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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Lecturas

El narrador. Su preparación

Martes 26 Marzo 2013. Blog, Sastrería

El narrador. Su preparación

p.S

Proust. ¿Podría haber escrito en nuestro tiempo?

Sastrería / El Narrador (1)

Es ya muy sabido: libros en apariencia inocentes como The catcher in the rye (El guardián entre el centeno en misteriosa traducción) han contribuido de forma decisiva a crear en generaciones la discutible idea de que escribir es algo fácil, y que ni siquiera es necesario tener algo muy concreto que contar: bastan unas malas notas, a ser posible en matemáticas, un ideal femenino utópico (como los románticos) y ciertos divertidos problemas de comunicación con el mundo adulto. ¿Y quién no tiene un ideal femenino que no le hace ni caso, y problemas de comunicación? Con esas condiciones, uno se coloca en el presente, en la primera persona del singular, y emite opiniones de adolescente a troche y moche, a ser posible "transgresoras". El resultado es el verdadero aluvión, en las últimas décadas, de novelas que ocurren en escenarios reconocibles en postales, a ser posible Nueva York. Y en las que un  narrador en primera persona da por sentado que puede contarnos una vez más lo extraño y deprimente que le resulta el mundo de los adultos -"dan ganas de vomitar" dice "un millón de veces" Holden Caulfield (el guardián)-, y lo geniales que son sus lugares comunes.

      Por supuesto que Salinger, escritor que admiro, no ha sido el único responsable del aluvión de ombliguistas que cercan editoriales y premios literarios. Y con melancólico éxito una vez cada poco, por cierto. Pero su mucha descendencia sí sugiere unas pocas preguntas sobre la identidad del narrador y su preparación. (Dicho sea de paso, El guardián es cualquier cosa menos simple).

    No es difícil que una reunión de literatos (escritores, editores, críticos, agentes... no, agentes no) termine con una constatación general de que hoy en día "Thomas Mann no podría publicar La Montaña Mágica, ni Proust sus nueve volúmenes, ni siquiera Kafka El proceso, que además quedó inconcluso". Y ello, a causa de un público lector que no sólo disminuye en número -aunque otras cifras dicen lo contrario-, sino que, por así decirlo, mengua. Quiero decir, menguan sus capacidades. ¿Acaso España no ocupa los últimos lugares de no sé qué lista en comprensión lectora, y según datos recientes, candidatos a maestro son masivamente (86%) incapaces de contestar a muchas preguntas que deberán responder sus alumnos? Los escritores no nacen forzosamente en las aulas -salvedad hecha del fenómeno del escritor de taller-, pero no sobra preguntarse qué futuros escritores podrán salir de los pupitres con maestros que ya de adultos escribían bolcan en lugar de volcán.

     En esas reuniones de literatos siempre hay alguien que dice que en el metro ve a mucha gente leyendo, y casi siempre alguien que responde: "sí, pero qué leen". Y es llamativo que esta discusión se centre en las capacidades del lector... y no en las del escritor. Puede que Proust no pudiese publicar hoy En busca del tiempo perdido (yo sinceramente creo que no podría, ya casi no pudo en su época), pero nadie se pregunta realmente si hoy podría nacer Proust y escribir esa catedral con la misma fe. Es muy revelador asistir a una sesión en un taller de cuento, un club de lectura, o similares. Es algo en parte estimulante porque está claro que el impulso de contar se mantiene, y tal vez más que nunca, y eso permite dudar al menos de la mitad del apocalipsis que por lo visto ya ha comenzado en el mundo de los libros. Pero es también preocupante porque se evidencia pronto que muchos de los asistentes a esos talleres o clubs no han leído un libro en su vida, y no es una metáfora. Al fin y al cabo un tercio de los españoles no lee. Como suena: no lee nada. A duras penas los letreros de salida del metro. O sea, los aspirantes a escritor son como Holden Caulfield, que desde la primera página promete no castigarnos con los detalles de un Dickens contándonos los antecedentes de David Copperfield, pues "no le interesan a nadie". Y lo que se propone a continuación como "interesante" es un largo monólogo de ocurrencias, sin duda alguna divertidas, hasta conmovedoras, y a veces inteligentes. Pero la herencia, Dickens, la gran literatura, no interesan nada. (Es verdad que Holden salva a Isak Dinesen; algo es algo).

     Cómo puede llegar alguien a pensar que puede escribir sin haber leído es un misterio... En todo caso, esa falta de preparación del narrador de hoy no suele limitarse a los libros; a menudo sedentario y con una cultura casi siempre más cinematográfica que otra cosa, aunque no forzosamente de filmoteca, lo habitual es que también tenga una experiencia limitada, por lo que no puede apelar a esta para escribir, como lo hacía Jack London (que era un inmenso aventurero autodidacta y lector).

      Decían Faulkner y Flaubert que al artista, abocado al fracaso por principio (Faulkner), sólo se le ha de juzgar por la ambición. "Aspiración", la llama Flaubert en una carta: "Un alma se mide por la dimensión de su deseo, de la misma forma que las catedrales se juzgan por adelantado de acuerdo con la altura de sus campanarios". Y es perfectamente posible que Salinger haya escrito un gran libro con el método del "yo" y "a mí se me ocurre", pero a su vez, a través de su densa prole de seguidores e imitadores, nos da una certera sugerencia sobre la ambición y limitaciones de nuestra época.

 

La literatura puede vencer al diablo

Martes 19 Febrero 2013. En Blog, Lecturas

Marie Vieux Chauvet.

Lecturas

Amor, ira y locura. Marie Vieux-Chauvet. Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado. Barcelona, 2012.

Hay muchas, pero si alguien duda de los poderes de la literatura verdadera para informar podría empezar por estas tres novelas que conforman un friso, Amor, ira y locura, y que, como es casi preceptivo -y sin el casi- en la escritura contra la injusticia y la tiranía, permaneció en la sombra hasta su verdadera aparición en Francia en 1968. Hasta ese momento, la autora y su familia hicieron lo posible porque no se viera-o no se notaran- los ejemplares de una primera edición, en Haití, que podían encender la peligrosa suspicacia de ese sangriento tirano, Jean Claude Duvalier, más conocido por su nombre de payaso: Papa Doc, que sojuzgó Haití de 1957 a 1971, se distinguió en la rica galería de dictadores del país más pobre de América, y se hizo con un puesto entre los más implacables del continente. Que ya tiene mérito. En cierto modo, con sus métodos estalinistas y su omnipotente policía política, los tonton macoute (el hombre del saco en el rito vudú), conocidos en el mundo entero, empeoró a su vecino Trujillo, en Santo Domingo, y fue un adelantado de las duras dictaduras posteriores en el cono sur. Dejó treinta mil muertos.

     Marie Vieux-Chauvet tenía razón en sus prevenciones, a la hora de disimular el libro ya impreso, ya que no al escribirlo. Perteneciente a una familia que ya había perdido a tres familiares asesinados por el régimen, su libro -y eso es lo que lo individualiza entre la abundante escritura de denuncia- es excelente literatura y a la vez un  perdurable testimonio sobre ese periodo gris rata de la historia haitiana. Si se piensa, no es un caso frecuente, la literatura de denuncia tiene a menudo una vida efímera de titular de periódico, que apenas duran un poco más que una mariposa. Y en su perdurabilidad, tenía todas las cartas para irritar sobremanera a cualquier dictador, aunque por fortuna hay terrenos de la sutileza y el arte a los que estos no llegan: digan lo que digan, las porras son incompatibles con la inteligencia, o al menos con el matiz.

     Son tres libros, en realidad, diferentes en su armazón y personajes, pero que puestos juntos componen un friso sobre un mismo tema: un país sometido a una tiranía concreta y a la vez difusa, unipersonal y a la vez multiplicada en la tribu corrupta de los paniaguados del régimen. Y las tres historias se cuentan desde el punto de vista de quienes sufren ese estado de putrefacción, lejano y omnipotente, contra el que no parece haber esperanza.

     Esos ciudadanos no son cualesquiera, y mucho menos el pueblo, demasiado pobre y preso en los ritos del vudú como para tan siquiera quejarse de una forma audible. Los protagonistas de las tres historias son miembros de una aristocracia criolla venida a menos y víctima de esa nueva clase de hampones que se ha hecho con el poder: un viejo tema de las literaturas americanas (Faulkner, por ejemplo, o Carpentier, o García Márquez en La hojarasca o en Cien años de soledad), reflejo de sociedades dinámicas donde con frecuencia se cumple el estribillo Abuelo arriero, hijo caballero, nieto pordiosero. En el caso de Vieux-Chauvet --en el caso de Haití--, ese desplazamiento por las nuevas clases viene acompañado de un complejísimo y desasosegante pugilato en torno a las razas. Pues por una vez en América, en Haití no son siempre los blancos, muy minoritarios, los que han ocupado la planta noble social. En función del poder de turno pueden haber sido los mulatos -los mulatos más blancos o más oscuros-, y hasta los negros, que conforman la mayoría: así sucedió en el periodo de Duvalier. Los personajes de Amor, ira y locura -una mujer más oscura enamorada del marido francés de su hermana más blanca-; un hombre maquinando cómo vengarse del energúmeno que, para devolverle sus tierras, se ha quedado con su hija; o un poeta que ¿se finge? loco para poder decir lo que piensa (la tercera, más arriesgada -¡usa hasta el teatro!- y a mi juicio mejor de las novelas), se mueven todos en el veloz ascensor social de Haití, donde se puede cambiar de clase y de estado civil en un cuarto de hora, y en el territorio, literario por definición, del ambiguo mestizaje.

      No hace falta indagar mucho para hacer a tientas un retrato de Marie Vieux-Chauvet y de su peripecia vital, pues, aunque literario, su friso exuda verdad. Experiencia. Eso que siempre se nota, y que tanto se echa de menos en mucha de la literatura contemporánea y en particular la primermundista. Y exuda también algo un poco anticuado y en estos tiempos a mi juicio muy valioso: confianza en la literatura. Creer que a través de una escritura creadora y sin miedo se puede vencer al diablo. Que es el tema de la tercera parte: Locura. La escritura de Vieux-Chauvet no pretende informar de casos concretos ni precisar torturas ni despojos. Y sin embargo, mediante la sugerencia y la imagen, instrumentos de la escritura literaria, consigue proporcionar una verdad mayor que el simple informe.

El placer olvidado de leer al azar

Martes 27 Noviembre 2012. En Literatura, Blog

p.S
Tolstoi y Shalamov

Desde hace algún tiempo practico una ocurrencia que se ha revelado un descubrimiento y en todo caso un disfrute: De cuando en cuando, para leer, elijo un libro al azar. Y no para ojearlo, sino para leerlo. Un libro del que no tengo referencia alguna, que no me ha recomendado nadie, cuyo título ni me suena y cuyo autor desconozco. Tampoco me ha gustado la portada ni me ha entusiasmado el tacto del papel, como puede ocurrir por ejemplo en Japón. (Soy poco bibliófilo, de los libros me interesa sobre todo su contenido, terminé odiando a un catedrático obtuso de Literatura Española que nos examinaba de la fecha de la segunda edición de La Celestina, pero soporto mal un libro de diseño feo, o peor, oportunista u hortera). Y hasta el momento he tenido suerte: entre mis hallazgos figuran John Fante y James Salter (de este sobre todo los cuentos). Algunos lectores se podrían asombrar hoy de que yo no conociera a esos autores, y ahora yo también -aunque no me subo a los autobuses de groupies que ambos escritores tienen cuando se han puesto de moda, algo tan ajeno al espíritu de ambos-, pero así es, llena de sorpresas por otra parte previsibles, la procelosa vida de la ignorancia.

     Bien es verdad que esos hallazgos, Fante y Salter, fueron realizados en alguna de las librerías grandes de Madrid, y así es fácil: no son frecuentes las librerías españolas con algo de verdadero fondo, polvoriento y olvidado. Recuerdo que la primera ocasión en que fui a Blackwell, en Oxford (y tal vez la principal franquicia de las tres o cuatro que han devorado las legendarias librerías británicas), me asombró el dato según el cual se trataba de la librería más grande del Reino Unido. Sólo al entrar -y bajar a las entrañas de la tierra-, comprendí que la casita de arriba era la antigua librería, y que luego se había extendido por debajo de la ciudad como en una novela de ciencia ficción clásica. Y cuando pregunté por Burton, el explorador, y me enviaron a una sección que me pareció de África en general, pedí mayores precisiones y entonces me dijeron con tolerante afabilidad bibliotecaria que todos esos anaqueles tenían que ver con Burton.

   No hace mucho hice lo mismo, pero en una biblioteca de amigos en Bilbao, ocupada en parte por herencias de las que ya sólo se encuentran en las bibliotecas particulares, como por ejemplo los estupendos libros de cuero (con no siempre buenas traducciones) de la Aguilar clásica, y en las que uno va encontrando no pocos autores de la propia biblioteca familiar: Zweig, Greene, Van der Meersch, Maugham, Sagan, Camus, además de los indispensables, claro: Tolstoi, Dostoievski (necesitado ya entonces con urgencia de nuevas traducciones al castellano), Hugo, Balzac, Dickens... Que en estas bibliotecas se suelan encontrar no pocos autores coincidentes puede indicar que nuestras abuelas y nuestros padres tenían gustos parecidos en diferentes extremos de España -lo cual es probable-, o que la edición entonces tenía un ritmo más bien pausado: también. En mi casa en la Barcelona de los cincuenta se encontraban además algunos clásicos americanos, como La vorágine, de Jose Eustaquio Rivera, o los versos de Silva:

Y eran una
/

Y eran una


Y eran una sola sombra larga!...

o de Porfirio Barba Jacob: 

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,

como en las noches lúgubres el llanto del pinar...

Incluso del maestro Valencia, que al parecer era pariente lejano nuestro: Aunque por lo visto todo el mundo era pariente en Popayán, de donde viene mi familia materna colombiana, donde por los tiempos posteriores a la Independencia se repetían más los apellidos que en Macondo.

    El libro que elegí en Bilbao fue Cuando los dioses permanecen silenciosos, de Mikhail Soloviev, un título que ya de entrada lo coloca en aquellos años -suena a El dios de la lluvia llora sobre México, de Laszlo Passuth, otro clásico de esas bibliotecas, o Cuando la ciudad duerme, de Frank Yerby, posiblemente el primer libro de adultos que me senté a leer de corrido hasta terminarlo, y que podría evocar con mucha mayor precisión que casi todos los posteriores-, y de cuyo autor no he logrado encontrar mayores pistas.

    Bien es verdad que tampoco las he buscado con mucho empeño, no me apetece investigar demasiado en la superficialidad de Google, donde es preciso adentrarse bastante en el bosque antes de encontrar alimento, y aquí conviene una pequeña precisión: No es del todo cierto que no ojee los libros antes de emprender su lectura. Algo sí lo hago, ya me pasó hace tiempo la época de la lectura heroica u obligada, y hago como recomendaba Borges: Leo por placer y si una lectura no me gusta, la dejo. Así de sencillo. Ocurre que también me he adiestrado en una cierta gimnasia de la lectura, más que una ética, y lo cierto es que son pocos los libros de una primera división muy, muy amplia, para entendernos, que no interesen si se leen con los ojos abiertos, la imaginación despierta y genuina curiosidad. Y generosidad para leer desnudos, con los prejuicios justos, y entender lo que quiere decir el autor. No es una cuestión de generosidad, nada que ver, sino de aprovechamiento del tiempo y los recursos.

     O sea que antes de emprender el viaje sí leí algunos párrafos de Soloviev, traducido del inglés y publicado en estupendas tapas rojas duras en la editorial Luis de Caralt en 1973. Y al margen de la evidencia de que se trata de una obra "anticomunista" -antiestalinista, precisaría yo-, no me quisiera estancar ahí, en ese tipo de comentario que suele enterrar cualquier otra aproximación, para señalar que me lo pasé en grande recuperando cosas que hemos quizá perdido: Gran visión para contar las vidas con antecedentes y parentescos lejanos en lugar de pequeñas escenas domésticas de matrimonios debatiéndose entre los reproches, o cierta inocencia de los héroes, por ejemplo, héroes dispuestos a cualquier cosa por defender una idea. En este caso, el benjamín de una familia de cosacos altos y resistentes, educado en los espacios abiertos, como el Taras Bulba de Gógol, que una vez convertido al comunismo por pura generosidad y lógica igualitaria, como fue el caso de tantos, se va desanimando, hacia el ecuador del libro, y termina desafiando de frente al mismísimo estalinismo. Que ya es desafiar. Si se le compara con los testimonios de Koestler, Solzhenitsin, Herling, Tsvetaeva, o sobre todo los relatos de Shalamov, uno comprende que la de Soloviev, aunque muy probablemente inspirada en una experiencia personal, es una novela en el sentido melancólico del término.

     Pero no es una "crítica" lo que pretendo traer aquí, ni siquiera un comentario o la habitual paráfrasis, sino el relato del suave y sugerente placer de, en una tarde de sirimiri en Bilbao, coger un libro al azar en una biblioteca armada a lo largo de años con gusto y ambición. Si bien se mira, un placer igual al de mis primeros libros, cuando en una casa sin televisión, mis padres, que yo recuerde, me permitían coger más o menos lo que quisiese de una biblioteca que ocupaba las cuatro paredes de una habitación de techo alto, en la convicción de que nada que estuviese ahí podía ser malo, que ya lo dejaría yo para mejor ocasión si me aburría, y que no había libros para mayores, para mujeres, para chicos ni subrayados por premios ni recomendados por suplementos, y por no haber no había ni portadas muy distintas: en la casa de mis padres se mandaban encuadernar los libros en dos o tres modelos, como era de uso entonces. Lo único que había, y doy fe de ello, era literatura, y casi siempre buena, y se confiaba en la libertad, la creatividad y el gusto del lector.