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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Retratos de escritores

Hugo, la escritura como respiración

Miércoles 21 Diciembre 2016. En Blog, Lecturas, Sastrería

p.S
Victor Hugo.

Lecturas

Choses vues. 1830-1848. Victor Hugo. Folio classique.

Como a veces sucede, si en algún sitio queda clara la naturaleza de Victor Hugo de Narrador-Dios es en una esquina de su obra, Choses Vues 1830-1848 (Cosas vistas...), en la que, a propósito de un proceso de la época, el escritor apunta en la sala de audiencias: "(Estas notas están destinadas a decir lo que los periódicos no dicen)".

     Un deseo que ha sentido todo periodista -parece que lo ha dicho un Orwell antes de su tiempo- pues se aprende pronto que los periódicos, pese a los ambiciosos nombres de sus secciones, no solo no informan de lo que prometen sino apenas de una ínfima selección, una frágil entelequia llamada actualidad.

      Pero diarios hay muchos. Diarios, dietarios, memorias, autobiografías... Desde siempre, no solo en la era Internet, se han producido más obras subordinadas que creaciones: llamémoslas así. Las pregunta que me ha acompañado durante la lectura de las 798 páginas de este volumen es por qué un autor caracterizado por una creación tan poderosa que muy pocos podrían igualar, o tan siquiera leer, encontraba tiempo para, por ejemplo, describir uno a uno a sus compañeros en una cámara legislativa.

     ¿Por qué? Aunque llegó a anciano -un anciano activo hasta el final, también en amoríos-, Victor Hugo creaba cien o doscientos alejandrinos en un día, según dice la leyenda; es el autor de muy voluminosas novelas maestras que aún leemos, como Los miserables, Nuestra Señora de París o Los trabajadores del mar; y además participó en primera línea de la política y vida social de su siglo: era académico y miembro de la cámara de los Pares, lo que según este libro le tomaba bastante tiempo. Su actividad política no era ninguna distracción honorífica, ni de escritor con falta de ideas: para no convivir con quien laminó para siempre con el mote de Napoleón el Pequeño -hijo de un general de Bonaparte, él admiraba a Napoleón-, se exilió diecisiete años en un par de islas del Canal, gracias a lo cual le debemos Los miserables, no pocos muebles creados con sus manos y también dibujos que hoy siguen siendo de vanguardia. En fin, como dijo Valéry de Stendhal, "no hay forma de terminar con Victor Hugo, no conozco un elogio más grande".

     En sus Cosas vistas (me resisto a creer que ese no fuera un título provisional), he encontrado alguna página famosa, como su testimonio de la esposa de Chateaubriand -"ser Chateaubriand o nada", había dicho él de joven-, o la crónica de los disturbios de 1848, la caída de Luis Felipe y el advenimiento de la III República, hechos tan conocidos en Francia como desconocidos fuera. Crónicas de gran interés, sin duda, al igual que una visita a una cárcel con la que no es posible no recordar Los miserables y también la mucho menos conocida primera de sus novelas, y sin embargo casi contemporánea, El último día de un condenado. Además de conversaciones y testimonios desde cerca de algunos personajes, incluido el rey, gran parte del libro trata de juicios, sesiones asamblearias y personajes hoy en día olvidados, como estaba claro que iba a ocurrir desde el principio, y de gran utilidad sin embargo para formular una pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué un inmenso escritor emplea tiempo en una escritua de antemano condenada?

     Y la respuesta, pese a ser obvia, es deslumbrante: Porque hay escritores que están ahí para recordarnos que la escritura no es solo un medio de ganar premios o dinero, o de que les hagan películas, sino que escriben porque no lo pueden evitar. Y cómo podrían si esa es su respiración.

Lo largo

Domingo 11 Octubre 2015. En Blog, Lecturas

      p.S
      James Agee y el Duque de Saint-Simon

Lecturas

Desde hace algún tiempo tiendo a leer libros largos o muy largos, por razones que aún se me escapan (y no es grave que sigan así). También voy alternando con lecturas más cortas, claro, como en una especie de respiración, pero lo que me secuestra más tiempo son esos mundos en los que uno se mete, como en un viaje, no otra cosa es un libro, con la diferencia que aquí uno espera que el viaje sea largo. O incluso, que no acabe. Eso me dijo Ken Follett la segunda vez que lo entrevisté para EL PAÍS, hace años: uno escribe largo porque, cuando aciertas, la gente quiere quedarse a vivir en tu libro.

     La trilogía de Follett sobre el Siglo XX (La caída de los dioses, El invierno del mundo...) es uno de los libros que leo ahora, y que alterno, entre otros, con El hambre, el mega reportaje de Martín Caparrós sobre esa intolerable cantidad de humanos que pasan hambre sin justificación posible, cuando en el mundo hay alimentos para todos. La obra del Duque de Saint-Simon, la descripción exhaustiva de la corte de Luis XIV... y una bomba de tiempo republicana, de la que leo una antología pues la obra completa en la Pléiade se acerca a los veinte volúmenes. La inacabable correspondencia de Flaubert (¿es una correspondencia una obra? Claro que sí). Y Proust, que leo página a página porque un profesor me enseñó que Proust no es tanto una lectura como una compañía para toda la vida. Eso, además de un par de desesperadas -desesperadas por imposibles- historias de las Ideas, de la filosofía (Russell), etcétera, que dejaré de lado porque juegan en otra dimensión.

     De momento con estas lecturas voy confirmando que en definitiva toda la obra de un autor es un solo libro, como se ha dicho infinidad de veces, y que la diferencia es que aquí esa ambición de totalidad ni se disimula. Eso es evidente en Proust -nueve volúmenes para un sólo título-, pero lo es también en La Comedia Humana, de Balzac, donde los personajes saltan de unos a otros libros para dibujar un solo mundo.  Una ambición inspirada en la Biblia, el libro total por definición, y a su vez impulsora de la obra de Faulkner, que conviene leer en orden porque salvo un par de libros son uno solo, tajado como un lomo de ternera por un carnicero para poderlo vender con mayor comodidad.

     Pero lo que me intriga en esta ocasión es, una vez dada esa ambición de totalidad -Capote también la tuvo en una obra sólo en apariencia más breve como A sangre fría, o uno de los empeños más delirantes que se conocen de agotar la realidad en escritura: Elogiemos ahora a hombres famosos, de James Agee- es qué tipo de totalidad buscan estos autores, o si se prefiere -y al margen de discusiones sobre jerarquías y calidad, que aquí interfieren más que aclaran- de qué instrumentos, de qué estrategias se sirven. Porque cambian.

     Daría para una tesis pero son llamativas las diferencias de estrategias entre unos y otros. El mega reportaje (¿?) de Martín Caparrós, por ejemplo, casi que se deja ir a la apariencia de una anarquía naturalista. Como buen nuevo cronista latinoamericano, una etiqueta industrial que ha hecho fortuna, Caparrós ordena y estructura su reportaje, pero menos, mucho menos de lo que hubiese hecho hace unos años: el resultado es que va alternando lenguajes (del argentino de la calle, al de las cifras del tecnócrata internacional e incluso al de la ideología directa, de conversación de amigos), con un resultado, si bien ágil y ameno, tal vez conveniente para el volumen sobre un tema tan arduo, también algo confuso.

    Lo contrario vendría a ser la trilogía de Ken Follett, el más pulcro y profesional escritor de best sellers de calidad que conozco. Parto de la idea de que el best seller es un género literario con reglas bastante fijas, y la primera de todas es el orden con ritmo, o si se prefiere, una cierta cadencia elegida en función de la eficacia narrativa: aquí, con el evidente trabajo de no pocos investigadores de campo, negros literarios, para convertir este libro en buena parte en un reportaje. La única diferencia con el reportaje ultra clásico europeo del XIX (el que luego unos listos denominaron Nuevo Periodismo), pariente cercano del manual de historia, es que se hace figurar a grupos de personajes (cinco, de diferentes países y clases que van hilando los libros en el  siglo) con los que -otra norma del género- el lector se pueda identificar. Sobre todo a través de sentimientos reconocibles (el patriotismo, por ejemplo, o ideologías correctas), conflictos muy estereotipados, y muy bien distribuidas escenas de sexo por lo menos tan caliente como el de la época de la publicación del libro (aún a costa de falsear el de la época de narración del libro; es el caso de Follett).

    Pero resulta llamativo hasta qué punto lo que hace este es volver a contar los episodios que todos conocemos de la primera y la segunda guerra mundiales -¡otra vez las trincheras con gas mostaza! ¡otra, Pearl Harbor!-, y de la Guerra Fría, aunque también busque escenarios menos conocidos como el del Proyecto Manhattan (la creación de la bomba atómica). Si consigue que lo sigamos leyendo es porque lo hace con solvencia realista, como un buen artesano... Lo que nos lleva hacia adelante es el ansia de información: más, más información. Detalles y mucha visibilidad, y destierro casi total de la metáfora, pues obliga a pensar. Como en una película.

   Y así. Adentrarse en el impulso de Saint-Simon o de Proust es más complejo, y en ambos casos el asombro y la intriga sobre cuál puede ser es casi obligatorio en sus lectores. ¿Qué es lo que pudo ordenar a ese aristócrata de lo más alto del escalafón (aunque él era bajito) a que realizara esa ultra realista descripción de la Corte del más poderoso y longevo rey de Francia y con quien no tenía mayor afinidad, y pese a ello, hacerlo con cierta ambición de lo que no hace tanto llamábamos objetividad? Pues según algunos, una tensión interior que tenía que ver con una suerte de hiper valoración del dato, antes de su consagración como la religión de Occidente... y que es posible lo redimiera, además, se me ocurre, del tedio de las pelucas arquitectónicas y los jardines geométricos de Versalles, donde por lo visto el más refinado privilegio consistía en alcanzarle las zapatillas al rey, cuando despertaba...

   En cuanto a Proust... no puedo dejar de asistir a su prosa como a una suerte de respiración. Proust hizo de su escritura la demostración, la prueba de que estaba vivo y además, pese a las apariencias, desplegaba una considerable libertad para conquistar su propia visión del mundo. Ahí es nada: imponer una forma de ver y escribir el mundo. Aparte de que en efecto parece LA prueba por definición, ¿cabe mayor ambición que esa?

Orwell mira de frente

Jueves 26 Marzo 2015. En Blog, Lecturas

p.S
George Orwell

Lecturas

Essays. George Orwell. Penguin Classics. 2000. 

Para un veterano lector de Orwell, lo más fascinante es comprobar cómo el escritor no palidece ni pierde fuerza con la lectura de sus primeras novelas, o de sus ensayos menos conocidos, que son los que he leído ahora, sino que por el contrario unas y otros iluminan y explican muchas cosas de la trilogía decisiva -Homenaje a Cataluña, Granja de animales y 1984-, y ayudan a darle a toda la obra del autor una extraordinaria coherencia.

     Tal vez la razón principal sea una honestidad civil -no sabría cómo llamarla de otra forma- como no recuerdo otra. Una honestidad, una sinceridad... sobre todo para consigo mismo, como queda patente en ensayos como Matar a un elefante, o Así, así eran las alegrías, el primero sobre su experiencia de cinco años como policía del imperio británico en Birmania, y el segundo sobre sus recuerdos como estudiante -becado- en uno de esos internados de niños ricos como sólo hay en Inglaterra. En ambos ensayos en particular se puede apreciar cómo Orwell no intenta disimular ni endulzar ni una pizca experiencias que de toda evidencia le marcaron, y de qué manera, y las afronta con una capacidad no tan frecuente en literatura, que a fin de cuentas es una mirada tangencial: la de mirar de frente.

      Algo tanto más extraño por cuanto Orwell es por vocación, como veremos, el periférico por excelencia. Si es cierto que el escritor es por principio, como dijo Camus, un periférico, un extranjero -a un país, una clase, una familia, una raza, a la sociedad en la que vivió...-, es difícil encontrar un ejemplo mejor que Orwell (Eric Blair por nombre civil), que no fue ningún bastardo, como Lawrence de Arabia, ni un huérfano pobre en un país colonizado, como Camus, entre otros muchísimos ejemplos posibles, pero sí alguien desclasado por méritos propios; esto es, alguien de familia de clase muy mediana que gracias a las becas ganadas por su incuestionable inteligencia se educó en dos colegios de la crema del esnobismo inglés: St Cyprian's y, la guinda de la crema, Eton, donde por lo visto no se vio sometido a las humillaciones del primero. Pero ya era tarde.

     Su segundo extrañamiento fue como policía en Birmania: y en efecto, cuesta imaginarse a Orwell como policía de uniforme y porra, aunque la lectura de Burmese days, su primera novela, descubre a un protagonista que es un policía peculiar, que no se siente nada cómodo, no tanto en su uniforme como en la pequeñísima sociedad colonial, a la vez que muestra claras simpatías por los nativos, los compatriotas de la bella nativa que es su amante.

      Esa fue la última participación de Orwell en la sociedad establecida. En los años siguientes eligió una vida de nómada, lavaplatos y vagabundo -literal-, lo que contó luego de forma insuperable en Vagabundo en París y Londres y también en La hija del clérigo (una hija que no sabe regresar a su casa y se extravía) y otras de sus primeras novelas. Y más tarde, una vida de pobre, literalmente, hasta el punto de que en otro de sus libros cuenta cómo desarrolla una incapacidad, una suerte de alergia que no le permite tan siquiera vivir en un barrio acomodado.

     Una gran honestidad, pues, y capacidad para mirarse de frente. Virtud de la que se deduce el siguiente valor, y es el de desnudarse con más franqueza, más limpiamente que nadie, y además con gran puntería. Uno tiene la impresión de que Orwell no sólo escribe con una claridad meridiana -y es sorprendente lo bien que se le entiende cuando trata de temas complejos en los que el resto de la humanidad escribiente tendería a perderse- sino que además dice lo que quiere decir y no lo de justo al lado. Lo que por otra parte se corresponde con el pensamiento sobre todo político de Orwell, genuinamente socialista (él así se define) pero enfrentado a las poderosas deformaciones de su tiempo y en particular el estalinismo. Es sabido que lo tuvo que pagar muy caro, con el ninguneo de sus libros, al comienzo, e incluso la calumnia hasta hace poco.

     En Por qué escribo -uno de los ensayos indispensables de la orwelología esencial-, el autor explica que si fue desde muy temprano un autor político fue porque no le quedó más remedio: es más o menos contemporáneo del siglo XX, con lo que eso significa. Lo que le deja a uno preguntándose qué tipo de escritor hubiese sido en otro siglo. Quizá lo aclare lo que dice en otro momento -y explica que le sigamos leyendo cuando todo eso que le hizo escribir duerme en las páginas de los libros de historia-, y es que decidió escribir de política, pero bien.