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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: crisis

El azul es de los dioses

Miércoles 25 Julio 2012. En Blog

p.S
"Ese azul que a ustedes les sobra". Roma.
 

Cientos de personas que suman ya miles se han comenzado a concentrar frente al Palacio del Quirinal, en Roma, para apoyar a la canciller alemana, Ángela Merkel, en demanda, como es sabido, de la cesión de un trozo de cielo italiano. Salvo en casos de funestas guerras ya pretéritas y olvidadas -"inconcebibles hoy en Europa", como se apresuran a precisar todos los comentaristas-, el hecho no tiene precedentes. Además, declaró la señora Merkel en rueda de prensa tras su llegada al aeropuerto de Fiumicino, "no vengo a pedir cielo, pues el cielo es parte de los territorios nacionales, que son sagrados".

     - ¿Entonces?, le preguntó Marcella Smocovich, del Corriere della Sera, no sin inquietud. ¿Qué viene usted a pedir?

      - Azul. Vengo a pedir un poco de azul. Ese azul que a ustedes les sobra y que a nosotros tan bien nos vendría para ponerle un poco de alegría a nuestra vida e inspirar a nuestros artistas, que tienden a ponerse trágicos cuando no melancólicos. Más aún: creo que en julio y agosto, sobre todo en ese ferragosto romano del que ustedes mismos se quejan, no les vendrá nada mal aliviar la carga de azul -puro sol al fin de cuentas- del cielo.

       - Pero eso no va a ser fácil, intentó advertir Mario Monti, el primer ministro italiano, legendario por su eficacia y su bondadosa mirada de sabio. Se encontraban ya en pleno encuentro de Estado en el Palacio del Quirinal (cedido por la presidencia, vista la importancia del encuentro) y los fotógrafos habían terminado de fotografiarles las sonrisas y el aura de estadistas.

     - ¿Por?, preguntó Merkel. Y con esas tres letras, tras las formalidades de rigor y de preguntar Monti qué tal vuelo había tenido y comentar compasivo qué calor hacía en Roma en julio, ambos supieron que llegaban a un punto central, no sólo de esta conversación sino de las relaciones entre ambos países. Más aún, uno de los grandes momentos de la Construcción, de la Historia europea.

   - Es que no depende de nosotros, dijo Monti con la voz más suave y los ademanes más vaticanos de que fue capaz. Algo característico de los altos cargos de Bruselas, donde Monti se formó en largos años de llovizna y estadísticas.

   - ¿No?, preguntó Merkel. Esa sí que no se la esperaba: cómo es posible que el azul de un cielo no dependa de su gobierno, una noción a contrapelo del empirismo nacionalista de los pueblos del norte. "¿Y de quién depende?"

     Monti se ensimismó en uno de los tres grandes balcones del despacho y miró a lo lejos, hacia Roma llena de cúpulas, con la mirada fatalista pero llena de grandeza que pusieron siempre (salvo Tiberio y Nerón) los dirigentes romanos desde Eneas y la Loba capitolina.

     - De los dioses, dijo. Y luego recogió su mirada como un pescador recoge su sedal tras un enésimo fracaso, y miró a los ojos azul ángel de Merkel. "Depende de los dioses". E hizo así con las manos, con las palmas hacia arriba, con ese gesto de impotencia que usan los italianos y también los mexicanos cuando dicen: "ni modo".

     Cientos, miles de personas se concentran frente al gigantesco Palacio del Quirinal, en Roma, y ya comienzan a desbordar de la plaza y ocupan las calles aledañas. Vienen de toda Europa pero principalmente de las regiones del norte abrumadas por los cielos grises y la melancolía: la Selva Negra, la península de Skagen, las heladas llanuras de Prusia Oriental, los países Bajos arrebatados al mar... Poco acostumbrados al sol de Roma, que conocen sólo por referencias indirectas, vienen abrumados por el largo viaje, acalorados y sedientos, y cometen los errores habituales de creer que el calor se combate con helados, pantaloncitos cortos, chanclas y camisetas sin mangas, que en el caso de ciertos hombres, además de agravarles la sed, es causa de un lamentable aspecto de baloncestistas veinte años después de su última copa y con más calor del necesario.

     "No quieren", dice el primer rumor en recorrer la multitud. "Sí quieren -el segundo-, pero no a cambio de un poco de gris sino de la Mercedes Benz con todos sus ingenieros". "Quieren, pero a cambio de un millón de puestos de trabajo". "Si nos dan el azul, que nos den de paso a Claudia Cardenal" "Cardinale". "Eso: Claudia Cardinale... pero cuando eran joven. Que Claudia Cardinale sea alemana"...

     Y así. Hay una verdadera orgía de sol en Roma, y en lugar del éxodo anual hacia las playas, por todos los caminos no paran de llegar gentes desde toda Europa para pedirles a los dioses un poquito de azul...

Lamento de la flecha lanzada

Jueves 19 Julio 2012. En Blog

p.S
"Soy como una flecha lanzada y no me desdigo jamás"

Siempre me dijeron que todo tiene un plazo en la vida, y en particular el amor, y nunca quise creerles: yo soy inmortal, o al menos así nací. "¿Sois conscientes de que esto es para siempre? ¿En la alegría, en la enfermedad, con fiebre y en vacaciones? ¿Sabéis que estaréis unidos hasta la eternidad de la tumba y aún más allá, hasta no se sabe dónde?". Eso nos decían todos y nos conminaban -a ella sobre todo- para que se lo pensase porque luego no tenía vuelta atrás ni cancelación: "como la flecha lanzada o ciertas palabras", precisó alguien, sin saber lo que decía.

    Pues bien: no era cierto. Carmina no me lo ha dicho pero casi estoy seguro de que nuestra relación se ha terminado. Eso que uno sabe sin que nadie se lo diga. Y en mi caso es posible pues ya han inventado una máquina que lo permite. Que cancela las promesas que me hicieron al nacer. Que le pone un plazo a mi eternidad. 

     Alguien puede pensar que Carmina quiere separarse de mí, y luego olvidarse, como ocurre unas trescientas veces diarias en cualquier ciudad media. O sea que cuál es la noticia. Pero es que no es eso, y es peor aún: quiere sustituirme. Y eso, claro, es también muy frecuente pero duele mucho más. 

     Lo sé porque ha vuelto a mirar ¡tres veces! la página de Internet donde aparece su nuevo amor para la eternidad, e Internet, la nueva encarnación de Eolo, el dios de la ligereza, es algo que no se mira tres veces. 

   Aunque si lo pienso mejor el comienzo del fin fue antes, unos días antes, cuando una de sus conquistas llegó en un baile de caricias y besos hasta donde estoy yo, allí se detuvo, como suelen, y dijo con un tono que no olvido:

   - Vaya. ¿Tú también?... y a ver: ¿Qué es lo que pone? Déjame ver. 

   Y se inclinó sobre mí para mirarme de cerca entre la penumbra de las luces bajas. 

   - Pone "soy como una flecha lanzada y no me desdigo jamás", dijo Carmina en un susurro de pasión. 

   Esa es una escena que ya conozco y por lo general los ligues de mi amor -¿se puede llamar amor a lo nuestro? Yo creo que sí: amor indeleble- escuchan la respuesta y dicen "qué chulo". Para entonces ya suelen estar en otra cosa pues me encuentro en una zona muy sensible de Carmina y algo mucho más poderoso les distrae. Pero este nuevo novio -no creo que lo llegue a olvidar jamás, como el reo no olvida nunca la voz de su juez-, este nuevo novio dijo: 

   -¿Estás segura? 

   - Claro que estoy segura, dijo Carmina: Eso fue lo que le dije que pusiera. 

   - A quién. 

   - Pues al artista tatuador. Y no era cualquiera, oye: Estaba en Charing Cross, en Londres. 

   - ¿Y era chino? 

   Ahí Carmina vaciló: 

   -No sé. Era oriental. Pero ya sabes que en Londres las nacionalidades y razas nunca están claras. 

   - Puede que no. Pero te diré que lo que te han escrito no es chino mandarín... y apostaría a que tampoco es ningún dialecto. 

   - Y tú... ¿sabes chino? 

   - Lo suficiente, dijo el hombre, pero entretanto algo se había roto y la sesión de amor entre ambos fue un desastre. 

     Yo ni me fijé. Como es natural, estaba por completo tratornado. Yo creía ser chino, la civilización viva más antigua del mundo, y no lo era. Creía que mis orgullosas letras decían soy como una flecha lanzada y no me desdigo jamás, y no lo decía. Peor aún... es posible que no dijesen ni eso, ni nada por el estilo. Que fuese el invento de un idioma inútil e insignificante, a cargo de un tatuador que quería hacer dinero con ofertas exóticas y aprovecharse de la paletez universal. En efecto, me había escrito con gran aplomo y seguridad. Mi parto fue con cesárea, no con las largas y dolorosas contracciones de un nacimiento natural y difícil. 

   Nada más nacer me dijeron que lo nuestro era para toda la vida. "No, esto no se puede borrar" fueron las primeras palabras que escuché. Una grata promesa para cualquiera que nazca. 

     Pero eso fue hace quince años. Muchas, muchísimas cosas han cambiado desde entonces en todo el mundo, en China y en España también. Ahora hay incluso españoles que chapurrean o intuyen lo bastante de chino -gente que se ha ido a Shanghai o a Pekin a engordar la ya sustanciosa colonia de jóvenes en busca de una salida- como para saber si cierta escritura es o no chino de verdad y no una serie de garabatos aparentes.

 Que es, por lo visto, lo que soy yo: un fraude típico de estos años. Un garabato que pretende ser lo que no es. 

     Y eso, ahora, ya no se lleva. Al ser el tipo de imagen propia de estos años que ya muchos comienzan a querer olvidar, Carmina pretende enterrarme. Y la promesa "para toda la vida" se hace humo pues entretanto han inventado una máquina que sirve para borrar los tatuajes. Lo que antes era difícil y doloroso ahora es fácil, y más esos que son como el mío, ya un poco grises y aflojados por las ojeras y arrugas, por la edad. No sólo soy un tatuaje fraudulento. Soy feo y viejo y esa es otra cosa que hoy tampoco se perdona. 

     O sea que Carmina ha estado mirando dibujos de panteras y leones. Y no hace falta saber chino ni significar algo para saber lo que se propone.

El silencio como táctica de la mezquindad

Jueves 12 Julio 2012. En Blog

Giacometi quiso
reflejar a
los invisibles,
víctimas, también,
del silencio.

Manuel, 47, canoso, dos hijos y en días más felices aficionado a la pesca de la trucha con mosca, abre el buzón de su casa y, entre nueve papelitos fotocopiados de pintores, fontaneros y señoras serias que se ofrecen para cuidar niños o ancianos, "o lo que sea necesario", ve una carta con su nombre escrito a máquina. Al principio ni reconoce lo que es y luego, al intuirlo, se toma el trabajo de entrar en la casa, apartar la publicidad, y sentarse para abrirlo. Siente su corazón. Y en efecto, un papel encabezado con "Estimado señor" y seguido de "sentimos comunicarle" le notifica que no le pueden contratar. "Necesidades cubiertas", "difícil situación del mercado", etc. Y sin embargo, esa noche Manuel le da un beso a su mujer como los de antes y le hace el amor por primera vez en semanas, si no meses. Y cuando Almudena le hace notar en la charla de después que está más alegre, o menos deprimido, responde: "Hombre, al menos hoy me ha contestado alguien. Y con mi nombre en el sobre. Alguien se ha dado por enterado de que estoy vivo".

   Tres manzanas y media hacia el Este, Rebeca, 34 años y en tensión, ha estado consultando durante todo el día su móvil cada hora, al principio, y luego cada diez minutos, y ha comprobado que el pestillo de silencio no estaba puesto en rojo. Mira en los "WhatsApp" paralelos a ver si se ha comido algún mensaje que recuerde. Pero no: ninguno. Al fin su novio la llama sobre las once, y encima lento y desganado. Y ella, que es una cerilla y se siente en una frontera, no puede más y le pregunta. "Oye: ¿me estás queriendo decir algo con todos esos silencios?" Y él no sabe cómo rellenar con dignidad el que se crea en la línea.

     Y eso que el novio tiene un amigo dramaturgo, gran promesa de la escena, como lo llamó la prensa con su primera obra. Luego estrenó otras dos y ahora se especializa en silencio: "Es fascinante", dice con ojos ya un poco extraviados: "No me contestan. Envío manuscritos al Centro Dramático Nacional y a los teatros del Canal, y no sólo no me contestan sino que los directivos, que hace unos años me animaban a darles cosas para el otoño siguiente, ahora cruzan la calle cuando me ven".

     Más hacia el Este, entrando en los jardines de los ricos, e incluso muy ricos -y no tan evidentes como en otras partes pues en España la exhibición de riqueza sólo se lleva entre los traficantes e intermediarios recién llegados-, un jerarca, un poderoso, le dice (en inglés) a su doncella filipina: "Dígale que no estoy".

   - ¿Y no le puedes decir que estás cenando?, le dice su mujer, saturadita ya un poco de estos "no estoy" que se vienen prolongando desde la luna de miel.

   - No: esa sí que es una impertinencia... Y además tendría que llamarle después.

   Su mujer se pregunta si el jerarca sabe todavía marcar un teléfono, pues al menos delante de ella no lo hace nunca. Siempre es ella la que llama, incluso si es para una reserva o para citar al sastre a que vaya a tomar medidas.

   -¿Cuántas veces no has estado hoy para alguien?, le pregunta su mujer. Es uno de esos días en que viejas dudas deciden pedir al fin una respuesta.

   Y su marido se queda interrupto un instante. "No sé", termina por reconocer, distraído, con la mente ya en alguna gran movida más importante. "Habría que preguntarle a Encarnita". Pues es uno de esos poderosos que llaman a su secretaria con diminutivo... para pedirle cosas que ellos no se atreven a hacer. Como por ejemplo decirle "no" a alguien". O "tal vez". O "quién sabe", o lo que sea. Hablar supone no sólo un esfuerzo sino una merma del poder. El jerarca lleva escrito en las células que, en España, entre las obligaciones de toda persona que asciende, aunque sólo sea a jefe de negociado, a profesor titular, a teniente de tráfico o a rector, figura la de administrar a su antojo el silencio. Cuestión de hacer sentir quién manda.

   Y no está mal elegido como moneda de cambio. Pues el silencio es mucho más valioso que la sal, la seda, la pimienta, el oro o el dólar, y no digamos la heroína. Es una extraordinaria posibilidad: ¿Qué sería de nosotros sin silencio? Seríamos amebas, con todas las enfermedades de las discotecas, que son surtidas y pueden llegar a graves.

   El jerarca y en general el que asciende creen también que de él dependen muchas cosas de otra forma inmanejables. Entre otras, que se descubra lo mediocre que puede llegar a ser. No siempre lo es, cierto, pero ¿y si lo es el día que le da un pronto y decide responder a alguien? No tanto para ganarse el sueldo que le pagan -que a estas alturas él siente le deben por el simple hecho de existir-, sino porque sí. Porque se aburre, como ocurre con frecuencia en los despachos de las grandes jerarquías, donde no suele haber mucho que hacer.

     El hombre siente que su poder va estrechamente relacionado con él, y en eso lleva razón, el silencio es la forma más obvia y fácil de ejercerlo: no se calla quien quiere sino quien puede, así sea arrojando su silencio como un arma contra un parado, una novia indefensa, un artista, cualquier solicitante, para convertir a estos en invisibles como esculturas de Giacometti, que quiso reflejar con ellas a este ejército numeroso de víctimas, también, del silencio. Invisibles porque se les puede responder con silencio. Como ya no hay guerras a tiros y lo de la lucha de clases no está de moda, muchos, ayudados además por las nuevas tecnologías que banalizan cualquier correo y lo convierten en prescindible, muchos se callan porque es su única forma de convertir su importancia en algo que se pueda tocar: una forma rápida, cómoda, indolora y sobre todo inaudible. Nadie pide nunca cuentas por la respuesta hoy más oída en España. No está previsto.