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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Viaje

Sed en el Vaticano

Miércoles 13 Marzo 2013. Blog

Sed en el Vaticano
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Los muros que separan el Vaticano antes del resto del mundo. Y el charquito de un visitante antes de evaporarse.

La chica que iba a mi lado ha dejado caer la mochila... y no la ha recogido. Esa ha sido la primera señal, que ha confirmado lo que me estaba temiendo... El chico que la acompaña ha hecho amago de recogerla, y ella le ha dicho algo en un idioma que no conozco pero que claramente quería decir "déjala, no vale la pena", y le ha mostrado la botella de agua, en la que aún quedaba un resto, como si eso fuese lo único digno de ser salvado. 

     Suerte que tienen. A mí hace rato que no me queda nada, lo he sudado todo y ahora voy con las reservas. Y ya he pillado miradas de codicia, hasta de odio, hacia quienes todavía tienen agua. No muchos se atreven a beber la suya, un gesto apenas consciente que era trivial hace no mucho y ahora es hasta peligroso. Lo que tienen agua miran con recelo, por algún tipo de sabiduría heredada, pues no puede ser que hayan vivido algo así. Saben que desde hace un tiempo esto comienza a ser peligroso. 

     ¿Cuánto tiempo? No lo sé y además no tenemos tiempo de pensar cuán peligroso es -eso es lo que sucede en las guerras-, cuando un señor que no parecía muy mayor se pasa la mano por le pelo, como para retirar el sudor, y retira sudor pero también el pelo, que se le enreda en la mano. Todo o casi todo el pelo. Cualquiera diría que es una peluca pero no, porque el hombre se ha quedado estupefacto. Se mira la mano con la misma sorpresa que si el pelo le hubiese crecido ahí, de la noche a la mañana. El hombre se olvida de moverse y se queda detrás. La multitud le devora. Quién sabe si será fusilado. 

     Sí, en principio no está previsto que se castigue a los que se rezagan, ni que estos queden a merced de las tribus locales que miran desde los bordes, con el claro deseo de robarles su agua o su sombrero, objetos valiosos aunque estén sudados. (Incluso más valiosos si están sudados gracias al fresco que se siente sobre la frente al ponérselos). Pero nunca se sabe. Eso es lo que tienen las guerras, que las cosas cambian a toda velocidad: a mí me dijeron que no haría cola -y por eso pagué una entrada de precio exorbitante, la más cara que he pagado nunca por entrar en un museo (y he entrado en casi todos)-, y sin embargo aquí estoy, junto a otros refugiados, siguiendo a una Juana de Arco, vestida de blanco, que enarbola una suerte de pendón blanco y amarillo. 

      Más adelante, una señora se desinfla. Sí, no sabría decirlo de otro modo. Una señora gruesa, con sujetador de copa 56, más o menos, lanza una pequeña exclamación y, cogiendo la mano de su compañero, hace que toque su pecho izquierdo. El hombre toca y lo que se ve en su cara es algo a caballo entre la sorpresa y la desilusión. En efecto, ahí no hay nada. 

    - Il a disparu, dice la señora francesa. Y se corrige: "¡Il est fondu!" (¡Se ha fundido!), pero no sé al fin en qué para el asunto porque nuestra columna avanza, avanza a cualquier precio en nuestra carrera contra el sol. 

   Caminamos a lo largo de una pared que parece una muralla -¿la frontera que separa el Vaticano del resto del mundo?-, y a la muralla no se le ve todavía el fin cuando las cosas se precipitan: a una señora se le zafa un zapato, que no recoge, avanza unos metros más y se le zafa un pie con un crujido que se abre camino a través del sol hasta mi espalda, donde me organiza un escalofrío. "Ni un paso más", dice la señora (como si tuviese elección). "Los museos Pontificios me ...", y aquí una expresión romana que no sé cómo se escribe.

   Nosotros, la muchedumbre, apenas reparamos en ello porque un hombre muy alto, tipo danés o algo así, ha ido disminuyendo a cada paso, como si él bajara por unas escaleras cavadas en mitad de la acera sólo para él. Algo un poco raro, para mí, que voy detrás y compruebo que no hay escaleras: es que el tipo está hecho de una sustancia gelatinosa que se ha comenzado a derretir, un poco como un helado de cono cuando no tienen una lengua que les vaya corrigiendo a toda velocidad las arrugas que se les multiplican por el calor. 

      ¿Sigo? Habíamos salido una multitud, fuimos quedando en grupo y más tarde en soldados heroicos, saltando cuerpos y arrantrándonos para cumplir con nuestro deber: entrar en el museo, justificar el precio más caro jamás pagado por ver unos cuadros, incluso cuadros de dioses y de Papas y de mártires. Los que quedamos no sólo éramos más pobres sino también más flacos, más enanos. ¿He dicho ya que algunos, incluso, desaparecieron? Menguaron, se fundieron, se hicieron charcos sobre el pavimento del Vaticano justo antes de evaporarse. "Disparutti"·, se pondría en sus fichas policiales. Por lo visto, se producen casos, sobre todo en verano.

    No sé cuántos al fin llegamos, entre otras cosas porque nuestro grupo se reunió con otros supervivientes de otras ofensivas y desembarcos lanzados desde otros sitios en los alrededores del Vaticano, incluso en río, y cuando llegamos a la Capilla Sixtina, de pura emoción, me puse a llorar. 

    Emoción por la grandeza de Miguel Angel, sin par, pero emoción por la grandeza de mi hazaña, que conseguía emocionarme cuando ya no tenía ni pies, ni pelo, ni brazos, ni boca para ponerla redonda, ¡oh!, como otros más fuertes que yo la conseguían poner. Yo sólo conseguía llorar con un ojo, el otro se lo había llevado -ya cegado de todas formas- la riada de sudor en la que no pocos se ahogaron. 

    El Juicio Final se veía entre una niebla de lágrimas que tal vez fuesen de arrepentimiento. Y a lo mejor era ese el sentido de esa expedición de castigo, que al fin sabíamos contra quién era: contra nosotros. Nosotros éramos los culpables y también los verdugos. 

Beneficios de los límites

Miércoles 23 Enero 2013. En Blog

p.S
Limitaciones para evitarnos influencias perniciosas

Primero nos quitaron el desayuno. Vino un director de Irlanda y explicó que, según le habían dicho, sólo entendería a España cuando comprendiese que aquí la gente desayuna dos, tres y hasta cuatro veces: primero en su casa y luego, en su trabajo, una, dos y hasta tres veces como respuesta a la invitación: "¿Bajamos a desayunar?" "Pero en Europa", dijo el director, "se va desayunado al trabajo": O sea que fin a los desayunos de empresa.

     De acuerdo: con buena voluntad cualquiera puede comprender una decisión semejante. Pero es que de seguido nos dijeron que tampoco podíamos ir a por un café de plástico en la máquina del pasillo, pues aunque se trata de un café horrible que sabe a madera rallada, y a pesar de que ya no se podía tampoco fumar, pronto comenzaron a formarse pequeños corrillos para cotillear sobre este o aquella jefa, que como es sabido constituye uno de los derechos humanos de los oficinistas, o al menos de los oficinistas humanos.

    No pasó mucho tiempo antes de que un día tres compañeros fuesen despedidos, según se explicó en público, por "uso fraudulento de Internet". Pronto trascendió -estas cuestiones son difíciles de ocultar-, que el despido de uno de los dos hombres fue por descargas sin control de pornografía, la del otro hombre por haber quedado tercero en un campeonato internacional de Poker -fue su nombre lo que puso sobre aviso al irlandés, también ludópata, aunque en su caso de canasta-, y la mujer por la permanente consulta del incontrolable porno rosa. Lo que en los periódicos aparece como "Gente", como si las demás noticias hablasen de marcianos.

     Todas esas medidas fueron por lo general toleradas por los empleados de orden: casi todos. Lo siguiente ya no fue tan bien comprendido. En la nómina de diciembre, junto a la paga extraordinaria de Navidad, venían descuentos por "uso particular del teléfono". A veces tan intenso y de larga distancia que en más de dos nóminas y de cuatro el resultado salía negativo: esto es, el teléfono se había comido la paga extra y el empleado le debía dinero a la empresa. Con magnanimidad, se aceptaba que la deuda fuese pagada en pequeños plazos con intereses muy modestos y competitivos en el mercado.

     El desconcierto fue tal -cuesta mucho pagar por algo que hasta el momento ha sido gratis, un derecho humano por así decir- que no todo el mundo se dio cuenta de algo casi inimaginable: si el irlandés sabía qué llamadas eran particulares y cuáles no, es que escuchaba. Sin duda. A no ser que se hubiese inventado ya una central telefónica con la astucia de discriminar entre ambos tipos de llamadas. Y no era ese el caso pues la empresa se habría dedicado a fabricar la centralita con que soñaría cualquier patrón. Y seguro que llegará, esa centralita, pero todavía no. O sea que la empresa escuchaba. Ese conocimiento producía en el estómago una cosa, un poco como cuando uno de se enamora, pero en este caso era un hormigueo distinto, más bien de miedo.

    Pues luego vino un parte de una desconocida "Dirección Adjunta para las Comunicaciones" en el que se nos conminaba a cuidar los modales y la ropa, lo que aplaudí: ya estaba bien de gente comiendo chicle mientras hablaba con los clientes con los pies por encima de la mesa, y ya estaba bien de ese uniforme internacional del vaquero que ya se comenzaba a usar los viernes, como se hace en California. Pero es que luego se nos dijo que no bastaba con dejar de usar tacos y masticar chicles. Ahora había que usar palabras adecuadas y hacer un uso correcto del lenguaje. Por ejemplo, no usar el genérico "Señores", en las cartas, neutro en castellano, sino el inglés "Señores y señoras", la nueva forma de tratar a los seres humanos, se nos dijo.

    Y así con otros ejemplos, y ya comenzábamos a respirar más corto cuando se nos advirtió que no debíamos confraternizar tanto, en las cafeterías de la zona, con los empleados de otras empresas vecinas. Debíamos mantenernos en grupo y aprovechar esa media hora para hacernos más amigos entre nosotros, conocernos mejor y estudiar modos de mejorar nuestro rendimiento. A eso también iba destinado el cuarto de hora diario en que bailábamos y cantábamos juntos.

    La situación era ya crítica cuando comenzaron a descontarnos dinero por el aire purificado de la empresa y por los beneficios que da el trabajar en ella -céntimos, pero lo que importaba es que comenzaban a cobrarnos-, y la situación ya se ha vuelto intolerable pues la última medida, esta mañana, es el anuncio de un pasaporte. Sí, un pasaporte para los empleados de la empresa de forma que nos diferenciemos de verdad de todos los demás y podamos cobrarles entrada a los que vengan a visitarnos -un privilegio-, o a nuestras novias, cuando vengan a esperarnos. Pero sobre todo, ese pasaporte establecerá también limitaciones a nuestros viajes, para evitarnos influencias peligrosas.

Primer regreso del mestizo

Jueves 20 Diciembre 2012. Blog

Primer regreso del mestizo
p.S
Una reserva de cielos azules españoles para aguantar semanas de frío, nubes, lluvia...

Despiertas y piensas en casa, como siempre, sin darte cuenta de que ya estás en ella. Llegaste anoche, feliz aunque hecho polvo tras un vuelo barato, cuyos asientos de castigo doblan la distancia. Grandes abrazos, más cortos y menos fuertes que los muchas veces imaginados desde que te fuiste, un subidón de alegría un tanto melancólica, tu madre llorando, y esa cosa que produce el desfase horario, cuando tú has llegado pero todavía no tu corazón, o tu alma, o tu nostalgia, que se mantiene pese a que ya estás de vuelta.

   - No llores. Por qué lloras.

   - De alegría.

  Pero sabes que no es cierto. Tu madre llora de alegría pero también porque sabe que en diez o doce días te volverás a ir. Con un par de jerseys de pescador bajo la tormenta, imponibles pues en los pequeños apartamentos Ikea de los países fríos se regula la temperatura para que parezca el Caribe, y una reserva de cielos azules españoles para aguantar tres o cuatro semanas de frío, niebla, lluvia, idioma imposible o multitudes grises bajando al metro.

  Sales al comedor y es como si ya hubiesen llegado los Reyes: desayuno para tres -"pero si allí también me dan de comer", dices, sin precisar que nadie te da de comer y eres tú el que cocina en un estudio sin fronteras en el que se puede freír una salchicha desde el sofá. "De hecho estoy más gordo, ¿no lo ves?"-, pero a nadie le importa tu gordura, en España el amor todavía se demuestra regalando kilos. O sea que a media mañana ya te has comido cuatro cruasanes -no se desayunaba con cruasanes cuando estabas en casa, sino con galletas María-, tienes caliente la oreja del teléfono y varios amigos e Isabel una ex novia hasta te han venido a ver a casa, lo que, cuando vivías aquí, no sucedía jamás. Cuando vivías aquí te veías con los amigos en los bares de la zona, como los españoles de Antes de.

   - Ya no vamos mucho, te dice Jaime -pese a que lo dejaste de ver no hace tanto y hablas por whatsApp casi a diario con todo el grupo-. Es que las cañitas diarias se han puesto demasiado caras.

    Pero sabes que te lo dice para consolarte de no estar aquí con todo el mundo, como siempre.

    ... Lo extraño del caso es que, descubres con sorpresa, de pronto ya no te importa demasiado. Antes te frustraba de tal modo no poder ver a los amigos que elegiste Derecho porque eso te permitiría, pensabas, quedar libre para la hora de las cañas: Nadie te dijo a tiempo que varios miles de abogados sin trabajo ya andaban por la calle, libres y sin rumbo, y que tú ibas a quedar libre para lo que quisieras, y durante años, a cualquier hora del día. Sin dinero, eso sí. Pero nadie te dijo tantas cosas que te tenían que haber dicho... ¿A quién reclamárselas? ¿A los profesores? ¿A los periodistas? Los periodistas también andan ahora por la calle, buscando una salida....

    Más aún: la primera noche e incluso la segunda vas a los baricos de toda la vida -aunque no todos: han cerrado varios y otros han sido devorados por las franquicias de plástico- y hasta te das el lujo de pagar alguna ronda más de la que te corresponde. Pero a la tercera -de nuevo inmensa sorpresa, que ni siquiera te sorprende-, no te apetece ir, ya no necesitas ver a gente todo el tiempo, y te buscas una excusa, y dos días después la repites. Y el partido ya no te abduce y de pronto te parece que llevar bufandas de bandera y gorros ante el televisor es un tanto ridi. Allí también lo hacen pero como no eran los tuyos has tomado distancia.

   Además, un día en que ves en la televisión el mismo telediario de siempre -la lotería, la guerra Madrid-Barça inacabable, las campanadas, el anuncio del champán...- te da por añorar esos telediarios de allí, que has detestado y dicho no comprender, y que ahora ya comienzas a echar de menos. Eso y el silencio en las cafeterías, y la puntualidad, y que no haya tres banqueros corruptos de cada cinco, o no se sepa, y los pasteles, y que la gente lea y vaya a la ópera por 25 euros,  y ... Isabel, tu ex novia, por la que un día hubieses ido de rodillas hasta Sevilla, para merecerla, Isabel ya te parece una chica normal.

    O sea que te has comenzado a ir de verdad. A partir de ahora, aunque vuelvas, serás para siempre un mestizo.