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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: García Márquez

La elección más decisiva

Miércoles 16 Noviembre 2016. En Blog, Sastrería

Segunda portada de Cien años de soledad.

Sastrería

A veces me pregunto si no será la elección del tono la más importante de todas, ya que de ella depende lo demás. Si se piensa, más todavía que los mismísimos tema y trama. Estos se pueden cambiar, creo que incluso a mitad de camino, cuando una novela emprende uno no previsto. Muchos autores han hablado y hasta escrito sobre ello (Unamuno, Pirandello...), y es algo incluso habitual entre artistas más bien jóvenes y entusiastas que escriben por impulso. Sospecho que también entre los que ya no nos queremos resignar a lo planeado si en el camino encontramos algo más prometedor. Si se cambia el tono, en cambio, hay que empezar de nuevo.

      La dificultad empieza por definir el tono. Es fácil definir tema y trama, cada vez es más difícil hablar de género (queda pendiente, aunque sería necesario un libro), pero cuando se trata de hablar del tono el asunto se vuelve resbaloso y escapa con facilidad. La prueba es que algunos grandes libros tardaron años y hasta décadas porque sus autores no encontraban el tono.

    Uno de los casos más conocidos fue el de Cien años de soledad. Desde los diecisiete años García Márquez sabía que quería hablar de los Buendía y  Macondo, o similares, y hasta había empezado un libro llamado La casa. Pero escritor melómano y hasta condicionado por la música -no se piense sólo en música clásica sino también en vallenato a todo volumen por las calles de Barranquilla y Cartagena-, se negó a escribir esa novela (escribió otras) hasta que no le llegara el tono adecuado del libro. Esa entonación famosa, en apariencia muy natural y en realidad extremadamente compleja, le llegó según la leyenda cuando, cercano ya a los 40, subió un día en México a su familia al coche para ir a pasar un fin de semana en Cuernavaca o Acapulco, no recuerdo, y a medio camino se dio la vuelta para volver a su casa, le dijo a su mujer que resistiera seis meses con lo que tenían y se encerró a escribir. (Tardó más). En mitad de la carretera había descubierto el tono de la novela pendiente: no era otro que el que hubiese empleado su abuela, que contaba todo, lo natural y lo fantástico, con la misma impavidez, "la misma cara de palo".

     Esa es la versión más conocida del motor principal del libro. En el hallazgo del tono yo creo, con algún otro, que también influyó la lectura-terremoto de Pedro Páramo, meses antes, que le descubrió Álvaro Mutis. El escritor la leyó tres veces seguidas, y en ella se encuentra un párrafo con la misma música que Cien años de soledad.

 

"El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo".

 

¿Es acaso un plagio? En absoluto. Como es sabido, no existe una sola obra en la historia del arte que no beba de otras anteriores. El plagio se da cuando la obra que copia ni se diferencia de su fuente ni la supera. Y hay que tener el oído muy fino para reconocer en un párrafo la entonación que estaba buscando desde hacía media vida y sacar de ahí Cien años de soledad, donde a mi modo de ver lo realmente inolvidable no son las anécdotas ni lo real maravilloso, sino la música, el tono insuperable: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar la tarde remota..."

    Ni que decir tiene que el problema que se plantea a continuación es qué se necesita para reconocer ese tono. Pues no creo tanto que el escritor lo componga, sino que lo reconoce. ¿No pasa lo mismo un poco en la música? Por las partituras sabemos que las grandes sinfonías de Beethoven parten de melodías muy sencillas, que se fueron complicando; en algún gran concierto de Mahler reconocemos el Frère Jacques de la canción infantil; y en 1812 (antes Concierto del Emperador), de Tchaikovsky, recordamos elementales tañidos de campanas.  La comparación con la musica no es tan forzada como pudiera parecer pues el tono llega, o puede llegar, antes que la historia y el personaje. Cuando es solo música. Que es lo que es en primer lugar un texto.

      Pues eso: ¿qué se necesita para que el escritor pueda escuchar el tono, y que este sea original y no la consabida postal?

     Ese es la clase de pregunta que solo pueden contestar los dioses.

Del cine encadenado y otras plagas

Jueves 23 Octubre 2014. En Sastrería

"...un vaquero que se baja de un tren en un lugar de viento polvoriento..." Kirk Douglas en "El último tren de Gun Hill ..."

Sastrería

El otro día, distraído, me topé en una película con una actriz norteamericana que evito -no consigo entender que el mundo entero se rinda a su sonrisa voraz y le paguen piscinas de dólares por películas inmediatamente olvidables-, y ese encuentro a traición me hizo caer en la cuenta de que he visto cientos, miles de películas tipo Hollywood (tipo Hollywood malo, que también lo hubo muy bueno) y todavía no sé muy bien lo que eso ha producido en mi cabeza y en mi alma.

     Lo que ha creado sin duda es una gran habilidad en detectar lo que Marguerite Duras, en su etapa de teórica del cine, llamaba las "cadenas de imágenes". Esto es, con una seguridad del 99%, saber lo que sigue a la imagen de un vaquero con el sombrero sobre los ojos y el revólver escurrido sobre el muslo que se baja de un tren en un lugar de viento polvoriento llamado Silver City. O lo que viene a continuación de la toma de una chica de falda estrecha encaramada en un taburete que mira hacia la puerta de un bar, donde se encuentra la cámara. Sí, esas son las cadenas de imágenes, y lo más descorazonador de jugar a las adivinanzas con ellas es descubrir que, de entrada, a los veinte años uno puede ser ya un gran campeón y sólo un poco más tarde deducir la película -toda la película- con solo ver el cartel. Eso es lo que sucede tras una educación a la sombra del mal cine de Hollywood, que hoy por hoy es universal.

    Lo siguiente que ha producido es un agostamiento de mi curiosidad por los Estados Unidos, los de las ciudades, no sus montañas y desiertos. Los Ángeles debe de ser la única ciudad del mundo, junto con las de los Emiratos, por la que no siento casi interés por asomarme a sus ventanas, y una vez que estuve muchas horas en su aeropuerto lleno de hamburgueserías no sentí ninguna tentación de salir: sospecho que ya la conozco, y que si entro en ella la realidad no va a sumar nada a lo que ya he visto N veces en películas y series que parecen la misma. Cuando fui por primera vez a Nueva York, con quince años, comprobé no sin desconcierto que la reconocía como si hubiese vivido años en ella, y sólo cierta experiencia viajera, y sus museos increíbles, me han hecho ver otras cosas en otras visitas.

    En paralelo inevitable, ha crecido de forma exponencial mi curiosidad por todos estos gigantescos territorios -el 94% del planeta, más o menos- en los que a Hollywood no se le ocurre filmar jamás una película. Y si allí se filma una interesante, compra los derechos para filmar lo mismo en Estados Unidos (¡!). (Ese hecho es casi más revelador que cualquier otro). Y si por casualidad la filma, la película, en esa inmensa parte del planeta, es para reducirla a los simplones estereotipos de Hollywood, fácilmente identificables por ese público adolescente al que al parecer van ahora dirigidos.

      Pero lo que sobre todo ha producido esa colonización masiva de cine encadenado es la progresiva certeza de que -en contra de una superstición generalizada, y tal como descubrieron tanto Faulkner como García Márquez en intensas e infelices experiencias con el cine-, la literatura es sobre todo algo que no se puede filmar (de ahí el nombre de mi libro Cuentos invisibles, dicho sea de paso). Y no sólo sigue siendo una de las artes sin las cuales no sería viable la vida tal como la conocemos, sino que comienza a ser herramienta indispensable para combatir la plaga de la literalidad. 

Cada escritor, una obra

Jueves 16 Octubre 2014. En Blog, Sastrería

p.S

Balzac, Proust.

Sastrería

¿Existen de verdad obras distintas en un mismo escritor? Sabido es que Proust encadenó nueve volúmenes bajo un único (y magnífico) título  pero ¿no hacemos todos los escritores lo mismo y solo por necesidades industriales la dividimos en "obras"? Faulkner aprendió fascinado de Balzac que se podía hacer reaparecer a personajes y lugares de unas novelas a otras -lo que Balzac había resuelto al llamar a toda su biblioteca "La comedia humana"-, y él inspiró lo mismo a varios sucesores, el más famoso de los cuales es García Márquez. Pero cualquier lector atento de Balzac -que se había inspirado en la Biblia-, de Faulkner y de García Márquez, sabe que el mundo de esos escritores no se agota en La comedia humana, el Yoknapatawpha de Faulkner o el Macondo de García Márquez.

     Y si uno lee con sistema a cualquier escritor -o cualquier pintor o cineasta si lo prefieren-, se va dando cuenta de que lo realmente difícil es no encontrar eco de unas obras a otras, desde Homero, Shakespeare y Kafka hasta, digamos, el escritor serio John Banville y su alter ego más comercial Benjamin Black. Y no es sólo "eco", no es sólo una cuestión de estilo, que caracteriza a cualquier artista adulto. Es un hilo conductor más profundo, como el debate entre la bondad y la injusticia que cruza de una punta a otra el sistema nervioso de Los miserables de Víctor Hugo igual que ese mundo subterráneo que Hugo descubre debajo de París. Al final de su vida, acosado por la urgencia de decir y no detenerse en tonterías, Saint-Exupéry se dedicó a escribir con ansia un solo libro, "Ciudadela", que habría sido infinito de no haber muerto su autor en una misión.

      Es algo que intuí desde siempre y ahora sé, y desde niño leí por sistema y con hambre toda la obra de los autores que me gustaban: Tintín, algunas colecciones enteras de Enyd Blyton, mucho Verne, Steinbeck... y es lo que confirmé en la prosa de Borges, "lo más serio que le ha pasado al español en el siglo XX", como dijo Sergio Pitol. Pues después de haber leído toda su obra individual, ya no sé qué he disfrutado más, si sus cuentos, sus prólogos y conferencias, algunos de sus poemas o sus prolijas conversaciones. Me cuesta diferenciarlos. Todo ello me parece una sola página.