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Pedro Sorela

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Sugerir, que es mejor

Por: Pedro Sorela Martes 15 Marzo 2005. En Lecturas

Joseph Roth. Hotel Savoy. Traducción de F. Formosa. El Acantilado

Sugerir, que es mejor

No hay que creer demasiado en el título: el Savoy es un hotel y a la vez no lo es. Tiene habitaciones y viajeros, desde luego, pero esos viajeros son, sobre todo, refugiados. Vienen del Este y van hacia el Oeste, y es la primera vez que duermen en camas blandas tras una guerra que en el caso del narrador ha durado seis años. El Savoy tiene una ciudad alrededor, pero aparte de que se trata de una ciudad “de lluvia y desconsuelo”, poco más sabemos de ella. Ah, sí: hay una lejana revolución en marcha.

O sea que lo único que sabemos con certeza del hotel es que se encuentra en una frontera. Más aún; quizá sea la frontera. Varios indicios, además de los expuestos, permiten esa conjetura, pero sobre todo la naturaleza del protagonista y narrador: Es un solitario, un ser de frontera. Aunque ha estado largo tiempo lejos, nadie le espera, como no sea una parentela lejana, más bien desagradable. No tiene madre, dice él mismo, ni mujer, ni hijos. Sólo tiene a un amigo, que ha venido con él. El amigo es el colmo de la vulgaridad y bordea la delincuencia… pero es su amigo. Cierto que una de las mujeres del hotel, y atractiva además, parece enamorada de él, pero el halo que le envuelve (¿halo de soledad? ¿halo de viaje?) frustra cualquier proyecto y la mujer se resigna a una alternativa menos novelesca. Al apátrida –llamémosle así- sólo lo reconoce su perro. Como a Ulises.

Quizá estos mimbres podrían bastar para descubrir al autor en un concurso de eruditos de primer curso de literatura europea y siglo XX. Pues no otra cosa fue Joseph Roth, un apátrida, un exiliado por definición y casi más que ningún otro: Exiliado porque en vida le cambiaron la bandera de la tierra en la que había nacido, la Galitzia de Austria-Hungría, y buena parte de su obra trata de eso. Judío, casi sinónimo de exiliado, y además entre los judíos, pues no terminaba de reconocerse entre sus correligionarios urbanos, pese a ser él mismo un intelectual. Y exiliado a causa de un alcoholismo que lo condujo con tenacidad y eficacia hacia la autodestrucción: quien quiera saber cómo que se acerque a La leyenda del santo bebedor. A todo lo cual se añade la historia centroeuropea del cambio de siglo, de la que él dio cuenta –en un a su modo muy peculiar- en una actividad periodística alimenticia de un estilo más bien deslavazado que contagia y hasta contamina su obra literaria.

Lo que sucede, y ahí está el secreto, es que siempre lo hace con una mirada poética, a menudo tocada de humor, que rescata casi cualquier página. No está muy claro que Hotel Savoy cuenteuna historia. Cuenta más bien la atmósfera de una etapa, en un viaje entre el Este y el Oeste y quizá dos momentos históricos y dos sistemas políticos, y se podría hacer un recuento de todos los cabos narrativos sueltos que se deja. A mi modo de ver no es casual que esté narrado en Presente Existencialista del Indicativo: Un tiempo que permite una gran naturalidad y hasta sinceridad pero compromete poco: el narrador no tiene por qué conocer toda su realidad y se le permiten las lagunas. Es un tiempo que permite también ausencia de perspectiva y proyecto, es decir futuro.

Se podrían enumerar varias pequeñas cualidades que autorizan a Roth a tomarse todas esas licencias para convertir su narración en, no sabría llamarlas de otra manera, islas de narración. Se resumen en una: su capacidad para crear otra realidad. ¿No es eso la escritura? En la noche se puede escuchar la respiración de la gente que duerme. Los prestamistas envuelven en cadenas las maletas que toman en garantía por sus préstamos. Ese hotel en el que los pobres duermen arriba y los ricos abajo, es a la vez un rico palacio y una cárcel. Es un hotel lleno de placeres, pero también de sufrimientos. ¿No crearon mundos parecidos el Arthur Koestler que inventó una frontera similar de refugiados y el Graham Greene del agente confidencial en busca de armas para una república agónica (¿la española?) que nunca se nombra? ¿No es esa la Casablanca de la película?

En cierto modo el hotel es una isla. Se basta a sí mismo, no sólo como proyecto narrativo sino también como nación: ese hotel es una pequeña nación, y no porque sus habitantes sean más bien unos apátridas varados en una escala deja de tener leyes tan rígidas como las que pueda tener cualquier estado. La partida se juega entre ricos y pobres, y en este caso la diferencia entre ambos es una metáfora que a veces se olvida: los ricos pueden moverse y los pobres no. Antes de seguir viaje deben pagar la cuenta, un deber cada vez más utópico y las múltiples ideas para escapar, como el lobo en su trampa, parecen reforzar su inmovilidad. Es apenas natural que, entre todos esos ricos con poderes, los pobres y los no tanto esperen la llegada de uno particularmente rico, un tal Bloomberg, que con una actividad filantrópica de tonos legendarios los ha de sacar a todos de la desgracia y quién sabe si hasta redimirlos.

Pero eso sólo será si se lo permite la revolución. Y en esa encrucijada está todo Roth: el arte de no terminar de contar, o contar a medias, pero sugerir, que es mejor.