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Pedro Sorela

lecturas

Elogio del Imperfecto

Jueves 07 Septiembre 2017. En Lecturas, Blog, Sastrería

p.S

Sastrería

Una de las alegrías que recuerdo en mi vida fue cuando descubrí -me descubrieron- el Imperfecto. El Imperfecto del Indicativo. Yo vivía en un mundo muy constreñido, como sucede cuando se tienen 12 o 13 años, lleno de normas, matemáticas y horas fijas para esto y aquello, e incluso tenía que llevar uniforme. Que en el colegio tampoco se tomaban demasiado en serio, y de alguna manera, aunque ahora soy partidario de los uniformes escolares, que permiten escapar de las marcas, las modas horteras y la lucha de clases, yo me las arreglaba siempre para burlarlo en algún detalle y de esa manera salirme de la fila. Y entonces, en ese mundo de misterios algebraicos que yo creía me hacían desgraciado pero en el que era muy feliz gracias a los amigos y el descubrimiento de las ideas y de las chicas (o al revés), llegó el Imperfecto.

     Como todo gran amor, llegó cuando no lo esperaba, sin el menor aviso. Al contrario. Lo he fechado a menudo en la tarde en que un profesor leyó en voz alta una página de las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, y me sacó de la siesta habitual de la clase de literatura. En realidad, visto con perspectiva, llegó por oleadas y a lo largo de esos años cruciales que son los decisivos de la lectura porque son las que se quedan para siempre. A veces tengo dificultades para recordar lo que leí hace un mes pero podría citar de memoria hasta pasajes de ciertos libros que leí entonces, hace una vida. De Guerra y paz, Pobres gentes, El gran Meaulnes, Tierra de los hombres y otros grandes clásicos, por supuesto, pero también de Mientras la ciudad duerme de Frank Yerby, casi seguro el primer libro gordo y sin dibujos que leí y el primer título de novela que admiré, o no pocos Julio Verne: con La isla misteriosa comprendí cosas que no había entendido en el colegio.

    Son libros muy distintos y no quiero caer en posmodernidades y ponerlos todos en el mismo plano porque no lo están. Pero con el tiempo he ido comprendiendo que una de las cosas que me fascinaban era una música más o menos inherente a muchos de ellos, y esa música era, en su núcleo duro, la del Imperfecto del Indicativo. Cierto que en algunos casos, como las Memorias de ultratumba, manejado con una maestría que parecía estar inventándolo.

     Como quizá todo el mundo sabe -profesor en 2017, ya no me atrevo a dar muchas cosas por sentadas-, el Imperfecto es el tiempo de la evocación, de los grandes espacios y, si se quiere, de las memorias y con frecuencia de la gran literatura. Y como su propio nombre indica, por su ausencia de rigidez y precisión es quizá el tiempo más libre, en el que el escritor se puede permitir un marco de visión más amplio, eso es crucial, y mayores saltos y elasticidades. Leerlo, escribirlo, es descubrir una refinada forma de la libertad.

    De modo que la pasión fue inmediata y, aunque todo ello era todavía inconsciente -desde luego yo habría mirado con la ceja levantada si me hubiesen dicho que mi gran amor se debía a un tiempo verbal del Indicativo- como todo gran amor pronto estuvo sujeto a roces, incomprensiones... ¿y celos también? Más bien el escozor que me produce el toparme (con frecuencia) con su uso malbaratado en la mala literatura, o el cursi de abundantes supuestas crónicas periodísticas: "El presidente del Gobierno salía esta mañana de la Moncloa con rumbo a las Cortes y no sabía si..."

   Pero esas son minucias y no merece la pena gastar pólvora en ellas. Como con el Nobel de Literatura, que se lo terminan dando a un (estupendo) cantante porque las multitudes sencillamente ya no conectan con la gran literatura ni la pueden entender, me parece que algo debe de significar el hecho de que ya no sea tan fácil oír o leer un buen uso del Imperfecto. Es como si nuestros tiempos no estuvieran a su altura, tal vez influidos por el poderío del cine, que si no es francés con voz en off, o de Visconti, es siempre presente o como mucho puro y literal pretérito simple. Véase algo tan significativo como la frecuencia y abuso en el por otra parte lícito recurso a la primera persona -recurso usado en muchísimas de las novelas que llegan a la editoriales y de la casi totalidad de las escritas por los jóvenes, aunque sea una primera persona disfrazada de tercera-, y el uso del presente y el pasado simple. En efecto, es como si hubiésemos pasado de un tiempo Imperfecto, pero amplio, más libre y complejo, a un tiempo muy concreto y más bien simple. Que no lo es, claro, pero así lo miramos y contamos.

Viajar y leer

Miércoles 16 Agosto 2017. En Lecturas, Viaje, Blog

p.S

No entiendo por qué elijo con tanto cuidado las lecturas que voy a llevar de viaje pues a estas alturas ya sé que meter un libro en la maleta es como invitar a una amante en un asiento ya ocupado del coche, el avión o el barco: avión y libro rivalizan, toda vez que un libro es también un viaje y se corre el riesgo de que uno y otro se hagan sombra.

     Además se produce la circunstancia agravante de que en el viaje se abren los poros y suele ocurrir que lo que uno lee tiende a quedarse. Recuerdo con claridad los libros que me llevé a una solitaria excursión de pesca por el Bidasoa navarro. No pesqué ni una sola trucha, claro, pero guardo nítidas impresiones de los libros de Hamsum, Dostoievski, El jardín de los Finzi Contini y otros que leí entonces -hace muchos años- sin atender lo necesario a mi caña de pescar.

    De lo que tampoco estoy muy seguro es de que mis imágenes de esos libros no estén como barnizadas por mi intensa experiencia en las verdes riberas del Bidasoa, y de lo que iba parejo: una camarera simpática, en el también húmedo hostal en el que me alojaba, y un pobre guardia civil, enfermo de soledad, que agradecía la más elemental conversación. Ambos personajes se me mezclan con los de los libros. Y ese libro de Dostoievski, Los hermanos Karamazov, me parece muy distinto de los otros del mismo autor con los que por cierto me había iniciado de adolescente en la literatura para adultos y de los que, por eso, también guardo un recuerdo muy exacto... y que no pienso volver a leer, no vaya a ser que.

      Como todo el mundo, a menudo yo también he caído mucho en el error de elegir a un autor del lugar al que voy a visitar, o que le pegue. Ese espejismo de leer a Evelyn Waugh si uno va a Oxford, como si la Inglaterra de hoy tuviese algo que ver con la de Retorno a Brideshead. Cierto: leer allí La ciudad y los perros, por ejemplo, sería todavía peor, pero la propuesta pone de relieve otra evidencia. Igual que la gente (yo he aprendido a no hacerlo) lee tonterías en una hojita de la distribuidora de la película, antes de verla, o la solapa de los libros donde se seleccionan frases de críticos fuera de contexto, tal vez la gente busca guías, cuando viaja. No me refiero a las obvias tipo Lonely Planet y demás, que pueden ser muy útiles en viajes difíciles, sino guías que les permitan atravesar los muros de los edificios de los que solo les permiten ver el exterior: el visitante lee Retorno a Brideshead y ya cree saber cómo son y de qué mansiones vienen los estudiantes privilegiados de esos colleges a los que no les permiten entrar.

    En cierta ocasión hice la experiencia de leer una docena de libros sobre la India antes de viajar allí, y además escribí sobre lo que esperaba encontrar: (Prehistorias de la India, en Historia de las despedidas). Pasados los años solo puedo decir que, con la excepción del libro de Octavio Paz Vislumbres de la India, mucho de lo que leí, incluido Naipaul, eran sobre todo estereotipos: los del viaje, producto de la industria de las identidades, son quizá los más fuertes de todos. De modo que, con esas lecturas, uno corre el riesgo de no viajar con los ojos abiertos, que sería la utopía del viaje, sino con los prejuicios del autor leído, a menudo convertido en un autor nacional si es lo bastante rentable para la industria identitaria: en Aracataca, el pueblo que García Márquez abandonó en la infancia y al que volvió solo en alguna que otra ocasión, la estación de tren ya está decorada con grandes mariposas amarillas.

    El cuidado en la selección de lecturas para un viaje puede sugerir también otra realidad, y es que ya no leemos como respiramos, como antes. Yo soy tan viejo que recuerdo un mundo en el que no era tan raro encontrar lectores de un libro al día, o cada dos, por lo que la selección no resultaba tan decisiva: simplemente era un ritual más, como leer el periódico. Y de ahí que no resultara tan exótico un viajero como el paciente inglés, que siempre lleva en su maleta los viajes de Herodoto, y los anota, y escribe cartas sobre ellos. (Ya no escribimos cartas, sino mensajes, y a menudo estos son fotos, como si una foto fuese un pellizco de viaje). El libro leído no complementaba lo que se veía sino que venía a servir de contrapunto para resaltar el sabor. Algo como echarle sal al melón. En un castillo polaco, en la retirada de Rusia, Stendhal, oficial de Napoleón, robó un libro de Voltaire.

        No puedo dejar de recordar el último viaje a España de José Donoso, obsesionado, ante las doce horas de avión de regreso a Chile, por encontrar un libro que "le secuestrara" pues era de los que no podía dormir en otro sitio que no fuese su cama, y eso solo a veces. Lo comprendí muy bien. Sin libro está uno abocado a distrarse con esas películas tontas que por algún misterio programan siempre en los aviones -siempre-, o peor aún, con esos episodios tipo Cámara Oculta que ahora ponen en muchos, lo quieras o no. He llegado a la conclusión de que lo hacen como una medida de seguridad más, dentro de la larga serie, para mantenernos a los pasajeros domesticados y que no veamos los amaneceres sobre el mar, no vayamos a tomar notas.

       Sea como fuere, hace tiempo que he renunciado a libros secuestrantes en los viajes. He terminado por aceptar que cuando estoy de viaje no me secuestran, pues la competencia con la ventana y el viaje rival, y con mis propias notas y dibujos, es siempre demasiado fuerte. Además no es justo con ellos, pues por experiencia sé que nunca guardo el recuerdo que tendría de haberlos leído en silencio en mi casa. Así que lo que hago a menudo es leer textos abstractos, de ideas sin color ni gusto, que no compiten con mi viaje. Van por una vía paralela. 

Regreso a Tintín

Martes 13 Junio 2017. En Lecturas, Blog

Una vieja amiga me regaló una agenda con dibujos de Tintín en blanco y negro para celebrar nuestro reencuentro después de diez años. Y esa visión, todos los días, debajo de la pantalla de mi ordenador, me lleva a la infancia y más allá, cuando Tintín era, junto con Enid Blyton y los clásicos con viñetas de la editorial Bruguera, el principal acontecimiento de mi vida. En los libros de Bruguera se contaba la misma historia (el mismo clásico) alternando texto y viñetas, y ese es el instrumento más eficaz que he conocido para introducir a un niño en la lectura. Ese, y el imbatible de no encender la televisión.

    Es verdad que fue hace tiempo, en una Barcelona tan distinta que apenas la reconozco cuando vuelvo: hay como diez veces más gente y la mitad van en chanclas. Entonces Tintín nos hacía felices. Estoy hablando de los tiempos históricos en que Tintín se estaba publicando, a razón de un volumen al año, y la espera de ese volumen era el principal anhelo de la Navidad, mayor, con diferencia, que el trompo, el tren eléctrico e incluso la bici, o la escopeta de aire comprimido que los Reyes nunca me trajeron. La gran pega es que solo caía un ejemplar, ya fuera al pie del árbol o entre los regalos de los Reyes, y luego tenía que luchar a brazo partido con mi hermano y con mi padre para ver quién lo leía primero. (Ese es otro truco infalible: mi padre leía "nuestros" libros en pie de igualdad con nosotros). Y eso sin contar a mis primas, que estaban ahí, agazapadamente guapas, esperando su oportunidad. Si no llegabas el primero, te consolabas leyendo el Enid Blyton recién publicado, y aunque este era también indispensable, lo urgente era leer el Tintín, sobre todo cuando empezó la serie de obras maestras con La estrella misteriosa.

     Por qué Tintín me gustaba tanto y no se me ha caído es uno de los misterios que me han acompañado toda la vida, y me parece recordar que en una entrevista, hace tiempo, llegué a decir que cambiaría mis sueños de novelista por haber escrito una obra maestra semejante. (Ya no: por ninguna).

    ¿Escrito? Más bien dibujado. Porque si bien, pese a hablar de un reportero sin periódico ni horas límite de entrega, los guiones de Tintín son estupendos y no toman al lector por simple -a diferencia de los actuales comics, razón de su decadencia-, lo que de verdad convierte estos álbumes en obras de referencia del siglo XX son los dibujos. Y ahora que yo también dibujo algo porque entre otras cosas enseña a ver y es por ello una gran escuela de escritura (Saint-Exupéry), no puedo dejar de mirar una viñeta de Tintín, cualquier viñeta, sin admirar una vez más su asombroso dominio y armonía. Para comprobarlo he copiado algunas. Hace falta más que saber dibujar para componer esos dibujos.

    Y aún así, no basta para explicar la extraordinaria sensación de ... ¿paz? que producen Tintín y sus amigos. No sabría explicarlo de otra forma. Igual que en una noche de gran agitación y dolor físico solo encontré el modo de distraerme leyendo La Odisea -era como un puerto refugio, con episodios no solo maestros sino los más conocidos de nuestra cultura-, Tintín, Haddock, Milú y Tornasol remiten a un mundo nítido y claro. Pero no por la supuesta inocencia blanca que algunos atribuyen a la serie y que yo discuto: Tintín es también un catálogo de malvados, cierto que no demasiado explícitos en contra de la moda de hoy, y en algunos casos proféticos (Coke en stock). Sino precisamente por ese dibujo, fundador de la escuela llamada línea clara, que propone una visión del mundo. ¿Puede un estilo de dibujo llevar implícita una idea? Si puede, Tintín es un ejemplo. De la misma familia, se me ocurre, que Hokusai y otros clásicos del grabado japonés (no por casualidad Bruselas, donde nació Tintín, guarda una inmensa colección en un museo), las limpias prosas de Capote y las últimas crónicas de García Márquez, el cine de Rohmer o el piano de Erik Satie.

     Y por el reparto de personajes, que son mucho más viejos que sí mismos. Pues Tintín, como El capitán Trueno, Asterix o, claro está, El Príncipe Valiente, es uno de los muchos hijos, y de los más lucidos, del mundo artúrico y los libros de caballería. Tintín es una versión de Lancelot, bien es verdad que sin Ginebra, Haddock es el indispensable escudero, Tornasol es Merlín y Milú, el perro que piensa en francés, como Descartes, enlaza directamente con la dimensión fantástica del mundo artúrico. Clásico.

    O sea que si de vez en cuando vuelvo sobre Tintín como a una vieja amiga es por las mismas razones por las que cogí La Odisea para distraer un dolor intenso. Y, supongo, por las que, en cierta ocasión me metí a ciegas en un cine, buscando esconderme, y la buena suerte, que también existe, hizo que proyectaran una versión de Miguel Strogoff, de Verne, otro clásico de mi infancia. Y allí encontrara, más que escondite, un refugio.

Chaves Nogales vivió aquí

Miércoles 24 Mayo 2017. En Lecturas, Blog

Manuel Chaves Nogales (archivo Chaves Jones)

Lecturas

 A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales.

 Manuel Chaves Nogales tardó medio siglo en ser recordado en España porque relató de forma neutral la guerra civil española, desde el punto de vista de la humanidad y mostrando y subrayando la crueldad y sinrazón de los dos bandos -"la crueldad y la estupidez se enseñoreaban entonces de toda España"- pese a ser un conocido periodista republicano. Por ello fue y sigue siendo ninguneado por los intelectuales de los dos extremos. Esto es lo que se dice habitualmente, pero no me parece que agote las razones de esa indiferencia, que, por cierto, en parte resiste. Es cierto, pero falta algo, y no termino de saber muy bien qué es.

    Como soy hijo de quienes vivieron la guerra, y no combatí en ella ni fui herido, mi primera reacción al leer A sangre y fuego y -algo rarísimo- volver a leer esos relatos que se graban a fuego, en efecto, fue la de sentir que había encontrado, al fin, mi guerra civil. No la de mi familia, que había combatido en uno de los dos bandos y en la que habían muerto dos hermanos de mi padre, sino la guerra de la posguerra, que no podía ser otra que la del intento de superación, y cuanto antes, del enconamiento y el fanatismo.
    Pero este programa, para el que no sería necesaria una mentalidad noble y trascendente sino simplemente civilizada, no llega a explicar del todo por qué Chaves Nogales no es todavía un escritor nacional, si es que tal cosa existe hoy en España, y no se leen sus textos en las aulas, no solo como testigo de la guerra (hay unos cuantos más) sino como magnífico escritor, de los que sí merecen figurar en los libros de texto. Y periodista: sin ir más lejos A sangre y fuego, relatos inspirados en hechos reales de la guerra, que leen mis alumnos en la universidad, se adelanta medio siglo a la práctica del mal llamado Nuevo Periodismo y, por su verdad, que se mantiene y crece con los años, debe de ser de lo mejor que se ha escrito sobre la guerra. Digo que debe de ser porque no he leído ni una centésima parte de lo publicado sobre una guerra de la que en su día se dijo que había inspirado más libros que la Segunda Guerra Mundial, lo que no creo que sea cierto. Es en cualquier caso lo mejor que yo he he leído sobre ella, junto con el Homenaje a Cataluña, de George Orwell, con quien comparte la distancia del observador, que incluso combatía en uno de los bandos y además fue malherido. Dicho sea de paso, no se entiende nada de Orwell y sus libros de importancia creciente -para comprenderlo basta ver un telediario- sin la semilla de su experiencia española.
    Yo creo que la modesta, si se piensa, acogida de Chaves Nogales está relacionada con algo que dijo Camus, y es que la escritura literaria tiene que ver con una cierta extranjeridad. Camus lo era -huérfano, pobre, hijo de una española analfabeta, francés de Argelia, etc- y Chaves Nogales también: véanse otros de sus libros, como por ejemplo El maestro Juan Martínez que estaba allí, una novela como mínimo infrecuente sobre las peripecias de un bailarín flamenco atrapado con su mujer en la Unión Soviética de la primera época. Llama la atención en este libro su extraordinaria documentación y sensación de testimonio que no es casual, hasta el punto de que cuesta llamarlo novela: al igual que sus otros libros soviéticos, viene de su experiencia en la URSS como reportero. De modo que puede que Chaves viniese de una conocida familia de periodistas y artistas de Sevilla -su abuelo fue pintor del primer cartel taurino de la ciudad-, pero desde joven salió, vio y aprendió: de ahí la lucidez de su distanciamiento de todos los fanatismos en la guerra. Distanciamientos, sin duda, de extranjero en el mejor sentido. Y que se incrementaron, después de la escritura de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (escrito en Francia, nada más salir al exilio, y publicado en Chile en 1937) con sus experiencias en el exilio en Francia e Inglaterra, donde murió a los cuarenta y seis años. Está enterrado en Londres y su tumba no tiene lápida ni nombre.
     Otra razón de su medio olvido, para demostrar la cual se necesitaría una tesis, es la calidad y textura de su prosa. No se trata de que Chaves se alinee o no con uno u otro bando. Es que en sus libros, incluso en los más tentadores y propicios, cuesta encontrar un trazo grueso, una caricatura o la entrada al trapo de la facilidad, que es lo que caracteriza la mala prosa y la literatura en busca de grandes públicos. El trazo grueso corresponde a los personajes que se citan y de los que trata el libro: los guerreros de uno y otro bando. Los escritores, como los políticos, también pueden tener mucho de populistas. Y como en la política, por lo general eso se premia.
     En general, los libros de Chaves Nogales no son de los géneros consagrados, novela, ensayo, teatro o poesía, y en cambio son biografía, periodismo... Después de este, ahora, su libro más conocido es la biografía de Juan Belmonte y, en el imperio de lo políticamente correcto, ello es tentar al destino. Y sin embargo, si hubiese que definir la prosa de Chaves Nogales sería la de algo a caballo entre el periodismo y la historia, acercándose a la escritura a-genérica. Si ni siquiera hoy se sabe qué es eso, cómo se iba a saber en el pasado.
      Se mire como se le mire, aunque escribió mucha de su obra en España, Chaves es escritura del exilio. Y eso no se le ha perdonado a nadie. No hay ni un solo escritor, ni siquiera Alberti, ni siquiera Ayala, ni siquiera Semprún, para qué hablar de Sender, Cernuda, Zambrano, Chacel y tantos otros, a quien se le haya perdonado. Es uno de los fenómenos más extraños e injustos de la historia de la recepción literaria.
    Y Chaves Nogales no es conocido como debiera porque se trata de una baja más en el desarme cultural español -baste decir que en los colegios casi no se enseña literatura ni prácticamente filosofía, y no se sabe de políticos que tan siquiera se hayan escandalizado por ello-, que no es consecuencia solo de los cuarenta años. En realidad se remonta a la guerra y más lejos. En eso las cosas no han cambiado mucho.

Romain Gary o la elección de la propia vida

Miércoles 03 Mayo 2017. En Lecturas, Blog, Escritores

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Romain Gary

Lecturas

La promesse de l'aube. Romain Gary. Folio.

Escribo esta página, no para descubrir a Romain Gary, que bastante conocido es ya en la literatura francesa, sino para preguntarme por qué sigue siendo tan atractivo, y quizá más que antes, a finales del siglo pasado. Gary se suicidó en 1980 y, como ocurre a veces, el porqué resulta en su caso todavía más misterioso de lo habitual pues su obra está llena de vida y de humor, además de respirar experiencia e inteligencia.

    Quizá las razones queden más explícitas en este libro autobiográfico, y entre otras razones, gracias a la originalidad de su planteamiento: aunque hace el recorrido cronológico habitual, no se centra solo en él, el protagonista, sino que este se relata, por así decir, a través de la relación con su madre; una mujer con una determinación de personaje de novela épica, que soñó para su hijo un destino ciertamente glorioso, visto de dónde venía... y, en contra de lo que a veces pasa con los sueños de las madres, lo impuso. De modo que el libro trata, no tanto de la biografía de Gary, aunque lo parezca, sino de cómo Gary luchó para convertir los sueños en realidad. Pero no los suyos, sino los de su madre. Terminaron siendo los mismos.

      Y bien mirado, el libro no trata solo de su cumplimiento sino de la descripción de esos sueños, que no eran solo de entonces, la primera mitad del siglo XX, y el intento de explicación, así sea leve, de sus orígenes. Eso es lo interesante.

     Abandonados al parecer por el padre, que sin embargo acudió al rescate en momentos límite, Roman Kacew y su madre emigraron de Vilnius (Lituania) y, tras un par de años en Polonia, cuando el hijo tenía catorce años llegaron a Niza, pues como mucha gente de la época la madre consideraba a Francia el lugar del mundo donde se podían realizar los más brillantes destinos. Y el del hijo no debía desmerecer de los modelos de Victor Hugo y otros gigantes literarios, además de embajador y seductor del tipo Ana Karenina.

     La promesa del alba (hay ediciones en español) se refiere no solo a la lucha del hijo por ir cumpliendo con los sueños de esa inmigrante lituana, sino al hecho de que, además de cualquier otra consideración filial, se los había ganado. En sus esfuerzos por salir adelante, la madre se había inventado en Polonia la representación de una casa de alta costura de París, y en Niza, antes de ser administradora de hotel, se ganaba la vida revendiendo puerta a puerta vajillas y joyas que según decía eran patrimonio familiar de príncipes rusos exiliados. La misión que se fijó Gary (pseudónimo de sonoridad francesa manifiesta, según las divertidas páginas en que cuenta su búsqueda) fue no solo cumplir con las expectativas de su madre, sino, en el caso de que estas se hicieran esperar, encontrar el modo de que la mujer, una Quijote femenina que vislumbraba la gloria futura en una medalla por un campeonato de ping pong juvenil, no chocara con la realidad y la decepción.

    Porque como suele ocurrir la realidad no era como la habían imaginado. Vivir de la literatura tardó en llegar tras la muy esforzada publicación de algunos cuentos en los periódicos de París, cuando Gary era un escéptico y hambriento estudiante de Derecho, como tantos escritores antes que él. Al ingresar en el Ejército del Aire, en el momento en que Alemania se disponía a invadir Francia en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, se encontró con que era el único de los cerca de 300 cadetes de su promoción en no ser ascendido a oficial. Y ello por haberse nacionalizado hacía pocos años, y quién sabe -aunque el caso Dreyfus era ya historia- si también por judío. Ese choque con la realidad también le habría de seguir más tarde cuando, qué sorpresa, la crítica ideologizada y dogmática del medio siglo francés se negó a reconocer su literatura, al igual que la academia, algo que ha cambiado en los años recientes. Previsiblemente, no le perdonaban ni que fuese un hombre de acción, ni la originalidad, ni las grandes tiradas y las películas, ni que estuviera casado con la actriz de cine Jean Seberg.

    Este libro es también el estupendo cuento de cómo alguien se empeña en ser algo que en principio no se elige, francés por ejemplo, y lo consigue. Al igual que otros artistas que no nacieron en el Hexágono (Ionesco, Beckett, Semprún, Moustaki...), Gary escribe un francés como muy pocos autóctonos son capaces de hacerlo y demuestra más conocimiento del país y exhibe más amor del que serían capaces muchos compatriotas. Es pues también un ensayo sobre la pertenencia, la identidad y sus múltiples facetas, en una plasmación práctica de la idea de Borges según la cual la pertenencia a un país es un "acto de fe" (Ulrica, en El libro de arena).

      Y no se trata solo de patriotismo. Pues, aficionado a los disfraces y las máscaras, el que habría de ser héroe durante la guerra, gaullista sin vacilar (lo que la posteridad le hace pagar caro), y diplomático durante casi un par de décadas, iba a ser el responsable de uno de los pseudónimos más sonoros de la reciente literatura francesa. Y no me refiero solo a Gary, sino al de Émile Ajar, con el que tuvo tanto éxito o más que con el anterior, y que no fue desvelado hasta un año después de su muerte. Pseudónimo sobre pseudónimo, máscara sobre máscara, país sobre país, personaje sobre personaje. ¿Cuántas pertenencias e identidades podemos llegar a tener? Eso es lo que propone Kacew-Gary-Ajar.