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Pedro Sorela

lecturas

La literatura puede vencer al diablo

Martes 19 Febrero 2013. En Lecturas, Blog

Marie Vieux Chauvet.

Lecturas

Amor, ira y locura. Marie Vieux-Chauvet. Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado. Barcelona, 2012.

Hay muchas, pero si alguien duda de los poderes de la literatura verdadera para informar podría empezar por estas tres novelas que conforman un friso, Amor, ira y locura, y que, como es casi preceptivo -y sin el casi- en la escritura contra la injusticia y la tiranía, permaneció en la sombra hasta su verdadera aparición en Francia en 1968. Hasta ese momento, la autora y su familia hicieron lo posible porque no se viera-o no se notaran- los ejemplares de una primera edición, en Haití, que podían encender la peligrosa suspicacia de ese sangriento tirano, Jean Claude Duvalier, más conocido por su nombre de payaso: Papa Doc, que sojuzgó Haití de 1957 a 1971, se distinguió en la rica galería de dictadores del país más pobre de América, y se hizo con un puesto entre los más implacables del continente. Que ya tiene mérito. En cierto modo, con sus métodos estalinistas y su omnipotente policía política, los tonton macoute (el hombre del saco en el rito vudú), conocidos en el mundo entero, empeoró a su vecino Trujillo, en Santo Domingo, y fue un adelantado de las duras dictaduras posteriores en el cono sur. Dejó treinta mil muertos.

     Marie Vieux-Chauvet tenía razón en sus prevenciones, a la hora de disimular el libro ya impreso, ya que no al escribirlo. Perteneciente a una familia que ya había perdido a tres familiares asesinados por el régimen, su libro -y eso es lo que lo individualiza entre la abundante escritura de denuncia- es excelente literatura y a la vez un  perdurable testimonio sobre ese periodo gris rata de la historia haitiana. Si se piensa, no es un caso frecuente, la literatura de denuncia tiene a menudo una vida efímera de titular de periódico, que apenas duran un poco más que una mariposa. Y en su perdurabilidad, tenía todas las cartas para irritar sobremanera a cualquier dictador, aunque por fortuna hay terrenos de la sutileza y el arte a los que estos no llegan: digan lo que digan, las porras son incompatibles con la inteligencia, o al menos con el matiz.

     Son tres libros, en realidad, diferentes en su armazón y personajes, pero que puestos juntos componen un friso sobre un mismo tema: un país sometido a una tiranía concreta y a la vez difusa, unipersonal y a la vez multiplicada en la tribu corrupta de los paniaguados del régimen. Y las tres historias se cuentan desde el punto de vista de quienes sufren ese estado de putrefacción, lejano y omnipotente, contra el que no parece haber esperanza.

     Esos ciudadanos no son cualesquiera, y mucho menos el pueblo, demasiado pobre y preso en los ritos del vudú como para tan siquiera quejarse de una forma audible. Los protagonistas de las tres historias son miembros de una aristocracia criolla venida a menos y víctima de esa nueva clase de hampones que se ha hecho con el poder: un viejo tema de las literaturas americanas (Faulkner, por ejemplo, o Carpentier, o García Márquez en La hojarasca o en Cien años de soledad), reflejo de sociedades dinámicas donde con frecuencia se cumple el estribillo Abuelo arriero, hijo caballero, nieto pordiosero. En el caso de Vieux-Chauvet --en el caso de Haití--, ese desplazamiento por las nuevas clases viene acompañado de un complejísimo y desasosegante pugilato en torno a las razas. Pues por una vez en América, en Haití no son siempre los blancos, muy minoritarios, los que han ocupado la planta noble social. En función del poder de turno pueden haber sido los mulatos -los mulatos más blancos o más oscuros-, y hasta los negros, que conforman la mayoría: así sucedió en el periodo de Duvalier. Los personajes de Amor, ira y locura -una mujer más oscura enamorada del marido francés de su hermana más blanca-; un hombre maquinando cómo vengarse del energúmeno que, para devolverle sus tierras, se ha quedado con su hija; o un poeta que ¿se finge? loco para poder decir lo que piensa (la tercera, más arriesgada -¡usa hasta el teatro!- y a mi juicio mejor de las novelas), se mueven todos en el veloz ascensor social de Haití, donde se puede cambiar de clase y de estado civil en un cuarto de hora, y en el territorio, literario por definición, del ambiguo mestizaje.

      No hace falta indagar mucho para hacer a tientas un retrato de Marie Vieux-Chauvet y de su peripecia vital, pues, aunque literario, su friso exuda verdad. Experiencia. Eso que siempre se nota, y que tanto se echa de menos en mucha de la literatura contemporánea y en particular la primermundista. Y exuda también algo un poco anticuado y en estos tiempos a mi juicio muy valioso: confianza en la literatura. Creer que a través de una escritura creadora y sin miedo se puede vencer al diablo. Que es el tema de la tercera parte: Locura. La escritura de Vieux-Chauvet no pretende informar de casos concretos ni precisar torturas ni despojos. Y sin embargo, mediante la sugerencia y la imagen, instrumentos de la escritura literaria, consigue proporcionar una verdad mayor que el simple informe.

El misterio Pushkin empeora

Jueves 11 Octubre 2012. En Lecturas

p.S
"Un duelo que a lo mejor fue un asesinato"

Sastrería. Independencia

Lamento si soy molesto, pero el hecho es que casi dos siglos después seguimos sin saber con exactitud por qué murió Pushkin en un duelo, un mediodía a nueve grados bajo cero en San Petersburgo, con la nieve hasta la rodilla. Sí, ya sé que la mayor parte de las fuentes y casi todos los profesores -si es que quedan profesores que den clase sobre la vida de los poetas, que lo dudo- dirán que murió a manos de su cuñado, el oficial D'Anthès, por injusto azar un apellido con la misma sonoridad que el del Conde de Montecristo, en un duelo irremediable a causa de los celos ya imparables del poeta, que había tragado lo suyo. D'Anthès era un petimetre, un oficial lechuguino de la Guardia Real importado de Francia y digno decorado en un posible baile de Ana Karenina, por ejemplo, que por lo visto tenía algo mareada a la mujer de Pushkin, Natalia, la mujer más guapa de San Peterburgo pero con no demasiadas luces. Sí, una tragedia de la que por lo visto nunca se ha repuesto la literatura rusa: Dicen los que lo saben que Pushkin suena en ruso como nadie.

     Y lamento también mi lúgubre seguridad sobre la continuidad del misterio, que se apoya en la lectura de El botón de Pushkin, de Serena Vitale (Muchnik Editores, 1999), uno de esos libros que uno guarda en su biblioteca a la espera de que le llegue el día propicio, y ese día le llegó en este otoño raro. Para devolverme mi admiración por las cartas como escritura, sin las muy abundantes de las cuales de la sociedad rusa de la época ni siquiera hubiese sido posible la seria, casi biomédica investigación a cargo de la rusófila italiana Serena Vitale. El libro abarca, descubre, pregunta y escarba con una tenacidad de irritante detective en un amplísimo arco de escritos rusos de ese tiempo, cartas en su casi totalidad, para hacer ver, en una suerte de Las amistades peligrosas, con las mismas contradanzas y chismorreo de salón pero con nieve y trineos, la increíble complejidad en el armazón de lo que sólo parecía un disparo. Y hacer ver que detrás de ese disparo y una dolorosa agonía de un par de días había tantos titiriteros que no se sabe al fin cuál fue el dato, el hecho, el Yago, el celo, la intriga decisivas que condujeron a Pushkin hacia un duelo que a lo mejor, quién sabe, fue en realidad un asesinato. Un magnicidio. Y por supuesto, para hacerme reflexionar en este otoño lleno de sol sobre las servidumbres de la gloria: la pérdida de la libertad en primer término, y los verdaderos enemigos de un escritor.

     Porque con independencia de la intriga policial de quién fue el culpable: el amante, que disparó pero no es seguro que fuese en realidad amante, la esposa, el padre adoptivo del amante, que no era en realidad padre, el redactor de unas cartas ridiculizantes y anónimas, el autor intelectual detrás de ellas, etc, etc, el libro refleja la sociedad rusa a comienzos del XIX -la alta sociedad que había conseguido atrapar a Pushkin entre los brillos de la sala de espejos- con una profundidad y detalle que, en ese aspecto, podría rivalizar hasta con Ana Karenina. Y ahí es donde se ve que, todo sumado y restado, Pushkin fue a la postre un rehén primero y luego una víctima de su triunfo literario en primer lugar y después social. Cómo el poeta espontáneo, rebelde e inimitable de su primera juventud (y perdón por esa sucesión de pleonasmos) fue quedando atrapado entre los favores de la Corte y el mismísimo monarca como una liebre a la que hipnotiza una serpiente. Lejos de mí el sicologismo barato, pero entre correspondencias y chismorreos de la alta sociedad petersburguesa -qué aburrimiento, dios mío, qué tedio invernal-, se va viendo cómo ese brillante escritor va dejando escapar cada vez más su vida entre los rituales, brillos de hojalata y telarañas de ese tipo de sociedades, y cómo está cada vez más pendiente y amargado por los honores y rangos cuya previsible elaboración arma las cortes y pretende justificarlas. ¡El mismísimo zar vigilaba quién acudía a qué, y si con el uniforme adecuado a la ocasión!; parecen las memorias del Duque de Saint-Simon sobre la corte de Luis XIV. Cómo amargura y frustración aumentan en el poeta, obligado a perder el tiempo entre las necedades de la supuesta gloria en vida: venerado al parecer, pero vigilado de cerca por un zar con vocación, ya, de Gran Hermano, un abuelo de Stalin, cuánto más con un poeta que había sido anarquizante, como suele o debería indicar el mismo nombre del oficio. Así que se ve muy bien cómo, de forma paralela a sus celos, crece la frustración de Pushkin, que se negaba a cometer la vulgaridad de cobrar por sus poemas o sus novelas, no podía viajar por falta de permiso del zar -una especie de nacionaldeanismo coronado que ayuda a explicar el origen de no pocos lodos-, y vivía entre bailes del préstamo, el empeño y la subvención de la Corte, hasta acercarse a una suerte de nihilismo. Por lo visto murió con una sonrisa. Esa evolución lo emparenta con Otelo hasta un punto desconcertante: con sus ojos azules, también Pushkin, famosamente, como Dumas, tenía algo de mulato.

       Pocas veces se ha visto un caso tal de talento, individualidad e independencia (otra vez los sinónimos) sacrificados por los oropeles de la corte y la supuesta gloria. Y sí, casi dos siglos después, desconcierta igual lo poco que ha cambiado el escenario, y lo poco que han cambiado muchos de los escritores que corren en el hipódromo.

 

El heroísmo según Geling Yan

Lunes 18 Junio 2012. En Lecturas, Blog

p.S
Apunte de Geling Yan en Lushan.

La novena viuda y Las flores de la guerra. Geling Yan. Traducción de ambas, del chino, de Nuria Pitarque. Alfaguara, 2011 y 2012.

Geling Yan llegó con varios días de retraso a la Montaña de Lushan, la Montaña de los Mil Versos, donde una veintena de escritores chinos y cuatro extranjeros -un finlandés, una sueca, un croata y yo- celebrábamos el Segundo Congreso Internacional de Escritores en China, o algo así. Llevábamos varios días alojados en un pequeño hotel de lujo de los del tipo chalets-dispersos en una montaña que parecía la versión asiática de unos Alpes tiroleses, y hasta el momento los escritores nacionales y nosotros sólo habíamos intercambiado traducciones y sonrisas. Geling Yan era sin duda distinta. Para empezar, aunque ya no del todo joven, una oriental con la piel translúcida, una boca trazada con un pincel de acuarela, la mirada de tragedia y los ademanes lentos. Y luego, una elegante. En ese encuentro de escritores duros, del género esforzado, su chaqueta plateada de pasarela hacía el efecto de la hija del patrón que va a visitar a los niños de los mineros. "Una pija", confieso que pensé, la típica sacerdotisa -o profeta- de la religión de moda que no falta nunca, a modo de infiltrado, en las reuniones de escritores (hablar de congreso con escritores suena a "escritores malos"). Y además me pareció comprobar que sus compatriotas la recibían con un poco de reticencia, al igual que a la otra escritora que llegó con ella, una china-canadiense que parecía más natural, quizá por menos elegante. Bien es verdad que entre los orientales pocas afinidades sociales se dejan ver con nitidez, al menos a nuestros ojos, y mucho menos cualquier reticencia.

   O tal vez es que, ya que ellas sí hablaban inglés, y bueno, pudimos charlar en los días siguientes sin la intermediación de los esforzados traductores. Al término del primero ya no pensaba que era pija. Luego, que tenía un gran sentido del humor, entre otras cosas porque se reía con facilidad de ella misma. Después, al leer unas páginas que me pasó de un libro sobre prostitutas chinas en un burdel de San Francisco, a finales del siglo XIX, que escribía (bien) con gran eficacia. Y más tarde -pero mucho más tarde pues nada importante es inmediato entre los chinos, sean o no del interior o de la diáspora-, que tenía rango de coronel del Ejército Rojo, un ejército descomunal de más de un millón de soldados, en el "arma" de Coros y Danzas. Y después, en el curso de un banquete de despedida -docenas de platos a lo largo de horas de una cocina que desafía al lenguaje-, que cantaba ópera, ópera china, con la solvencia de una primadona de la Ópera de Pekín, algo que requiere más de una vida de preparación. Sólo después me fui enterando que sus libros han sido filmados por los mejores directores de una cinematografía que a mi juicio está hoy entre las primeras del mundo. Caray con la pija. Algún tiempo después hablamos por teléfono e hicimos por vernos en Berlín, donde vive parte de su tiempo, pero ella llegaba cuando yo ya me iba.

   Mis intuiciones se confirmaron meses más tarde, cuando leí "La novena viuda", una novela que trata de La Revolución Cultural. No lo hace de un modo directo, o al menos no se formula crítica de un modo directo, pese al ambiente de crítica abierta que existe en la China actual respecto a este periodo sin duda siniestro. Y lo que más llama la atención, una vez se han leído algunos libros, es la relativa insuficiente información sobre ese periodo en China, que tuvo unas consecuencias más trágicas de las que se suele reconocer en Occidente y figura con derecho entre los periodos lúgubres del siglo XX, jalonado por ellos. En la China de hoy circulan no pocos libros al respecto, al parecer con plena libertad, y el de Geling Yan habla de ello de un modo indirecto; bien es verdad que no hace falta ser un especialista en Asia para señalar que el modo indirecto es una de las características de la cultura china de todos los tiempos. El modo directo es una suerte de torpeza de pésima educación.

   A través de la peripecia de Wang Pao, una mujer valiente y con una suerte de honradez que no es otra que la moral natural y en particular la budista -el respeto a los mayores, por ejemplo, y casi que a cualquier forma de vida-, Geling Yan repasa un tiempo amplio de la China contemporánea, y en particular de la Revolución Cultural. Y sus opiniones no se traslucen a través de afirmación alguna del narrador, o tan siquiera de los personajes, que jamás o muy rara vez teorizan o sentencian. En una suerte de behaviorismo contemporáneo -escuela que practicaron algunos escritores de la Generación Perdida, y que se inspira en las teorías sicológicas del mismo nombre: el retrato de los personajes (o su diagnóstico) a través de su comportamiento (behaviour)-, las ideas de Geling Yan quedan explícitas simplemente a través de toda la vida de Wang Pao, siempre heroica, en particular en el día a día y no sólo en los momentos históricos, y de un modo que nunca tiene que ver con el heroísmo popular de cartón habitualmente proclamado por el maoísmo oficial.

   Algunos colores de este libro se repiten en Las flores de la guerra, inspiradora de una película tipo "gran producción" de Zhan Yimou y en la que se desarrolla el viejo tema del heroísmo entre personas que en principio están en el otro lado de la escala: en este caso un grupo de prostitutas -un poco en la línea de Boule de Suif, de Maupassant-, que coinciden con un grupo de escolares refugiadas en un convento católico en Nanking, durante la guerra contra Japón. Aquí no se ahorran colores oscuros para pintar a los japoneses, como por otra parte es habitual en China en lo que se refiere a esta guerra también terrible, pero sólo para subrayar los valores de valentía, humanidad y compasión encarnados, sobre todo -lo que no deja de ser exótico en la China de hoy- por dos sacerdotes: un europeo y un nativo.

     En ambos libros, una situación histórica límite para hacer aflorar la idea, como pensaban algunos clásicos, de que lo mejor del ser humano aflora cuando se le coloca frente al peligro, la guerra y la muerte, y la urgencia del sacrificio para ayudar al prójimo. Una épica moderna.

                                                                

Ventajas de la blasfemia

Miércoles 11 Abril 2012. En Lecturas, Blog

p.S
Costa del Caribe colombiano, muy cerca de donde murió Bolívar.
 

La carroza de Bolívar, Evelio Rosero. Tusquets, Barcelona.

El primer problema que propone La carroza de Bolívar es si, siéndolo, y mucho, es en primer lugar una novela. Pues da la impresión de que se trata de un ensayo histórico que, por temer la polvorienta soledad a la que nuestras sociedades condenan a la idea y el ensayo, para ser leída se viste de novela: el único género que todavía compran unos cuantos miles de lectores... No por ello las novelas tienen garantizada ni mucho menos la polémica. Ya veremos.

   Y la idea que propone es que Bolívar, el héroe libertador de cinco países americanos, fue en realidad un cobarde y por ello jamás resultó herido en combate. Que además traicionó a otros héroes nacionales, como Miranda, Nariño y Paez. Y que detrás de su aureola de Gran Conquistador a quien los padres le llevaban a sus hijas, como al coronel Aureliano Buendía, para que mejorase la raza, se escondía en realidad un caimán, un depredador sexual sin escrúpulos. Además de todo ello, que la Independencia de España se produjo en un momento inadecuado, cuando esas sociedades no estaban aún preparadas para asumirla. En efecto, es difícil encontrar blasfemias más gordas en la religión laica de la Independencia Americana. Y sin duda es imposible no ver también el lado oportunista de la propuesta.

   Aclararé de inmediato que ni soy la persona adecuada para refutar o confirmar estas acusaciones, ni creo que lo pueda hacer una breve crítica literaria. Los implícitos de Rosero, que por otra parte no son sino una de las líneas de una novela compleja por sus varias capas, requerirían de abundante documentación y conocimientos muy especializados. Como por otra parte sucede siempre con el fenómeno de la literatura disfrazada: antiguo -Shakespeare ya situaba sus tramas en territorios lejanos del pasado para eludir los fanatismos de su tiempo-, pero muy actual. Entre otros ejemplos, no hace mucho que David Lodge, irónico novelista de éxito pero también erudito ex profesor lingüista, como se suele olvidar, disfrazó de novela, ¡Autor! ¡Autor!, un muy bien informado ensayo sobre la fracasada peripecia del novelista Henry James en el teatro.

   De modo que lo que la novela de Rosero plantea, además de la polémica histórica, es qué tipo de encrucijada cultural vivimos en la que es necesario que las ideas se disfracen para ser oídas. Es un fenómeno universal, de acuerdo (Lodge es inglés), pero reconozcamos que en unos sitios es más universal que en otros.

     Por otra parte, soy de los que creen que hay pocas palabras más amplias que "novela", por mucho que se empeñen los etiquetadores, que al fin de cuentas de eso viven, y me parece lícito, claro está, que un novelista escriba lo que le apetezca. Esto, que parecería una perogrullada a nuestros abuelos, no está ya tan claro en estos tiempos de dictadura -reconozcámosla de una vez- de lo Políticamente Correcto. Aún así, un científico y de buena formación histórica me advertía contra el fenómeno de las "verdades novelescas", que tanto daño pueden hacer: ¿Acaso los conquistadores no entraron a sangre y fuego en el continente en busca de un El Dorado y una California que sólo existían en los libros de caballerías? Sin entrar en la muy vieja idea de si la novela es o no una mentira para encontrar una verdad más profunda que la apariencia estadística, por ejemplo, o sociológica, es cierto que no pocos prejuicios e ideas equivocadas provienen de cuentos, novelas o crónicas que se hicieron eco entre sí, sin detenerse a comprobar. Y también de libros de supuesta Historia... que por otra parte dieron lugar a guerras y hecatombes. Es algo tan generalizado que ni siquiera hace falta irse muy lejos: basta con leer el periódico del día y sus montañas de ideas hechas sobre árabes, judíos, iraníes, católicos, chinos, inmigrantes de cualquier tipo y hasta norteamericanos de Kansas.

     No sé si Bolívar fue o no un cobarde, y desde luego no era esa mi versión... que incluye la imagen de alguien incomprendido por los demás próceres: aquello de "he arado en el mar, he edificado en el viento...". Pero en esta nueva Edad Media en la que el mundo se ha vuelto a dividir en ejércitos dispuestos a matar para que el otro no pueda decir según qué cosas, me parece un triunfo de la civilización que alguien pueda soltar esa blasfemia, u otra cualquiera, y no arriesgue la vida por ello. Y tal vez sea América, con toda su violencia por otras razones, donde todavía se practique algo parecido al Liberalismo que aglutinó, justamente, las ideas de independencia en el Continente... aunque haya quien diga que pese a Bolívar, de ideas no precisamente liberales. Por otra parte, ¿no es algo muy sano que alguien ponga a un ídolo sobre la mesa -cualquier ídolo- y proponga una nueva autopsia de su idolez? ¿No es eso lo que hacen sin pausa las sociedades desarrolladas?

     En la novela de Rosero, las teorías sobre Bolívar son las de uno de los personajes, historiador aficionado y experto en Bolívar que en los años sesenta se empeña en criticar a uno de los caciques de Pasto -ciudad provinciana de Colombia- y para ello aprovecha su parecido con la versión histórica de Bolívar. Y se burla de ambos a través de una carroza destinada a desfilar en un Carnaval. Con esa excusa se hace un por otra parte interesante repaso de ciertos episodios de la Independencia, se critica con no menor severidad y conocimiento a la izquierda latinoamericana de la época y sus laberintos marxistas-leninistas-maoístas y demás, y con ferocidad a la historiografía y pedagogía instaladas, incapaces de poner mínimamente en cuestión a Bolívar, mientras lo convertían en una suerte de santo de yeso y escayola sin la menor conexión con la realidad. Por criticar, hasta se critica, sin citar al autor -tan sólo "la pluma pluscuamperfecta del taumaturgo hechicero" (pag. 167)- la visión que de Bolívar dio García Márquez en El general en su laberinto, y que en su día fue también algo polémica por proponer un Bolívar de talante caribe frente al tradicional andino. Peccata minuta al lado de las acusaciones de un Rosero que, por otra parte, con rasgos de su estilo también rinde tributo al novelista que critica.

     Es de temer, pero supongo que Rosero lo sabía, que la polémica bolivariana opaque las otras líneas de la novela, que por otra parte juegan también con fuego al pretender novelar con máscaras y carnavales, en un juego de espejos y alusiones en el que el lector se puede perder un poco.

     Conviene subrayar que, junto con Fernando Vallejo, el autor de La virgen de los sicarios, Evelio Rosero se alinea en el difícil grupo de los escritores, por así llamarlos, blasfemos. Bueno, esa fue siempre una de las misiones de la literatura, desde Rabelais a Baudelaire o Joyce y Miller -¡o Flaubert!, aunque hoy nos asombre la acusación-, y no veo inconveniente alguno, y en particular en estos tiempos en que regresa una vez más una sofocante moralina de aldea, con valores de beatería y campanario. Lo que me parece que debería hacernos pensar es por qué se producen autores tan... ¿hambrientos? en un determinado momento y lugar. Quizá tenga que ver con la ansiedad de verdad tras muchos años de idioma sólo decorativo y de mentira. A esos años también se alude en la novela. Si es así, por su labor de limpieza tal vez habría que darles una medalla.

Una novela que sea una patria

Lunes 12 Marzo 2012. En Lecturas, Blog

El libro de los susurros. Varujan Vosganian. Traducción de Joaquín Garrigós. Pre-Textos, Valencia, 2010. 575 páginas.

 Una novela con miles, con cientos de miles de personajes, con más o menos un millón y medio de vivos y otros tantos muertos (exterminados) parece un imposible o como mínimo una contradicción en los términos, y sin embargo esta lo es: El libro de los susurros. Lo cual plantea de inmediato la viejísima discusión de qué es una novela. No importa, dejémosle la discusión a los teóricos. Olvidémonos de los gerentes que hoy gobiernan tantas editoriales con guante de aluminio para fijar la ley de que novela es el vendible espejo en el que la gente se reconoce. Y recordemos a Cela, ahora en el Purgatorio de Olvido al que van los escritores, y ahora más, para quien novela es todo aquello que cuelga de un título y el autor dice que lo es. Y por ese y otros acercamientos siempre entendí que novela es, o puede ser, el conjunto de páginas capaz de abarcar más... (rellénense los puntos suspensivos) y con mayor libertad. No siempre, sólo sucede a veces, pero eso y no otra cosa es lo que debió de ser para Cervantes, como queda claro leyéndole.

   "Esta historia que nosotros llamamos El libro de los susurros no es mi historia", escribe Varujan Vosganian en la página 243, en uno de sus frecuentes saltos atrás de una historia que avanza, o da vueltas más bien, como un péndulo. "Empezó mucho antes de los tiempos de mi infancia, cuando se hablaba en susurros. Empezó incluso mucho antes de que se convirtiera en un libro. Y no empezó en el Focsany de mi niñez, sino en Sivas, en Diyarbakir, en Biltlis, en Adana y en la región de Cilicia, en Van, en Trebisonda, en todos los valiatos de la Anatolia oriental donde nacieron los armenios de mi infancia y que se cuentan entre los protagonistas de este libro. Es más, empezó mucho antes, junto a las leyendas y terrores que los ancianos de mi niñez escucharon..." Es decir, este libro trata de Los armenios, el primero o uno de los primeros pueblos despojados de una patria o de buena parte de ella -desconozco cuál fue el primero y supongo que siempre habría alguien para corregirme-, y este es, con una fe admirable, un intento de darle una, o ampliar las fronteras físicas de la Armenia ya existente y trascenderla con épica, historia, denuncia y poesía. Otorgarle a ese pueblo una sonoridad y una cadencia, y ordenarlo en una historia... encarnarlo en una novela. Una novela que sea una patria. ¿Por qué no? El Estructuralismo y su hijo natural el Nouveau Roman establecieron en su día que la novela es el más burgués (Romántico) de los géneros, y qué más Romántico (burgués) que la idea de patria. Por lo demás, no sería la primera vez que un libro pretende resumir un pueblo, y éste, al menos, está escrito -con buen oído y excelente traducción- con el aliento, la buena letra y el impulso necesarios.

   Pero ahí surge uno de los primeros problemas, casi más de índole metafísica, por llamarla algo, que literaria: ¿cómo escribir una novela en la que el "yo" esté proscrito e incluso, aunque no lo parezca, el "nosotros"? Y eso a pesar de que está contado en principio por un niño que habla como un anciano y se niega, como hemos visto, el protagonismo. Ese nosotros ya sería de manejo complicado pero es que además ese "nosotros" que aparece en este libro es tan cuantioso y por lo tanto difuso que tiende a difuminar no sólo una sino las muchas historias que aparecen y que pretenden construir la epopeya (¿se entiende aún "epopeya"?) armenia. "En mi infancia viví en un mundo de susurros. Se emitían con cuidado. Hasta más tarde no me enteré de que el susurro tenía otros sentidos, como la ternura o la oración" (p.36).

   Y ese difumine no es bueno, esa niebla conspira incluso en contra de la "armenidad", si se me permite el palabro, y estoy seguro de que en algún sitio debe de existir esa palabra, así sea en turco, en rumano, en ruso, en cualquiera de los países que los han absorbido, o masacrado, tal como hizo el Imperio Otomano, en 1915, en un episodio de la historia moderna que debió de inspirar a Hitler, a Stalin y a Pol Pot, entre otros: murieron un millón y medio de armenios y los descendientes de los supervientes son los de la diáspora armenia por media Europa y las Américas: "... de todos los medios utilizados para matar a los armenios [...] se sirvieron más tarde los nazis contra los judíos" (p. 392). Las cifras se discuten, como siempre, y el nombre de lo que pasó: Turquía niega con energía la palabra "Genocidio", y mencionarla puede costar cárcel en aquel país, como sabe el escritor Orham Panuk. Sin embargo, no parece discutible que se produjo la masacre de muchos miles de personas en numerosos lugares a lo largo y ancho del imperio otomano, y el arrinconamiento de otros muchos miles de personas al desierto de Siria e Irak. Y los supervivientes fueron excepción.

   El libro de Vosganian alterna la crónica de hechos espeluznantes, en ocasiones inéditos incluso para quien ya haya leído mucho sobre los campos nazis y el Gulag, con -sobre todo- la evocación de las costumbres, ceremonias y personajes y relatos de los armenios según los ojos de un autor rumano de ascendencia armenia por su madre. Un libro muy bien escrito (y traducido e impreso), a través de cuya prosa se puede ir adivinando a Vosganian, que es también economista y discutido político (ex ministro), además de poeta:

 

Yo soy una concha formada por dos mitades

La mitad blanda y cálida la llevo descubierta,

La poderosa -la piedra caliza, el sueño-

Está profunda en los adentros...

(Traducción anónima, tomada de la página virtual "Historias de Rumanía".)