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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Stendhal

Regreso a Saint-Exupéry, o contra nosotros los intermediarios

Jueves 09 Enero 2014. En Blog, Lecturas

Saint-Exupéry.
Probable retrato de Nelly de Vogüé. En Dessins, Gallimard, 2006.

Lecturas

Antoine de Saint-Exupéry. Écrits personnels. Correspondance Privée. En Oeuves Complètes. La Pléiade, 1999.

No pensé que volvería a escribir sobre Saint-Exupéry, al menos tan pronto. De hecho, en parte para eso publiqué un ensayo biográfico sobre él*, para dar una forma más o menos definitiva a mis ideas sobre un autor que no se me gasta, y no son muchos, desde que lo descubrí, a partir de los doce años o así, en dos liceos franceses, y sobre quien había escrito unos cuantos artículos y hablado mucho; además ahora he dirigido un par de tesis. Por entonces a Saint-Exupéry se le enseñaba en los colegios franceses como un "autor para jóvenes", y no sólo por El pequeño príncipe (que es otras cosas antes que un libro para niños), sino también por sus otras obras, como Correo sur, Vuelo de noche, Piloto de guerra, y la obra maestra Tierra de los hombres, todas mal traducidas al castellano y fuera de catálogo

    O sea que lo descubrí gracias a lo que yo todavía no sabía que era una conspiración, como llegué a deducir a base de leerle: la de quienes habían reducido a uno de los principales moralistas y narradores de su tiempo a una categoría de escritor de aventuras bien contadas, a través de los libros de texto en los colegios. Y ello para cobrarle la cuenta de, siendo demócrata y combatiente contra Hitler, haberse opuesto al auto elegido De Gaulle, en quien veía a un posible Franco. Literal. Eso tuvo su influencia en la opinión norteamericana, que admiraba a Saint-Exupéry, y De Gaulle nunca se lo perdonó. 

     A ello se añade que pocos escritores tienen un pensamiento más independiente que Saint-Exupéry, con lo que a cualquiera de las tendencias triunfantes tras la guerra le costaba mucho reclamarlo para sí -aunque intentos no faltaron-, entre otras cosas porque, en su universalismo, es posible leerlo desde una cantidad desconcertante de miradas.

     Yo soy adicto a Saint-Exupéry sobre todo por una razón, entre varias: y es que, de los escritores que conozco, nadie como él encarna la revelación, profecía o autodiagnóstico de Stendhal según la cual la condición para escribir una obra maestra es haber hecho antes una obra maestra de la propia vida. Y ese fue el caso de Saint-Exupéry, que suscita un primer asombro entre muchos, y es el de cómo es posible haber vivido tanto y con tanto provecho, pese a las apariencias, en solo 44 años, haciendo que su obra encaje en su vida como en un espejo. Podría enumerar una vez más las muchas personalidades en que se encarnó St-Ex -como dibujante con un idioma propio, sin ir más lejos-, pero lo esencial es esa fusión entre vida y obra, y para ilustrarla baste una pequeña anécdota. En cierta ocasión un periodista le preguntó que al final qué era, si escritor o piloto, y él contestó que no veía la diferencia. Y no era una boutade sino, como hubiese dicho él, una consecuencia; la de escribir después de haberlo vivido y como una prolongación natural de ello. Y no para dar testimonio, como es tradicional, sino para trascender con la escritura esa experiencia y convertirla en algo más.

     Estas líneas vienen motivadas por la ligera pero irremediable frustración que me produce el haber centrado las investigaciones para mi ensayo en la media docena de biografías que se han publicado hasta la fecha (las mejores, las últimas, de Stacy de la Bruyère y de Virgil Tanase), además, claro está, de la obra del autor, incluidas las correspondencias con su madre y una amiga de juventud, Renée de Saussine. Y ello, para descubrir ahora, en la apabullante edición que consulto de vez en cuando de la obra completa en La Pléiade -un idioma ha alcanzado la plenitud en la edición literaria cuando dispone de una colección como esa-, que las cartas que contaban eran las secundarias, aquellas a las que no se presta demasiada atención. Y en particular con autores como Flaubert (3.700 cartas), Stendhal (varios volúmenes de La Pléiade), o como el propio Saint-Exupéry, que escribió también cientos: aunque de momento no se conocen muchas de las que escribió a su mujer, Consuelo, retenidas por unos lamentables herederos que, a cuenta de El pequeño príncipe, han hecho de Saint-Exupéry un muy rentable parque temático, lo más ajeno que se puede concebir a su espíritu. 

      Mediante una edición muy cuidada -ni siquiera se publican las cartas en su totalidad, sólo partes de ellas-, el paisaje que dibuja la correspondencia privada recogida en esta Obra Completa es de tal intensidad que termina arrinconando el trabajo de los intermediarios -y me incluyo-, y arroja enorme nitidez sobre dos aspectos que hasta el momento se mencionan con todo tipo de cautelas. La primera es la clarísima enemistad de los gaullistas y las consecuencias de ello (creo que nadie salvo yo menciona la consecuencia de su aislamiento en la etiqueta, digna pero insuficiente, de escritor para jóvenes). Véase la carta de cerca de treinta páginas a Pierre Chevrier, seudónimo de Nelly de Vogüé, que fue su última compañera y ángel custodio de su obra y su figura. Y la segunda es la apabullante cantidad de alusiones a su cansancio vital y al hartazgo por la mediocridad de su tiempo y, sobre todo, por lo que veía venir tras la guerra. A la luz de esas cartas, el margen de interpretación sobre el final de Saint-Exupéry -que no regresó de la penúltima misión que le habían autorizado gracias a poderosas influencias por encima de todas las normas y prohibiciones de De Gaulle- se reduce muchísimo.

     Pero la inmensa lección de estas cartas, siempre en un depurado francés que se encuentra entre los mejores del siglo, es que no hay texto pequeño -no lo hay en toda su correspondencia-, y que toda página, por humilde que sea, es una oportunidad para que el autor escriba como si esa página fuese la última. Como, a la vista está, hizo Saint-Exupéry durante toda su vida.

* Dibujando la tormenta. Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry, inventores de la escritura moderna. Alianza Editorial, 2006. Edición electrónica con enlace disponible en esta página. 

Opinión Riesgo Sal

Miércoles 13 Febrero 2013. En Blog, Sastrería

Madame Bovary según una portada de Livres de Poche.

Sastrería

Opinión: No creo que se lo pregunten pero apostaría a que, si lo hiciesen, uno de los mega computadores que se  preparan para las futuras ciber-guerras diría que hoy circulan más opiniones e interpretaciones que hechos, o al menos hechos relevantes, no sólo números de teléfono. No crean: esa estadística tiene más importancia de lo que parece. Para empezar, que en la era de la información vamos camino de estar peor informados que nunca... entre otras cosas porque creemos lo contrario.

     Una de las sorpresas agradables de viajar a un país tercermundista es percibir el hambre que se respira. Y me refiero al hambre, el ansia de conocimiento. Lo que nos diferencia de ellos no es sólo el nivel de renta y nuestra dieta sino nuestra actitud respecto a la cultura. Nosotros creemos que la inventamos y que la tenemos para siempre, y ahora tendemos a mirarla por encima del hombro, como una suerte de jardín trasero. Ellos, como sabe quien haya dado clases o conferencias en cualquiera de esos países, tienen muy claro que no la tienen, y la desean con unas ganas cuya simple contemplación pone de buen humor. Ocioso predecir quién prevalecerá al final. Prevalecerá quien se mantenga en vida en la cultura.

     Si vamos al matiz concreto, veremos que las páginas impresas están hoy llenas de adjetivos e indignación, pero echamos de menos los sustantivos y los verbos de la pasión de verdad. Quiero decir, montones de escritores se desgañitan arrojando al aire todo tipo de emociones -hoy en España una indignada decepción-, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se inventó una escena de amor cuya fuerza residía en su no descripción, o precisión, como el paseo en carruaje de Emma Bovary con su amante, o como el punto y coma -- ; -- que sugiere  con la potencia de un acuarelista japonés una célebre escena de amor en El rojo y el negro. Qué casualidad que ambos autores -Flaubert más que Stendhal- fueran quienes se rebelaron contra una época parecida a la nuestra, en la que un romanticismo ya exhausto inundaba el mundo con adjetivos sobre puestas de sol y melancolías que en realidad venían a ser pieles viejas de serpiente de las verdaderas pasiones.

 Riesgo: Toda verdadera escritura pasa por el riesgo (véase "coraje"), y esa es una condición inexcusable. La cuestión en esta época, como en todas, estriba en saber cuál es el riesgo y dónde está. Presos de cadenas de imágenes, como la muy romántica del héroe prisionero con una bola de hierro al pie por publicar adjetivos contra este o aquel reyezuelo transitorio, pero poderoso, no nos damos cuenta de que quizá eso, al alcance de cualquier tuitero, sea hoy lo fácil. Y que como sabe un escritor, así sea de correos electrónicos, lo difícil es contar el mismo amor de siempre, por ejemplo, de una forma novedosa y que no resulte artificial.

    Las zonas donde vive el riesgo son muchas y la literatura tiene donde escoger. La experimentación, por ejemplo, tan penalizada hoy, sospecho que por falta de experiencia del lector: pues para poder rebelarse contra algo es necesario conocerlo primero. Y lo que era natural para nuestros abuelos, esto es, un fondo común de lecturas literarias, ha dejado de serlo.

 Sal: Pero me parece que la zona por antonomasia donde se produce el riesgo es lo que llamaré "la sal", el espesor. ¿Cuánta sal admite un texto en estos tiempos ligeros? Y cómo saberlo en una época en la que los lectores, al menos esos que intenta capturar el mercado dictatorial, no entienden el humor de Cortázar o leen con la esquina del ojo a Borges, la más clara de las escrituras, temerosos por lo que creen excesiva complejidad. No lo es. Pero para saberlo hay que haber leído al menos algunos de los libros con los que Borges, la mayor parte de las veces, está jugando.

      La sal. Un escritor que presuponga hoy ciertos conocimientos en su destinatario está jugando con dinamita.

      Todo el proceso recuerda el "regreso al origen" que describió Carpentier. 

La vía indirecta

Jueves 07 Junio 2012. En Blog, Sastrería

Una edición húngara de "Armance"; la "C", de Karel Teige, con danza de Milca Mayerová, en la Fundación March; y una representación de "Sueño de una noche de verano", de Shakespeare. 

Sastrería

No entiendo muy bien por qué se alude a la vía indirecta como una excepción, un camino secundario para narrar, cuando vivimos en ella. Todas las vías son indirectas, y comienzo a pensar que no sólo en literatura. Se habla del roman à clef como de la novela que alude a personas reales, escondidas bajo la máscara de este o aquel personaje, cuando lo cierto es que es difícil encontrar en toda la historia de la literatura a un personaje que no aluda a seres de carne y hueso y sucesos reales, incluso en los casos más misteriosos: los hermeneutas no terminan de comprender todas las implicaciones del Sueño de una noche de verano, una de las últimas "obras problemáticas" de Shakespeare, pero mucho parece sugerir que se trató de una obra escrita para una única representación en una fiesta elegante en el Londres de la época, las bodas de la madre del conde de Southampton, y que las múltiples alusiones simbólicas eran guiños de salón dirigidos a este o aquella, y no forzosamente con buenas intenciones. Puck, el simpático duendecillo con orejitas de venado, podría muy bien haber sido algo más terrible. Y el jardín supuestamente idílico de la obra puede ser visto como un Paraíso, un Purgatorio... y aún más abajo.[i]

   Y en un libro excelente, que compré claro está en una librería de lance, Lucila Inés Mena demuestra que todas y cada una de las anécdotas realisto-mágicas de Cien años de soledad responden a sucesos reales, lo que por otra parte es coherente con la formación marxista de su autor y a su idea de lo que es la imaginación. La falsa y mixtificadora, piensa GM, es la "fantasía", la que inventa sin asideros, como los dibujos de Walt Disney. Y la que interesa es justamente la que se apoya en la realidad. Descubrir esa idea fue la que le permitió a Márquez salir de una concepción más bien estrecha y simple de lo real, cual era la marxista, e incorporar lo imaginario, los sueños, los deseos y las canciones, que también hacen parte de la realidad y del pueblo. No miente el escritor cuando dice en alguna parte que él jamás inventó nada. Tan sólo aprendió a formularlo en poesía, aunque no lo pareciera, como le enseñó Faulkner. ¿Y no es la poesía, esencialmente metáfora, la vía indirecta por excelencia?

     Y no deja de tener gracia -aunque es muy típico de él-, que Stendhal amase las matemáticas con una pasión casi digna de Julien por Mathilde de La Mole (nada iguala la pasión de Julien) porque las matemáticas están lejos de lo "casi", de lo "à peu près", de lo "parecido" y de lo hipócrita. O si se prefiere, de la "vía indirecta"... aunque tengo entendido que en matemáticas también es posible esta. Stendhal, el más indirecto de los escritores, técnica que llevó al virtuosismo en su primera novela, Armance (escrita en 31 días). En ella habla de algo que no podía ni nombrar en los salones parisinos, y que le costó el amago de alguna calumnia, como era previsible, aunque una de sus amantes salió a poner las cosas en su sitio. ¿Qué? Será mejor que lea la novela (en Espasa en español), detesto contar peor y estropear lo que otros ya han narrado con muchísimo talento.

   Nuestra época súbdita de la imagen tiende a creer en la literalidad que, en apariencia, se desprende de ésta: esa creencia patética en que "una imagen vale más que mil palabras", que ruboriza repetir. Y sin embargo, ¿hay alguna imagen que no quiera decir eso y mucho más? Y no me refiero a las geniales, como La familia de Carlos IV, de Goya -todavía no entiendo cómo el Rey no mandó fusilar al pintor que lo había retratado con tanta ironía republicana- sino a las más insignificantes: cualquier fotograma de las muchas horas de banalidad televisiva en España es tan reveladora o más sobre el estado del país y las causas de lo que estamos viviendo que cualquier informe alemán o belga lleno de cifras y flechas, informes muy limitados que pretenden resumir el estado de una sociedad en su producto interior bruto. En cambio, casi cualquier cartel de los exhibidos en la excelente exposición de la Fundación March sobre las Vanguardias Aplicadas nos hace ver la riqueza de la época -hace un siglo-, y todo lo que hemos perdido en imaginación y atrevimiento desde entonces, pese a los inventos de ordenadores personales y útiles "aplicaciones" que sin embargo no son capaces de emular su ingenio. Esos carteles son un documento de entonces e, indirectamente, también de ahora.

   En esta época en particular alusiva, cuando parece más que nunca que hay que leer otras cosas para entender lo que dicen las que tenemos frente a los ojos -como siempre por otra parte-, ¿puede alguien decirme qué habla de otro modo que mediante la vía indirecta?



[i] Dibujando la tormenta, Pedro Sorela. pag. 337