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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Fronteras

Fronteras en el mar

Jueves 19 Mayo 2016. En Blog, Novela

Emilio López-Galiacho
Portada de Banderas de agua.

Hubo un tiempo, al menos en mi recuerdo, en que lo que más podía ambicionar un chico era cubrir su maleta con todas las pegatinas de hoteles que se repartían entonces en ellos, y el colmo era tener un pasaporte con hojas extra, de forma que todos sus visados se desplegaban como un acordeón. Así era el de mi padre, que llevaba su pasaporte fascinante con la misma naturalidad con que hoy nos reclamamos europeos, primermundistas prestos a mostrar nuestro DNI en Viena, si nos lo piden. El pasaporte se reserva para los sitios aún exóticos, como la India o Estados Unidos.

     ¿Con la misma naturalidad? Desde hace algún tiempo ya no estoy tan seguro. Cierto que ya no tenemos que andar cambiando dinero en las fronteras, como antes, y que mucha más gente que antes habla ahora en inglés o en castellano -en Alemania, Francia u Holanda era casi tan difícil como en España encontrar anglo hablantes, y estoy hablando de hace treinta años-, pero no estoy seguro de que las mentes sean ahora más abiertas. Entonces, lo juro, no dabas la mano a un nuevo conocido con la bandera de tu país en la izquierda por la sencilla razón de que a nadie le importaba demasiado.

    Es más, en ciertos momentos, la nacionalidad casi se postergaba al segundo párrafo, y ello por pura amabilidad y buenos modales. Así ocurría, y ahora estoy hablando de una infancia bastante nebulosa, en la Mallorca de los años cincuenta, la posguerra mundial tardía, cuando todavía no había comenzado la explosión nuclear turística que iba a exterminar el paraíso de las islas, lo mismo que la costa Brava catalana, y en la que los ingleses, franceses, holandeses y alemanes que llegaban de avanzadilla hacían los primeros esfuerzos por llevarse de forma civilizada. Y en el caso de nuestros amigos, de la mano de mi padre, español, y mi madre, colombiana, potencias neutrales.

      Y cosmopolitas. En el sentido menos pijo y más interesante de la palabra. Quiero decir que mi padre, hijo de un explorador más tarde diplomático, y mi madre, enviada al exterior desde niña, igual que su madre, habían crecido y se habían educado en un mundo en el que lo civilizado era abrirse a lo extranjero y no encerrarse. Esto es, moverse en un mundo cuanto más abierto mejor. En fronteras, sin duda, pero también en idiomas, lecturas, viajes y todo lo que se pudiera, sin por ello abandonar lo que hoy llamaríamos unas pocas señas de identidad esenciales. Lo bueno estaba también lejos, y casi mejor si era distinto. No es casual que a mi hermano y a mí nos enviaran siempre a colegios en otros idiomas -y no, no eran forzosamente caros, a menudo lo eran menos que los otros, todavía no estaban de moda-, que me enseñaran a leer con los libros de Julio Verne y de Tintín (¿alguien ha observado que las nacionalidades casi no existen en Tintín?), y que en la biblioteca de mi abuela materna, en Barcelona, estuvieran las obras completas de Stefan Zweig, el más transfronterizo de los europeos.

     Pero eso ha cambiado en vida mía, y ello hace que me admire de todo lo que puede caber en el espacio de una vida, que por definición es siempre corta. Por alguna razón no ha disminuido mi capacidad de asombro, y no dejo de ejercitarla todos los días cuando leo de las muchas iniciativas para crear nuevas fronteras o reforzar las existentes, volver a ponerlas donde ya no había, construir muros que parecen la nueva Gran Muralla China, que se ve desde la luna, y reinventar un mundo medieval como si fuese la imposible traslación a la realidad de una novela de ciencia ficción a cargo de un autor de nuevo enloquecido con las entelequias de la diferencia, la raza, los derechos históricos, los dioses y todo lo demás que ya creíamos tan superado como la Inquisición y la difteria. Cómo será la amnesia que hay hasta supuestos izquierdistas que se reclaman nacionalistas, lo que no merece ni ser comentado.

    Y no estoy hablando sólo de las fronteras nacionales sino de todos esos pequeños grupos y sectas que constituyen los ejércitos de la nueva tiranía políticamente correcta, los nuevos nacionalismos, si se quiere, una vez caducados los de antes -es como si los humanos padeciésemos la maldición del gen gregario, todas esas muchedumbres poniéndose la misma camiseta en un estadio-, y que a veces utilizan los mismos miedosos recursos, y hasta peores, más refinados.

    De eso trata Banderas de agua, novela publicada por FronteraD, primero por entregas digitales y ahora en papel y libro electrónico, y que será presentada por Fernando Savater el miércoles 25 de mayo en la librería Lé, de Madrid (Castellana 154), a las siete y media de la tarde. Estáis invitados.

    Hasta aquí he hablado del libro en términos ensayísticos o políticos. Creo sin embargo que el conflicto del que estoy hablando no trata sólo de las fronteras tipo raya sobre la tierra -muy reales, pese a su carácter imaginario- sino de otras que detecto como narrador, como novelista, y que consisten en una progresiva dificultad para comprender la visión poética que es el sustrato de cualquier literatura, la metáfora, la narración. Por eso mismo, y porque ese es el lenguaje de los novelistas, lo he elegido para Banderas de agua, que comienza así:

    "Un día los tiburones decidieron establecer fronteras en el mar".

 

Banderas de agua

Viernes 06 Marzo 2015. En Blog, Novela

Emilio López-Galiacho.
Trata de la invención de las fronteras, y más cosas, como siempre hacen las novelas.

Novela

Mis primeras palabras, mi primera frase, según me contaba mi madre, fueron en italiano. Entonces vivíamos en Italia. Hijo de un español y de una colombiana, viajeros ambos, eso significa que desde el principio fui un extranjero, un migrante. Desde el comienzo, alguien consciente de las fronteras.

     O mejor de su ausencia, pues tuve la enorme suerte de que mis padres jamás se las tomaron demasiado en serio y, en la medida de sus posibilidades, se sentían en casa en muchos sitios y eso fue lo que nos transmitieron.

     Sin embargo, con el tiempo fui también tomando conciencia de que mi indiferencia a las fronteras no se correspondía con la realidad, en la que por el contrario, a lo largo del último medio siglo, fueron tomando progresiva importancia. Para mi sorpresa. Y aunque siempre estudié en colegios que alternaban por lo menos dos idiomas, el primer choque fue, y siguió siendo, más que con los idiomas, con los acentos: de alguna forma, un acento distinto, aunque fuese en el mismo idioma, no sólo no suponía un aliciente, como lo era para mí, sino un obstáculo. Esa fue tan solo la primera lección.

     Luego fui descubriendo que esos acentos se correspondían con otra realidad menos gaseosa, que eran los países, y más que los países, su historia. Y siguiendo por ese camino terminé por descubrir con los años -contar el proceso sería un libro- no sólo que existe una industria que podríamos llamar de las naciones, sino que esta industria identitaria es la más grande jamás inventada por el hombre y además el origen de la mayor parte de los desastres políticos que ha vivido. Quién lo hubiese dicho, a mis padres y a los que, como ellos, pensaban que las peculiaridades nacionales ya no daban, tras las lecciones de la Segunda Guerra Mundial, más que para adornar a los personajes en los cuentos de la sobremesa. (Entonces se hacía sobremesa, entre otras cosas porque no teníamos televisión).

      Aún así comencé a viajar en serio coincidiendo con la progresiva disminución de los visados, y blanco y con pasasporte europeo, nunca tuve mayor problema con las aduanas. Sí veía que en muchos aeropuertos las colas se organizaban en función de razas y otros criterios, y hasta sospechaba lentitudes y retenciones que nunca me afectaban a mí y no me inspiraban más que una vaga solidaridad, más bien abstracta. Hasta que detuvieron a una joven amiga colombiana, Juliana González Rivera, en la frontera de Checoslovaquia, cuatro días antes de que este país entrara en el espacio Shengen, y acusada de circular sin visado la deportaran a Dresde, en Alemania. Allí fue metida en un calabozo como una delincuente para permanecer 48 horas, al término de las cuales estaba previsto que ingresara en una cárcel para pasar varias semanas o meses antes de ser expulsada y no poder volver a terminar sus estudios de doctorado en Europa. Por fortuna los mandos policiales de Dresde no eran estúpidos y, tras algunas (frenéticas) gestiones, comprendieron que Juliana era una víctima de la telaraña identitaria y la torpeza en el diseño de ciertos visados, le retiraron los cargos y le permitieron volver a España, para terminar, por cierto, una brillante tesis sobre cómo se cuentan los viajes.

       Creo que ahí, junto con algunas experiencias de mi hermano, que con sus hijos tuvo que vagar por Europa durante años tras sufrir un atentado en Colombia (lo que conté en Yo soy mayor que mi padre), ahí se comenzó a fraguar Banderas de agua, aunque se venía gestando desde mucho antes. Trata de la invención de las fronteras... y más cosas, claro, como siempre hacen las novelas. Se publicará primero por entregas semanales, los martes, en la revista digital Frontera D (ayer jueves fue publicado el primer capítulo, ver enlace más abajo) y luego en papel en la editorial de esta misma publicación, a la que agradezco haberme dado asilo en sus páginas, en tiempos, pese a las apariencias, simpatizantes con las aduanas y los muros. Ese es pues su sitio: la novela de las fronteras en una editorial sin fronteras.

 

Carta a un estudiante Erasmus

Miércoles 30 Enero 2013. En Blog

p.S

Te escribo de urgencia, sin saber si este mensaje alcanzará a salir de España a tiempo antes del cierre de las fronteras. El Gobierno ha decidido congelar hasta nueva orden -es decir, hasta siempre si así se lo permitimos- los fondos de las becas Erasmus (tu patrón) y Séneca; no sé si conoces esta última, es la que ayuda a estudiantes andaluces, por ejemplo, a estudiar en Bilbao si desean salir de su aldea y ver otras cosas... O sea, la beca que rompe de verdad con la maldición del distrito universitario, ese sueño de los políticos de campanario, que pretenden tener a los jóvenes de la región encerrados en un sólo aprisco para poderles lavar el cerebro sin molestias sobre una Historia como mínimo discutible y una geografía como mínimo resumida. Todavía recuerdo la vez que, no sin alarma, escuché en la radio de un taxi a un consejero de Educación Andaluz decir que a partir de entonces, con la creación de la última universidad fantasma, ningún joven andaluz tendría que salir a estudiar fuera de su autonomía. Pues pobrecitos andaluces, pensé, encerrados todo el día en su mutua contemplación. En ese paisaje es donde suelen nacer grandes desgracias.

     No sé qué ocurrirá. De momento no ocurre nada, es como el silencio que, dicen, precede a las grandes catástrofes. Ayer se anunció la supresión de las becas Séneca y se ratificó el inminente final de las Erasmus y durante toda la mañana me mantuve con el oído atento, para bajar a unirme a ellos cuando llegaran a mi calle los estudiantes en manifestación. También estuve pendiente del teléfono, de mi correo electrónico y de las Redes... pero nada. Llegué a sospechar que tenía un problema eléctrico, un obstáculo en las comunicaciones, y eso que Internet fue creado para que nadie lo pueda detener (pero sí pueden en China, en Cuba e Irán, con gran interés de otros gobiernos). En un humilde tuit un señor se felicitaba por el "fin de la fiesta" y reclamaba el regreso a los tiempos heroicos de viajeros vendimiadores, como había hecho su padre. En fin, lo de siempre: héroes con mucha hambre partiendo a América detrás de Pizarro en busca de El Dorado.

     Poco más, por lo que es incluso probable que en este mes o el siguiente te dejen de llegar los fondos. Sí, ya sé que el dinero que te daban apenas financiaba los autobuses para ir a la facultad, pero visto que no es un problema real de dinero -dicen que con este dinero quieren reforzar el plan general de becas, o sea que imagínate lo mucho que van a reforzar-, lo que me temo es que comiencen a regatearte los créditos obtenidos en el extranjero, que creo que eso es lo que les molesta de verdad. Primero se suprimen las becas y luego se dice esto y aquello sobre la enseñanza en países extranjeros con otra cultura -"no son como nosotros", dicen-, y se termina con el "que inventen ellos", o algo parecido. Siendo así que en algunos países desarrollados, como Dinamarca, salir del país es obligatorio para los universitarios durante por lo menos seis meses.

     Y aquí llega lo más difícil para mí, aunque no sé si para ti. Vista la situación, no sé si es bueno que regreses o que elijas quedarte allí. Naturalmente que a todos nos gustaría que pudieses venir, y entrar y salir, como correspondería a estos tiempos y creíamos que ya era un derecho adquirido: en las universidades privadas, casi todas carreras incluyen estancias de a veces la mitad del tiempo en el extranjero. Eso es lo suyo en el siglo XXI, y de momento ha vuelto a ser un derecho para ricos.

     Pero mucho me temo que esta medida no es más que el anuncio de lo de siempre, que regresa. Si siempre lo hizo, por qué habría de abstenerse ahora. Esto es, restricción de estudios a lo que ellos consideran esencial, de Derecho a Ingeniería, pasando por Medicina, que pronto volverá a ser el suculento negocio que siempre fue, y marginando cualquier Humanidad. Regreso de las consignas, más que de un pensamiento religioso o tan siquiera espiritual (que enlaza con la filosofía). Y adoctrinamiento sobre la "utilidad" necesaria de los estudios para "sacar adelante el país". Esto quiere decir que las madres volverán a querer casar a sus hijas (o a sus hijos) con ingenieros de caminos, notarios y registradores de la propiedad. En qué un notario es necesario a la patria es algo que me tendrá que explicar alguien, pero seguro que hay voluntarios. Y fin de cualquier asomo de actividad paralela en las universidades, tipo teatro y demás. Tampoco es que hubiese mucho en los últimos años, ni particularmente bueno, pero menos da una piedra.

     Bien, la piedra va a llegar. La prueba es el silencio que se sigue registrando en mi calle desde ayer. Parece agosto. Por otra parte, no es algo que comenzase ayer, ni mucho menos. Hace tiempo que llegan menos estudiantes latinoamericanos a España a programas de doctorado, donde les ponen innumerables trabas burocráticas y que yo sepa nadie ha dicho nada, y el anterior presidente quiso desde el comienzo suprimir la filosofía en el bachillerato. Sólo por eso en un país civilizado tendría que haber dimitido. Fue entonces cuando comenzamos a saber la nada que  había detrás de aquella sonrisa beatífica, todo un prólogo a estos tiempos.

      Como te digo, no sé siquiera si esta carta te alcanzará a llegar, pero visto el tiempo de campanario y aldea que se nos viene encima, no me queda de otra que decirte que tal vez lo mejor sea quedarse afuera... y esperar a que se vuelvan a abrir las fronteras.