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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: dibujo

La mamasota y otras pérdidas

Miércoles 20 Septiembre 2017. En Blog, Sastrería

p.S
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Sastrería

Lo último que me ha alarmado ha ocurrido con una amiga poeta venezolana, muy alegre y expresiva. Comíamos y me había descrito a no sé qué actriz de cine latinoamericana con frases muy descriptivas terminadas con un contundente "una mamasota". Y a continuación me dijo: "Mira, te la voy a mostrar", y alargó la mano hacia el móvil que, como un nuevo órgano, nos ha salido a todos en los últimos años, más en la cabeza que en el cuerpo.

    - ¡No!, salté, y le quité el móvil de las manos como un censor, no quería que fuese a estropear sus palabras mostrándome la consabida mujer-guitarra, igual, estoy seguro, a otras diez mil, o al menos ese es el efecto que producen sus imágenes en Internet. Igual que los coches y los telediarios, que son todos idénticos. La versión de esa actriz en Google nunca podía ser superior a la deliciosa descripción de mi amiga.

     Y no hace falta ponerse apocalíptico, que un poco sí lo soy, para constatar que es rara la reunión en la que alguien no saca un móvil para mostrar las fotos de su último viaje o fiesta, o para recordar el nombre del director de una película. Podríamos llamarlo la malaria Facebook. Ya nadie puede exhibir su memoria (yo no reclamo ese derecho pues nunca la he tenido), ni menos aún desamarrar su lenguaje sin pedir perdón. Y si lo hace, lo más probable es que lo llamen pedante. Haga la prueba, suelte una o dos metáforas en una conversación y verá una sonrisita irónica en la mirada de más de uno.

    Comencé a ser consciente de esta pérdida en 2001, a raíz del asesinato del periodista Julio Fuentes en una emboscada en Afganistán. Días después comenté en mi clase en la universidad que estábamos llorando mal su pérdida, que los elogios fúnebres publicados en los periódicos no estaban, a mi modo de ver, a la altura. Y que la expresión literaria del dolor por el héroe muerto -véanse los versos de Homero acerca de la muerte de Patroclo y Héctor a los pies de los muros de Troya, y el dolor de Agamenón- se encuentra en el comienzo mismo de nuestra cultura. Venimos de ella.

    Así que pedí a los estudiantes que escribieran textos de heroísmo y dolor para la siguiente clase. Seguramente me expliqué mal, como suelo, porque muchos de los textos pedidos trataban del dolor... de muelas, o de parto, o de un codo fuera de sitio en un partido. Sea como fuere, el episodio me reveló una nueva enfermedad, al menos desde el punto de vista del lenguaje, que es la de la literalidad.

      Diagnóstico renovado cada vez que veo en la Red (todas conforman una sola y todopoderosa) cómo una muchedumbre intenta lapidar a alguien con ferocidad por haber intentado expresar en una frase vete a saber qué. Un espectáculo que evito cada vez más, igual que el de todo tipo y variante de jauría, no vaya a ser que se me pegue algo, pero que evidencia como mínimo -y perdón por ser a mi vez obvio- un envejecimiento del lenguaje del que pocos han alertado todavía. Y ello pese a las apariencias pues al fin de cuentas son peleas de lenguaje.

      El empobrecimiento no es global, ni homogéneo. Ahora, mirando hacia atrás con perspectiva, me parece detectar que algo de eso se encontraba entre lo que me gustaba cuando fui a Colombia a estudiar el bachillerato: unos cuantos amigos de mis padres que hablaban y contaban tan bien como ellos, lo que me parecía muy improbable -visto que el uno era español y la otra colombiana, no era una cuestión de nacionalidades sino de generaciones- y con unos acentos y matices que solo ahora me doy cuenta eran excepcionales. Algo parecido me sucedió cuando comencé a tratar con México, primero a través de sus escritores, y luego directamente allí, con amigos y amoríos. La diferencia no eran ni las enchiladas, ni los alebrijes, ni las Emociones Místicas Urbanas, como llama mi amiga Susana Gonzalez Aktories a las de la Ciudad de México, ciudad que las propone como pocas en el mundo. La diferencia era el lenguaje. Y por supuesto no me estoy refiriendo a las habituales comparaciones entre acentos y vocabularios sino al hecho de que unos lenguajes están menos enfermos que otros de literalidad. De dónde viene esta y a qué se debe es otra discusión.

Viajar y leer

Miércoles 16 Agosto 2017. En Blog, Lecturas, Viaje

p.S

No entiendo por qué elijo con tanto cuidado las lecturas que voy a llevar de viaje pues a estas alturas ya sé que meter un libro en la maleta es como invitar a una amante en un asiento ya ocupado del coche, el avión o el barco: avión y libro rivalizan, toda vez que un libro es también un viaje y se corre el riesgo de que uno y otro se hagan sombra.

     Además se produce la circunstancia agravante de que en el viaje se abren los poros y suele ocurrir que lo que uno lee tiende a quedarse. Recuerdo con claridad los libros que me llevé a una solitaria excursión de pesca por el Bidasoa navarro. No pesqué ni una sola trucha, claro, pero guardo nítidas impresiones de los libros de Hamsum, Dostoievski, El jardín de los Finzi Contini y otros que leí entonces -hace muchos años- sin atender lo necesario a mi caña de pescar.

    De lo que tampoco estoy muy seguro es de que mis imágenes de esos libros no estén como barnizadas por mi intensa experiencia en las verdes riberas del Bidasoa, y de lo que iba parejo: una camarera simpática, en el también húmedo hostal en el que me alojaba, y un pobre guardia civil, enfermo de soledad, que agradecía la más elemental conversación. Ambos personajes se me mezclan con los de los libros. Y ese libro de Dostoievski, Los hermanos Karamazov, me parece muy distinto de los otros del mismo autor con los que por cierto me había iniciado de adolescente en la literatura para adultos y de los que, por eso, también guardo un recuerdo muy exacto... y que no pienso volver a leer, no vaya a ser que.

      Como todo el mundo, a menudo yo también he caído mucho en el error de elegir a un autor del lugar al que voy a visitar, o que le pegue. Ese espejismo de leer a Evelyn Waugh si uno va a Oxford, como si la Inglaterra de hoy tuviese algo que ver con la de Retorno a Brideshead. Cierto: leer allí La ciudad y los perros, por ejemplo, sería todavía peor, pero la propuesta pone de relieve otra evidencia. Igual que la gente (yo he aprendido a no hacerlo) lee tonterías en una hojita de la distribuidora de la película, antes de verla, o la solapa de los libros donde se seleccionan frases de críticos fuera de contexto, tal vez la gente busca guías, cuando viaja. No me refiero a las obvias tipo Lonely Planet y demás, que pueden ser muy útiles en viajes difíciles, sino guías que les permitan atravesar los muros de los edificios de los que solo les permiten ver el exterior: el visitante lee Retorno a Brideshead y ya cree saber cómo son y de qué mansiones vienen los estudiantes privilegiados de esos colleges a los que no les permiten entrar.

    En cierta ocasión hice la experiencia de leer una docena de libros sobre la India antes de viajar allí, y además escribí sobre lo que esperaba encontrar: (Prehistorias de la India, en Historia de las despedidas). Pasados los años solo puedo decir que, con la excepción del libro de Octavio Paz Vislumbres de la India, mucho de lo que leí, incluido Naipaul, eran sobre todo estereotipos: los del viaje, producto de la industria de las identidades, son quizá los más fuertes de todos. De modo que, con esas lecturas, uno corre el riesgo de no viajar con los ojos abiertos, que sería la utopía del viaje, sino con los prejuicios del autor leído, a menudo convertido en un autor nacional si es lo bastante rentable para la industria identitaria: en Aracataca, el pueblo que García Márquez abandonó en la infancia y al que volvió solo en alguna que otra ocasión, la estación de tren ya está decorada con grandes mariposas amarillas.

    El cuidado en la selección de lecturas para un viaje puede sugerir también otra realidad, y es que ya no leemos como respiramos, como antes. Yo soy tan viejo que recuerdo un mundo en el que no era tan raro encontrar lectores de un libro al día, o cada dos, por lo que la selección no resultaba tan decisiva: simplemente era un ritual más, como leer el periódico. Y de ahí que no resultara tan exótico un viajero como el paciente inglés, que siempre lleva en su maleta los viajes de Herodoto, y los anota, y escribe cartas sobre ellos. (Ya no escribimos cartas, sino mensajes, y a menudo estos son fotos, como si una foto fuese un pellizco de viaje). El libro leído no complementaba lo que se veía sino que venía a servir de contrapunto para resaltar el sabor. Algo como echarle sal al melón. En un castillo polaco, en la retirada de Rusia, Stendhal, oficial de Napoleón, robó un libro de Voltaire.

        No puedo dejar de recordar el último viaje a España de José Donoso, obsesionado, ante las doce horas de avión de regreso a Chile, por encontrar un libro que "le secuestrara" pues era de los que no podía dormir en otro sitio que no fuese su cama, y eso solo a veces. Lo comprendí muy bien. Sin libro está uno abocado a distrarse con esas películas tontas que por algún misterio programan siempre en los aviones -siempre-, o peor aún, con esos episodios tipo Cámara Oculta que ahora ponen en muchos, lo quieras o no. He llegado a la conclusión de que lo hacen como una medida de seguridad más, dentro de la larga serie, para mantenernos a los pasajeros domesticados y que no veamos los amaneceres sobre el mar, no vayamos a tomar notas.

       Sea como fuere, hace tiempo que he renunciado a libros secuestrantes en los viajes. He terminado por aceptar que cuando estoy de viaje no me secuestran, pues la competencia con la ventana y el viaje rival, y con mis propias notas y dibujos, es siempre demasiado fuerte. Además no es justo con ellos, pues por experiencia sé que nunca guardo el recuerdo que tendría de haberlos leído en silencio en mi casa. Así que lo que hago a menudo es leer textos abstractos, de ideas sin color ni gusto, que no compiten con mi viaje. Van por una vía paralela.