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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: dibujo

Cuarto de luna

Miércoles 29 Mayo 2013. Blog

Cuarto de luna
p.S (en Ipad)
- "Creo que cinco", dijo no muy segura.

Creí que a lo mejor me había perdido algún nuevo invento de la Nouvelle Cuisine, línea Ferrán Adriá, o sea que le pregunté a Antonio:

   - Oye: estos espárragos ¿son así o es que no tienen punta? (No eran puntas de espárragos, sino espárragos sin punta; no es lo mismo).

    Y para mi sorpresa Antonio no puso cara ni de sí ni de no, sino de apuro, como de algo de lo que conviene no hablar ahí mismo, o al menos hay que hacerlo más tarde. Patricia puso también cara impávida de llevar poker de dieces.

    Uno de los extraños y atractivos oficios de Antonio es el de experimentador de restaurantes, y junto con su mujer, Patricia, que se somete con él a los más osados experimentos, me habían invitado a uno de los nuevos restaurantes-boutique de la zona de Recoletos, la nueva milla verde de Madrid, o azul, o vete a saber porque esa noche no había muchos motivos para calificarla. Quiero decir que pese a ser sábado por la noche y a que bebíamos cerveza artesanal de importación (la última moda, parece ser que para ahorrar en vino), por allí no asomaban muchos, y los pocos que asomaban hablaban con medio acento pijo, no uno entero, nasal y golfista como los pijos de toda la vida.  Uno se podía sentar como la gente y hablar sin necesidad de gritar como sucede en casi todos los restaurantes de Madrid, incluidos los de frondosa cubertería y copa de vino más grande que la de agua. En los grandes ventanales la noche llegaba con una luz que parecía exhausta y con un cuarto de hora de retraso, y aunque hubo un amago de granizo, tras unas setenta y cinco gotas se quedó en eso, en amago.

     Lo de los espárragos no hubiese tenido mayor importancia -los puerros, en cambio, parecían espárragos de capricho para banqueros corruptos-, de no ser porque observé que por mucho que se sirviera desde arriba y al descuido, la cerveza artesanal hacía poca espuma, y lo mismo le pasaba al pan, que apenas podía absorber la salsa. Ya sé que no es de recibo hacer sopas con el pan, por muy de chuparse los dedos que esté la salsa, pero Antonio y Patricia son buenos amigos, de los que miran para otro lado ante las debilidades humanas, y esa noche no había casi testigos.

     Muy pocos, en realidad, y ni siquiera a pleno rendimiento. Cuando el patrón se acercó para cumplir con los rituales de cómo anda todo y patatí y patatá, se quedó más tiempo del necesario -parecía aburrido, falto de trabajo-, y aunque puso el empeño habitual en explicarnos el árbol genealógico y todo el proceso de crianza de las terneras cuya carne comíamos, casi cruda, esforzándonos en poner un entusiasmo caníbal, lo cierto es que parecía cansado y con la mirada un poco apagada.

    - Es que tiene un ojo de cristal, me explicó Patricia, en voz baja, después, como alguien que comenta el vestido de la novia tras la boda. "Pero lo grave no es eso sino que no ve los colores. O mejor dicho, los ve, pero sin matices: sólo un verde, un rojo, un azul, un negro..."

     - Bueno, sólo hay un negro, repuse yo.

     - Pues ese.

     Para entonces ya estábamos buscando un taxi, y no lo encontrábamos, lo cual en Madrid es raro. Cierto que andábamos por la zona más triste del muy triste barrio de Salamanca, y bajo un cielo en el que se adivinaban sombras de nubes como mordidas, pero nos dimos cuenta de que la melancolía había crecido cuando subimos hasta la Puerta de Alcalá, ahí al lado, y vacilamos.

     -Oye, ¿cuántos arcos tiene la Puerta de Alcalá?

     - Creo que cinco, repuso Patricia, aunque no lo dijo muy segura.

     - Pues esta noche tiene tres, dije yo, y solo he bebido cerveza.

    En efecto, alguien o algo había mordido en la Puerta como en un pastel, pero lo de verdad preocupante es que, en cambio, las Torres de Valencia -la mayor corrupción urbanística de la historia de Madrid, que ya es decir- se veían en consecuencia más grandes.

     Habíamos caminado no poco por una ciudad desierta como una ciudad belga cuando logramos parar un taxi, y cuando quisimos cerrar la ventana -la noche se había quedado temblando tras el amago de granizo-, vimos que no había; esto es, el taxista había serrado por la mitad su coche y pintado un decorado de cartón en la parte que faltaba. "Así ahorro en gasolina", nos explicó. "Además, cuando logro coger a dos clientes, ahora casi siempre sólo se sube uno, el otro corre detrás del coche y en consecuencia el primero siempre quiere rebaja".

    Cuando llegué a casa miré el reloj y eran las doce. "¡Otro día! ¡Otro día vivos!", pensé con esperanza. Y sin embargo conté por rutina las campanadas del reloj de mi abuela, y sólo sonaron ocho y media. Me asomé a la ventana para ver si podía confirmar el augurio, y en efecto, la luna sólo dejaba ver un cuarto. No una luna en cuarto creciente, o menguante, sino un cuarto de luna, como la cuarta parte de un queso. 

En indirecto se llega más lejos

Jueves, 09 Mayo 2013 En: Blog, Entrevistas

p.S (en Ipad)
Indirecto: La construcción de una verdad intuida,
como en el teatro

Diálogos / Directo e indirecto

Casi todos los entrevistados del mundo están muy atentos y saltarines ante las preguntas del entrevistador, y casi ninguno se pregunta de qué forma serán tratadas sus respuestas: ¿en estilo directo o indirecto? Y harían bien en preocuparse pues de eso se trata. Aunque dudo que de momento puedan hacer nada, y me parece bien que no puedan.

    Hace tiempo que no escucho la vieja discusión de si el diálogo en español tiende a sonar falso, a diferencia de en inglés, por ejemplo. Yo se lo leí a García Márquez (me parece que en una entrevista: el diálogo en español suena forzado, decía, tal vez impostado), y esa es la razón, imagino, de que en los libros de García Márquez, y en particular en Cien años de soledad se recurra al diálogo menos, mucho menos de lo que habrían hecho otros autores. De hecho, en Cien años... los diálogos y expresiones de la gente hacen muy a menudo, más que de información, de puntuación en el curso de un relato muy melódico y bien sostenido, con pulso de compositor.

     Y yo tal vez le debo a García Márquez un oído al que le suenan impostadas... yo creo que todas las entrevistas que he leído en estilo directo, incluidas las estupendas y más científicas de todas en The Paris review, donde a lo largo de décadas se ha preguntado a escritores sobre sus antecedentes y métodos de escritura. Y eso que están escritas en inglés, y en esa lengua los diálogos sí suenan verdaderos, siempre según Márquez. Algunas de esas entrevistas son legendarias por las cosas que se decían -la de Faulkner por ejemplo- pero eso no significa que fuesen ciertas. O mejor dicho, que sonasen a verdad, a la artística al menos, cuando fondo y forma coinciden en un solo instrumento.

    Yo tuve la suerte de trabajar en EL PAÍS bajo la dirección de jefes en general poco dados al dogmatismo -salvo en un caso decisivo que contaré en otra ocasión-, o que no tenían una opinión definitiva en cuanto a la alternativa entre vía directa o indirecta en las entrevistas: al menos, con un liberalismo bien entendido, en las páginas de Cultura. De modo que, tras una primera entrevista en formato de pregunta-respuesta a Pedro Laín Entralgo, historiador de la Medicina y ex intelectual franquista medio arrepentido, nadie me dijo que mis entrevistas no debían estar escritas en estilo indirecto -narradas-, y fue así como fui comprendiendo que una entrevista tiene, o puede tener, tanto de relato como de teatro, y a veces más. Así me sucedió escribir alguna entrevista sin apenas comillas.

    Algunos teóricos llamarían a eso entrevista-perfil pero yo sostengo que es una entrevista, sin necesidad de adjetivos. Lo único que sucede es que, sorteando la apariencia de un diálogo real que en realidad es falso (la idea es de Picasso), yo reorganizaba la conversación para, en estilo indirecto, como un narrador, llevarla de una forma intencionada hacia la verdad de un personaje. O su construcción a partir de una verdad intuida: como en el teatro. De una forma menos libre que en una novela, se trata, como en esta, de una manipulación -la reorganización del diálogo y su conversión en relato- para llegar a la redacción tal vez más sofisticada pero a la vez más profunda de un encuentro.

     Y en él también se puede dar algún equívoco, y por eso traigo a colación una entrevista con el escritor cubano Miguel Barnet. Se trata de una entrevista anodina que sin embargo ilustra cómo el estilo indirecto también sirve para disimular, o incluso manipular una conversación.

       De visita en Madrid, el por otra parte interesante escritor Miguel Barnet reunía la condición de militar en el castrismo hasta ostentar algún alto cargo de la asociación de escritores, o algo así, lo que hacía obligatorias las preguntas sobre castrismo, libertad de expresión en la isla y demás. Aunque a mí me interesaban más los aspectos literarios de la obra de Barnet -inspirada en los sucesivos mestizajes de la sociedad cubana-, con el objeto de poder entrar en ellos cuanto antes decidí empezar la entrevista con las preguntas incómodas relativas a libertad de creación y pensamiento en la isla; todo ello una década después del caso Padilla, cuando las grietas habían comenzado a aparecer en el espejo de la revolución. Pero ya en la segunda o tercera pregunta me encontré con que Barnet me decía algo así como "no, ya veo por donde va usted", sugiriendo a continuación que yo era un periodista a sueldo de la CIA o algo así. En fin, el maniqueísmo estalinista habitual en ese tipo de discurso.

      Ni que decir tiene que tras ese encontronazo me costó no poco restablecer cualquier confianza esencial, y jamás pudimos crear la complicidad indispensable en la entrevista de cultura. Y sin embargo, el choque aparece apenas insinuado en el relato posterior de la entrevista, lo cual habla bastante de la capacidad de manipulación o al menos disimulo del estilo indirecto.

      Todo ello le daría puntos ganadores al directo... si no supiésemos que también ahí se puede omitir, postergar, reorganizar, abreviar y demás, sólo que se nota menos. Quizá por eso mismo se hace sin pausa.