento, 250.  Era una tesis doctoral clandestina, como todas las tesis, pero solo era cuestión de tiempo de que llegara a muchos editores del país y, si no se habían dado cuenta por sus propios medios, el que procedieran a los despidos correspondientes en el sector, como indefectiblemente los llamaría la prensa. Y pese a que San Epifanio ya se acercaba a las 500 frases, se habría ofendido mucho de haber sugerido alguien que pertenecía a sector alguno. Él era un poeta. Un artista. Aún así, lo cierto en cualquier caso es que medio millar de fajas de libros desafía los talentos de cualquier poeta, por Petrarca que sea.

      No hizo falta que la tesis trascendiera. Por propia inercia, las frases vencedoras de San Epifanio dejaban aflorar sus tumores y artrosis -su fatiga de los materiales, por así decir- y, simplemente, ni siquiera resistían en la página.  San Epifanio escribía brillante, conmovedor, memorable, pero su entusiasmo no bastaba y no pasaban diez segundos antes de que las palabras se desprendieran de la pantalla del ordenador y cayeran chisporroteando sobre el escritorio como guerreros fritos en aceite hirviendo durante el asalto a una fortaleza.

      Asustado aunque no rendido, San Epifanio volvió a leer poesía con afán y pronto se dio cuenta de que los poetas se movían, o entre el verso hecho y el topicazo, o entre metáforas que no se podían escribir en fajas de libros porque las consecuencias habrían sido todavía más fulminantes. ¿Como poner en una faja Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan como las huellas de las gaviotas en las playas? No se puede. El editor saldría de su despacho furioso y con el cabello en desorden y arrojaría al culpable por la ventana. La gran poesía no está para ser moneda de cambio en las editoriales.

    Acudió entonces a la Real Academia, como hace todo el mundo que pretende revestirse de autoridad, pero solo para descubrir que allí también se habían infiltrado los bárbaros y se dedicaban a consagrar palabras que no eran de consagrar. Resultado:  no era posible abrir mucho tiempo el Diccionario sin que la habitación se perfumase con un olor sospechoso y los dedos que habían dado vuelta a las páginas cogieran un aspecto escrofuloso y maluco.

     De modo que ahí está San Epifanio, con el ordenador encendido y al acecho, contemplando cadáveres de fajas, sin saber qué hacer.

El alarido de la calle Golfo de Salónica

Jueves 16 Febrero 2017. En Cuento, Blog

p.S
"...por el cielo circulaban nubes más oscuras todavía que la noche..."

Serían la una y treinta de la madrugada de una lóbrega noche de febrero cuando un alarido, largo y espeluznante recorrió la calle Golfo de Salónica del barrio del Pinar de Chamartín, en Madrid. Era martes. Había estado lloviendo a ráfagas desde una tarde que se oscureció antes de tiempo. Por el cielo circulaban rápidas nubes más oscuras todavía que la noche. Y por el suelo bailaban en remolinos las últimas hojas supervivientes del otoño. En el piso 15 D de una de esas siniestras torres que dominan la ciudad desde las alturas de Arturo Soria, y que hacen de portones a la M-30, imaginada por el enemigo en los años de plomo de la posguerra, Diana Ortiz, de 39 años, había descubierto que su hijo Arturito tenía un ojo cuadrado. Y si había gritado, largo y con desesperación, era precisamente porque, pese a ser médica, no comprendía el alcance de lo que había descubierto al ir a tranquilizar a su hijo, que se había despertado a causa de una pesadilla. Nada así aparecía en sus apuntes, ni tampoco en Google, donde tecleó "ojo cuadrado" y no salió nada, comprobó, y si no sale nada en Google es que... mejor ni imaginarlo. Se temía algo grave y sin remedio.

    -Soñaba que te habías vuelto rectangular, dijo con angustia el niño, a quien habían empezado a enseñarle geometría en el colegio.

    - ¿Rectangular?, rectangular cómo, preguntó la madre, asombrándose una vez más de la creatividad de los sueños.

    - Rectangular como esa puerta, dijo el niño mientras miraba con temor la puerta de la habitación, que en efecto a partir de entonces adquirió un aspecto fantasmal y amenazador, con vida propia.

      Y fue al girar la mirada hacia la puerta cuando a la madre le pareció ver algo, y al comprobarlo -una pupila cuadrada, con un iris más cuadrado aún-, al comprobarlo, sin poderlo evitar, fue cuando empezó a emitir el largo alarido que fue a más y parecía el virtuosismo de una soprano para resumir el dolor del mundo.

     El síntoma evolucionó a más, en efecto. No mucho después los dedos de la mano derecha del niño dejaron de ser regordetes y un poco torpes para convertirse en pequeñas tubos delgados de cartón. El padre, viajante de comercio, regresó de una de sus largos viajes de trabajo con gafas cuadradas como las que habían dejado de estar de moda hacía años, y con el nudo de corbata windsor, conformado por un agresivo triángulo equilátero. Pasados los años, Arturito le regaló a su primera novia flores de plástico, estudió una oposición que aprobó en el tiempo previsto, se metió en una hipoteca por un piso conformado por ángulos rectos, y en general su vida se hubiese podido meter en un cubo perfecto, con los lados idénticos. Y quizá se metió, no lo sabremos nunca.

    ¿Y de qué extrañarse? Lo único que no estaba conformado por ángulos rectos en la vida de Arturo era el nombre en diminutivo, Arturito, y él exigió que dejaran de llamarle así el día en que se afeitó por primera vez. Por lo demás, en la calle siempre caminó por calles rectas y paralelas a otras, visitó casas de amigos hechas con piezas de Lego, como la suya, y anduvo primero en bicicletas, luego motos y más tarde utilitarios con las ruedas cuadradas. Votó siempre a políticos que llevaban en su programa expulsar las curvas y hasta los óvalos de las calles y las mentalidades (aunque no siempre cumplieran), e impedir el paso de inmigrantes que no acreditaran ángulos rectos en un largo linaje, y se terminó por casar con una chica que le había enamorado porque se movía con ordenados gestos de autómata. Ambos fueron padres de una simpática parejita de niños de color metalizado que al nacer ya sabían decir papá y mamá en un agradable tono de voz neutro. 

Sastra de espías

Miércoles 25 Enero 2017. En Cuento, Blog

p.S
"Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado..."

Mediada la guerra, el jefe de los espías de la Potencia del Oeste rindió cuentas a su gobierno de sus fracasos, que eran muchos:

    -Es inútil. Pillan a todos nuestros espías.  Y los fusilan.

    Sus compañeros de gabinete no se lo terminaban de creer.

    -¡Cómo es posible!, dijo uno de ellos. ¿En el siglo XXI no ha evolucionado la técnica del disfraz a la par que la Medicina y la Robótica? ¿Este va a ser el gran siglo del progreso humano, y el arte del disfraz, uno de los más antiguos, se va a quedar atrás?

    - Sí -dijo el jefe de los espías, tan desconsolado que hasta se permitió un tonito de intolerable piedad consigo mismo que revelaba la gravedad de la situación-. Lo hemos intentado todo...

    - ¿Todo? ¿Han intentado el disfraz de cliente de rebajas?

    - Ese, en versión de hombre, mujer, jubilado y hasta cliente que devuelve una prenda después de haberla usado. Y también el de víctima de las eléctricas, de militante del Atlético de Madrid y hasta del Numancia, de disidente de partido político y de campeón de concurso de cocina. Uno de nuestros espías se disfrazó incluso de juez de un concurso de canto en el que la gente no entonaba nada nuevo sino viejas canciones que todo el mundo pudiese acompañar... Se han disfrazado de ducha, de bolígrafo de multas de tráfico, de dron, de político corrupto con un jamón en Navidad, de pito de árbitro, de IRPF, de palo de golf y de todo el catálogo de Mortadelo y Filemón.

    - ¿Y?

     - Los pillaron siempre pues nuestros enemigos también conocen a Mortadelo, que es global. Y al paredón.

     El consejo de ministros se sumió en el silencio. Al cabo de un rato de melancolía lo que había parecido una entelequia, una utopía, una blasfemia -el triunfo de la Potencia del Este, imposible hasta esa mañana- se insinuó en la penumbra de la tarde. Además, a través de los árboles del complejo presidencial se veía caer un sol rojo de invierno y eso nunca ayuda. Y cuando alguno de los ministros más débiles ya concebía la palabra rendición pero no se atrevía a pronunciarla, una becaria, pequeñita y con los ojos verdes de inocencia, le cuchicheó al oído a uno de los ministros. Que al principio hizo un gesto de impaciencia pero algo le dijo la chica porque continuó escuchándola y cuando terminó todo el consejo le miraba, agarrándose a lo que fuese: ¿Hablaría por fin? ¿Se atrevería él a decir lo que nadie?

     El ministro repasó a sus colegas y finalmente dijo:

     - Dice que el error ha sido disfrazar a nuestros espías de lo que todo el mundo conoce. Por ejemplo, todo el mundo sabe a la perfección cómo es un usuario de whatsapp y cualquier policía de esquina puede reconocer a un whatsappero falso con un simple golpe de ojo... Ella dice que el truco sería disfrazar a nuestros espías de algo no previsto.

     La chica intervino con su vocecita de becaria para precisar con fe de científico que ha descubierto algo:

    - Es que ya nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto. Nos hemos acostumbrado tanto a las cadenas de mensajes y a poner megustas en las redes que hemos perdido esa esquinita del ojo.

    - ¿Por ejemplo?

     Ahí les costó. Así como casi nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto, mucho menos lo está para imaginarlo... y para crearlo.

     En fin, que tras no pocos esfuerzos de la imaginación decidieron fiarse de la becaria y crear una espía con dos narices. No que los creadores tuvieran dos narices, como quien dice "un par" (aunque también), sino que la espía tenía dos narices. Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado, pulseras tintineantes, perfume embriagador, medias de cristal... en fin, todo el uniforme perfecto de la espía internacional de hotel de cinco estrellas. Y dos narices.

      Oye: pues no la vieron.

      Así es: no la vieron.

      Y la espía pudo llevar a cabo su misión y restablecer los equilibrios de la guerra, que ahí sigue, interminable.

Lo que miran los vagos

Jueves 14 Mayo 2015. En Cuento, Blog

p.S
Tánger

No recuerdo muy bien qué pasó. No sé si fue una ilustración práctica de cómo crear un cuento a partir del lugar, o llevado por el entusiasmo de mi visita, un acto de venganza contra La Défense, el barrio Manhattan que remata el eje Torre Eiffel-Arco del Triunfo en París y es el parque empresarial más grande de Europa. Un sitio horrible, un castigo pretencioso de edificios de cristal que París no se merece, al que ahora le tengo un poco menos de manía porque era el barrio de mi hija Inés durante su año Erasmus y donde fue muy feliz. Espero haber capturado todo ello en ese cuento, Colombe en la Défense (Colombe es Paloma en francés).

      Y así. Lo que miran los vagos es mi cuarto libro de relatos -quinto si contamos 57 pasos por la acera de sombra, un libro de narraciones peculiares que aparecían los sábados en una columna de opinión de El País- y que ahora se publica en Menoscuarto, una editorial exquisita no sólo por su diseño y primor sino por su catálogo ultra literario, hoy en día una rareza. No quisiera revelar mucho pero el nombre de los vagos me lo dieron en Tánger. Allí hay una plaza central donde al caer de la tarde se reúnen los jóvenes a recostarse en los cañones históricos capturados al enemigo y a mirar eso que se ve cerca al otro lado del Estrecho y es a la vez inalcanzable. La mirada del anhelo y del viaje.

     De Edimburgo a Hanoi, y de una playa salvaje colombiana ocupada por cangrejos azules a un teatro de marionetas en Bangkok (marionetas tailandesas, que no tienen igual), los cuentos no responden a estas o aquellas clasificaciones más frecuentes entre los especialistas, aunque podrían, sino más bien a una única intención: la de contar el espíritu de un viaje y de un lugar a través de relatos en principio imaginarios y que sin embargo reflejan ese viaje y el espíritu del sitio con igual o mayor precisión, por poética, que el relato-fotografía convencional. Un empeño que me nació hace años en Ladrón de árboles, un primer experimento en Budapest, aburrido de escribir apuntes de viaje al uso, y cuya promesa, con independencia de los resultados, nunca me ha dejado de convencer: Contar, contar real, a través de la imaginación.

    El libro será presentado por dos jóvenes amigos escritores, Laura Casielles y Javier Morales, el próximo martes 19, a las 19.30, en la librería Alberti de la calle del Tutor 57 de Madrid.

Artículos relacionados:

  • Colombe en La Défense
  • Colombe en La Défense

    Jueves 14 Mayo 2015. En Cuento, Blog

    Colombe era una publicista parisina de las de boulot-metro-dodo (curro, metro, cama), aburrida por su trabajo en la delicada frontera del fraude –cómo llamar si no sus dos recientes diseños para Haine (Odio) de los los perfumes Je te déteste y Fous moi la paix -, y por su novio: ¿una de esas buenas personas incapaces de leer una página y previsibles como todos los meses de marzo, que siempre tienen 30 días y nunca, bajo ninguna circunstacia, aunque sea para llevar la contraria, nunca tienen 31 o tan siquiera 29, como febrero, que al menos cambia alguna vez? Pues de esos.

         Colombe trabajaba en el piso 24, sección B, pasillo M, oficina 204-2 desde la que se veía París a lo lejos, una ciudad demasiado lejana y siempre gris en la que se alcanzaba a distinguir el Arco del Triunfo y la torre Eiffel. Poco más. Y cuando el cielo no era gris sino azul, lo que también sucedía alguna vez, la ciudad parecía aún más lejana.

         Hasta el momento, como se ve, una existencia normal y hasta privilegiada si se tiene en cuenta que Colombe tenía trabajo y… Bueno, su trabajo era justo la mayor fuente de su ansiedad. (¿Se llama así?) Su trabajo más que el hecho de vivir en un estudio, un nombre prestigioso para no llamarlo cajadezapatos, que es demasiado largo; de no poderse inclinar en la ducha sin golpear el grifo y cambiar la temperatura del agua, con lo desagradable que es eso; de no poder coger un taxi por vivir demasiado lejos… Una existencia en general desapacible de restaurantes con mesas y raciones demasiado pequeñas y camareros siempre antipáticos o que se hacían los graciosos: sólo se podía elegir una de las dos cosas. Y no había forma de sortear una corriente de aire que se metía por la ventana de su estudio dormitorio, la obligaba a dormir siempre tapada, incluso con calor, y al tiempo le recordaba la libertad de afuera.

         Aún así, la vida de Colombe hubiese transcurrido sin mayores sobresaltos y ella le habría tolerado el tedio, como hace la mayoría, de no ser porque en su trabajo la obligaron a participar en la campaña de otoño para lavarle la cara a los cuatro millones de cazadores franceses, muy desprestigiados ante un mundo cada vez más libre y compasivo, pese a la aureola del jabalí, las trufas y  las codornices en los restaurantes. A esa campaña se añadió otra en la que, oiga, para qué viajar, caminar, volar si se tiene una televisión de cincuenta, cien, quinientos canales y quién sabe si hasta mil, que es la solución a todas las cosas.

         Y era ella, Colombe, pobrecita, la que había inventado el eslogan de éxito:

     

    “500 canales son más vidas de las que usted tiene”

     

     y, deformada por sus lecturas,  

     

    “le apostamos lo que quiera

    a que no puede dar la vuelta

    a 500 canales en 80 días,

     

    y había quedado traumatizada –depre, dolor de cabeza, siempre lunes, fatalismo, ropa gris, whisky con luces de neón por dentro y demás-, con la sensación de haber traicionado algo profundo dentro de ella. En todo caso con la lección aprendida de que quien juega con la tele corre el riesgo de despertarse pipiseado.

     

          En todo caso pocas son las vidas y los complejos de culpa que no puedan aliviar las aspirinas, y así transcurría la vida de Colombe, abocada a no figurar nunca en un cuento, hasta el día en que vio abierta la ventana de su oficina.

        De su oficina en el piso 24, sección B, pasillo M, oficina 204-2 desde la que se veía París a lo lejos, aunque muy a lo lejos.

         Aquí es preciso decir que las ventanas de los edificios de La Défense, el mayor centro de oficinas de Europa, NO se abren más que tres minutos cada diez años…  Y por una razón fácil de comprender: si se abrieran, aunque fuese un ratito, romperían la estética geómetra, trigonométrica y sagrada, el paralalepípedo perfecto de los edificios después de miles, decenas, millones de miles de años de evolución desde la célula en el charco, y todo ese esfuerzo, esa conquista se iría a hacer gárgaras sólo porque alguien, aunque fuese un ratito, abrió una ventana para algo tan primitivo como tomar el aire o ventilar. Y no ventilar de tabaco –pues hace ya tiempo que no se fuma en esos edificios perfectos- sino ventilar el aire, precisamente, de esos perfumes ideales que terminan por cansar aunque nadie lo quiera reconocer: Service, perfume a sudor de secretaria eficaz; o Entrejambe, secreción de ejecutivo testicular de gimnasio en el momento de ver subir tres puntos sus acciones en la Bolsa o, lo que es lo mismo, el momento en que la curva de los que pican y compran adquiere un ángulo superior a 20º.

          O sea que Colombe ve la ventana abierta -el destino ha querido que esté ahí cuando tocan los tres minutos de su ventana, un tiempo suficiente pues son cristales a prueba de mugre y están diseñados para que les venga bien la contaminación-, ve la ventana abierta y en un segundo se concretan tantos, tantos meses y años de tedio y resignación, de para qué he nacido y cuál es mi destino. O sea que Colombe Neully no se lo piensa más, se pone en posición olímpica, pega una pequeña carrerita, da el salto impecable que sólo puede dar la desesperación y salta por la ventana como quien se tira a una piscina. La ventana que no se abría desde hace diez años.

         Y una de las dos estudiantes que en ese momento esperan al pie de la escultura de Icaro, en la plaza, abre la boca para dar un grito de espanto: alguien o algo ha salido de una de las ventanas del edificio perfecto, en el piso veinticuatro del edificio SFR y, en lugar de ir a estrellarse sobre el edificio anguloso y también compuesto por ventanas que le salen, por así decir, del abdomen… levanta el vuelo cuando ya va por el piso diez, más o menos, y con un suave planeo se da una vuelta por encima de la zona, como hacen los aviones al buscar pista, incluidas las dos estudiantes a las que en ese momento se les acaba de unir una tercera. Y las tres miran a Colombe con la boca abierta, sí, pero de admiración.

         Pues Colombe no había volado nunca –era una colombe criada en cautividad y educada por la televisión- pero algo hay en los genes de las especies porque de inmediato supo alargar las piernas con elegancia, juntar los pies, poner los brazos en posición aerodinámica y sonreír con soltura para el público, como hacen graciosamente las grandes trapecistas cuando saludan. 

    Historia de las despedidas

    Cuentos. Autor: Pedro Sorela Alianza Editorial, 2008. Páginas: 304.Portada: Alberto Senante. ISBN: 978-84-206-8833-6. 

    Cuando publiqué Ladrón de árboles, mi primer libro de cuentos, alguien cercano me comentó que a su juicio todos ellos trataban de personas encontrándose y separándose después de un corto camino juntos. Y el comentario se me quedó pues ¿acaso no es esa la definición misma de un cuento? El encuentro entre un autor y un lector y su inevitable rápida despedida.

    Historia, en singular, porque todo conjunto de cuentos conforma un viaje, un paisaje. Es también una novela. Y al revés.

    La contraportada

    ¿Dónde comienzan los viajes?, se pregunta Crispín Rueda en el primer relato de esta Historia de las despedidas. Pero muy bien podría preguntarse: ¿y cómo se cuentan? Pues estos relatos no cuentan el viaje en sí mismo sino lo que inspiran, una suerte de creación surgida del escenario, experiencia literaria en la que Pedro Sorela se adentra un poco más, tras sus libros Ladrón de árboles y Cuentos invisibles. Los cuentos de Pedro Sorela podrían caracterizarse por una ausencia de fronteras.

    Cuentos invisibles

    Cuentos. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 2003. Páginas: 208. ISBN: 9788420465869

    Cuentos_invisiblesCuentos invisibles porque aspiran a la literatura, que no se puede filmar. Porque tratan de viajes y el viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante y, al igual que la literatura, hace posible que de nuestro mundo hagamos una creación.

    Y por otras razones que han de permanecer invisibles".

    La contraportada

    ...De una represa de aguas milenarias en la cima de los Andes a un motín de blancos en un río chino, de una persecución en Londres al renacimiento de un pobre tipo en Estambul, de una reunión de extravagantes en Helsinki a un Berlín improbable y sin embargo histórico, de un Madrid inédito a un Buenos Aires francés, estos cuentos ponen en evidencia el lado mentiroso de los pasaportes.

    Con humor y un idioma afilado, estos cuentos amplían el arco de una obra definida por la originalidad de la mirada y la sugerencia inherente a su doble condición de literatura y viaje.

    Ladrón de árboles

    Cuentos. Autor: Pedro Sorela Ediciones del Bronce, 1998. Páginas: 127. Colección Hispánica. Portada: Nicole Muchnik. ISBN: 84-89854-19-X. Otras ediciones: Ediciones Corunda, México, 1991 

    Descargar Ebook:

    Download

    Descargar PDF

    Download

    Aquí, en los dos cuentos de Budapest, comenzó una ruta a la que no le veré el fin.

    Es necesario aclarar que en los viajes me doblo, estoy más despierto y se me afila, más, el impulso de escribir. Pero nunca llevé de viaje a mis novelas, demasiado pesadas, y siempre tomé las frecuentes notas del viajero, que llegaron a su término al comienzo de una estancia de quince días en Budapest, un otoño en los años ochenta: ya no era capaz de seguir con ellas. Tomar notas de lo que había visto ya no me satisfacía ni aunque reflexionase sobre ello -¿cuántas ideas del viajero son originales?-, o lo dibujara. Quería otra cosa.

    O sea que, en un primer experimento, escribí una historia inventada... pero sobre los escenarios que iba recorriendo día a día: una suerte de ejercicio de estilo.

    El primer resultado, Dos historias rebeldes, sobre alguien que busca a un amigo en el Budapest de la Transición -en todo Budapest se oían martillos tras la caída del Comunismo- es con toda probabilidad, por abstruso, el peor cuento que he escrito. Y aunque me entusiasmó, por eso mismo se cae en la nueva edición digital que se publica en esta página. Mi entusiasmo era del tipo del que puede sentir un químico frente a un microscopio o a un astrónomo mirando la noche con una lupa. Sentí que ahí había algo.