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Pedro Sorela

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A la información por la novela

Pedro Sorela Martes, 10 Octubre 1989 En: Entrevistas

Entrevista con Larry Collins

© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

Larry Collins descubrió con sorpresa, cuando se pasó a la novela desde los ultradocumentados reportajes del tipo Esta noche la libertad, que lo que las fuentes se negaban a revelar con obstinación para obras de no ficción lo entregaban con gran generosidad para proyectos de novela. Este antiguo periodista que escribió junto con Dominique Lapierre grandes reportajes históricos cuyo éxito se mide por millones de ejemplares, presenta en España Laberinto, su segunda novela en solitario, el libro que más le ha costado. Trata de la manipulación de la mente por la CIA y el KGB.

Cuando en su despacho blindado William Casey, el ex director de la CIA que había de morir con información fundamental para esclarecer elIrangate, terminó la charla de cortesía y preguntó: "y dígame, señor Collins, ¿qué puedo hacer por usted?", y Collins se lo dijo, la cara de Casey pasó de la afabilidad al hermetismo burocrático en el término de un segundo, y con antológica torpeza dijo: "Sobre ese asunto no voy a decir ni media palabra". "Naturalmente, con esa respuesta todas las alarmas se encendieron", dice Collins en la luminosa mañana del otoño madrileño.Lo que Collins había preguntado, aprovechándose del buen ánimo de Casey evocando los tiempos de la Resistencia -tema de la novela anterior-, era qué posibilidades había de modificar el comportamiento de una persona, a distancia, por medios electromagnéticos; esta posibilidad terminaría por constituír el garbanzo de su nueva obra, Laberinto (Plaza Janés), que se abre con un prólogo en el que se dice: "A principios de este siglo, Santiago Ramón y Cajal dijo que la hazaña suprema del hombre sería la conquista de su propio cerebro. Hoy nos encontramos en el umbral de esa conquista".

Cuento e iceberg

Collins es un especialista en documentación. Novela o reportaje en profundidad, sus libros están construídos sobre una gigantesca documentación y recuerdan el iceberg que, según Hemingway, ha de ser un buen cuento: lo que el autor escribe es sólo una décima parte de lo que sabe. Y precisamente por la documentación este libro fue particularmente difícil: había que hacer girar la novela en torno a un tema científico de gran complejidad como es la mente humana, y además sin caer en la frivolización de algo de gran trascendencia. Un reto.Al igual que John Le Carre con La casa Rusia (The Russia house), que aparecerá en España el próximo 29, Collins tuvo que utilizar de toda su intuición para recoger los cambios en la Unión Soviética -en Laberinto la CIA y el KGB compiten por las técnicas de manipulación mental-, de forma que su novela no cayese en el cliché más rancio. Pudo hacerlo gracias a un viaje realizado hace unos años como periodista independiente y que le permitió intuír, como experimentado periodista, los primeros indicios de cambio en el régimen soviético.

En algunos aspectos, su novela parece muy actual: no sólo los agentes del KGB ya no son aquellos gorilas con halitosis de la ideologizada novela de espionaje de la guerra fría, sino inteligentes y hasta refinados espías, y en la trama de la novela aparece el conflicto étnico soviético que se ve reflejado en los titulares de la prensa desde hace unos meses.

A sus 60 años recién y "dolorosamente" cumplidos, Collins podría ser el protagonista de alguna novela de Leon Uris o Irving Wallace: antiguo universitario jugador de rugby en Yale, hizo una suerte de mili en Europa durante la tardía posguerra, y el amor por París y por una parisina le hizo incorporarse al periodismo, justo a tiempo para ser enviado a Oriente Próximo y adelantarse a todos sus colegas con la exclusiva del desembarco norteamericano en Líbano a través de la única línea de teléfono abierta en todo el territorio, línea que retuvo durante tres horas. Su gloria se desinfló bastante cuando una borrachera impidió a un periodista de su equipo hacer llegar las fotos a tiempo.

Veinte años después, Collins mantiene la cordialidad, los tacos y la reserva carcajeante del corresponsal -no habla de su próximo proyecto-, su partido diario de tenis se le nota en la agilidad con que sale del ascensor, y pese a conducir un jaguar y poseer en Londres una colección de estatuillas egipcias, saluda como en las películas, como si no le conocieran, mientras estrecha la mano como un teniente de marines: "Hola. Collins".

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