joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Fronteras

Carta a un estudiante Erasmus

Miércoles 30 Enero 2013. En Blog

p.S

Te escribo de urgencia, sin saber si este mensaje alcanzará a salir de España a tiempo antes del cierre de las fronteras. El Gobierno ha decidido congelar hasta nueva orden -es decir, hasta siempre si así se lo permitimos- los fondos de las becas Erasmus (tu patrón) y Séneca; no sé si conoces esta última, es la que ayuda a estudiantes andaluces, por ejemplo, a estudiar en Bilbao si desean salir de su aldea y ver otras cosas... O sea, la beca que rompe de verdad con la maldición del distrito universitario, ese sueño de los políticos de campanario, que pretenden tener a los jóvenes de la región encerrados en un sólo aprisco para poderles lavar el cerebro sin molestias sobre una Historia como mínimo discutible y una geografía como mínimo resumida. Todavía recuerdo la vez que, no sin alarma, escuché en la radio de un taxi a un consejero de Educación Andaluz decir que a partir de entonces, con la creación de la última universidad fantasma, ningún joven andaluz tendría que salir a estudiar fuera de su autonomía. Pues pobrecitos andaluces, pensé, encerrados todo el día en su mutua contemplación. En ese paisaje es donde suelen nacer grandes desgracias.

     No sé qué ocurrirá. De momento no ocurre nada, es como el silencio que, dicen, precede a las grandes catástrofes. Ayer se anunció la supresión de las becas Séneca y se ratificó el inminente final de las Erasmus y durante toda la mañana me mantuve con el oído atento, para bajar a unirme a ellos cuando llegaran a mi calle los estudiantes en manifestación. También estuve pendiente del teléfono, de mi correo electrónico y de las Redes... pero nada. Llegué a sospechar que tenía un problema eléctrico, un obstáculo en las comunicaciones, y eso que Internet fue creado para que nadie lo pueda detener (pero sí pueden en China, en Cuba e Irán, con gran interés de otros gobiernos). En un humilde tuit un señor se felicitaba por el "fin de la fiesta" y reclamaba el regreso a los tiempos heroicos de viajeros vendimiadores, como había hecho su padre. En fin, lo de siempre: héroes con mucha hambre partiendo a América detrás de Pizarro en busca de El Dorado.

     Poco más, por lo que es incluso probable que en este mes o el siguiente te dejen de llegar los fondos. Sí, ya sé que el dinero que te daban apenas financiaba los autobuses para ir a la facultad, pero visto que no es un problema real de dinero -dicen que con este dinero quieren reforzar el plan general de becas, o sea que imagínate lo mucho que van a reforzar-, lo que me temo es que comiencen a regatearte los créditos obtenidos en el extranjero, que creo que eso es lo que les molesta de verdad. Primero se suprimen las becas y luego se dice esto y aquello sobre la enseñanza en países extranjeros con otra cultura -"no son como nosotros", dicen-, y se termina con el "que inventen ellos", o algo parecido. Siendo así que en algunos países desarrollados, como Dinamarca, salir del país es obligatorio para los universitarios durante por lo menos seis meses.

     Y aquí llega lo más difícil para mí, aunque no sé si para ti. Vista la situación, no sé si es bueno que regreses o que elijas quedarte allí. Naturalmente que a todos nos gustaría que pudieses venir, y entrar y salir, como correspondería a estos tiempos y creíamos que ya era un derecho adquirido: en las universidades privadas, casi todas carreras incluyen estancias de a veces la mitad del tiempo en el extranjero. Eso es lo suyo en el siglo XXI, y de momento ha vuelto a ser un derecho para ricos.

     Pero mucho me temo que esta medida no es más que el anuncio de lo de siempre, que regresa. Si siempre lo hizo, por qué habría de abstenerse ahora. Esto es, restricción de estudios a lo que ellos consideran esencial, de Derecho a Ingeniería, pasando por Medicina, que pronto volverá a ser el suculento negocio que siempre fue, y marginando cualquier Humanidad. Regreso de las consignas, más que de un pensamiento religioso o tan siquiera espiritual (que enlaza con la filosofía). Y adoctrinamiento sobre la "utilidad" necesaria de los estudios para "sacar adelante el país". Esto quiere decir que las madres volverán a querer casar a sus hijas (o a sus hijos) con ingenieros de caminos, notarios y registradores de la propiedad. En qué un notario es necesario a la patria es algo que me tendrá que explicar alguien, pero seguro que hay voluntarios. Y fin de cualquier asomo de actividad paralela en las universidades, tipo teatro y demás. Tampoco es que hubiese mucho en los últimos años, ni particularmente bueno, pero menos da una piedra.

     Bien, la piedra va a llegar. La prueba es el silencio que se sigue registrando en mi calle desde ayer. Parece agosto. Por otra parte, no es algo que comenzase ayer, ni mucho menos. Hace tiempo que llegan menos estudiantes latinoamericanos a España a programas de doctorado, donde les ponen innumerables trabas burocráticas y que yo sepa nadie ha dicho nada, y el anterior presidente quiso desde el comienzo suprimir la filosofía en el bachillerato. Sólo por eso en un país civilizado tendría que haber dimitido. Fue entonces cuando comenzamos a saber la nada que  había detrás de aquella sonrisa beatífica, todo un prólogo a estos tiempos.

      Como te digo, no sé siquiera si esta carta te alcanzará a llegar, pero visto el tiempo de campanario y aldea que se nos viene encima, no me queda de otra que decirte que tal vez lo mejor sea quedarse afuera... y esperar a que se vuelvan a abrir las fronteras.

Beneficios de los límites

Miércoles 23 Enero 2013. En Blog

p.S
Limitaciones para evitarnos influencias perniciosas

Primero nos quitaron el desayuno. Vino un director de Irlanda y explicó que, según le habían dicho, sólo entendería a España cuando comprendiese que aquí la gente desayuna dos, tres y hasta cuatro veces: primero en su casa y luego, en su trabajo, una, dos y hasta tres veces como respuesta a la invitación: "¿Bajamos a desayunar?" "Pero en Europa", dijo el director, "se va desayunado al trabajo": O sea que fin a los desayunos de empresa.

     De acuerdo: con buena voluntad cualquiera puede comprender una decisión semejante. Pero es que de seguido nos dijeron que tampoco podíamos ir a por un café de plástico en la máquina del pasillo, pues aunque se trata de un café horrible que sabe a madera rallada, y a pesar de que ya no se podía tampoco fumar, pronto comenzaron a formarse pequeños corrillos para cotillear sobre este o aquella jefa, que como es sabido constituye uno de los derechos humanos de los oficinistas, o al menos de los oficinistas humanos.

    No pasó mucho tiempo antes de que un día tres compañeros fuesen despedidos, según se explicó en público, por "uso fraudulento de Internet". Pronto trascendió -estas cuestiones son difíciles de ocultar-, que el despido de uno de los dos hombres fue por descargas sin control de pornografía, la del otro hombre por haber quedado tercero en un campeonato internacional de Poker -fue su nombre lo que puso sobre aviso al irlandés, también ludópata, aunque en su caso de canasta-, y la mujer por la permanente consulta del incontrolable porno rosa. Lo que en los periódicos aparece como "Gente", como si las demás noticias hablasen de marcianos.

     Todas esas medidas fueron por lo general toleradas por los empleados de orden: casi todos. Lo siguiente ya no fue tan bien comprendido. En la nómina de diciembre, junto a la paga extraordinaria de Navidad, venían descuentos por "uso particular del teléfono". A veces tan intenso y de larga distancia que en más de dos nóminas y de cuatro el resultado salía negativo: esto es, el teléfono se había comido la paga extra y el empleado le debía dinero a la empresa. Con magnanimidad, se aceptaba que la deuda fuese pagada en pequeños plazos con intereses muy modestos y competitivos en el mercado.

     El desconcierto fue tal -cuesta mucho pagar por algo que hasta el momento ha sido gratis, un derecho humano por así decir- que no todo el mundo se dio cuenta de algo casi inimaginable: si el irlandés sabía qué llamadas eran particulares y cuáles no, es que escuchaba. Sin duda. A no ser que se hubiese inventado ya una central telefónica con la astucia de discriminar entre ambos tipos de llamadas. Y no era ese el caso pues la empresa se habría dedicado a fabricar la centralita con que soñaría cualquier patrón. Y seguro que llegará, esa centralita, pero todavía no. O sea que la empresa escuchaba. Ese conocimiento producía en el estómago una cosa, un poco como cuando uno de se enamora, pero en este caso era un hormigueo distinto, más bien de miedo.

    Pues luego vino un parte de una desconocida "Dirección Adjunta para las Comunicaciones" en el que se nos conminaba a cuidar los modales y la ropa, lo que aplaudí: ya estaba bien de gente comiendo chicle mientras hablaba con los clientes con los pies por encima de la mesa, y ya estaba bien de ese uniforme internacional del vaquero que ya se comenzaba a usar los viernes, como se hace en California. Pero es que luego se nos dijo que no bastaba con dejar de usar tacos y masticar chicles. Ahora había que usar palabras adecuadas y hacer un uso correcto del lenguaje. Por ejemplo, no usar el genérico "Señores", en las cartas, neutro en castellano, sino el inglés "Señores y señoras", la nueva forma de tratar a los seres humanos, se nos dijo.

    Y así con otros ejemplos, y ya comenzábamos a respirar más corto cuando se nos advirtió que no debíamos confraternizar tanto, en las cafeterías de la zona, con los empleados de otras empresas vecinas. Debíamos mantenernos en grupo y aprovechar esa media hora para hacernos más amigos entre nosotros, conocernos mejor y estudiar modos de mejorar nuestro rendimiento. A eso también iba destinado el cuarto de hora diario en que bailábamos y cantábamos juntos.

    La situación era ya crítica cuando comenzaron a descontarnos dinero por el aire purificado de la empresa y por los beneficios que da el trabajar en ella -céntimos, pero lo que importaba es que comenzaban a cobrarnos-, y la situación ya se ha vuelto intolerable pues la última medida, esta mañana, es el anuncio de un pasaporte. Sí, un pasaporte para los empleados de la empresa de forma que nos diferenciemos de verdad de todos los demás y podamos cobrarles entrada a los que vengan a visitarnos -un privilegio-, o a nuestras novias, cuando vengan a esperarnos. Pero sobre todo, ese pasaporte establecerá también limitaciones a nuestros viajes, para evitarnos influencias peligrosas.

Semprún reescribe lo imposible

Por: Pedro Sorela Jueves 04 Agosto 2011. En Entrevistas

p.S
-¿Estás hablando en serio?
- Por completo, dije, todavía extrañado por la pregunta.

 - ¿Estás hablando en serio?
- Por completo, le dije, todavía extrañado por la pregunta (ahora ya no).
- Pero si escribe en francés...
- ¿Y?, le dije.
- Y fue ministro de Felipe González...
En esta conversación, que mantuve un verano de hará unos veinte años en una cena en un jardín de Asturias con quien es hoy subdirector de un periódico nacional, se concretan los dos prejuicios que en vida relegaron a Jorge Semprún en España, pese a las apariencias, a un ostracismo literario no declarado. Y que me temo continuará cuando hayan terminado los Gloria y le hayan puesto alguna placa en una calle y su nombre a algún instituto. Pero hasta ahí. No creo que los prejuicios -esos prejuicios- vayan a cambiar como para liberar a Semprún de los clichés que ya le sofocaban en vida (no en Europa, donde ha sido un escritor de referencia, como los de antes), y le empiecen a enseñar en serio en aulas de cualquier nivel. Y no es probable que alguna biblioteca de Instituto Cervantes lleve su nombre: ya se perdió la oportunidad de premiar con el Cervantes al más cervantino, por universal, de los escritores españoles del último medio siglo. 

Pero... ¿a quién le importa? Si menciono los premios no es para recordar a estas alturas que la nobleza literaria tiene poco que ver con ellos sino para explicar que se prestase a ganar dos, entre otros -el primer Formentor o el Planeta,-, algo un tanto chocante en un escritor que parecía en las antípodas de la literatura de premio y todo lo que eso supone en España. Se explica un poco en las memorias de Carlos Barral: el Formentor (que conllevaba la publicación en varios idiomas) fue para darle músculo a El largo viaje justo cuando Semprún se disponía a irse de un Partido Comunista todavía soviético, algo que entonces, primeros sesenta, no se hacía impunemente. Y el Planeta (un montón de dinero) para respaldar las Memorias de Federico Sánchez, el libro en el que relata, justamente, su salida del PCE, y cuando éste todavía tenía el poder de colocar etiquetas no visibles, que son las que pesan.

Hasta aquí la crónica social. Pues a mí lo que me interesa es la música de Semprún, esa intuición genial, contemporánea como pocas (y cinematográfica) del vaivén de la memoria y el tiempo, del presente al pasado y al futuro, en El Largo viaje. Que además tuvo enorme influencia. Su talento de dramaturgo, y de pintor para contar con enorme visibilidad y simbolismo con trenes, palabras, ataúdes, números, chimeneas... Su ambición al no conformarse con menos que la lúgubre epopeya central del siglo, y otros temas decisivos en sus guiones. Una libertad en la escritura casi chocante, y adelantada tres o cuatro décadas, que se podía permitir por su conocimiento de las lenguas, literaturas y filosofías francesa y alemana, algo infrecuente en el paisaje español: siempre le recordaré, en una de las dos ocasiones en que le entrevisté, recitando a Aragon: "Mon bel amour, ma déchirure, je te porte en moi comme un oiseau blessé...", y neutralizando unos instantes la pompa burocrática en su despacho de ministro. Y por último pero en primer lugar, el hecho de haber sido, no sólo un escritor de acción -qué diablos, también se puede escribir de fútbol tras haberlo jugado-, sino haber participado en la peripecia central del siglo: los campos de exterminio. Aquella por la que el siglo XX será recordado para siempre, qué le vamos a hacer. Y no como testigo, como se dice, sino como actor: resistente, preso en Buchenwald, superviviente y escritor, y además intérprete a través de la creación: qué más acción que esa. Una experiencia tan fuerte que tuvo que esperar veinte años para que su recuerdo y escritura -un modo de vivirlo otra vez- no le devorase. A eso se refiere el título de su segundo gran libro.

Creo que de Semprún recordaremos El largo viaje y La escritura o la vida: no necesita de más. Ambos -como casi toda su obra- cuentan la misma historia. Igual que Primo Levi con Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados, tratan de lo mismo, fueron escritos con años de diferencia y el segundo con mayor profundidad, el primero con mayor frescura. Sobre los campos se ha escrito mucho, al igual que sobre el Gulag, pero a las obras de Semprún y de Levi se regresa. No porque revelen más sino por la solvencia con que lo hacen. ¿Cómo se puede hablar de lo innombrable, de lo indescriptible, de lo imposible sin estridencias y a la vez con una música que de algún modo reconocemos como verdadera? Ellos lo hacen, inventando casi esa escritura para aclarar una zona en penumbra del ser humano, de la que no teníamos noticia... o la habíamos olvidado en una remota zona de la Historia.

Por todo ello resulta casi pintoresco que se le reprochara escribir en francés o haber sido agitador o ministro. O que se le pida el pasaporte. Reproches de burócratas. De los que viven de las fronteras.

 

Primera versión de este texto en Letras Libres Nº 118. Julio 2011