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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Periodismo experimental

La entrevista como seducción. Momentos con escritores

Miércoles 22 Febrero 2017. En Blog, Entrevistas, Periodismo

Natalia González (El País)
La entrevista como seducción. Momentos con escritores.

Sin duda los mejores momentos que pasé en mis años de periodismo fueron entrevistando a ciertos escritores y pensadores (¡y una vez a Claudia Cardinale!). Menudo privilegio, hoy en día más bien raro, y también infrecuente entre todos los destinos dentro de un periódico: tener la suerte de  hablar, solos los dos, y durante una hora o más, con escritores a veces brillantes e irrepetibles, las voces de nuestro tiempo. Una de las poquísimas veces en que se cumple la promesa implícita del periodismo de estar en el centro de la historia, y no, como termina por suceder casi siempre, tan solo en su antesala.

      El caso más espectacular fue Leonardo Sciascia, a quien fui a entrevistar a Sicilia sin saber si iba o no a aceptar hablar conmigo, pues la amiga común que me lo había propuesto me había advertido de que era una persona especial y podía negarse a última hora, si no me aprobaba. Luego nuestro encuentro duró cuatro días, y más tarde regresé en alguna otra ocasión para seguir charlando con él, ya al margen de la entrevista. Uno de los hombres más sugerentes que he conocido, aunque hablase casi en voz baja. O Susan Sontag, cuya inteligencia lo dejaba a uno sin respiración, igual que Octavio Paz, y eso que ya estaba enfermo.

    Tuve la suerte de que estas entrevistas coincidieran con una buena época de la prensa y la sociedad españolas, cuando los periódicos le dedicaban más espacio a la cultura que, creo, los periódicos de cualquier otro país, y cuando muchos grandes escritores, en particular los latinoamericanos, visitaban el país con frecuencia. Hoy muchas de ellas no habrían sido posibles, en parte por el encogimiento o simple desaparición del espacio periodístico -y educativo- destinado a la gran cultura (o como diría Sontag, a la cultura a secas, ella negaba que la otra fuese cultura) y en parte por cierta mecanización de la información cultural a cargo de gabinetes de prensa y otras inercias del mercado.

     Todas ellas fueron escritas a la luz de una intuición que tuve desde muy pronto. Educado en la época de Oriana Fallaci y sus estupendas entrevistas en las que un periodista muy bien documentado e insolente está al acecho del personaje para saltarle al cuello -"la vi tan menudita que pensé que no tenía peligro. Y fue la conversación más desastrosa que he tenido con un miembro de la prensa", dijo Henry Kissinger-, desde la primera pude comprender que esa actitud de vigilante perro de presa no tenía justificación con un escritor, salvo en casos muy concretos como una actividad política determinada o que se hubiese prestado a ganar un premio corrupto; temas, aún así, que no tenían nada que ver con la literatura.

      Por el contrario, fui comprobando, la mejor versión de un encuentro con un gran escritor se produce cuando se ha dado algo más bien raro, que es un acto de seducción mutua, y que aparte de cierta cortesía del periodista no depende de ninguna técnica en concreto. Como el amor o la amistad, depende de los dioses. Y eso se produjo con algunos de ellos, dando pie, no solo a fieles y a la vez sugerentes versiones del encuentro, a mi juicio, sino a momentos que conservo como algunos de los mejores de mi vida. Solo con ese acto de seducción, y lejos del editor o jefe de prensa de turno, el personaje se abre y ofrece, si hay suerte, lo mejor de sus pensamientos o su memoria.

     Muy pocas de las entrevistas están escritas en estilo directo -pregunta, respuesta-, y el resto de ellas, en indirecto: al modo de una narración, con citas, y alguna de ellas casi sin ellas. Y es porque, pese a haberme dedicado al teatro durante una década de mi vida, considero que la reproducción de un diálogo supuestamente exacto tiene algo de falso. Incluso en televisión. Algo pasa, que es impostado, y más honrada y fiel me parece la narración de ese encuentro, ese momento. Exactamente igual que si fuera un relato. Y eso es: la narración de un encuentro desde el punto de vista del periodista, lo que no quiere decir que este usurpe el protagonismo. Supongo que en esta idea influye mi principal dedicación, que es la de novelista y cuentista. Si escribí un par o tres de las entrevistas en directo fue porque así me lo pidieron en la sección del periódico que me las encargó: el suplemento dominical o el cultural, Babelia. Todas las demás fueron publicadas en la sección de Cultura.

     De lo anterior casi se deduce que en ninguna de las conversaciones utilicé grabadora, un artefacto que distancia al entrevistado y que puede ser útil en las conversaciones con pasajes comprometidos, como una con un ministro de Hacienda que habla de impuestos. Todas fueron hechas con apuntes tomados a mano, aunque lo ideal hubiera sido tener una memoria infalible como las de Faulkner o Truman Capote, que con las manos desnudas interrogó a las múltiples fuentes de su A sangre fría.

     Desde el primer momento fui consciente de que escribía para un periódico poderoso y eso podía condicionar el diálogo. El ser consciente, creo, reducía ese peligro. Y cuando lo condicionó de forma inocultable, convertí el encuentro en una crónica de cómo el autor exhibicionista desgranaba frases en busca de titulares.

      La mitad de las conversaciones, más o menos, llevan un prólogo escrito ahora, años después. Y no porque sean las mejores, sino porque, por sus características, se prestaban a una reflexión sobre ciertos aspectos de la entrevista como género periodístico. El conjunto de todos ellos aspira a ser un pequeño ensayo, escrito al margen de la habitual jerga académica, que considero un obstáculo.

     Si me parece que unas cuantas de ellas cumplieron su objetivo fue porque a mí mismo me cambiaron. No son pocos los casos en que había leído con cierto frío profesionalismo el o los libros del escritor -condición que ni entonces ni hoy se da por garantizada en las entrevistas, por increíble que parezca-, y en el curso de la conversación fui comprendiendo mejor a algunos de estos autores, que con el tiempo se convirtieron en escritores a los que vuelvo. Confío en que lo mismo le haya ocurrido a algunos lectores.

     El País ha considerado oportuno recuperar para su publicación en libro digital esas entrevistas con nuevos prólogos que, en conjunto, vienen a constituir un ensayo sobre el género. Agradezco a Álex Grijelmo la iniciativa, que hoy en día no deja de tener algo de idealista, y a Natalia González su trabajo de edición.

    Estos son los enlaces:  

 

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El alarido de la calle Golfo de Salónica

Jueves 16 Febrero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"...por el cielo circulaban nubes más oscuras todavía que la noche..."

Serían la una y treinta de la madrugada de una lóbrega noche de febrero cuando un alarido, largo y espeluznante recorrió la calle Golfo de Salónica del barrio del Pinar de Chamartín, en Madrid. Era martes. Había estado lloviendo a ráfagas desde una tarde que se oscureció antes de tiempo. Por el cielo circulaban rápidas nubes más oscuras todavía que la noche. Y por el suelo bailaban en remolinos las últimas hojas supervivientes del otoño. En el piso 15 D de una de esas siniestras torres que dominan la ciudad desde las alturas de Arturo Soria, y que hacen de portones a la M-30, imaginada por el enemigo en los años de plomo de la posguerra, Diana Ortiz, de 39 años, había descubierto que su hijo Arturito tenía un ojo cuadrado. Y si había gritado, largo y con desesperación, era precisamente porque, pese a ser médica, no comprendía el alcance de lo que había descubierto al ir a tranquilizar a su hijo, que se había despertado a causa de una pesadilla. Nada así aparecía en sus apuntes, ni tampoco en Google, donde tecleó "ojo cuadrado" y no salió nada, comprobó, y si no sale nada en Google es que... mejor ni imaginarlo. Se temía algo grave y sin remedio.

    -Soñaba que te habías vuelto rectangular, dijo con angustia el niño, a quien habían empezado a enseñarle geometría en el colegio.

    - ¿Rectangular?, rectangular cómo, preguntó la madre, asombrándose una vez más de la creatividad de los sueños.

    - Rectangular como esa puerta, dijo el niño mientras miraba con temor la puerta de la habitación, que en efecto a partir de entonces adquirió un aspecto fantasmal y amenazador, con vida propia.

      Y fue al girar la mirada hacia la puerta cuando a la madre le pareció ver algo, y al comprobarlo -una pupila cuadrada, con un iris más cuadrado aún-, al comprobarlo, sin poderlo evitar, fue cuando empezó a emitir el largo alarido que fue a más y parecía el virtuosismo de una soprano para resumir el dolor del mundo.

     El síntoma evolucionó a más, en efecto. No mucho después los dedos de la mano derecha del niño dejaron de ser regordetes y un poco torpes para convertirse en pequeñas tubos delgados de cartón. El padre, viajante de comercio, regresó de una de sus largos viajes de trabajo con gafas cuadradas como las que habían dejado de estar de moda hacía años, y con el nudo de corbata windsor, conformado por un agresivo triángulo equilátero. Pasados los años, Arturito le regaló a su primera novia flores de plástico, estudió una oposición que aprobó en el tiempo previsto, se metió en una hipoteca por un piso conformado por ángulos rectos, y en general su vida se hubiese podido meter en un cubo perfecto, con los lados idénticos. Y quizá se metió, no lo sabremos nunca.

    ¿Y de qué extrañarse? Lo único que no estaba conformado por ángulos rectos en la vida de Arturo era el nombre en diminutivo, Arturito, y él exigió que dejaran de llamarle así el día en que se afeitó por primera vez. Por lo demás, en la calle siempre caminó por calles rectas y paralelas a otras, visitó casas de amigos hechas con piezas de Lego, como la suya, y anduvo primero en bicicletas, luego motos y más tarde utilitarios con las ruedas cuadradas. Votó siempre a políticos que llevaban en su programa expulsar las curvas y hasta los óvalos de las calles y las mentalidades (aunque no siempre cumplieran), e impedir el paso de inmigrantes que no acreditaran ángulos rectos en un largo linaje, y se terminó por casar con una chica que le había enamorado porque se movía con ordenados gestos de autómata. Ambos fueron padres de una simpática parejita de niños de color metalizado que al nacer ya sabían decir papá y mamá en un agradable tono de voz neutro. 

Sastra de espías

Miércoles 25 Enero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado..."

Mediada la guerra, el jefe de los espías de la Potencia del Oeste rindió cuentas a su gobierno de sus fracasos, que eran muchos:

    -Es inútil. Pillan a todos nuestros espías.  Y los fusilan.

    Sus compañeros de gabinete no se lo terminaban de creer.

    -¡Cómo es posible!, dijo uno de ellos. ¿En el siglo XXI no ha evolucionado la técnica del disfraz a la par que la Medicina y la Robótica? ¿Este va a ser el gran siglo del progreso humano, y el arte del disfraz, uno de los más antiguos, se va a quedar atrás?

    - Sí -dijo el jefe de los espías, tan desconsolado que hasta se permitió un tonito de intolerable piedad consigo mismo que revelaba la gravedad de la situación-. Lo hemos intentado todo...

    - ¿Todo? ¿Han intentado el disfraz de cliente de rebajas?

    - Ese, en versión de hombre, mujer, jubilado y hasta cliente que devuelve una prenda después de haberla usado. Y también el de víctima de las eléctricas, de militante del Atlético de Madrid y hasta del Numancia, de disidente de partido político y de campeón de concurso de cocina. Uno de nuestros espías se disfrazó incluso de juez de un concurso de canto en el que la gente no entonaba nada nuevo sino viejas canciones que todo el mundo pudiese acompañar... Se han disfrazado de ducha, de bolígrafo de multas de tráfico, de dron, de político corrupto con un jamón en Navidad, de pito de árbitro, de IRPF, de palo de golf y de todo el catálogo de Mortadelo y Filemón.

    - ¿Y?

     - Los pillaron siempre pues nuestros enemigos también conocen a Mortadelo, que es global. Y al paredón.

     El consejo de ministros se sumió en el silencio. Al cabo de un rato de melancolía lo que había parecido una entelequia, una utopía, una blasfemia -el triunfo de la Potencia del Este, imposible hasta esa mañana- se insinuó en la penumbra de la tarde. Además, a través de los árboles del complejo presidencial se veía caer un sol rojo de invierno y eso nunca ayuda. Y cuando alguno de los ministros más débiles ya concebía la palabra rendición pero no se atrevía a pronunciarla, una becaria, pequeñita y con los ojos verdes de inocencia, le cuchicheó al oído a uno de los ministros. Que al principio hizo un gesto de impaciencia pero algo le dijo la chica porque continuó escuchándola y cuando terminó todo el consejo le miraba, agarrándose a lo que fuese: ¿Hablaría por fin? ¿Se atrevería él a decir lo que nadie?

     El ministro repasó a sus colegas y finalmente dijo:

     - Dice que el error ha sido disfrazar a nuestros espías de lo que todo el mundo conoce. Por ejemplo, todo el mundo sabe a la perfección cómo es un usuario de whatsapp y cualquier policía de esquina puede reconocer a un whatsappero falso con un simple golpe de ojo... Ella dice que el truco sería disfrazar a nuestros espías de algo no previsto.

     La chica intervino con su vocecita de becaria para precisar con fe de científico que ha descubierto algo:

    - Es que ya nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto. Nos hemos acostumbrado tanto a las cadenas de mensajes y a poner megustas en las redes que hemos perdido esa esquinita del ojo.

    - ¿Por ejemplo?

     Ahí les costó. Así como casi nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto, mucho menos lo está para imaginarlo... y para crearlo.

     En fin, que tras no pocos esfuerzos de la imaginación decidieron fiarse de la becaria y crear una espía con dos narices. No que los creadores tuvieran dos narices, como quien dice "un par" (aunque también), sino que la espía tenía dos narices. Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado, pulseras tintineantes, perfume embriagador, medias de cristal... en fin, todo el uniforme perfecto de la espía internacional de hotel de cinco estrellas. Y dos narices.

      Oye: pues no la vieron.

      Así es: no la vieron.

      Y la espía pudo llevar a cabo su misión y restablecer los equilibrios de la guerra, que ahí sigue, interminable.