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La policía y la mirada poética

Martes 12 Diciembre 2017. En Blog, Sastrería

p.S

Sastrería / La mirada poética

Con el tiempo he ido llegando a la conclusión de que lo más importante para el artista es preservar la mirada poética. Si la tiene, que no todos la tienen, ni siquiera la mayoría. Como la habilidad para los idiomas o las matemáticas, la mirada poética es un don. Se suele encontrar en los lugares más insospechados, y menos en las poesías y otros lugares previstos, y la asedian -siempre- enemigos muy poderosos. No es difícil que se pierda.

    Me lo ha recordado y confirmado una vez más un hecho social y en apariencia inocente: a sus ochenta y pico, mi viejo profesor del colegio Marceau Vasseur ha publicado un disco con diez canciones compuestas y cantadas por él, sin mayor ambición que difundirlo entre sus amigos. Y con su voz temblorosa y todo, sus diez canciones me recuerdan muchas cosas, y entre ellas los años de oro de la canción francesa, con Brassens y demás; los poemas con humor surrealista que estudiábamos con él; el sentido del profesionalismo, del matiz y del gag que nos inculcó para siempre a los del grupo de teatro; y sobre todo la inocencia y pureza del artista real, que es lo que te deja más admirado: ¿Cómo ha hecho para conservarlo?

    Estoy seguro de que a estas alturas, si me escucharan, muchos socios y accionistas de las "industrias culturales" arrugarían la nariz y dirían. "¿Mirada poética? De qué está hablando." Porque consideran que hace tiempo que la literatura dejó de andarse por las ramas, que la poesía fue confinada a círculos, si bien numerosos, cada vez más secretos, y que de lo que se trata ahora es de hablar de los grandes grupos sociales agraviados por la injusticia y conectar con las muchedumbres. La mirada poética, dicen, se ha refugiado en Netflix, que ha comprado los derechos. No crean que exagero. No es raro encontrar entre escritores el comentario codicioso de que la literatura se ha refugiado hoy en los guiones de las series, que es adonde acuden hoy las masas. No pasará mucho tiempo, profetizan, antes de que el jurado del Nobel, ansioso por mantener su prestigio entre el público de la televisión, le dé el premio a un guionista de series. Si ya lo hicieron con un cantante, ¿por qué no un guionista (o a un grupo de ellos)? Al tiempo. Ese es el futuro.

     Quizá. Pero, aunque hay series sin duda excelentes, es que eso no tiene mucho que ver con la mirada poética y, si se quiere, ni siquiera con la literatura ni el arte. Como decía Borges -sí, yo también siento tener que citarle una vez más, pero es que...-, como decía Borges, quien pregunta cuánto gana un escritor es que no le interesa la literatura.

     Lamento también ponerme lírico y estupendo pero no me queda más remedio que decir que la mirada poética es la que tienen los niños. Muchos niños, supongo que no todos. Aquella que, como había comprendido hace unos días una policía nacional, conseguía tener tranquila a su pequeña ciudadana de un año y pico que se estaba haciendo su primer documento de identidad con un sencillo procedimiento: en un post-it de oficina trazaba un pequeño círculo con un palo debajo y decía "árbol". Y luego otro, y otro, hasta crear un bosque. Para entonces la niña la imitaba y, ayudada por su madre, creaba a su vez otro bosque mientras se quedaba quieta, o algo parecido, y en el momento menos pensado ya tenía su DNI.

     Intente capturar a un ciudadano adulto en una comisaría, y hacer que se esté quieto, dibujando redondeles y palitos y diciendo "árbol". Por lo general es muy difícil. Y eso es porque han perdido su mirada poética.

     Y cómo no. La mirada poética es algo que tienen los niños y que los adultos vamos sometiendo a canciones del verano, oficinas siniestras, programas de Gran Hermano, ciudades rectangulares, exámenes de a) b) y c), vaqueros y todo tipo de uniformes rebeldes, premios literarios corrompidos, matemáticas de solo números, anuncios de champán, estadios vestidos con una sola camiseta, hipotecas, costas destruidas, blackfridays, pantallitas, muchas pantallitas, redes, contaminación... la lista no tiene fin.

    Y sin que nadie nos diga que es algo muy delicado que hay que preservar y alimentar sin pausa con dibujos, canciones, poemas y viajes y conservando la virginidad de la mirada, aunque ya haya mirado mucho, y sacándole punta a los ojos todos los días. No sé si me explico. Ese, siendo lo más importante, es quizá el secreto mejor guardado. Quizá precisamente porque es lo más importante. 

El caso de la testigo desjoyada

Miércoles 22 Noviembre 2017. En Blog, Sastrería

El efecto óptico de la columnata recta en el Partenón.

Sastrería / El novelista enfermero

Un amigo mío ha falseado una escena real para que, una vez llevada a una novela, resulte verosímil. La escena real fue que a cierta mujer citada como testigo en un juicio, que acudió al tribunal muy elegante y enjoyada, le decomisó sus joyas una quinqui en un ascensor de los tribunales, y sin que los dos policías presentes hicieran nada; al parecer no miraban en esa dirección. Mi amigo ha situado el robo en una celda de prevención, donde varios reclusos pueden convivir sin policías presentes. Considera que si lo cuenta como sucedió nadie le va creer. Y además no hay pruebas.

      Con lo cual pasa a engrosar el muy nutrido ejército de los escritores que se enfrentaron al mismo problema. Saint-Exupéry contaba que si escribía la altura real de una tormenta de arena, aquello resultaría por completo inverosímil, de modo que para que los lectores le creyesen, la rebajaba, me parece recordar, a una altura humana de diez o veinte metros. Si se piensa, una versión del truco de la columnata del Partenón, que fue construida en ligera curva para conseguir dar la impresión óptica de línea recta perfecta.

    Y no se piense que es algo propio de las novelas estrictamente realistas. Para conseguir la credibilidad en su particular estética (prefiero esquivar la  postalita multiusos de "realismo mágico"), García Márquez añadía ciertos elementos que, en efecto, aportaban el factor decisivo para hacerlos creíbles: si Remedios la Bella sube a los cielos, en Cien años de soledad, es porque sujeta una sábana. Si nos creemos que Mauricio Babilonia va perseguido por una nube de mariposas amarillas es porque la imagen de una mariposa real que se había infiltrado en la cocina de su abuela se quedó fijada para siempre en la memoria del futuro escritor. Si aceptamos las extravagantes relaciones entre humanos y animales en Tabú, la más reciente obra de Álvaro del Amo (Menoscuarto), es porque él hace que los humanos se comporten como animales y al revés, hasta unificarlo todo en su solo mundo sin fronteras atávicas. No recurriré al muy manido monstruoso insecto de La metamorfosis.

    Todo eso, como vemos, está muy estudiado. Es la historia misma de la novela y es probable que sea imposible encontrar una que no haga ese juego de manos en algún momento. Pero lo que me interesa aquí es por qué el novelista cambia la realidad para hacerla digerible, lo que se pone escandalosamente de manifiesto en la pandemia mundial de la corrección política, de la que, me temo, no estamos viendo más que el prólogo, y de un modo muy visible en la nueva moda de falsificar los cuentos infantiles clásicos para "evitarles traumas" a los niños. ¿Por qué no inventan sus propios cuentos correctos? Una estafa en toda regla, un fraude cultural, y con descorazonador éxito comercial y amparo político, además.

    ¿Es un cómplice, el novelista? ¿Un cómplice que falsifica la realidad para hacerla aceptable en un determinado momento de la historia? Sería lo que se desprende de una anécdota de Faulkner que siempre me dio que pensar: en cierta ocasión se incendió el teatro de Oxford, en Misisipí, y cuando llegaron los bomberos Faulkner comentó: "Para una vez que dan un buen espectáculo, nos lo van a estropear", o algo parecido. Desde la visión de un novelista, y Faulkner lo era en estado químicamente puro (no todos lo son), los bomberos venían a estropear una buena historia. A hacerla digerible, literalmente echarle agua y en realidad censurarla.

    En mis años de periodista fui descubriendo uno de los secretos mejor guardados de la profesión, y es algo que en la universidad digo a mis alumnos de cursos avanzados y un poco en voz baja, no vaya a ser que vivan la dolorosa tragedia de creérselo desde el comienzo: Quizá una de las misiones jamás formuladas del periodismo sea, no tanto reflejar la realidad, que para quien sabe mirar es siempre subversiva, como el incendio de Faulkner, sino amortiguarla. Hacerla digerible. Todas esas plantillas con las que se informa de los asesinatos de mujeres, los accidentes de tráfico, las guerras lejanas... Cualquiera de esas noticias, bien contada, como mínimo nos perturbaría el día, nos angustiaría, nos haría pensar. De modo que el periodista sería el enfermero encargado de amortiguar el golpe y, bajo la apariencia de informar, administrar sedantes para que la gente pueda aceptar una realidad incendiaria y dormirse a la hora prevista esa noche.

    Bien, ¿y el novelista? ¿Por qué acepta ese rol de enfermero? ¿No hay una ética del novelista, un mandato que le obligaría a reflejar con fidelidad los incendios que se va encontrando en su novela? Un incendio es fuego y no hay por qué disimularlo. Kafka decía que solo le interesaban las novelas que le derribaban con un gran puñetazo en el pecho. (Él lo consiguió con García Márquez, que lo contó después).

   No lo sé. Ha pasado mucho tiempo desde Kafka y, si existe esa ética, debe de estar de viaje porque hace tiempo no la veo.

Saberes inútiles... y urgentes

Miércoles 08 Noviembre 2017. En Lecturas, Blog

Lecturas

Breviario de saberes inútiles. Simon Leys. Acantilado. 576 páginas

Lo cierto es que cuesta elegir el valor del libro que gobierne este texto: ¡hay tantos! Quizá -violando toda norma sobre el respeto al lector que proscribe adelantar el argumento de autoridad y todo eso- convenga decir cuanto antes que hace tiempo no disfrutaba tanto con un libro y, como entonces, lo he leído poco a poco para que no se me acabase. Me temo que esa triste hora ha llegado.

     Y aunque no soy muy partidario de este tipo de libertades -si un autor propone un orden, prefiero respetarlo pues sé que tiene sus razones-, lo he leído al revés: primero la segunda gran parte, la relativa a China, que es la que más me interesaba y razón por la que compré el libro pues no es fácil encontrar textos solventes sobre Asia y conocía la reputación de Simón Leys como uno de los principales sinólogos en esta parte del mundo. Y en efecto mis expectativas no quedaron defraudadas. Y luego leí no sin sorpresa la primera gran parte. Y sorpresa porque Leys habla sobre Balzac, Gide, Waugh o Chesterton con tanta competencia, o casi, que sobre Confucio, la caligrafía o no sé qué remoto poeta chino del siglo I. También hay otras pequeñas partes que hablan de la literatura del mar, de El Quijote y el quijotismo, y un par de textos sobre la universidad que lamento decir yo también firmaría. Lo lamento porque son textos, aunque muy lúcidos, pesimistas sobre el actual momento de la universidad occidental y su futuro -dirigiéndose hacia el utilitarismo mercantil y la miopía y abandonando el humanismo y la búsqueda del saber por el saber en sí-, y donde explica por qué, en determinado momento, dimitió. Leys fue durante años profesor de literatura china en universidades de Australia, después de haber estudiado chino y cultura china en Taiwán, Hong Kong y Singapur. Murió en Canberra hace tres años.

    Pero lo que resulta en extremo atractivo es la mezcla de todo ello en una única propuesta. Tranquilidad: en ningún momento Leys explica Victor Hugo a la luz de la caligrafía china, como si fuese un escenógrafo cualquiera en busca de escándalo y periódicos, pero resulta atrayente y persuasivo proponer todo lo dicho bajo el único título de Breviario de saberes inútiles. Si bien él explica muy bien lo que ha querido decir, el título sugiere de inmediato (la claridad y eficacia del estilo no es el menor de los méritos del libro) la mente amplia, humanista y huérfana de fronteras geográficas y académicas de la que sale: proponer a Victor Hugo y Confucio en una misma obra puede parecer un alarde de amplitud de visión... no tanto si se piensa que otros de los textos tratan del Orwell íntimo y también de Zhou Enlai y Mao Zedong. Aunque este podría ser el protagonista de la continuación de Rebelión en la granja, uno pagaría por saber qué habría escrito Orwell sobre ellos.

    Por supuesto esta amalgama no podría haber cuajado sin que el autor tuviese, no solo un conocimiento muy solvente de aquello de lo que habla -Lejano Oriente y literatura semi clásica-, sino también una solida visión propia del mundo. Ahí es donde interviene la autoría. No se trata de la alineación de una considerable cantidad de datos, a ser posible apabullante y cruda, como es habitual hoy en el mundo académico, sino de la hilazón de todos ellos a la sombra de una visión del mundo.

      Y más excepcional todavía, una visión del mundo distinta, original como se deduce en alguien que es capaz de profundizar en saberes en principio tan dispares. Y mejor aún, valiente. No solo por su postura hiper informada y crítica -y desde la primera hora, eso es lo extraordinario- con la Revolución Cultural china y en general el maoísmo, sino que en sus textos sobre Chesterton, Evelyn Waugh o el sutil y memorable de Soong May-ling en Nueva York (la viuda de Chiang Kai-shek), y por ligeras pero no por ello confusas alusiones, uno va descubriendo las creencias católicas de Leys. Coherentes con todo el libro, si se piensa, como un cimiento invisible aunque profundo. Lo llamativo es que estas, como corresponde a un espíritu de verdad libre, no le impiden llegar a una honda comprensión de, por ejemplo, las Analectas de Confucio o la homosexualidad de Gide. Un autor por el que, quién lo hubiese dicho, vuelve a despertar el interés. Ahora que lo pienso, recuerda un poco a Charles Moeller, el gran exégeta católico que dictó cátedra en Lovaina durante muchos años y autor del enciclopédico Literatura del siglo XX y Cristianismo. Universidad, por cierto, en la Leys, belga de origen, estudió Derecho e Historia del Arte.

     Pero por favor, prejuiciados y etiquetólogos profesionales, abstenerse. Pues lo que de verdad une todo el libro en un sólido volumen de los que apetece firmar y guardar es un pensamiento propio, iluminado por un estilo diáfano, de los que en esta época de juicios rápidos y etiquetas fáciles en blanco y negro echamos tanto de menos. Hable de China o de literatura semi clásica, es lo que consuela: aunque parezca que no, todavía existen pensamientos individuales, ajenos a la tendencia única. Eso, además del placer que produce el que alguien se dedique a los "saberes inútiles" robando espacio al utilitarismo -¡caligrafía china y Balzac, nada menos!-, insolencia que parece a punto de ser proscrita y perseguida. A base de pura solvencia, Leys convierte sus saberes inútiles en urgentes e indispensables.

El acento que importa

Miércoles 01 Noviembre 2017. En Blog, Sastrería

Peter Marlow (Magnum/ The telegraph)

Margaret Thatcher, en 1981


Sastrería

Así como que en París llueve más que en Londres, se trata de uno de los secretos mejor guardados de la creación artística: el trabajo de edición puede ocupar más tiempo, y a menudo lo ocupa, y ser más decisivo que el de la creación misma, que a veces es solo un chispazo, un impulso. La edición: esto es, la selección del ángulo, el recorte, el acento. La conformación del marco y la selección de lo que queda dentro y lo que queda fuera. Para empezar.

     Ocurre sin duda en las artes plásticas y en la escritura. Imagino que de forma inevitable también en la música, aunque por desgracia lo ignoro. Puede que lo primero que seleccione el artista sea el tema -paisaje con río y árbol, por ejemplo-, pero la siguiente elección es igual de decisiva, si no más: qué cercanía con el río y el árbol, desde dónde los miramos: ¿el este, el sur, el oeste?, en qué marco los encerramos, y con qué colores los (des)cubrimos: Pues no será lo mismo ese paisaje fotografiado en blanco y negro que pintado con los rojos y amarillos incendio de un impresionista. Y esa última selección será la decisiva en estos tiempos que terminan de oscilar desde el canon realista y clásico hacia -una vez más en la Historia- la visión emocional y subjetiva que es la nueva edición del Romanticismo.

    Esa selección y refinamiento resultan tan determinantes que la práctica de todo ello es lo que diferencia la creación naturalista de la deliberada, y me atrevería decir que al artista aficionado del profesional. Este sabe que en el revelado -o la mesa del escritor, con una primera versión ya escrita- puede cambiar todo.

    Todo ello queda muy bien ilustrado en la exposición Magnum: Hojas de contacto, una muestra muy pedagógica en la que se ve la foto finalmente elegida y acentuada por cierto recorte, acompañada del magma de contactos del que salió, igual que una cerámica del barro. Es algo que es preciso explicar a todo menor de... ¿treinta años?: en los tiempos de la fotografía en papel, los fotógrafos (ricos o profesionales) disparaban equis número de veces una misma foto, o casi, y luego imprimían esas fotos en el tamaño del negativo para ver qué podían dar de sí. Y en esos contactos seleccionaban al fin una imagen, la encuadraban y decidían qué revelado necesitaba, con qué luces y contrastes.

     Es también una exposición que da que pensar. Pues demuestra sin esfuerzo que esa verdad de aspecto objetivo que creíamos fijada por cierta fotografía -y se aportan unas cuantas históricas del siglo XX, como el borroso desembarco en Normandía de Robert Capa- no era más que una propuesta entre otras muchas posibles y luego resultó que tuvo una recepción feliz. Y pese a que la muestra es de los fotógrafos de la agencia Magnum, algunos de los cuales figuran entre los mejores de su época, no deja de resultar melancólica la constatación de cierta tendencia al clisé (ahí nace este sinónimo de "tópico" o lugar comun), como las imágenes del Ché o de Margaret Thatcher, por ejemplo, aunque es posible que ellos fuesen los primeros. Los autores del hallazgo feliz que está en el origen de todo tópico.

    ¿No hay otra forma de fotografiar, por ejemplo, la guerra? ¿Tenemos que reaccionar siempre de la misma forma a las propuestas de la realidad, que tendemos a leer de un puñado de formas y solo esas? ¿Hay algo más previsible, a menudo, que un fotógrafo? ¿Existe de verdad la posibilidad de contar de forma distinta la vieja historia humana? Es de preguntarse si un Picasso no tenía razón al proponer todas sus revoluciones con un solo tema y lienzo: el cuerpo humano, protagonista de casi todos sus cuadros.

    En cualquier caso todo este debate propone otro: ¿De dónde salen los "clisés"? ¿Qué conforma el magma del que tantos artistas sacan sus ideas? (Los que no las sacan de allí son los que luego recordamos). Qué tema para una tesis imposible, una novela, un cuadro... algo.

  • Pedro Sorela

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