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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Pintura

Kant y Nicole

Marzo 2015 En: Blog, Invitado

Desde hace varios días, entre lectura y lectura de Montaigne para combatir la astenia primaveral, Nicole anda intrigada: En su galería le han comunicado que una pareja de personas mayores ha comprado su cabeza de "Inmanuel Kant", y anda preguntándose quiénes han podido ser. Quiénes son, cómo, qué piensan. Pues no es fácil que hoy en Madrid alguien se pueda interesar por una gran cabeza de un filósofo como Kant, y encima haya pagado dinero por llevárselo. Es algo extraordinario, y así lo entiendo yo mientras la escucho hablar de ello, intrigada y a la vez encantada: de su serie de grandes retratos de filósofos -Descartes, Russell, Sócrates y alguno más-, Nicole sólo había vendido hasta la fecha un Wittgenstein y se mantenía escéptica sobre la posibilidad de que alguien más se interesase por la filosofía -pues si alguien compra el retrato de un filósofo es porque se interesa por la filosofía- en este Madrid en el que el Gobierno se dispone a imponer el esquema 3 + 2 en la universidad (parece una estrategia de fútbol y quizá lo sea), que consagrará la enseñanza de Lo Útil y empresarialmente rentable, y marginará la enseñanza de Lo Inútil, como la filosofía, que como es notorio es cualquier cosa menos rentable.

     Nicole es Nicole Muchnik, pensadora, pintora, periodista (hoy más bien polemista con sus artículos) y alma, junto con su marido el escritor, editor y fotógrafo Mario Muchnik, de uno de los salones más interesantes de Madrid, al que tengo el privilegio de ser invitado desde hace años. Uno de esos salones como ya no hacen. Allí se puede uno encontrar a Oliver Sacks, a Régis Debray, a Kénizeh Mourad, a Carmen Iglesias o a la pintora en seda Lola Fonseca, entre una muy larga lista de invitados de una pequeña ONU y, lo que es todavía más de agradecer, escuchar conversaciones inteligentes formuladas siempre (o casi siempre) en un ambiente de tolerancia y civilización alrededor de una mesa servida sin excepciones con  gusto y originalidad. Y eso no es fácil.

     En una de esas cenas, hace ya alguna década y hasta dos, Nicole se acercó a mí, era ya tarde, y me dijo que me quería mostrar algo. Y sorteando a otros grupos de invitados -ese día era una cena numerosa- me llevó hasta la parte de atrás de su enorme piso en el norte  de Madrid y me mostró un gran cuadro que me dejó casi mudo.

     - ¿Lo has pintado tú?

     - Sí, me dijo con timidez.

     - ¡Pero si es mi ladrón!, le dije, y ella, generosa, me lo cedió días después para la edición española de mi libro Ladrón de árboles que se disponía a publicar Ediciones El Bronce (ver portada en "Obra")... y ahora para la pared de mi comedor. Tengo entendido que era uno de sus primeros cuadros, después de una vida reservando su talento de pintora para más adelante.

     Desde entonces, igual que a ella le intriga quién ha podido comprar su Kant, a mí me intriga por qué ella no tiene más éxito como pintora. Lo tiene pero por qué no es más. Tiene varios registros, como se puede apreciar un poco en la galería que publico, y puede recordar a otros -a mí me recuerda a Munch, a Schiele, a la escultora Esperanza d'Ors, también amiga mía- pero toda su obra se puede reconocer desde lejos como suya, y sin lugar a confusión. ¿Y no es eso lo que define el arte?

     Lo que sucede tal vez es que su pintura es demasiado intensa, lúcida, inteligente. Humana.

La pintura de escritor de Gustavo Zalamea

Por: Pedro Sorela Noviembre 2011 En: Blog, Invitado

Me parece que el recuerdo más remoto que tengo de Gustavo es la vez que le vi leyendo un libro en el momento en que los demás regresábamos de bañarnos en el río. Y no era cualquier río. No recuerdo su nombre pero el que atravesaba San Luis, la finca de Carlos Schloss en los Llanos Orientales de Colombia, guardaba tembladores: un pez eléctrico; güios: la boa americana; y rayas, cuyo latigazo en el empeine podía hacer llorar de dolor a un vaquero curtido. Lo sé: lo vi una vez. Y el libro que leía Gustavo no era cualquier libro, al menos no a esa edad. Era, lo recuerdo muy bien, uno sobre la Revolución Francesa. Debíamos de tener unos doce o trece años y estudiábamos todos en el Liceo Francés de Bogotá. Y todos los demás eran amigos desde el jardín de infancia y yo, llegado no hacía mucho de España, era un novato en el sol del trópico, que abrasa sin avisar, emboscado en la calima. No sé si fue en esas vacaciones o en otras cuando me quemé la espalda de tal modo que el médico, en una capital fría encaramada en Los Andes a casi tres mil metros de altura, se creía apenas que eso lo pudiese haber hecho el sol. Guardo de San Luis el recuerdo deslumbrado por una América salvaje que hoy me parece casi un invento imposible de la memoria, del mismo modo que me parece imposible que Gustavo haya muerto en julio, a consecuencia de una infección pulmonar contraída mientras remontaba el Amazonas hacia Brasil, en un viaje largo tiempo deseado.

   Gustavo, que tenía la curiosidad elegida por los antiguos como la definición misma de la juventud; pero no la de la piel sino la del espíritu.

     O tal vez no fue ahí. Tal vez fue la vez en que la balsa-llanta de tractor en que atravesábamos un río crecido por el invierno volcó, la corriente arrastró con violencia la rueda y a todos nosotros agarrados a ella como la cola de una cometa, y el sacudón cuando se tensó la otra cuerda por el árbol a la que estaba amarrado ese pontón rudimentario no nos arrojó al agua para ahogarnos porque hay un Dios y estaba ahí. Así comienza Trampas para estrellas, una novela sólo en apariencia fantástica: con esa historia real.

   Luego los recuerdos dejan de ser de acción y se remansan en una de las aulas del colegio, en la 87 desde la 7ª, la calle más bella del mundo antes de que ahí llegara también la Internacional del Ladrillo, que está escrito llegará a todas partes. Eran unos años hoy tan inverosímiles, lentos y pacíficos que teníamos tiempo hasta para hacer mapas, y los de Gustavo eran sin duda los mejores: exactos, balanceados, no pistas para urbanizadores de montañas o rastreadores de ríos sino para colgar en la pared como paisajes. Eso debiera haber servido de aviso, pero no: con la pesada circunstancia de que era el nieto del poeta Jorge Zalamea, el autor de El sueño de las escalinatas pero también el traductor de Pájaros, de Saint-John Perse, e hijo y sobrino de escritores, en el país de los abolengos y dinastías gobernantes, dábamos por hecho que Gustavo sería escritor o no sería.

     Deberíamos habernos fijado en su letra. De escritor, sin duda, pero también de artista: de los que perduran. Estoy convencido de que un calígrafo neurótico y puntilloso sería capaz de detectar su influencia en la escritura a mano de casi toda la clase. En la mía, sin duda, y se lo agradezco. Según confesiones posteriores, le debo alguna que otra conquista de la época en que los hombres y las mujeres se escribían cartas. Cuando las muchachas me conocían se fugaban, asustadas por mi voz de ogro, pero al principio -estrategias de ogro- las seducía con mi letra.

     Luego Gustavo se volvió pintor y en una sola noche dejó a la ciudad con la boca abierta con sus primeros cuadros de ballenas varadas en el Centro, casi otra ciudad pero el barrio desangelado que él prefería, aunque sólo fuese para llevar la contraria. Nadie las había visto nunca pero los que tenían ojos para ver, y no sólo para confirmar, se dieron cuenta de que estaban ahí, o deberían haber estado desde siempre. Entonces todo el mundo recordó que era hijo de Marta Traba, la crítica de arte de ese momento en Colombia, pero yo no estoy tan seguro de esa causa. Y aquí no tiene que ver el hecho de que Marta me atribuyese la responsabilidad de ser el culpable de que su hijo se corriese la primera gran juerga de su vida. Esa que deja con un atónito guayabo, una descomunal resaca durante una semana y se recuerda toda la vida. Y sólo porque fue en mi casa, aprovechando una ausencia de mis padres, y luego acompañé a Gustavo a su casa, con otro amigo. Una trastada de chicos que por otra parte jamás repetí. Parece una mala película gringa pero de esas minucias está también llena la vida de los grandes. Bien: desde esa noche infausta fui para Marta la "mala influencia", una de esas que a las madres les encanta buscar para atribuirles hasta los suspensos de sus hijos en matemáticas.

     Yo por el contrario creo que la pintura de Gustavo proviene sobre todo de sus lecturas, y no sólo porque respire literatura por los cuatro puntos. Y digo "literatura" en el buen sentido de la palabra, no el de que "cuenta historias", que es lo que habitualmente se entiende por "pintura literaria" y los pintores con razón rechazan. Lo digo en el sentido de que muchos de los cuadros de Zalamea son sobre todo dramáticos y los valores que entran en juego son literarios -la ballena blanca, en este caso negra-, o si se prefiere, simbólicos. Prometo no meterme en la jeringonza habitual de la crítica de arte, el castigo que le envió Dios a los artistas para rebajarles la soberbia y alejarles a los admiradores, pero no deja de ser sintomático que muchos de los cuadros de Gustavo incorporasen a un sujeto visto de espaldas, con la característica mala postura de Gustavo desde niño, pintando sus cuadros como si los escribiera. Y así lo hacía, me parece, y no es casual que en muchos escribiese misteriosos mensajes con su escritura clara de maestro artista.

     Creo además que esa pintura de escritor se forjó sobre todo, no en su casa de poetas y pintores de visita, sino en el colegio. Por extraño que hoy resulte, era un colegio en gran medida literario, con maestros -Vasseur, la Boyé, Dubouillh, Restrepo- que nos marcaron para siempre con la lectura de autores que no perdonan, de Molière, Hugo y Defoe a Balzac, Stendhal y Camus, de Ionesco y Beckett a Saint-Exupéry, el otro, no sólo el del Pequeño Príncipe. Tengo una prueba, pequeña pero de autoridad. No sé si fue Vasseur o Lebot quien años después me dijo un día: "Tenía un buen termómetro: si Zalamea me prestaba atención, es que estaba diciendo algo. Si no, es que decía tonterías".

   Y tengo otra. En las conversaciones que mantuve con Gustavo a lo largo de los últimos cuarenta años en mis ocasionales viajes a Colombia -él era uno de los amigos cuya conversación me hacía cruzar el mar-, la charla era rara vez sobre sus cuadros y sí en cambio sobre mis libros, que conocía bien, incluso los herméticos por exceso de ensimismada ambición -Fin del viento lo leyó en manuscrito- a los que siempre encontraba algo interesante. Una habilidad que por lo general no señala tanto un buen libro sino que descubre a un buen lector. Y por sorprendente que pueda parecer, no hablaba tanto de arte, al menos conmigo -y además creo que tenía ideas para mí discutibles, como por ejemplo su retórica estima de Botero, mito de bulevar en cuya construcción su madre fue decisiva, aunque es verdad que al comienzo sí era interesante-, sino que hablaba de letras, imaginación e ideas -esto es, de literatura- con la suave autoridad de un maestro. Yo en todo caso le escuchaba con atención y a menudo me sorprendía su perspicacia. Y le escuchaba hablar, le interrogaba, sobre la situación en Colombia -un país fácil desde lejos y sumamente complejo y misterioso desde cerca-, y sus ideas no eran izquierdismo, como se suele creer, sino pura cultura política e histórica, sentido común, lucidez y compasión.

   Sin duda ayudaba el que las conversaciones fuesen siempre en su casa -siempre: eludía sin alharaca pero con tenacidad los barrios residenciales del Norte-, casi en el Centro, en la falda de la montaña, por los lados del Bosque Izquierdo. La casa de un artista, sin la menor duda: Había fundido dos o tres pequeñas casas. Gran jardín para dejar entrar la luz trágica de Bogotá a través de ventanales de dos plantas o más, y sin cortinas. Claro está, un frío del carajo por las noches, ruanas y algunas chimeneas, como en una finca de la Sabana. Toda la planta baja era diáfana, en varios niveles, con sus mejores cuadros a modo de mamparas. Y luego el resto de la casa estaba distribuido en apartamentos a razón de uno por cada miembro de la familia: quien quería salir a llevar vida comunal, lo hacía. Y quien no, pues no. Casi una fórmula patentable para mantener familias unidas. Al menos familias de artistas. Y por ahí circulaban varios perros y al menos un gato, todos recogidos en la calle y alguno peligroso tras una vida cruel, que él mantenía manso con su sola presencia.

     He querido mostrar uno de los cuadros que colgaban en el bufete de mi hermano Luis Xavier, que era uno de los dos grandes coleccionistas de Zalamea y se especializaba, muerto de risa pero también conmovido, en los cuadros más grandes y difíciles de colgar por su tamaño o por la delicadeza de los materiales. El cuadro amarillo vertical que Zalamea reproduce en el otro de colores naranja, rojo y gris cielo de Bogotá justo antes de la tormenta colgaba en la casa de mi hermano y está pintado sobre un papel casi transparente. Y lo he hecho no sólo porque ese cuadro de montañas verdes me hipnotiza, incluso con un océano de por medio, sino porque a ambos los unía una amistad peculiar y única: mi hermano fue testigo de la boda de Gustavo con Elba, cuando ambos se casaron, todos ellos refugiados en la embajada de Colombia en Santiago de Chile, en los días siguientes al golpe de estado contra Salvador Allende. También estaba presente Ramiro Mariño, a quien escribí para darle el pésame cuando supe de la muerte de Gustavo.

   Los otros cuadros que aquí muestro son todos los que me regaló a lo largo de los años, o le compré, por cierto que a precios decentes no sólo por ser yo: tenía una visión honrada del oficio de artista, alejado de los especuladores que tanto sabotean la comunicación entre los pintores y el público, a menudo cómplice porque, no sin ingenuidad, cree estar comprando oro. Y, aunque sin duda muy conocido -fue durante años profesor en Bellas Artes- y el presidente envió un avión militar a buscar su cuerpo en el Amazonas, tal vez la razón de que Zalamea no goce todavía en Colombia de la reputación de gran artista que se merece es que lo era.

La alegría de Carlos Pellicer

Por: Pedro Sorela Jueves 05 Mayo 2011. En Blog

Carlos Pellicer, "Tarde inesperada". 2005

En casa de Carlos Pellicer, en el D.F., me aguardaba una de las aventuras más extraordinarias de todo un año de viajes: Aprovechando que los demás amigos invitados no llegaban, por alguna de las muchas razones que tal cosa puede suceder en una ciudad océano, me dediqué a buscar algo feo... sin encontrarlo. Ni siquiera feo: algo que no fuese armónico. ¿No es extraordinario? Haga usted la prueba: verá que no puede dar tres pasos ni girar la cabeza más de diez grados sin que lo feo le salga al encuentro como un impuesto por, simplemente, vivir. Lo feo, más quizá que el trabajo con el sudor de la frente, es una parte considerable del castigo impuesto tras la expulsión del Paraíso.

La aventura comenzó nada más bajarme del taxi, en Las Lomas de Chapultepec, y cruzar la verja: ahí sobre la hierba, depositados como al descuido por algún rayo de los muchos que caen sobre la ciudad cuando le da, se encontraban lo que parecían dos piedras, y lo eran, sólo que talladas por los toltecas, hace mucho, con ese don que tenían para la escultura moderna.

Y se desarrolló más tarde -bendita ciudad de México, que siguió reteniendo a los otros invitados durante horas- en el estudio de Carlos, que es como el ideal del cualquier pintor: en una remota esquina de la casa, toda una pared de ventanal inclinado mete en la casa el cielo de la ciudad, que ese día era americanamente gris y amenazaba tormenta. Nada que ver con el cielo marrón que por razones inconfesables tenía amenazada a la ciudad no hace tanto. Pero sí el mismo cielo atormentado que se puede encontrar en toda América, y hasta donde yo sé, sólo en América, que me recordaba los cielos bogotanos en los cuadros de mi también amigo Gustavo Zalamea (tengo uno que me alivia del deslumbramiento a partir de mayo en Madrid), y que desde siempre presta la mejor luz para mirar cuadros. Y esa mañana Carlos me los mostró, uno a uno, comentando algo de vez en cuando pero la mayor parte del tiempo en silencio: otra propiedad del Paraíso que ya casi no recordamos.

Unas obras que de un modo misterioso dialogaban con ese y otros paisajes de México, y tan extraordinarias como las que le he pedido a Carlos para inaugurar la galería de esta página que hace parte, sin duda, de "Diálogos".

En aras de la verdad, he de decir que sí encontré algo un poquito chirriante en la casa de Carlos. Pero fue al final del día y tras rebuscar mucho: una pequeña escultura de Botero que representaba a un marinero, todavía no gordo del todo pero ya apuntando banalidad. El hecho me alivió, pues significaba que Carlos y Julia siguen siendo humanos, y les alcanzan las modas, así sea en una esculturita. Aunque todavía, pese a años de amistad, no conozco el color de los ojos de Julia: Siempre está sonriendo y sus ojos son dos rayitas. Siempre. Su sonrisa hace parte de una alegría que se desprende de toda la casa, tal vez un poco contagiada por los cuadros. O al revés.

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