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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Entrevista

Los brillantes colores de John Berger

Por: Pedro Sorela Martes, 03 Enero 2017 En: Entrevistas

Dos entrevistas.

Ilustración: P.S 

 

John Berger

El silencio que escucha

En una entrevista con John Berger intervienen tres interlocutores: el periodista que hace las preguntas, el silencio que sigue, de varios a muchos segundos, y luego él. Pues silencio es lo que puntúa de forma inevitable a cada pregunta, y lo mejor de todo es que no parece ficticio, un acto teatral para impresionar al periodista. Uno recibe la impresión nítida de que la pregunta que ha hecho es la más importante que John Berger ha recibido en su vida, y que en consecuencia se está tomando todo su tiempo en contestarla. Y no defrauda: Nunca, en las dos entrevistas que le hice -y que forman parte del libro Momentos con escritores. La entrevista como seducción, que aparecerá en breve- y en alguna que otra conversación, recibí de él más que respuestas... inteligentes no es la palabra, sino carentes del menor rastro de lugar común. Si hay alguien con un pensamiento propio -como por lo demás queda patente en su obra de múltiples caras y en permanente movimiento- ese es Berger.

     El problema para el entrevistador es pues de diversos riesgos. En primer lugar, como con cualquier entrevistado que lo merezca pero más, cómo mantener la altura en un diálogo con esa calidad de respuestas. Y no sólo en el nivel intelectual sino en la variedad, toda vez que Berger es ensayista, poeta, cuentista, crítico (se dio a conocer comentando pintura en la radio), dibujante, cineasta, narrador, además de alguien con ideas políticas muy desarrolladas... y que además en cada uno de esos géneros, cambia: No tiene nada que ver el escritor de G con el de Puerca tierra, el primer volumen de su célebre trilogía, y éste, con Lila y Flag, el tercero, o sus numerosos ensayos y escritos mestizos. Eso sí: su voz es siempre reconocible.

    Conocí y entrevisté a John Berger en el Jardín de la Residencia de Estudiantes, de Madrid. Y recuerdo que ya me iba, ya me encontraba a unos cuatro o seis metros cuando quise hacerle una última pregunta: "¿No se siente usted solo, ahí arriba, en las montañas?", le pregunté desde allí.

     - ¿Solo?, me respondió con la cordialidad que irradia por todos los poros. "Estoy en el centro del mundo y asisto a la muerte del campo en una sociedad industrial avanzada: una de las grandes historias de nuestro tiempo".

     Desde entonces he ido afirmándome en la impresión de que esa montaña de Berger en el medio de Europa es el centro del mundo, y esa, una de las grandes historias, aunque solo sea porque Berger la mira con una intensidad que en ello la convierte. Y me pregunto si no debiera ser precisamente esa la misión del periodista, y si cualquier buena entrevista no debiera ir puntuada por el silencio de una atención afilada.


Una historia en el centro del mundo

28 de febrero de 1992

Parece difícil abordar a John Berger, pues destaca en Europa como narrador, ensayista, guionista, crítico, dibujante -él considera que todo es la misma escritura- pero luego- resulta fácil y fluido como hablar con ciertos campesinos. También lo es: desde hace 18 años, este inglés de pelo blanco vive en un pueblo de la Alta Saboya, Francia, una decisión que en su día fue interpretada como un alejamiento del mundo y luego se ha ido viendo que era lo contrarío: está en el centro. A demostrar que la muerte del campo es uno de los grandes temas de nuestro siglo destinó Berger los 15 años que le costó escribir la trilogía En sus trabajos, cuyo segundo volumen, Una vez en Europa, acaba de salir en Alfaguara.

"Si se pudiera dar un nombre a todo lo que sucede, sobrarían las historias. Tal y como son aquí las cosas, la vida suele superar a nuestro vocabulario. Falta una palabra, y entonces hay que relatar una historia". Así comienza una de las cinco narraciones-pintura que componen Una vez en Europa, y una frase parecida fue la utilizada por el escritor para eludir contar por qué le habían permitido sus padres escaparse del colegio a los 16 años. Para explicarlo, sugirió con su dilatada sonrisa de ojos azules, tendría que remontarse a la I Guerra Mundial y pintar a su madre... y todo ello sería muy largo.En esa escapada, en Londres, en mitad de la II Guerra Mundial, se encuentra sin embargo la raíz de la facilidad con que cambia de lenguaje. Porque él cree que narrador, crítico, guionista, etcétera, no son más que etiquetas que ponen los profesores en las universidades, y él sólo fue a una escuela de Bellas Artes. Durante un tiempo enseñó dibujo y luego comenzó a llamar la atención como crítico en la revista de izquierda The new statesman.

Días felices con Sciascia y el fantasma

Por: Pedro Sorela Martes 09 Febrero 2016. En Blog, Entrevistas

Leonardo Sciascia.

Como si fuese un pescado de la memoria, la Red, esta página, me ha devuelto a Marcella y con ella Italia, Leonardo Sciascia en Sicilia y tal vez los mejores días que viví en el periodismo. Marcella me ha escrito, no sé si desde Roma, Nueva York o La Habana, que son ahora sus ciudades, pero no importa, lo esencial es que ha vuelto.

De Marcella recuerdo sus cafés tipo bomba en su apartamento del Trastevere romano, su sabiduría en los mercados de verduras ausentes en España -los italianos tienen el mismo clima y el doble de verduras, ignoro por qué-, sus lecciones sobre cómo no se come la pasta, sus amigas... y el día en que me dijo, como si fuese tan fácil: "¿Te gustaría entrevistar a Leonardo Sciascia?" Y se corrigió: "¿Te gustaría intentar entrevistar a Leonardo Sciascia?" ¿Por qué "intentar"? "Bueno", me dijo Marcella, que había sido su asistente en el parlamento de Roma: "Él es siciliano y muy suyo. Te conocerá, y puede que acepte, y puede que no. Según."

Yo trabajaba en El País y estaba mal acostumbrado. Por lo general los escritores querían ser entrevistados para el periódico, y alguno, incluso, como Aldo Busi, hacía tales esfuerzos por soltar frases de titular que lo convirtiesen en el niño malo de las letras italianas, el muchacho rebelde o alguna postalita por el estilo, que mi jefe entonces, Félix Bayón, que tenía una de las mejores carcajadas que recuerdo, me permitió escribir, no la entrevista sino la crónica de los esfuerzos de Busi por llamar la atención, algo mucho más informativo. Poco después leí satisfecho la columna furiosa de Aldo Busi en su revista. Eso fue años después de lo de Sciascia.

O sea que allí fui, a Palermo, a presentar mi examen. Lo cual me cuesta creer incluso a mí: ¿Aceptaría hoy un periódico español enviar a un reportero a intentar entrevistar a un escritor en Sicilia, un escritor que no sea un superventas, la estrella de las Ferias de todos los Libros? ¿A puede que sí y puede que no? Lo dudo mucho. Hoy los gastos de muchas entrevistas con actores, por ejemplo, que pueden muy bien suponer dos o tres días en Londres o Los Ángeles en adivinables hoteles de cinco estrellas, están cubiertos por las productoras de cine. Más de la mitad del presupuesto de una Gran Producción se va en publicidad, y sé de alguien a quien un colega le pidió si podía llevar su magnetófono a una entrevista en la que el primero tenía una "exclusiva". No era tal, era tan sólo la exclusiva para España, matiz como el de la obra única en las galerías de arte de escultura, que en realidad admite seis copias: a eso se le llama genialidad para los negocios. La entrevista personalizada en cuestión suele ser en compañía de media docena de periodistas de otros tantos países, y a los veinte minutos una jefa de prensa de ojos azul puritano levanta la sesión.

Y sí, (tosecita), Sciascia me aceptó. Estuvimos charlando de literatura, él aún tímido, y luego preguntó "¿comemos?" y nos guió hacia el comedor de su casa. Marcella me guiñó el ojo en signo de victoria. Pero no supe que había aprobado el examen hasta el segundo día.  Marcella ya se había vuelto a Roma y, tras no sé cuántas horas de conversación, lo dejé en paz y me fui a disfrutar de mi hotel, que según había alcanzado a ver daba como mínimo para una obra de teatro. Era el Grand Hotel des Palmes, del que puedo hablar porque ya lo han "reformado", claro está, para estropearlo. Ya es un Ritz cualquiera, como los hoteles a los que van los entrevistadores de estrellas. Entonces era un hotel que se caía por las esquinas, con camareros nacidos en el último tercio del siglo XIX que traían soperas humeantes desde remotas cocinas en un comedor sin clientes y cuyos pasos crujían sobre un parqué que había conocido a Verdi. Todo el hotel estaba desierto, decían, y desde luego lo parecía, salvo por un marqués que residía en el hotel, como se hacía antes, un marqués italiano más polvoriento de lo que le correspondía por rango, tan viejo que ya no se sabía si seguía siendo cliente, fantasma de cliente o pura leyenda como, digamos, Lampedusa. Podría atestiguar que no era pura leyenda, pero eso me retrasaría el cuento de que, estando yo tendido en la cama extraviada en la habitación como una balsa en un mar en calma, leyendo después de aquella cena solitaria, me llamaron a la recepción y uno de los amigos que había conocido en casa de Sciascia me preguntó qué hacía yo en el hotel, Sciascia me estaba esperando para cenar.

El problema es que Sciascia me estaba esperando... en la mesa central del banquete del premio Strega, uno de los más sonoros de Italia, que por algún azar le entregaban esa noche a Gesualdo Bufalino, uno de sus amigos. Y aunque por lo general los premios literarios me dejan aún más frío que los hoteles de cinco estrellas (suelen ir paralelos), lo cierto es que yo no tenía ni corbata.  "No importa", zanjó el amigo, y no me puso el abrigo ahí mismo porque en Palermo no se usan.

Creo que la entrevista que publiqué a los pocos días refleja de algún modo el entusiasmo, por mi parte, puesto que en aquella conversación que duró tres días recuerdo muy bien haber pensado con toda nitidez: "Y encima me pagan". Esos días fui feliz, a lo que ayudó el escenario: mi hotel literario, que ya no lo es, y una ciudad intrigante donde las haya -y no por lo de la mafia, que es la viruela-, en una de las islas más viejas y con más capas de civilización del mundo. Esos días sentí con fuerza -hubo otras ocasiones- el privilegio del periodista a quien un gran talento le entrega, no sólo una hora de conversación -en este caso unas cuantas más-, sino, con enorme generosidad, verdaderos hallazgos de los que han costado una vida. A Sciascia le debo, por ejemplo, el haberme hecho, como al paso, el par de comentarios claves que sacaron a Stendhal de la lápida de la gloria oficial y reabrieron mi interés por él: así pasó de ser el recuerdo  de El rojo y el negro, en mi colegio francés, y de una profesora que siempre se vestía con esos colores en homenaje a él, a convertirse en uno de mis maestros. Sólo un escritor de verdad  puede conseguir eso, Sciascia hablaba como igual, no sólo como estudioso. Escribí más tarde un ensayo sobre Stendhal, pero para sacar la conclusión de que es inabarcable, inagotable y, por sorprendente que parezca, bastante desconocido. No hay forma de pagar una deuda semejante.

Luego habría de volver más de una vez -los países son como amantes y ocupan las vidas a ráfagas-, a conversar con Sciascia y me temo que igualmente a su funeral conmovedor, acompañado no sólo por una multitud sino por una legión de amigos de verdad consternados. No, Sciascia no sería enterrado vivo, el único temor de un escritor en verdad valiente. No hay muchos y muchos ni siquiera se imaginan -ya los estoy oyendo reclamar su derecho a ser "como todo el mundo" y a tener vacaciones pagadas por una adaptación al cine-, ni siquiera se imaginan que escribir sea una profesión de alto riesgo, y lo que se arriesga no es tanto el cuerpo como el alma. Más que a los sicilianos, Sciascia representaba una suerte de conciencia que desbordaba con mucho los límites de cualquier isla.

Ya por la mirada y la calidez con que me acogió la señora Sciascia comprendí que, por una vez, sí era considerado en esa casa como un amigo y no simplemente como el amigo de un periódico poderoso, la cruz que tan a menudo han de cargar  los periodistas, aunque Dios los ha dotado con cierta ceguera y por lo general no se enteran. Mejor, así no sufren.

Cuando regresé de esa primera entrevista, mi redactor jefe no me preguntó si había pasado el examen y dio la entrevista por hecha.

A mí me brillaban los ojos y había crecido, si no recuerdo mal, nueve centímetros.

"De fábula", dije, "traigo material como para un libro", lo cual era cierto.

"Estupendo", me dijo él, "tienes una página con un doble faldón", lo que más o menos equivalía a cuatro folios mal sumados.

Y eso fue lo que se publicó.

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    Martes 02 Febrero 2016. En Blog, Entrevistas

    Jorge Luis Borges y María Kodama.

    María Kodama

    Me llamaron del periódico cuando me disponía a vestirme para una cena en la villa Favorita, la residencia de los barones Thyssen, en Lugano, el rincón más apartado de la Suiza italiana y, según iba a descubrir, uno de los más aislados de Europa. El periódico me había enviado para escribir sobre la primera exposición de cuadros de Goya que hasta el momento se habían mantenido ocultos en colecciones privadas españolas y, para salir a la luz del gran público, habían elegido la sede, entonces, de la colección Thyssen en Suiza. "Borges ha muerto", me dijeron, una noticia que, no por prevista, dejaba de ser en una sección de Cultura, al menos para mí, como el estallido de la tercera guerra mundial. Por lo visto había muerto en Ginebra, según France Presse, era todo lo que se sabía, en un pequeño hotel discreto, y visto que yo ya estaba en el país, el director de fin de semana había decidido encargarme la crónica, "y para primera edición". Eran las seis de la tarde.

         Me acordé de uno de los trucos aprendidos cuando era reportero de la agencia Europa Press y, vista la urgencia y mi imposibilidad de hablar con fuentes directas, llamé desde mi hotel a la central de France Presse en París y confirmé la noticia y algún dato más. Eso -como saben los corresponsales, que a menudo no hacen otra cosa- me permitía citar la noticia casi como si hubiese testigo de ella. Luego exprimí mi conocimiento de andar por casa sobre Borges (años después escribiría un libro sobre él y otros cuatro escritores: Dibujando la tormenta), tuve la suerte de acordarme de que había cursado años de su bachillerato en Ginebra, y pude hilar por ahí para escribir una crónica cogida con pinzas que nos permitiera firmar "de nuestro enviado especial" en primera edición, una suerte de alarde periodístico.

         Pero a continuación tenía que olvidarme de la cena y llegarme hasta Ginebra para escribir al día siguiente la crónica del cómo, cuándo exactamente, qué había dicho antes de morir y todo eso que se escribe de los héroes antes de que sean llevados al panteón de Ilustres en un coche fúnebre tirado por caballos empenachados de negro. Para descubrir que no era nada fácil: nada salía de Lugano un sábado de junio por tierra o aire, salvo helicópteros alquilados, y en mi desesperación llegué a pensar en alquilar uno -todavía me pregunto qué me habrían dicho en el periódico-, o en pedirle su coche a la comisaria de la exposición de Goyas, Marta Medina.

         Al fin hicimos el viaje, el fotógrafo Bernardo Pérez y yo, en el coche de la delegada de la agencia Efe en Suiza, Ana Romero, y llegamos a Ginebra de madrugada y nos alojamos en el primer hotel disponible, uno de esos hoteles para petroleros de cinco estrellas que son todos iguales y no te permiten saber dónde estás -estás en un no lugar- ni mirando por la ventana.

          Y no había dormido ni cuatro horas cuando llamé a primera hora al hotel en el que había muerto Borges, pregunté por su viuda, María Kodama, y para mi gran sorpresa, se puso de inmediato. Algo inhabitual en España, donde el teléfono se usa sobre todo para marcar distancias de poder. Como un reportero de libro le pregunté de inmediato los datos: a qué hora, cómo, desde hacía cuánto... y no había formulado más de cinco o seis preguntas cuando María Kodama me preguntó con esa voz suave que tiene:

        - Dígame: ¿usted cree que todo eso importa?

        Y para mí fue, lo prometo, como un temblor de tierra. Una contrapregunta-misil, pues también un interrogatorio sobre un muerto es una forma de entrevista, como por otra parte casi todo en periodismo, que siempre pasa por los interrogatorios. Después de muchos años andando por la vida utilizando las consabidas cinco preguntas del periodismo como los mandamientos de una religión agnóstica, al cabo de unos segundos de estupefacción me sorprendí a mí mismo respondiendo:

         - Pues no. Tiene usted razón: realmente no importa.

          Como en efecto me lo creía a partir de ese instante. Hay ciertos cómo y cuándo que no importan gran cosa, aunque no lo parezca.

          Entonces, me pareció, la sorprendida fue ella, que había obtenido de una forma tan fácil el arrepentimiento de un periodista pecador.

         - Es que lo que ahora importa es Borges, me dijo. Su obra. Su literatura.

         Todo eso era cierto. Pero aunque yo ya había comenzado a renegar de mi fe -y tiempo más tarde abandonaría los hábitos- ya tenía lo esencial para escribir la crónica de la muerte.

          De alguna forma en esa conversación se produjo una empatía que, tras otra peripecia que algún día contaré, se plasmó dos días más tarde en esta entrevista, la primera de una muy larga serie que María Kodama viene dando sobre Borges a lo largo de los años. Siguiendo su ejemplo, por otra parte, que en vida concedió muchísimas hasta el punto de que sus respuestas son una parte oral no despreciable de su obra.

        Pero a ese encuentro en particular, y gracias a una contrapregunta que rara vez los entrevistados formulan, yo le debo la revelación. Nunca se sabe cómo y cuándo llega lo inesperado.