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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Urbanismo

El otro lado de ver más

Miércoles 24 Abril 2013. Blog

El otro lado de ver más
p.S (en Ipad)
"... al cabo de no mucho se veía
que la gente iba envuelta en un aura..."

Salí de mi óptica hace unos días pensando que me tomaría algún tiempo adaptarme a mis nuevas gafas, pero ahora comienzo a sospechar que no es exactamente eso; que algo ocurrió mientras yo estaba dentro, leyendo hileras de letras en una pared:

Z

P    Q

Z O P T N

O P N R Q

B C X J K

 

      

     Algo, algún mensaje debían de estar enviándome esos grupos de letras conformando palabras sin aparente sentido, o al menos el vocabulario de un idioma impronunciable que pretendía advertirme, informarme. Porque desde que estoy fuera de la óptica, con mis gafas nuevas, el mundo me parece distinto. Sin ir más lejos, por ejemplo, al principio me parecía que la gente hablaba más fuerte, hasta que comprendí que ese es un claro síntoma de ver más, ver mejor. La gente habla más fuerte... y también huele con intensidad. He descubierto que ver más lejos y más nítido hace que los olores lleguen hasta nosotros con menos obstáculos. Al principio parece una ventaja, luego uno se da cuenta de que la mayor parte de las veces no lo es.

    Y esa es la incógnita: ¿Es mejor el mundo ahora que antes? Al principio me impresionó tanto el nuevo mundo que regresé a la óptica y pedí que me devolviesen las antiguas gafas. Pero una vez puestas, esas mismas gafas que llevaba hasta unas horas antes sin mayor problema me parecieron como mínimo rayadas y oscuras cuando no antiguas y pasadas de moda. Me hacían más viejo y ajado y me situaban, en plena primavera, en el centro de un mundo contaminado por una permanente lluvia como de pequeñísimas motas de ceniza. Así las cosas, no me quedó más remedio que asumir mi nuevo destino y atreverme a enfrentar con valor el mundo al otro lado de mis nuevas gafas.

     Que me mostraron una ciudad desconocida. Limpia de cenizas, de acuerdo, y con más luz, pero más angulosa, con edificios más altos y no sé si más feos, y taxistas propensos a opiniones todavía más tajantes, de esas que suelen ir acompañadas de fichas de dominó puestas con violencia sobre mesas de mármol.

    Pronto descubrí que, si uno resistía e, impulsado por las luces intensas, no cambiaba a las gafas de sol, al cabo de no mucho se veía que la gente iba envuelta como en un aura. Recordaban a los santos de los libros de Historia Sagrada en el colegio, pero con un aura que no abarcaba sólo la cabeza sino el cuerpo todo: un poco como gente irradiada tras una explosión nuclear. Y con la peculiaridad de que el aura no silueteaba el cuerpo sino que lo hacía de una forma irregular: al tiempo que mostraba los cuerpos auténticos, y subrayaba qué poco se parecen a los cuerpos ideales de los anuncios, el aura iba sacando jorobas, o narices extraordinarias, o una pierna más, mucho más larga de lo normal. O sea que sobre una población de gente normal, sea eso lo que sea, mis gafas coreógrafas hacían bailar a otra población de clones, de gemelos un tanto deformes, desproporcionados, expresionistas.

     Pero es que además, adentro, dentro de los edificios, en los trabajos, los bancos, las oficinas, esos seres con aura iban acompañados de sonido. Si uno se acercaba lo bastante podía oír voces que salían de dentro de ellos; igual que esos jóvenes enganchados a un móvil o un MP3 en el metro, sólo que sin el MP3. Uno se acercaba y podía escuchar voces. Una voz, para ser exactos. Lo malo es que si se ponía atención... bueno, si se ponía atención se escuchaban nítidas algunas de las cosas que salían de allí.

    Entonces daban ganas de ponerse las gafas de sol y ver un poco menos, regresar al mundo de antes.

Sed en el Vaticano

Miércoles 13 Marzo 2013. Blog

Sed en el Vaticano
p.S
Los muros que separan el Vaticano antes del resto del mundo. Y el charquito de un visitante antes de evaporarse.

La chica que iba a mi lado ha dejado caer la mochila... y no la ha recogido. Esa ha sido la primera señal, que ha confirmado lo que me estaba temiendo... El chico que la acompaña ha hecho amago de recogerla, y ella le ha dicho algo en un idioma que no conozco pero que claramente quería decir "déjala, no vale la pena", y le ha mostrado la botella de agua, en la que aún quedaba un resto, como si eso fuese lo único digno de ser salvado. 

     Suerte que tienen. A mí hace rato que no me queda nada, lo he sudado todo y ahora voy con las reservas. Y ya he pillado miradas de codicia, hasta de odio, hacia quienes todavía tienen agua. No muchos se atreven a beber la suya, un gesto apenas consciente que era trivial hace no mucho y ahora es hasta peligroso. Lo que tienen agua miran con recelo, por algún tipo de sabiduría heredada, pues no puede ser que hayan vivido algo así. Saben que desde hace un tiempo esto comienza a ser peligroso. 

     ¿Cuánto tiempo? No lo sé y además no tenemos tiempo de pensar cuán peligroso es -eso es lo que sucede en las guerras-, cuando un señor que no parecía muy mayor se pasa la mano por le pelo, como para retirar el sudor, y retira sudor pero también el pelo, que se le enreda en la mano. Todo o casi todo el pelo. Cualquiera diría que es una peluca pero no, porque el hombre se ha quedado estupefacto. Se mira la mano con la misma sorpresa que si el pelo le hubiese crecido ahí, de la noche a la mañana. El hombre se olvida de moverse y se queda detrás. La multitud le devora. Quién sabe si será fusilado. 

     Sí, en principio no está previsto que se castigue a los que se rezagan, ni que estos queden a merced de las tribus locales que miran desde los bordes, con el claro deseo de robarles su agua o su sombrero, objetos valiosos aunque estén sudados. (Incluso más valiosos si están sudados gracias al fresco que se siente sobre la frente al ponérselos). Pero nunca se sabe. Eso es lo que tienen las guerras, que las cosas cambian a toda velocidad: a mí me dijeron que no haría cola -y por eso pagué una entrada de precio exorbitante, la más cara que he pagado nunca por entrar en un museo (y he entrado en casi todos)-, y sin embargo aquí estoy, junto a otros refugiados, siguiendo a una Juana de Arco, vestida de blanco, que enarbola una suerte de pendón blanco y amarillo. 

      Más adelante, una señora se desinfla. Sí, no sabría decirlo de otro modo. Una señora gruesa, con sujetador de copa 56, más o menos, lanza una pequeña exclamación y, cogiendo la mano de su compañero, hace que toque su pecho izquierdo. El hombre toca y lo que se ve en su cara es algo a caballo entre la sorpresa y la desilusión. En efecto, ahí no hay nada. 

    - Il a disparu, dice la señora francesa. Y se corrige: "¡Il est fondu!" (¡Se ha fundido!), pero no sé al fin en qué para el asunto porque nuestra columna avanza, avanza a cualquier precio en nuestra carrera contra el sol. 

   Caminamos a lo largo de una pared que parece una muralla -¿la frontera que separa el Vaticano del resto del mundo?-, y a la muralla no se le ve todavía el fin cuando las cosas se precipitan: a una señora se le zafa un zapato, que no recoge, avanza unos metros más y se le zafa un pie con un crujido que se abre camino a través del sol hasta mi espalda, donde me organiza un escalofrío. "Ni un paso más", dice la señora (como si tuviese elección). "Los museos Pontificios me ...", y aquí una expresión romana que no sé cómo se escribe.

   Nosotros, la muchedumbre, apenas reparamos en ello porque un hombre muy alto, tipo danés o algo así, ha ido disminuyendo a cada paso, como si él bajara por unas escaleras cavadas en mitad de la acera sólo para él. Algo un poco raro, para mí, que voy detrás y compruebo que no hay escaleras: es que el tipo está hecho de una sustancia gelatinosa que se ha comenzado a derretir, un poco como un helado de cono cuando no tienen una lengua que les vaya corrigiendo a toda velocidad las arrugas que se les multiplican por el calor. 

      ¿Sigo? Habíamos salido una multitud, fuimos quedando en grupo y más tarde en soldados heroicos, saltando cuerpos y arrantrándonos para cumplir con nuestro deber: entrar en el museo, justificar el precio más caro jamás pagado por ver unos cuadros, incluso cuadros de dioses y de Papas y de mártires. Los que quedamos no sólo éramos más pobres sino también más flacos, más enanos. ¿He dicho ya que algunos, incluso, desaparecieron? Menguaron, se fundieron, se hicieron charcos sobre el pavimento del Vaticano justo antes de evaporarse. "Disparutti"·, se pondría en sus fichas policiales. Por lo visto, se producen casos, sobre todo en verano.

    No sé cuántos al fin llegamos, entre otras cosas porque nuestro grupo se reunió con otros supervivientes de otras ofensivas y desembarcos lanzados desde otros sitios en los alrededores del Vaticano, incluso en río, y cuando llegamos a la Capilla Sixtina, de pura emoción, me puse a llorar. 

    Emoción por la grandeza de Miguel Angel, sin par, pero emoción por la grandeza de mi hazaña, que conseguía emocionarme cuando ya no tenía ni pies, ni pelo, ni brazos, ni boca para ponerla redonda, ¡oh!, como otros más fuertes que yo la conseguían poner. Yo sólo conseguía llorar con un ojo, el otro se lo había llevado -ya cegado de todas formas- la riada de sudor en la que no pocos se ahogaron. 

    El Juicio Final se veía entre una niebla de lágrimas que tal vez fuesen de arrepentimiento. Y a lo mejor era ese el sentido de esa expedición de castigo, que al fin sabíamos contra quién era: contra nosotros. Nosotros éramos los culpables y también los verdugos. 

Bajar la ventanilla de un Ferrari

Jueves 15 Noviembre 2012. En Blog

p.S Otoño. Norte de Escocia.
...las nubes que vienen por el norte no son sólo de gris, noviembre y otoño
como las nubes entre las nubes de agua limpia que vio un día en Escocia. Está en peligro.

El día comenzó azul como acostumbra, y transparente como sólo en otoño, pero ya se sabe lo inestable que es Noviembre, que por la tarde, cuando siente la noche a lo lejos, se pone gris.

    En la carretera de Burgos, al norte de Madrid, el habitante de un Ferrari amarillo de oro no se da cuenta de los cambios. Y cómo iba a hacerlo: los Ferraris están diseñados para conservar la alegría de vivir en espacios inmunizados contra la melancolía, la gripe común y hasta la falta de gasolina (la música baja de volumen hasta el silencio que ya nadie soporta cuando todavía queda mucho depósito). Mas Feliciano García no tiene todavía experiencia en Ferraris, ni en general en los usos de la riqueza, que son menos, muchos menos de lo que podría parecer. Y no se le ocurre otra cosa que bajar la ventana del coche para apreciar mejor el día -pues las ventanas de los Ferraris están hechas en cristales tintados que ahorran las gafas en la nieve de Gstaad, Verbier o cualquier club de Ferraris en los Alpes-, y eso es algo que no se debe hacer. Porque no: porque bajar los cristales de un Ferrari es como bajar el puente del castillo y dejar entrar al pueblo al patio de armas. Y porque si se bajan, y sobre todo en la carretera, un día de otoño, se escapa rápidamente la alegría encapsulada de vivir y puede muy bien entrar la gripe y hasta la melancolía... Pese a todo, eso no sería tan grave. Lo de verdad peligroso es que se puede romper ese aire de caja fuerte en que se conservan los ricos como en formol -basta tomar un café en cualquier vulgar hotel de cinco estrellas para comprenderlo-, y eso, en los Ferraris, eso sí que es peligroso.

      Y, claro está, se adivina que eso es exactamente lo que ha sucedido.

      Es muy posible que en otras circunstancias el Ferrari hubiese aguantado -la pintura de amarillo de oro está además reforzada contra el pesimismo y la edad-, y es evidente que Feliciano García también: es uno de esos nuevos ricos de primera generación, endurecidos en los combates de perros en la Bolsa, el deporte de riesgo extremo de las primas, los fondos basura creados para los duros entre los duros de la especulación, y todo lo demás. Pero sucede que Feliciano todavía está descubriendo el dinero en serio. Aun no ha tenido tiempo de encontrarse con el tedio que termina por dar la riqueza, y siempre: eso sólo lo da el pedigree, sólo se descubre a partir de la segunda generación, como mínimo, y además hay que valer. Y Feliciano no vale.

      Pero -y ese es el hecho decisivo: ese y el cambio climático, claro está- Feliciano ha bajado la ventana de su Ferrari cuando iba más o menos por esas afueras de Madrid: Ya saben, el Centro Norte, Ikea, el parque empresarial al que la gente va a comprar vaqueros y mesitas de noche globales y comer hamburguesas y palomitas para meterlas en cines de plástico con las películas de Oscar, en fin, todo eso. Y ese sitio, al igual que otros en España, pero este más, reúne las condiciones, en un día de Otoño que se va oscureciendo a toda velocidad, para una tormenta perfecta, como diría hoy cualquier locutor.

     Una tormenta... ¿de fealdad?

     Sí, pero no basta. Es algo más.

     Nada hubiese sucedido de no haber bajado la ventana de su coche. El Ferrari habría cruzado ese mar de contaminación para ir a depositar a Feliciano en su mansión de traficante sin serlo (que se sepa). Pero bajó la ventanilla y nada más hacerlo, con ese instinto de navajero de pandilla que Feliciano conserva pues a la postre no hace tanto y aún le es útil en la Bolsa cuando las cosas se ponen tenaces, nada más hacerlo ha intuido con nitidez que las nubes que vienen por el norte no son sólo de gris, noviembre y otoño como las nubes entre las nubes de agua limpia que vio un día en Escocia. Y que está en peligro: algo hacia lo que los ricos tienen orientadas, y por eso siguen siéndolo, no sólo sus miras telescópicas, sino todos sus sentidos. (Sí: además de aburrida, la riqueza es algo muy peligroso; de eso vive toda la industria de los guardaespaldas).

      De modo que ahí va el Ferrari de Feliciano, más que corriendo, esquiando por entre el apretado tráfico del norte de Madrid, que antes era la carretera más limpia de la capital y tras los años noventa, la más sucia: restos de la orgía de grúas por todas partes. Y aunque en circunstancias normales se podría... se debería escapar con elegancia, como un caballo de rejoneo de un toro, lo cierto es que le frena toda esa marea de clase media que viene de pasear por los mármoles del centro comercial más dorado de la pesadilla de Occidente, le obstaculiza y hasta le impide el paso. La noche cae, el frío ya se ha metido en el Ferrari, la alegría de vivir ha sido atropellada por el atasco, la música suena ya bajo y las nubes se acercan. Y Feliciano sabe que las nubes, esas nubes y su carga que no se atreve ni a nombrar no deben alcanzarle. Impaciente, aprieta el acelerador pero no pasa nada: del motor sólo sale el rugido de la impotencia, como un potro cuando ve a una hermosa yegua pero la yegua galopa en una película...