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Cuánto. Y de qué.

Martes 20 Junio 2017. En Blog, Sastrería

Leonardo Da Vinci.

Sastrería

Recuerdo mi desconcierto la primera vez en que unos alumnos se me quejaron en la universidad porque les parecía difícil la lectura de Borges. Aunque ahora ya estoy acostumbrado, me pregunté entonces: ¿Difícil?; pero si yo les había pedido esas lecturas porque la escritura de Borges es la imagen y escuela misma de la claridad. Luego me di cuenta de que su claridad se refiere más bien a la escritura, y que el lado literario -esto es, todo lo que además sugiere lo escrito- parece demandar un lector que conoce al menos un poco todo aquello a lo que Borges hace referencia, desde el minotauro y Platón al laberinto y Shakespeare. (Y ni siquiera eso es necesario: Borges ya explicó que usaba la filosofía y la cultura como un almacén de tramas literarias, y de ahí lo pintoresco de los estudios sobre el pensamiento filosófico de Borges, producto de lo que él llamó "las universidades crédulas").

    Pero la razón por la que pido a mis alumnos que lean a Borges, pese a su melancólica transformación en el mayor lugar común de nuestro tiempo, es que muy pocos escritores, si alguno, cuentan tanto con tan poco, y además sin pedantería y sin parecerlo. Creo que a eso y no a otra cosa se debía de referir Sergio Pitol cuando habló de Borges como "lo más importante que le ha ocurrido al español en el siglo XX". Esto es, la revolución de acabar con la propensión barroca que parecía inherente a la escritura en español para importar a él la sobriedad anglo protestante. Eso, además de la confusión de géneros para siempre: él fue el primero. (Véase mi Dibujando la tormenta, enlace en esta página, pero la mejor demostración es leerle a él).

    Toda obra recordable lo es en buena parte porque cuenta lo que cuenta en el espacio exacto. Se ha dicho muchas veces y se ve sin pausa en el periodismo: cuántos cuentos no han sido malogrados porque su autor se empeñó en convertirlos en novelas, y cuántos reportajes eran en realidad una noticia, o la percha para una buena entrevista.

     Me parece que este del tamaño, la extensión del texto, es uno de los principales problemas de la escritura. ¿Cuánto? En los tiempos de los periódicos asabanados, el papel barato y la publicidad normal, el problema del periodista era cómo rellenar ese espacio, igual que el de Dostoievski y otros autores que debían acortar con novelas el largo invierno; por eso cobraban por página. Y en la actualidad el reportero se encuentra atrapado entre la obligación de ser tacaño con la tinta, por los costos del papel y la dimisión de la publicidad, y las vastas praderas digitales que al parecer permiten la escritura desbocada... y en realidad no la permiten: nos hartamos y dejamos de leer cuando -cada vez con mayor frecuencia- no hay verdadero contenido.

    El núcleo del problema no se encuentra sin embargo en el autor sino en el lector. En la mente del lector. Pues ese que pedía libros que no se acabasen, y de ahí Dickens o Guerra y paz, por ejemplo, ahora poco a poco, y con la excepción de los libros de fórmula resultona, se ha ido acostumbrando a leer tuits y una crónica de dos folios le puede parecer larga. Y la mente del autor, que al fin de cuentas crea para ese lector y él también lo es, oscila: ¿Corto o largo? Y si corto, ¿qué? Porque no es lo mismo un tuit que, por ejemplo, el comienzo de La rosa de Paracelso, el antepenúltimo cuento de Borges: "En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso le pidió a Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios que le enviara un discípulo. Atardecía". ¿Cabe decir más con menos palabras? Eso, o la primera página de El aleph, que alude al paso a problemas científicos de primer nivel y hace hondas referencias culturales mientras parece que habla de la muerte de una mujer amada tras una historia de amor frustrado. Y es imposible quitarle ni una sílaba.

    No es un problema solo de costos del papel y de afluencia de publicidad, de tuits electrónicos o de versos en ediciones para amigos. De pantallas o de si en el futuro habrá robots escribiendo los premios literarios. Es que esos estiramientos del texto para un lado y para el otro afectan en primer lugar a órganos vitales como por ejemplo la metáfora o la idea. Y pese a que de ellas depende casi todo lo importante, ya no son las más guapas de la fiesta y se quedan sentadas casi todo el tiempo. 

Regreso a Tintín

Martes 13 Junio 2017. En Lecturas, Blog

Una vieja amiga me regaló una agenda con dibujos de Tintín en blanco y negro para celebrar nuestro reencuentro después de diez años. Y esa visión, todos los días, debajo de la pantalla de mi ordenador, me lleva a la infancia y más allá, cuando Tintín era, junto con Enid Blyton y los clásicos con viñetas de la editorial Bruguera, el principal acontecimiento de mi vida. En los libros de Bruguera se contaba la misma historia (el mismo clásico) alternando texto y viñetas, y ese es el instrumento más eficaz que he conocido para introducir a un niño en la lectura. Ese, y el imbatible de no encender la televisión.

    Es verdad que fue hace tiempo, en una Barcelona tan distinta que apenas la reconozco cuando vuelvo: hay como diez veces más gente y la mitad van en chanclas. Entonces Tintín nos hacía felices. Estoy hablando de los tiempos históricos en que Tintín se estaba publicando, a razón de un volumen al año, y la espera de ese volumen era el principal anhelo de la Navidad, mayor, con diferencia, que el trompo, el tren eléctrico e incluso la bici, o la escopeta de aire comprimido que los Reyes nunca me trajeron. La gran pega es que solo caía un ejemplar, ya fuera al pie del árbol o entre los regalos de los Reyes, y luego tenía que luchar a brazo partido con mi hermano y con mi padre para ver quién lo leía primero. (Ese es otro truco infalible: mi padre leía "nuestros" libros en pie de igualdad con nosotros). Y eso sin contar a mis primas, que estaban ahí, agazapadamente guapas, esperando su oportunidad. Si no llegabas el primero, te consolabas leyendo el Enid Blyton recién publicado, y aunque este era también indispensable, lo urgente era leer el Tintín, sobre todo cuando empezó la serie de obras maestras con La estrella misteriosa.

     Por qué Tintín me gustaba tanto y no se me ha caído es uno de los misterios que me han acompañado toda la vida, y me parece recordar que en una entrevista, hace tiempo, llegué a decir que cambiaría mis sueños de novelista por haber escrito una obra maestra semejante. (Ya no: por ninguna).

    ¿Escrito? Más bien dibujado. Porque si bien, pese a hablar de un reportero sin periódico ni horas límite de entrega, los guiones de Tintín son estupendos y no toman al lector por simple -a diferencia de los actuales comics, razón de su decadencia-, lo que de verdad convierte estos álbumes en obras de referencia del siglo XX son los dibujos. Y ahora que yo también dibujo algo porque entre otras cosas enseña a ver y es por ello una gran escuela de escritura (Saint-Exupéry), no puedo dejar de mirar una viñeta de Tintín, cualquier viñeta, sin admirar una vez más su asombroso dominio y armonía. Para comprobarlo he copiado algunas. Hace falta más que saber dibujar para componer esos dibujos.

    Y aún así, no basta para explicar la extraordinaria sensación de ... ¿paz? que producen Tintín y sus amigos. No sabría explicarlo de otra forma. Igual que en una noche de gran agitación y dolor físico solo encontré el modo de distraerme leyendo La Odisea -era como un puerto refugio, con episodios no solo maestros sino los más conocidos de nuestra cultura-, Tintín, Haddock, Milú y Tornasol remiten a un mundo nítido y claro. Pero no por la supuesta inocencia blanca que algunos atribuyen a la serie y que yo discuto: Tintín es también un catálogo de malvados, cierto que no demasiado explícitos en contra de la moda de hoy, y en algunos casos proféticos (Coke en stock). Sino precisamente por ese dibujo, fundador de la escuela llamada línea clara, que propone una visión del mundo. ¿Puede un estilo de dibujo llevar implícita una idea? Si puede, Tintín es un ejemplo. De la misma familia, se me ocurre, que Hokusai y otros clásicos del grabado japonés (no por casualidad Bruselas, donde nació Tintín, guarda una inmensa colección en un museo), las limpias prosas de Capote y las últimas crónicas de García Márquez, el cine de Rohmer o el piano de Erik Satie.

     Y por el reparto de personajes, que son mucho más viejos que sí mismos. Pues Tintín, como El capitán Trueno, Asterix o, claro está, El Príncipe Valiente, es uno de los muchos hijos, y de los más lucidos, del mundo artúrico y los libros de caballería. Tintín es una versión de Lancelot, bien es verdad que sin Ginebra, Haddock es el indispensable escudero, Tornasol es Merlín y Milú, el perro que piensa en francés, como Descartes, enlaza directamente con la dimensión fantástica del mundo artúrico. Clásico.

    O sea que si de vez en cuando vuelvo sobre Tintín como a una vieja amiga es por las mismas razones por las que cogí La Odisea para distraer un dolor intenso. Y, supongo, por las que, en cierta ocasión me metí a ciegas en un cine, buscando esconderme, y la buena suerte, que también existe, hizo que proyectaran una versión de Miguel Strogoff, de Verne, otro clásico de mi infancia. Y allí encontrara, más que escondite, un refugio.

Chaves Nogales vivió aquí

Miércoles 24 Mayo 2017. En Lecturas, Blog

Manuel Chaves Nogales (archivo Chaves Jones)

Lecturas

 A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales.

 Manuel Chaves Nogales tardó medio siglo en ser recordado en España porque relató de forma neutral la guerra civil española, desde el punto de vista de la humanidad y mostrando y subrayando la crueldad y sinrazón de los dos bandos -"la crueldad y la estupidez se enseñoreaban entonces de toda España"- pese a ser un conocido periodista republicano. Por ello fue y sigue siendo ninguneado por los intelectuales de los dos extremos. Esto es lo que se dice habitualmente, pero no me parece que agote las razones de esa indiferencia, que, por cierto, en parte resiste. Es cierto, pero falta algo, y no termino de saber muy bien qué es.

    Como soy hijo de quienes vivieron la guerra, y no combatí en ella ni fui herido, mi primera reacción al leer A sangre y fuego y -algo rarísimo- volver a leer esos relatos que se graban a fuego, en efecto, fue la de sentir que había encontrado, al fin, mi guerra civil. No la de mi familia, que había combatido en uno de los dos bandos y en la que habían muerto dos hermanos de mi padre, sino la guerra de la posguerra, que no podía ser otra que la del intento de superación, y cuanto antes, del enconamiento y el fanatismo.
    Pero este programa, para el que no sería necesaria una mentalidad noble y trascendente sino simplemente civilizada, no llega a explicar del todo por qué Chaves Nogales no es todavía un escritor nacional, si es que tal cosa existe hoy en España, y no se leen sus textos en las aulas, no solo como testigo de la guerra (hay unos cuantos más) sino como magnífico escritor, de los que sí merecen figurar en los libros de texto. Y periodista: sin ir más lejos A sangre y fuego, relatos inspirados en hechos reales de la guerra, que leen mis alumnos en la universidad, se adelanta medio siglo a la práctica del mal llamado Nuevo Periodismo y, por su verdad, que se mantiene y crece con los años, debe de ser de lo mejor que se ha escrito sobre la guerra. Digo que debe de ser porque no he leído ni una centésima parte de lo publicado sobre una guerra de la que en su día se dijo que había inspirado más libros que la Segunda Guerra Mundial, lo que no creo que sea cierto. Es en cualquier caso lo mejor que yo he he leído sobre ella, junto con el Homenaje a Cataluña, de George Orwell, con quien comparte la distancia del observador, que incluso combatía en uno de los bandos y además fue malherido. Dicho sea de paso, no se entiende nada de Orwell y sus libros de importancia creciente -para comprenderlo basta ver un telediario- sin la semilla de su experiencia española.
    Yo creo que la modesta, si se piensa, acogida de Chaves Nogales está relacionada con algo que dijo Camus, y es que la escritura literaria tiene que ver con una cierta extranjeridad. Camus lo era -huérfano, pobre, hijo de una española analfabeta, francés de Argelia, etc- y Chaves Nogales también: véanse otros de sus libros, como por ejemplo El maestro Juan Martínez que estaba allí, una novela como mínimo infrecuente sobre las peripecias de un bailarín flamenco atrapado con su mujer en la Unión Soviética de la primera época. Llama la atención en este libro su extraordinaria documentación y sensación de testimonio que no es casual, hasta el punto de que cuesta llamarlo novela: al igual que sus otros libros soviéticos, viene de su experiencia en la URSS como reportero. De modo que puede que Chaves viniese de una conocida familia de periodistas y artistas de Sevilla -su abuelo fue pintor del primer cartel taurino de la ciudad-, pero desde joven salió, vio y aprendió: de ahí la lucidez de su distanciamiento de todos los fanatismos en la guerra. Distanciamientos, sin duda, de extranjero en el mejor sentido. Y que se incrementaron, después de la escritura de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (escrito en Francia, nada más salir al exilio, y publicado en Chile en 1937) con sus experiencias en el exilio en Francia e Inglaterra, donde murió a los cuarenta y seis años. Está enterrado en Londres y su tumba no tiene lápida ni nombre.
     Otra razón de su medio olvido, para demostrar la cual se necesitaría una tesis, es la calidad y textura de su prosa. No se trata de que Chaves se alinee o no con uno u otro bando. Es que en sus libros, incluso en los más tentadores y propicios, cuesta encontrar un trazo grueso, una caricatura o la entrada al trapo de la facilidad, que es lo que caracteriza la mala prosa y la literatura en busca de grandes públicos. El trazo grueso corresponde a los personajes que se citan y de los que trata el libro: los guerreros de uno y otro bando. Los escritores, como los políticos, también pueden tener mucho de populistas. Y como en la política, por lo general eso se premia.
     En general, los libros de Chaves Nogales no son de los géneros consagrados, novela, ensayo, teatro o poesía, y en cambio son biografía, periodismo... Después de este, ahora, su libro más conocido es la biografía de Juan Belmonte y, en el imperio de lo políticamente correcto, ello es tentar al destino. Y sin embargo, si hubiese que definir la prosa de Chaves Nogales sería la de algo a caballo entre el periodismo y la historia, acercándose a la escritura a-genérica. Si ni siquiera hoy se sabe qué es eso, cómo se iba a saber en el pasado.
      Se mire como se le mire, aunque escribió mucha de su obra en España, Chaves es escritura del exilio. Y eso no se le ha perdonado a nadie. No hay ni un solo escritor, ni siquiera Alberti, ni siquiera Ayala, ni siquiera Semprún, para qué hablar de Sender, Cernuda, Zambrano, Chacel y tantos otros, a quien se le haya perdonado. Es uno de los fenómenos más extraños e injustos de la historia de la recepción literaria.
    Y Chaves Nogales no es conocido como debiera porque se trata de una baja más en el desarme cultural español -baste decir que en los colegios casi no se enseña literatura ni prácticamente filosofía, y no se sabe de políticos que tan siquiera se hayan escandalizado por ello-, que no es consecuencia solo de los cuarenta años. En realidad se remonta a la guerra y más lejos. En eso las cosas no han cambiado mucho.

El invento del escritor bandera

Miércoles 10 Mayo 2017. En Literatura, Blog, Textos de viaje

Miguel Gener
Carlos Fuentes
Yo le debo a Carlos Fuentes el haberme perdido el comienzo de la revolución zapatista, en Chiapas, México, y con ello es posible que la mejor crónica de mi vida. Me había estado aburriendo en San Cristóbal de las Casas, pues soy de la opinión que hay que visitar los lugares hasta empezar a aburrirse, que es cuando se comienza a ver lo de verdad interesante, y había regresado al DF, con mi compañera de viaje de entonces, a tiempo de asistir a la fiesta de fin de año que ofrecía todos los años Carlos Fuentes.
    A esta fiesta acudía el Gotha de la alta intelectualidad mexicana, o al menos la de su mismo bando, y lo de alta va con intención: en México no pocos artistas e intelectuales viven con rango de marqueses de los de antes, es uno de los muchos misterios de ese país. Pero por alguna razón finalmente no acudimos a la fiesta, y a la mañana siguiente, el 1 de de enero de 1994, en unas calles de la colonia Las Aguilas desiertas como tras una explosión nuclear, salí a comprar el periódico y así me enteré de que la noche anterior se había producido un levantamiento indígena justo en el lugar que yo había abandonado por la mañana. "¿Recuerda usted cómo se ve una cucharilla en un vaso de agua?", me había preguntado el taxista que nos llevaba al aeropuerto en Tuxtla Gutiérrez. "Distorsionada y como rota, ¿verdad? Pues así es México: todo ocurre como bajo el agua".
    Tengo otros varios recuerdos de Fuentes, y más o menos todos coinciden con esa imagen que se repitió mucho de elegante y ágil cosmopolita, con canas de banquero en las sienes, capaz de teorizar con enorme soltura sobre los temas más a la vista en el parqué internacional, y a la vez seducir como sin querer a alguna actriz de las que salen en posters históricos, como hizo, parece ser, en un par de ocasiones. Por cierto que una de esas historias inspiró una de las novelas menos valoradas por la fuentología instalada, y que a mí más me gustan: Diana o la cazadora solitaria. Y de la filmación de la otra novela, que es quizá la que yo prefiero, Gringo Viejo, sobre el envidiable final de Ambrose Bierce, salió la otra aventura legendaria.
   Todavía recuerdo la mirada que me puso una productora de la BBC, en Londres, cuando en la preparación de cierto programa que me habían invitado a dirigir señalé que podríamos invitar a participar a Carlos Fuentes o a Vargas Llosa, ya que ambos, por entonces, vivían en Londres. "¿Puedes?", me preguntó con apenas disimulada lujuria. Entonces pensé que ningún escritor hispano había conseguido nunca que una productora de la BBC pusiese ojos redondos, como no fuese Borges, aunque Borges no cuenta porque también era inglés. Y pensé que, si le llevábamos el micrófono, Carlos Fuentes lo colonizaría en un instante con ese verbo de embajador en la ONU que tenía, de articulista en el New York Times desde el Crillon de París, de conferenciante-futuro Nobel en alguna universidad de la Costa Oeste, o algo así, y que no era eso. O al menos no era eso ahí.
   No es ningún secreto que, en el último tercio del Siglo XX, y como si se hubiese transportado al siglo XIX por alguna alquimia literaria, México en general y el DF en particular vivió dividido en dos grandes bandos que se alineaban detrás de dos de los tres grandes escritores nacionales, Octavio Paz y Carlos Fuentes, que en lejanos días de juventud e ingenuidad habían sido amigos. Y no es menos cierto que sólo a la luz de esa división se podían y se pueden comprender insólitos y hasta extravagantes comporta- mientos en política, periodismo, premios, destinos diplomáticos, fiestas, programas y artículos, grupos de comunicación, becas -las muy sustanciosas becas del Fondo Nacional de Creadores, únicas en el mundo, de las que se beneficiaron, si no todos, casi todos los escritores mexicanos-... en fin en la intensa vida que llevaba la nutrida y a veces brillante casta literaria de una sociedad donde el éxito de ventas se mide en mil ejemplares más, como me dijo un día Juan Villoro. Es decir, en una sociedad que no lee.
   A mi modo de ver, Paz y Fuentes no son comparables -¿y cómo orillar además a Rulfo, por ejemplo?-, pero sólo el tiempo lo irá diciendo y en todo caso ese tipo de excluyentes maratones olímpicas entre escritores me interesan poco. De mis encuentros con Fuentes, he de decir que siempre abierto y generoso con su propia inteligencia, me quedo sobre todo con el enigma que también se desprendía de él, una especie de sombra muy misteriosa y jamás explícita, si bien eso es muy propio de los mexicanos.
   Una especie de última zona de reserva, un poco asiática, que se mantenía más allá de la entrevista y hasta en las apariencias de la amistad. Algo que a veces tenía que ver también con actividades, digamos, reservadas, pues qué duda cabe que también ejerció el papel de "embajador", de causas políticas, sin duda, pero también empresariales y culturales. Era él quien tenía que reunir a no sé qué político norteamericano con García Márquez en una cena en algún Hampton elegante de Long Island. Algo también muy mexicano: la grilla, como llaman ellos al permanente y complicado enredo político mexicano, que nunca dejó de ejercer. Alguien tendrá que investigar un día el papel decisivo que Fuentes tuvo en el lanzamiento tipo bomba de Cien años de soledad. Un novela grande como un siglo de soledad, sin duda alguna. Pero recibida con los brazos abiertos por un público ya muy expectante gracias, entre otras cosas, a la intriga creada por Fuentes, que ya contaba con una poderosa red de ecos en toda América, y que había quedado fascinado con la lectura de dos o tres primeros capítulos. (Ambos eran amigos y habían firmado juntos un guión sobre un cuento de Rulfo del que luego en la película no quedó ni rastro).¿Es posible hacer literatura en México y mantenerse al margen de esas intrigas? En cada ciudad clave de su mundo tenía a un grupo de leales, que nada más aterrizar le ponían al corriente de lo que estuviese en marcha.
   La cucharilla mexicana rota bajo el agua, que decía el taxista: O cómo, hasta en las peores circunstancias de su vida personal, y de eso también pude ser testigo, Fuentes era capaz de sobreponerse, impávido en la tragedia, para lanzar en voz alta y en tres idiomas su discurso cosmopolita que parecía como esquiar entre palabras prestigiosas.
   Y hasta con gran generosidad. En la entrevista que recupero se cuenta cómo Donoso se desmayó el día en que Fuentes le comunicó por teléfono su traducción en Estados Unidos, y me acuerdo muy bien de cómo Fuentes encabezó una pequeña expedición a España de cuatro autores más jóvenes de su editorial, y cómo empleó sus verbos más rumbosos para presentarlos en Madrid. Aunque esa me parecería la menor de las estrategias de cualquier escritor que piense en su inmediata posteridad, que yo recuerde jamás vi a ningún escritor del "Boom" o vecindario -salvo José Donoso-, hacer algo semejante. Ni siquiera con un solo escritor. En nuestra literatura, la generosidad se vende muy cara.
   Pero creo que, para bien o para mal, la gran aportación de Fuentes, que él contribuyó, si no inventar, pues me imagino que es más vieja que la tos, sí a solidificar hasta el granito de hoy, fue la del "escritor nación". Pocos como Fuentes fueron como él asociados a la idea de una escritura de bandera, lo que no deja de ser llamativo en un escritor que se pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, y que en el interior de este muchos le reprochan precisamente el no haber sido todo lo mexica que debiera. Pero él supo convertirse en una representación de México, así, como categoría patriótica, algo sagrada e indiscutible, y nada mejor para comprenderlo que la depresión que -dicen- sufrió cuando le dieron el premio Nobel a Octavio Paz. No salió de su despacho en días -dicen, yo no estaba ahí para comprobarlo-, y eso daría una buena pista sobre su mentalidad. Sabía que en más tiempo del que le quedaba de vida no le habrían de dar el premio a otro mexicano, en lo cual tenía razón pues el Nobel, como las Olimpiadas, es otro engranaje fundamental en la mega industria de las identidades patrias. Hace tiempo que ha dejado de interesarme si alguien lo merece o no, vistos algunos ejemplos, más triviales que extravagantes, pero nunca he comprendido tanta ansiedad por obtenerlo en gente inteligente, y otro caso espectacular era el de Borges. En todo caso, el perfil de Fuentes se sobrepone al dibujo de la literatura como mapa de la patria en clase de geografía, en la escuela nacional, de gran rentabilidad hoy en día y trascendencia, y lo que queda.
   Basta asomarse a cada país de la hispanidad, incluidos los no castellano hablantes, y ver las luchas civiles por alzarse con la franquicia del escritor-nación, o por inventar uno a la misma velocidad con que se inventa ésta.

 

   Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:
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  • Pedro Sorela

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