Aquí, en los dos cuentos de Budapest, comenzó una ruta a la que no le veré el fin.
Es necesario aclarar que en los viajes me doblo, estoy más despierto y se me afila, más, el impulso de escribir. Pero nunca llevé de viaje a mis novelas, demasiado pesadas, y siempre tomé las frecuentes notas del viajero, que llegaron a su término al comienzo de una estancia de quince días en Budapest, un otoño en los años ochenta: ya no era capaz de seguir con ellas. Tomar notas de lo que había visto ya no me satisfacía ni aunque reflexionase sobre ello -¿cuántas ideas del viajero son originales?-, o lo dibujara. Quería otra cosa.
O sea que, en un primer experimento, escribí una historia inventada... pero sobre los escenarios que iba recorriendo día a día: una suerte de ejercicio de estilo.
El primer resultado, Dos historias rebeldes, sobre alguien que busca a un amigo en el Budapest de la Transición -en todo Budapest se oían martillos tras la caída del Comunismo- es con toda probabilidad, por abstruso, el peor cuento que he escrito. Y aunque me entusiasmó, por eso mismo se cae en la nueva edición digital que se publica en esta página. (Esta edición digital, con uno de los dibujos del libro en la portada, se puede descargar, sin costo alguno y durante algún tiempo, en formato PDF o para e-book o tableta. Véase "El viejo placer de regalar un libro"). Mi entusiasmo era del tipo del que puede sentir un químico frente a un microscopio o a un astrónomo mirando la noche con una lupa. Sentí que ahí había algo.