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Pedro Sorela

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La decadencia cuando joven

Por: Pedro Sorela Viernes 09 Septiembre 2005. En Lecturas

Tom Wolfe. SOY CHARLOTTE SIMMONS. Ediciones B

La decadencia cuando joven

No podría decir ahora si hay muchos escritores internacionales peor comprendidos que Tom Wolfe. Sucedió desde el principio, cuando junto a otros se le comenzó a llamar (mal) Nuevo Periodista por la evidencia más bien banal de que escribía con licencias en apariencia revolucionarias en el empiricista periodismo anglosajón. Sin embargo, en sus principales rasgos estos recursos se usaban en el periodismo europeo desde Maupassant, o desde antes incluso que Balzac[1]. En definitiva, recursos de novelista con la liberación del estilo en la información periodística, salvedad hecha del fundamental de la invención de los hechos, frontera última y sospecho que insuperable entre periodismo y literatura.

Y volvió a ocurrir, sobre todo, con dos provocaciones –Quién le teme al Bauhaus feroz y La palabra pintada[2]-, en las que Wolfe arremetía, de forma muy documentada, contra la artificial importación de dos tendencias que a su juicio tenían poco que ver con la tradición estadounidense: el funcionalismo en arquitectura, impuesto por el esnobismo de una burguesía acomplejada y pendiente de Europa, y el arte abstracto, de cuyos sacerdotes o brujos evidenciaba la cháchara… y se reía.

Ni que decir tiene que semejantes atrevimientos colocaron a Tom Wolfe en una posición de francotirador, reaccionario para los mandarines con mando en plaza (por sorprendente que resulte, este adjetivo estalinista todavía funciona… quizá porque a veces es exacto). Y en la que él por lo visto se encuentra cómodo pues en cada entrega de su muy trabajada obra –se documenta como si fuese un periodista de precisión, o un historiador- ahonda en lo que quizá se podría subtitular Crónica de la decadencia (del imperio americano).

No hagan caso: Soy Charlotte Simmons no trata de la sexualidad en los campus universitarios de Estados Unidos, como asegura la mercadotecnia en torno al libro, incluida la de la información y crítica. De hecho, uno de los sobresalientes méritos de Wolfe es conseguir decir lo que quiere decir mientras cruza un escenario en apariencia sexual –no sólo- y en realidad por completo anticlimático: es opinable pero a mi juicio no hay en este campo, pese a las apariencias, ni una concesión. Y digo que ese es un mérito porque de lo que en realidad trata Charlotte es, a través de la peripecia de una muy inteligente muchacha campesina que ingresa con una beca en uno de los campus de élite de la superpotencia de nuestro tiempo, Dupont, un trasunto de Harvard, Yale, Princeton…, de lo que en realidad trata es de la diferencia entre lo que se dice y lo que es. Entre lo que la mitología norteamericana dice que es una universidad donde premios Nobel enseñan a la crema de la juventud -crema de la inteligencia que supera exámenes, pero también del dinero y de los músculos que no los debieran superar-, a la realidad de una universidad, con premios Nobel, sin duda, pero condicionada por su dependencia de la popularidad y de la imagen,incluidos, y no en último lugar, los resultados deportivos. Determinada por su condición demercado (sus programas se modifican para complacer a una revista financiera que clasifica a las universidades según baremos de eficacia económica). Y sobre todo sujeta y obediente –y describirlo sin eufemismos, aunque sí mano izquierda, es su principal aportación y prueba de la honradez narrativa de su autor- a las diversas corrientes de lo políticamente correcto(feminismo, homosexualismo, etnicismo y control policial del lenguaje, ingenuo pero nada inocente después de Orwell) que desde hace tiempo condicionan de forma ya indisimulable el debate en la universidad anglosajona. Quien tenga una ligera duda, que se asome por Internet a los programas de estudios de cualquiera de ellas. Y en el esfuerzo Wolfe no puede evitar algún contagio: su retrato de los hombres es feroz, y cuando se diría que está a favor (Adam), deprimente. Igual que el de ciertas mujeres: pero son las cómplices, las machistas. La única heroína es Charlotte. Y víctima, pero no por lo que parece.

En la llamada novela de campus, microgénero anglosajón, sobre todo, e inaugurado quizá por lablanca primera novela de Scott Fitzgerald A este lado del paraíso, Lucky Jim, de Kingsley, el padre de Martin Amis, no había leído nada parecido. En su búsqueda de una tercera vía literaria,el sarcástico David Lodge se centra en profesores algo patéticos extraviados en un mundo académico de convenciones no por sigilosas menos implacables. Y Philip Roth (La mancha humana) y el surafricano asimilado Coetzee (Desgracia) narran sendas tragedias provocadas por el neofundamentalismo étnico o sexista con coartada cultural. Con el deseo de abarcar como siempre lo máximo posible de unos cuantos tópicos sociopolíticos (La hoguera de las vanidades), o mejor, de un ambiente (The right stuff, Lo que hay que tener), Wolfe simplemente desmonta desde dentro el sistema universitario que muchos creen el mejor de nuestro tiempo (es en cualquier caso el más costoso)… y refleja sus debilidades, no circunstanciales, sino estructurales. La pregunta que queda es si decisivas.

En realidad Charlotte Simmons no debiera sorprender: en el prólogo a su antología El nuevo periodismo (1975), Wolfe consideraba los estudios superiores un “bárbaro tratamiento”, recordando los suyos, y decía: “La mitad de los compañeros (…) iban a escribir una novela sobre el tema. Yo mismo tuve tal intención. Nadie ha escrito ese libro, que yo sepa. Todos olían bastante bien la atmósfera. ¡Qué morbida! ¡Qué ponzoñosa! ¡Sin equivalente en el mundo! Pero el tema acabó siempre por derrotarles. Desafía la estilización literaria. Una novela semejante sería un estudio de la frustración (…) nadie sería capaz de describirla”.[3]

Bueno, como decía Santa Teresa, y muchos otros tras ella, hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede cumplir. Wolfe ha sido capaz al fin de escribir esa novela de los “estudios superiores”, y curiosamente –fue dibujante antes que reportero-, su libro no es ajeno a los colores con que él ya proyectaba el libro. Con su característica pasión por los “sonidos” –no en vano se hizo famoso con el reportaje onomatopéyico de una feria de automóviles adaptados[4]-, es posible que Wolfe abuse un tanto de sarcamos y jergas de los estudiantes. Y aunque no siempre convicente (no puede serlo pues se trata de lenguajes muy localizados), es obvio que la traducción fue un verdadero desafío. Pero es muy probable que esa muy trabajada fidelidad a los sonidos de su tiempo sea, como la de un Jarama de Sánchez Ferlosio, un indicio de exactitud, el requisito de un buen reportaje. Que podría ser visto, sí, como el de la “frustración” que él vislumbraba hace años. En la universidad que describe, ¿podría ser de otro modo?



[1] Véanse Bel Ami y múltiples crónicas de Maupassant, e Ilusiones perdidas y textos periodísticos de Balzac.

[2] From Bauhaus to our house The painted word, ambas en castellano en Anagrama.

[3] The new journalism, en castellano en Anagrama.

[4] The kandy-kolored Tangerine Flake Streamline Baby (1965)

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Lecturas, Tom Wolfe