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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Sastrería

Bla, bla, bla...

Jueves 02 Mayo 2013. Blog, Sastrería

Bla, bla, bla...
p.S
Llega el momento en que uno no sabe
cómo enfrentarse a todo lo que sobra.

Sastrería / Compresión

Casi cualquier texto puede sufrir la supresión de hasta una cuarta parte y mejorar, según piensa un amigo mío, Bill Lyon. A partir de ahí, se corre el riesgo de perder algo importante.

    Bill, periodista veterano y de formación anglosajona, fue quien le propuso a EL PAÍS el concepto de Edición, todavía desconocido hasta ese momento en España, y que consiste en someter al texto periodístico a una serie de controles de calidad que van más allá de la ortografía o la gramática. Lo que en periodismo equivale a contrastar si se respetan las reglas básicas de una información.

      El proceso de supresión de lo que sobra, que yo llamo compresión, es posible y hasta recomendable en casi cualquier texto, sobre todo si  periodístico, y es una operación muy valorada en estos tiempos en que el espacio del papel cotiza en Bolsa. Aunque también puede ser una caja de Pandora pues llega un momento en que uno no sabe ya cuándo detenerse al enfrentarse a todo lo que sobra en torno nuestro, y en particular cuando se trata de letras. Se comienza quitando el ...mente de un adverbio así terminado (se comprende muy bien la alergia que le tiene García Márquez a esos adverbios feos e inacabables, sobre todo porque tienden a romper la importantísima cadencia del texto), luego se suprime una de las dos subordinadas de una frase, y es muy posible que terminemos cargándonos  el texto entero. Pues ¿cuántas de las páginas que nos rodean son tan siquiera necesarias? ¿No decía Juan Ramón Jiménez que la primera obligación del escritor es tachar?

     Como lector, uno aprende a desconfiar desde joven de textos de toda evidencia hinchados y por lo tanto reducibles, como la publicidad, el grueso de los discursos políticos o sindicales, el periodismo barato y hecho para hinchar el perro, como se dice en el oficio, y los telefilmes, cuyo desarrollo es posible predecir ¡y con éxito! a partir de los primeros tres minutos: es lo que Marguerite Duras, en su etapa teórica y cinematográfica, llamaba las cadenas de imágenes. Hasta ahí es fácil. Pero es que el hambre de compresión no se sacia con ese aperitivo y el siguiente escalón natural es desconfiar de textos en principio nimbados de autoridad, como la crítica de arte, por ejemplo, o los prólogos: salvo en casos muy puntuales en donde es necesaria una contextualización (y en mi caso muy rara vez, soy un radical, o en todo caso lo leo a posteriori), ¿por qué habríamos de permitir que una tercera persona, llámese crítico, experto, becario, prologuista o mandarín se interponga entre el autor de una obra y nosotros? Más aún: ¿entre nosotros y la obra misma? ¿No es esa una confesión de minoría de edad y de impotencia y mudez en el diálogo artístico por completo insólita? Sobre todo cuando la crítica no ha sido escrita por un narrador y un artista él mismo, como por ejemplo John Berger, sino por los dueños de una jeringonza cuyo hermetismo no tiene más propósito que conservar cerrado el lenguaje, en clave, igual a como hicieron los brujos y todos los sanadores, sacerdotes e intermediarios que en el mundo han sido.

    Además de cierto respeto de lector (mejores los cuentos que su legendaria novela), siempre he sentido una gran simpatía por Salinger y su quizá no tan conocida manía de no permitir a sus editores añadir nada al título y firma de sus obras. Esa es la razón de que los libros de Salinger aparezcan siempre sin solapa ni contracubierta, ni indicación ni texto de apoyo alguno, y confiados siempre así, desnudos, en que el lector sabrá apreciar el texto tal como lo escribió él, sin apoyos que condicionen su lectura. Siempre me ha parecido una actitud de artista muy sabia, bien es verdad que él se la puede permitir pues vistas sus cifras de venta no habrá editor que se atreva a llevarle la contraria. El resultado son esos libros suyos, liberados para siempre de las etiquetas, prejuicios, postales, frasecitas resultonas y adjetivos pomposos que tan a menudo empobrecen las contracubiertas y solapas de los libros.

    Suponiendo que no leamos ya prólogos, programas de ópera y papelitos con presentaciones en los cines con subtítulos (asombrosa tolerancia de que alguien nos diga cómo debemos ver una película o nos adelante su contenido), y admitiendo que nos permitan ofrecer nuestros propios textos sin advertencia alguna, el problema es que uno se da cuenta entonces de que todo ello no ha sido más que el prólogo, y quiere continuar. Sobre todo en estos tiempos en que lo políticamente correcto va invadiendo púlpitos, cátedras y redacciones para ir cercando al lector libre.

    Ni que decir tiene que la compresión pierde peso o necesita de matices cuando hablamos de literatura. En tanto que la escritura automática de los surrealistas es su contrapropuesta misma (aunque el pontífice André Breton editaba sus automatismos), y se cree que Shakespeare escribía tan rápido que no tenía tiempo ni de tachar ni de puntuar, Borges, ciego, dictaba con el texto ya editado en la cabeza (el original de El Aleph no tiene casi correcciones), y Saint-Exupéry convertía la compresión en uno de los requisitos de la obra maestra: "Parece ser que la perfección se consiga, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que restar" (Tierra de los hombres).

El narrador. Su preparación

Martes 26 Marzo 2013. Blog, Sastrería

El narrador. Su preparación

p.S

Proust. ¿Podría haber escrito en nuestro tiempo?

Sastrería / El Narrador (1)

Es ya muy sabido: libros en apariencia inocentes como The catcher in the rye (El guardián entre el centeno en misteriosa traducción) han contribuido de forma decisiva a crear en generaciones la discutible idea de que escribir es algo fácil, y que ni siquiera es necesario tener algo muy concreto que contar: bastan unas malas notas, a ser posible en matemáticas, un ideal femenino utópico (como los románticos) y ciertos divertidos problemas de comunicación con el mundo adulto. ¿Y quién no tiene un ideal femenino que no le hace ni caso, y problemas de comunicación? Con esas condiciones, uno se coloca en el presente, en la primera persona del singular, y emite opiniones de adolescente a troche y moche, a ser posible "transgresoras". El resultado es el verdadero aluvión, en las últimas décadas, de novelas que ocurren en escenarios reconocibles en postales, a ser posible Nueva York. Y en las que un  narrador en primera persona da por sentado que puede contarnos una vez más lo extraño y deprimente que le resulta el mundo de los adultos -"dan ganas de vomitar" dice "un millón de veces" Holden Caulfield (el guardián)-, y lo geniales que son sus lugares comunes.

      Por supuesto que Salinger, escritor que admiro, no ha sido el único responsable del aluvión de ombliguistas que cercan editoriales y premios literarios. Y con melancólico éxito una vez cada poco, por cierto. Pero su mucha descendencia sí sugiere unas pocas preguntas sobre la identidad del narrador y su preparación. (Dicho sea de paso, El guardián es cualquier cosa menos simple).

    No es difícil que una reunión de literatos (escritores, editores, críticos, agentes... no, agentes no) termine con una constatación general de que hoy en día "Thomas Mann no podría publicar La Montaña Mágica, ni Proust sus nueve volúmenes, ni siquiera Kafka El proceso, que además quedó inconcluso". Y ello, a causa de un público lector que no sólo disminuye en número -aunque otras cifras dicen lo contrario-, sino que, por así decirlo, mengua. Quiero decir, menguan sus capacidades. ¿Acaso España no ocupa los últimos lugares de no sé qué lista en comprensión lectora, y según datos recientes, candidatos a maestro son masivamente (86%) incapaces de contestar a muchas preguntas que deberán responder sus alumnos? Los escritores no nacen forzosamente en las aulas -salvedad hecha del fenómeno del escritor de taller-, pero no sobra preguntarse qué futuros escritores podrán salir de los pupitres con maestros que ya de adultos escribían bolcan en lugar de volcán.

     En esas reuniones de literatos siempre hay alguien que dice que en el metro ve a mucha gente leyendo, y casi siempre alguien que responde: "sí, pero qué leen". Y es llamativo que esta discusión se centre en las capacidades del lector... y no en las del escritor. Puede que Proust no pudiese publicar hoy En busca del tiempo perdido (yo sinceramente creo que no podría, ya casi no pudo en su época), pero nadie se pregunta realmente si hoy podría nacer Proust y escribir esa catedral con la misma fe. Es muy revelador asistir a una sesión en un taller de cuento, un club de lectura, o similares. Es algo en parte estimulante porque está claro que el impulso de contar se mantiene, y tal vez más que nunca, y eso permite dudar al menos de la mitad del apocalipsis que por lo visto ya ha comenzado en el mundo de los libros. Pero es también preocupante porque se evidencia pronto que muchos de los asistentes a esos talleres o clubs no han leído un libro en su vida, y no es una metáfora. Al fin y al cabo un tercio de los españoles no lee. Como suena: no lee nada. A duras penas los letreros de salida del metro. O sea, los aspirantes a escritor son como Holden Caulfield, que desde la primera página promete no castigarnos con los detalles de un Dickens contándonos los antecedentes de David Copperfield, pues "no le interesan a nadie". Y lo que se propone a continuación como "interesante" es un largo monólogo de ocurrencias, sin duda alguna divertidas, hasta conmovedoras, y a veces inteligentes. Pero la herencia, Dickens, la gran literatura, no interesan nada. (Es verdad que Holden salva a Isak Dinesen; algo es algo).

     Cómo puede llegar alguien a pensar que puede escribir sin haber leído es un misterio... En todo caso, esa falta de preparación del narrador de hoy no suele limitarse a los libros; a menudo sedentario y con una cultura casi siempre más cinematográfica que otra cosa, aunque no forzosamente de filmoteca, lo habitual es que también tenga una experiencia limitada, por lo que no puede apelar a esta para escribir, como lo hacía Jack London (que era un inmenso aventurero autodidacta y lector).

      Decían Faulkner y Flaubert que al artista, abocado al fracaso por principio (Faulkner), sólo se le ha de juzgar por la ambición. "Aspiración", la llama Flaubert en una carta: "Un alma se mide por la dimensión de su deseo, de la misma forma que las catedrales se juzgan por adelantado de acuerdo con la altura de sus campanarios". Y es perfectamente posible que Salinger haya escrito un gran libro con el método del "yo" y "a mí se me ocurre", pero a su vez, a través de su densa prole de seguidores e imitadores, nos da una certera sugerencia sobre la ambición y limitaciones de nuestra época.

 

Opinión Riesgo Sal

Miércoles 13 Febrero 2013. En Blog, Sastrería

Madame Bovary según una portada de Livres de Poche.

Sastrería

Opinión: No creo que se lo pregunten pero apostaría a que, si lo hiciesen, uno de los mega computadores que se  preparan para las futuras ciber-guerras diría que hoy circulan más opiniones e interpretaciones que hechos, o al menos hechos relevantes, no sólo números de teléfono. No crean: esa estadística tiene más importancia de lo que parece. Para empezar, que en la era de la información vamos camino de estar peor informados que nunca... entre otras cosas porque creemos lo contrario.

     Una de las sorpresas agradables de viajar a un país tercermundista es percibir el hambre que se respira. Y me refiero al hambre, el ansia de conocimiento. Lo que nos diferencia de ellos no es sólo el nivel de renta y nuestra dieta sino nuestra actitud respecto a la cultura. Nosotros creemos que la inventamos y que la tenemos para siempre, y ahora tendemos a mirarla por encima del hombro, como una suerte de jardín trasero. Ellos, como sabe quien haya dado clases o conferencias en cualquiera de esos países, tienen muy claro que no la tienen, y la desean con unas ganas cuya simple contemplación pone de buen humor. Ocioso predecir quién prevalecerá al final. Prevalecerá quien se mantenga en vida en la cultura.

     Si vamos al matiz concreto, veremos que las páginas impresas están hoy llenas de adjetivos e indignación, pero echamos de menos los sustantivos y los verbos de la pasión de verdad. Quiero decir, montones de escritores se desgañitan arrojando al aire todo tipo de emociones -hoy en España una indignada decepción-, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se inventó una escena de amor cuya fuerza residía en su no descripción, o precisión, como el paseo en carruaje de Emma Bovary con su amante, o como el punto y coma -- ; -- que sugiere  con la potencia de un acuarelista japonés una célebre escena de amor en El rojo y el negro. Qué casualidad que ambos autores -Flaubert más que Stendhal- fueran quienes se rebelaron contra una época parecida a la nuestra, en la que un romanticismo ya exhausto inundaba el mundo con adjetivos sobre puestas de sol y melancolías que en realidad venían a ser pieles viejas de serpiente de las verdaderas pasiones.

 Riesgo: Toda verdadera escritura pasa por el riesgo (véase "coraje"), y esa es una condición inexcusable. La cuestión en esta época, como en todas, estriba en saber cuál es el riesgo y dónde está. Presos de cadenas de imágenes, como la muy romántica del héroe prisionero con una bola de hierro al pie por publicar adjetivos contra este o aquel reyezuelo transitorio, pero poderoso, no nos damos cuenta de que quizá eso, al alcance de cualquier tuitero, sea hoy lo fácil. Y que como sabe un escritor, así sea de correos electrónicos, lo difícil es contar el mismo amor de siempre, por ejemplo, de una forma novedosa y que no resulte artificial.

    Las zonas donde vive el riesgo son muchas y la literatura tiene donde escoger. La experimentación, por ejemplo, tan penalizada hoy, sospecho que por falta de experiencia del lector: pues para poder rebelarse contra algo es necesario conocerlo primero. Y lo que era natural para nuestros abuelos, esto es, un fondo común de lecturas literarias, ha dejado de serlo.

 Sal: Pero me parece que la zona por antonomasia donde se produce el riesgo es lo que llamaré "la sal", el espesor. ¿Cuánta sal admite un texto en estos tiempos ligeros? Y cómo saberlo en una época en la que los lectores, al menos esos que intenta capturar el mercado dictatorial, no entienden el humor de Cortázar o leen con la esquina del ojo a Borges, la más clara de las escrituras, temerosos por lo que creen excesiva complejidad. No lo es. Pero para saberlo hay que haber leído al menos algunos de los libros con los que Borges, la mayor parte de las veces, está jugando.

      La sal. Un escritor que presuponga hoy ciertos conocimientos en su destinatario está jugando con dinamita.

      Todo el proceso recuerda el "regreso al origen" que describió Carpentier.