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Pedro Sorela

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La capital. De Eça de Queirós

Por: Pedro Sorela Domingo 22 Febrero 2009. En Lecturas

La capital. De Eça de Queirós

¿Puede, a estas alturas, seguir interesando la novela del provinciano que llega a la ciudad en busca de fortuna y gloria, y nada menos que en teatro, en poesía y en periodismo, como el (más vivo que nunca) Lucien de Rubempré de las Ilusiones perdidas, de Balzac?

Pues sí, sí puede.

Averiguar por qué es lo que va revelando lo extraordinario de esa proeza. Bien es verdad que es de Eça de Queiroz, que consiguió otras semejantes en obras igualmente arquetípicas como El primo BasilioLos Maias.

La capital es una novela de casi un género que podríamos llamar “del desencanto urbano”, en la tradición generalizada de la novela clásica –Dickens, Dumas y entre otros Balzac, que esta novela cita con regularidad en lo que no puede ser sino un guiño– en la que un provinciano llega a la metrópoli, “la capital”, para dejarse ahí con rapidez y entusiasmo la inocencia, el talento, si alguna vez lo tuvo, la virginidad, si la traía, y por supuesto y ante todo su dinero. El cine es también deudor de esa tradición.

Y respetando escrupulosamente los pasos y los personajes casi arquetípicos: las inocentes y piadosas tías y la buena chica de la provincia de origen, los cagatintas y poetastros que en la capital le hacen la pelota al incauto para sablearlo, el colega periodista que sólo por existir ya quita cualquier gana de volver a leer un periódico, y la vicetiple de oscura belleza, astuta y sin escrúpulos, aquí una fulana española a quien no remuerde exprimir al héroe con unas “malas artes de mujer” de los tiempos en que no existía aún lo políticamente incorrecto...

Seguro que a Eça lo tienen marginado en alguna cátedra de literatura de la costa Este. Es divertido ver que en Eça de Queirós lo español, siempre potente y prestigioso, cumple con la imagen de alto riesgo que desempeña lo parisino en las novelas de Pérez Galdós, comoFortunata y Jacinta, y otras de la época.

¿Entonces? ¿Por qué seguimos leyendo si, como espectadores de opereta, o de películas de óscar, sabemos qué va a ocurrir? Pues por lo de siempre, que es tan raro de encontrar: por la bondad de la orquesta, el solista y el director. Como siempre con Eça de Queirós –y con todos los buenos escritores–, lo que sin pausa llama la atención es la calidad, que no desfallece nunca, en ritmo, prosa, personajes y hasta trama, aunque la podamos prever porque casi cumple el guión del arquetipo. Quizá lo único que chirría –sólo un instante– es la ingenuidad del héroe, Artur Corvelo, que parece preso del encantamiento de su propia ingenuidad –porque tonto no es– y tampoco desfallece nunca.

¿No recuerda mucho al Quijote y a Madame Bovary, presos ambos de su idealismo…? Es en cierto modo el de cualquier literatura digna de ese nombre, esto es, cualquiera que no pretenda ofrecer como arte la simple fotocopia de la realidad para que el lector se sienta héroe de Homero. U Homero mismo, puesto que a su alcance siempre estará decir: “¡Eso también lo hago yo!”, como el hombrecito que así criticaba en el circo el número de los leones. Y cuando al fin, harto ya, el Tarzán que se jugaba la vida metiendo la cabeza entre las fauces de los animales le grita “¡Pues baje y hágalo!”, el hombrecito baja a la arena y se pone a rugir.

Es decir que la ingenuidad, la inocencia de Artur Corvelo, empeñado en ver una metrópoli en la casposa Lisboa de los libreros mezquinos y la reventa de entradas (aunque recuerde a París); un Parnaso en las pleonásticas reuniones de los poetrastros; el ideal alcanzable de una Beatrice en las tretas y coqueterías de su vicetiple; conspiraciones revolucionarias en los tediosos mítines de los políticos de partido; y poco menos que los bailes de Ana Karenina en las aburridas reuniones de los burgueses tacaños y olorosos a puro. Sin duda esa persistencia en el error, o en el ideal, si se prefiere, es una demostración, casi un alarde. Si alguna vez un chico preguntara; “¿Qué es la literatura?”, podríamos contestarle: eso. Pero no La capital, siéndolo. Sino la poesía en los ojos de Artur Corvelo, que le hace ver el mundo ya transformándolo. Una mirada de poeta.