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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Literatura

El misterio Pushkin empeora

Jueves 11 Octubre 2012. En Lecturas

p.S
"Un duelo que a lo mejor fue un asesinato"

Sastrería. Independencia

Lamento si soy molesto, pero el hecho es que casi dos siglos después seguimos sin saber con exactitud por qué murió Pushkin en un duelo, un mediodía a nueve grados bajo cero en San Petersburgo, con la nieve hasta la rodilla. Sí, ya sé que la mayor parte de las fuentes y casi todos los profesores -si es que quedan profesores que den clase sobre la vida de los poetas, que lo dudo- dirán que murió a manos de su cuñado, el oficial D'Anthès, por injusto azar un apellido con la misma sonoridad que el del Conde de Montecristo, en un duelo irremediable a causa de los celos ya imparables del poeta, que había tragado lo suyo. D'Anthès era un petimetre, un oficial lechuguino de la Guardia Real importado de Francia y digno decorado en un posible baile de Ana Karenina, por ejemplo, que por lo visto tenía algo mareada a la mujer de Pushkin, Natalia, la mujer más guapa de San Peterburgo pero con no demasiadas luces. Sí, una tragedia de la que por lo visto nunca se ha repuesto la literatura rusa: Dicen los que lo saben que Pushkin suena en ruso como nadie.

     Y lamento también mi lúgubre seguridad sobre la continuidad del misterio, que se apoya en la lectura de El botón de Pushkin, de Serena Vitale (Muchnik Editores, 1999), uno de esos libros que uno guarda en su biblioteca a la espera de que le llegue el día propicio, y ese día le llegó en este otoño raro. Para devolverme mi admiración por las cartas como escritura, sin las muy abundantes de las cuales de la sociedad rusa de la época ni siquiera hubiese sido posible la seria, casi biomédica investigación a cargo de la rusófila italiana Serena Vitale. El libro abarca, descubre, pregunta y escarba con una tenacidad de irritante detective en un amplísimo arco de escritos rusos de ese tiempo, cartas en su casi totalidad, para hacer ver, en una suerte de Las amistades peligrosas, con las mismas contradanzas y chismorreo de salón pero con nieve y trineos, la increíble complejidad en el armazón de lo que sólo parecía un disparo. Y hacer ver que detrás de ese disparo y una dolorosa agonía de un par de días había tantos titiriteros que no se sabe al fin cuál fue el dato, el hecho, el Yago, el celo, la intriga decisivas que condujeron a Pushkin hacia un duelo que a lo mejor, quién sabe, fue en realidad un asesinato. Un magnicidio. Y por supuesto, para hacerme reflexionar en este otoño lleno de sol sobre las servidumbres de la gloria: la pérdida de la libertad en primer término, y los verdaderos enemigos de un escritor.

     Porque con independencia de la intriga policial de quién fue el culpable: el amante, que disparó pero no es seguro que fuese en realidad amante, la esposa, el padre adoptivo del amante, que no era en realidad padre, el redactor de unas cartas ridiculizantes y anónimas, el autor intelectual detrás de ellas, etc, etc, el libro refleja la sociedad rusa a comienzos del XIX -la alta sociedad que había conseguido atrapar a Pushkin entre los brillos de la sala de espejos- con una profundidad y detalle que, en ese aspecto, podría rivalizar hasta con Ana Karenina. Y ahí es donde se ve que, todo sumado y restado, Pushkin fue a la postre un rehén primero y luego una víctima de su triunfo literario en primer lugar y después social. Cómo el poeta espontáneo, rebelde e inimitable de su primera juventud (y perdón por esa sucesión de pleonasmos) fue quedando atrapado entre los favores de la Corte y el mismísimo monarca como una liebre a la que hipnotiza una serpiente. Lejos de mí el sicologismo barato, pero entre correspondencias y chismorreos de la alta sociedad petersburguesa -qué aburrimiento, dios mío, qué tedio invernal-, se va viendo cómo ese brillante escritor va dejando escapar cada vez más su vida entre los rituales, brillos de hojalata y telarañas de ese tipo de sociedades, y cómo está cada vez más pendiente y amargado por los honores y rangos cuya previsible elaboración arma las cortes y pretende justificarlas. ¡El mismísimo zar vigilaba quién acudía a qué, y si con el uniforme adecuado a la ocasión!; parecen las memorias del Duque de Saint-Simon sobre la corte de Luis XIV. Cómo amargura y frustración aumentan en el poeta, obligado a perder el tiempo entre las necedades de la supuesta gloria en vida: venerado al parecer, pero vigilado de cerca por un zar con vocación, ya, de Gran Hermano, un abuelo de Stalin, cuánto más con un poeta que había sido anarquizante, como suele o debería indicar el mismo nombre del oficio. Así que se ve muy bien cómo, de forma paralela a sus celos, crece la frustración de Pushkin, que se negaba a cometer la vulgaridad de cobrar por sus poemas o sus novelas, no podía viajar por falta de permiso del zar -una especie de nacionaldeanismo coronado que ayuda a explicar el origen de no pocos lodos-, y vivía entre bailes del préstamo, el empeño y la subvención de la Corte, hasta acercarse a una suerte de nihilismo. Por lo visto murió con una sonrisa. Esa evolución lo emparenta con Otelo hasta un punto desconcertante: con sus ojos azules, también Pushkin, famosamente, como Dumas, tenía algo de mulato.

       Pocas veces se ha visto un caso tal de talento, individualidad e independencia (otra vez los sinónimos) sacrificados por los oropeles de la corte y la supuesta gloria. Y sí, casi dos siglos después, desconcierta igual lo poco que ha cambiado el escenario, y lo poco que han cambiado muchos de los escritores que corren en el hipódromo.

 

Más lejos que nunca

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Mayo 2012. En Blog

jG-R. "Guggenheim". 
"Cada día descubro una nueva red
o una nueva forma de editar una foto o un dibujo"

Cuando comencé a escribir en el mejor regalo que me han hecho nunca -esta página-, y hablé de la extrema sensación de libertad que me producía, no imaginé que, un año después, esa sensación se iba a multiplicar.

   Aunque ahora no me estoy refiriendo sólo a esta página, con todas sus posibilidades, a las que no veo todavía los límites, sino a ese mundo invisible que de pronto ha ocupado nuestras vidas para traernos, aquí y ahora, el futuro. Y digo de pronto porque no hace un lustro yo todavía miraba por la esquina del ojo las pantallas, pese a nadar con soltura en ellas tras mis veinte años en el periodismo -yo soy de la generación de jinetes que cambió de máquina de escribir a ordenador en mitad de la carrera-, y repetía el conocido mantra de que no hay nada como el olor de un libro. Cierto: el olor de un (buen) libro es magnífico -¡y su tacto!-... pero el suave resplandor de una (buena) pantalla también. ¡Y lo lejos que nos puede llevar! Ahí es nada, más lejos que nunca...

   Un año después me atrevo a afirmar lo que en el fondo intuí siempre: este mundo invisible no supone ni supondrá el final de la literatura. ¿Acaso podría? La literatura, la narración, es una de las manifestaciones del tiempo, uno de sus sinónimos e incluso una de sus posibles demostraciones, y no hay nada que pueda con el tiempo. Nada: ni las pantallas, ni Internet. Así nos enteraremos de que se ha acabado todo: No cuando se acabe el azul del cielo, ni el amor, ni el agua, ni las patrias y la industria de las banderas, ni nuestras ideas de Dios. Será cuando se acabe el tiempo.

   Lo que sí puede suceder es que cambie nuestra manera de contar, de leer y de escribir, y de hecho yo comienzo a notar esos cambios. Pero de momento sin miedo y sí con mucho disfrute, como la primera vez que volé en un Ala Delta.

   En primer lugar, me cuesta quedarme en un solo sitio y tiendo a irme a lugares que no conozco. Bien es cierto que eso podría tener que ver con la tendencia al viaje, una suerte de segunda naturaleza pues viaje es sinónimo de curiosidad, de búsqueda, y esta es también un rasgo definitorio de nuestra especie, indestructible mientras duremos. Puede tener también que ver con la facilidad de viajar por la pantalla, algo tan casual y valsístico que lo llamamos navegar: un nombre prestigioso, acaso bastante exacto, que tiene que ver con el hecho indiscutible de que los nuevos medios están más relacionados que nunca con cierto ritmo. Y se podría escribir la historia de la cultura a partir de cómo se ha relacionado con este. Lo que siempre tuvo éxito -no éxito de ventas sino el que importa- fue lo que acertó con el sonido, la cadencia de la época, y Saint-Exupéry consideraba más grave una falta de ritmo que una falta de francés.

   Y por último, puede ser que, de una forma inconsciente o no tan inconsciente nos libremos al extraordinario placer de los nuevos medios, que estamos inventando entre todos. Eso es lo que me ha ocurrido a mí y me ocurre: no pasan demasiados días sin que descubra un nuevo recurso, una nueva red, una nueva forma de editar una foto o un dibujo... o una forma de llegar lejos. Muy lejos. Lo más lejos posible.

     Eso es lo que me tiene más impresionado. Hasta el momento yo había sido un escritor de los de antes, esto es como todos. Quiero decir que, llegada la publicación de un libro, pactaba con mi editor los derechos según áreas geográficas o idiomas, y luego hacía fuerza para que llevasen doscientos o trescientos ejemplares a esta o aquella feria o a ese país con cincuenta o cien millones de personas.

   Y todo eso, descubro ahora con la publicación de El sol como disfraz, se ha terminado. Ahora, descubro ciertamente deslumbrado, mi libro ha estado accesible para mis amigos de Taiwán, Jordania, México, Francia o Colombia desde el mismo instante en que entraban los primeros volúmenes en las principales librerías de Madrid o de Córdoba. Puede que los universitarios de hoy miren un hecho semejante con tanta naturalidad como que la luz se encienda o que la fiebre baje con una aspirina. Para quien nació en el siglo XX, es algo tan deslumbrante o más que para los que vieron por primera vez un avión surcar el cielo, no hace tanto: yo escuché a mi abuela contarlo, divertida con nuestro asombro por el relato del suyo.

     El avión fue profetizado por Julio Verne y otros, al igual que la conquista de la luna o el fondo del mar. Que yo recuerde, la simultaneidad de lectura en el mundo, no. Y en estos tiempos en que asistimos al final de ciertos capítulos industriales de la cultura escrita -que no de la escritura ni de las ideas, por supuesto, como parecería por ciertas discusiones de la  industria- sí sería conveniente que lo sepan los jóvenes a quienes agobiamos todos los días con los signos del Apocalipsis que leemos en los posos del café, la subida imparable de la banalidad televisiva y el cierre de algunas librerías.

   Tal vez ese futuro no sea tan oscuro, después de todo. Tal vez estemos, por el contrario, tan sólo en el comienzo de unas posibilidades a las que de momento cuesta ver el fin. La prueba es que este texto se podrá leer -en todo el mundo, que se dice pronto- en el mismo instante en que quien lo escribe ponga un punto y le de a una tecla.

     Para comprobar en un contador, y eso es lo más impresionante, que siempre hay en Taiwán o en Melbourne alguien que te está leyendo.

Una novela que sea una patria

Lunes 12 Marzo 2012. En Blog, Lecturas

El libro de los susurros. Varujan Vosganian. Traducción de Joaquín Garrigós. Pre-Textos, Valencia, 2010. 575 páginas.

 Una novela con miles, con cientos de miles de personajes, con más o menos un millón y medio de vivos y otros tantos muertos (exterminados) parece un imposible o como mínimo una contradicción en los términos, y sin embargo esta lo es: El libro de los susurros. Lo cual plantea de inmediato la viejísima discusión de qué es una novela. No importa, dejémosle la discusión a los teóricos. Olvidémonos de los gerentes que hoy gobiernan tantas editoriales con guante de aluminio para fijar la ley de que novela es el vendible espejo en el que la gente se reconoce. Y recordemos a Cela, ahora en el Purgatorio de Olvido al que van los escritores, y ahora más, para quien novela es todo aquello que cuelga de un título y el autor dice que lo es. Y por ese y otros acercamientos siempre entendí que novela es, o puede ser, el conjunto de páginas capaz de abarcar más... (rellénense los puntos suspensivos) y con mayor libertad. No siempre, sólo sucede a veces, pero eso y no otra cosa es lo que debió de ser para Cervantes, como queda claro leyéndole.

   "Esta historia que nosotros llamamos El libro de los susurros no es mi historia", escribe Varujan Vosganian en la página 243, en uno de sus frecuentes saltos atrás de una historia que avanza, o da vueltas más bien, como un péndulo. "Empezó mucho antes de los tiempos de mi infancia, cuando se hablaba en susurros. Empezó incluso mucho antes de que se convirtiera en un libro. Y no empezó en el Focsany de mi niñez, sino en Sivas, en Diyarbakir, en Biltlis, en Adana y en la región de Cilicia, en Van, en Trebisonda, en todos los valiatos de la Anatolia oriental donde nacieron los armenios de mi infancia y que se cuentan entre los protagonistas de este libro. Es más, empezó mucho antes, junto a las leyendas y terrores que los ancianos de mi niñez escucharon..." Es decir, este libro trata de Los armenios, el primero o uno de los primeros pueblos despojados de una patria o de buena parte de ella -desconozco cuál fue el primero y supongo que siempre habría alguien para corregirme-, y este es, con una fe admirable, un intento de darle una, o ampliar las fronteras físicas de la Armenia ya existente y trascenderla con épica, historia, denuncia y poesía. Otorgarle a ese pueblo una sonoridad y una cadencia, y ordenarlo en una historia... encarnarlo en una novela. Una novela que sea una patria. ¿Por qué no? El Estructuralismo y su hijo natural el Nouveau Roman establecieron en su día que la novela es el más burgués (Romántico) de los géneros, y qué más Romántico (burgués) que la idea de patria. Por lo demás, no sería la primera vez que un libro pretende resumir un pueblo, y éste, al menos, está escrito -con buen oído y excelente traducción- con el aliento, la buena letra y el impulso necesarios.

   Pero ahí surge uno de los primeros problemas, casi más de índole metafísica, por llamarla algo, que literaria: ¿cómo escribir una novela en la que el "yo" esté proscrito e incluso, aunque no lo parezca, el "nosotros"? Y eso a pesar de que está contado en principio por un niño que habla como un anciano y se niega, como hemos visto, el protagonismo. Ese nosotros ya sería de manejo complicado pero es que además ese "nosotros" que aparece en este libro es tan cuantioso y por lo tanto difuso que tiende a difuminar no sólo una sino las muchas historias que aparecen y que pretenden construir la epopeya (¿se entiende aún "epopeya"?) armenia. "En mi infancia viví en un mundo de susurros. Se emitían con cuidado. Hasta más tarde no me enteré de que el susurro tenía otros sentidos, como la ternura o la oración" (p.36).

   Y ese difumine no es bueno, esa niebla conspira incluso en contra de la "armenidad", si se me permite el palabro, y estoy seguro de que en algún sitio debe de existir esa palabra, así sea en turco, en rumano, en ruso, en cualquiera de los países que los han absorbido, o masacrado, tal como hizo el Imperio Otomano, en 1915, en un episodio de la historia moderna que debió de inspirar a Hitler, a Stalin y a Pol Pot, entre otros: murieron un millón y medio de armenios y los descendientes de los supervientes son los de la diáspora armenia por media Europa y las Américas: "... de todos los medios utilizados para matar a los armenios [...] se sirvieron más tarde los nazis contra los judíos" (p. 392). Las cifras se discuten, como siempre, y el nombre de lo que pasó: Turquía niega con energía la palabra "Genocidio", y mencionarla puede costar cárcel en aquel país, como sabe el escritor Orham Panuk. Sin embargo, no parece discutible que se produjo la masacre de muchos miles de personas en numerosos lugares a lo largo y ancho del imperio otomano, y el arrinconamiento de otros muchos miles de personas al desierto de Siria e Irak. Y los supervivientes fueron excepción.

   El libro de Vosganian alterna la crónica de hechos espeluznantes, en ocasiones inéditos incluso para quien ya haya leído mucho sobre los campos nazis y el Gulag, con -sobre todo- la evocación de las costumbres, ceremonias y personajes y relatos de los armenios según los ojos de un autor rumano de ascendencia armenia por su madre. Un libro muy bien escrito (y traducido e impreso), a través de cuya prosa se puede ir adivinando a Vosganian, que es también economista y discutido político (ex ministro), además de poeta:

 

Yo soy una concha formada por dos mitades

La mitad blanda y cálida la llevo descubierta,

La poderosa -la piedra caliza, el sueño-

Está profunda en los adentros...

(Traducción anónima, tomada de la página virtual "Historias de Rumanía".)