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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Entrevista

En indirecto se llega más lejos

Jueves, 09 Mayo 2013 En: Blog, Entrevistas

p.S (en Ipad)
Indirecto: La construcción de una verdad intuida,
como en el teatro

Diálogos / Directo e indirecto

Casi todos los entrevistados del mundo están muy atentos y saltarines ante las preguntas del entrevistador, y casi ninguno se pregunta de qué forma serán tratadas sus respuestas: ¿en estilo directo o indirecto? Y harían bien en preocuparse pues de eso se trata. Aunque dudo que de momento puedan hacer nada, y me parece bien que no puedan.

    Hace tiempo que no escucho la vieja discusión de si el diálogo en español tiende a sonar falso, a diferencia de en inglés, por ejemplo. Yo se lo leí a García Márquez (me parece que en una entrevista: el diálogo en español suena forzado, decía, tal vez impostado), y esa es la razón, imagino, de que en los libros de García Márquez, y en particular en Cien años de soledad se recurra al diálogo menos, mucho menos de lo que habrían hecho otros autores. De hecho, en Cien años... los diálogos y expresiones de la gente hacen muy a menudo, más que de información, de puntuación en el curso de un relato muy melódico y bien sostenido, con pulso de compositor.

     Y yo tal vez le debo a García Márquez un oído al que le suenan impostadas... yo creo que todas las entrevistas que he leído en estilo directo, incluidas las estupendas y más científicas de todas en The Paris review, donde a lo largo de décadas se ha preguntado a escritores sobre sus antecedentes y métodos de escritura. Y eso que están escritas en inglés, y en esa lengua los diálogos sí suenan verdaderos, siempre según Márquez. Algunas de esas entrevistas son legendarias por las cosas que se decían -la de Faulkner por ejemplo- pero eso no significa que fuesen ciertas. O mejor dicho, que sonasen a verdad, a la artística al menos, cuando fondo y forma coinciden en un solo instrumento.

    Yo tuve la suerte de trabajar en EL PAÍS bajo la dirección de jefes en general poco dados al dogmatismo -salvo en un caso decisivo que contaré en otra ocasión-, o que no tenían una opinión definitiva en cuanto a la alternativa entre vía directa o indirecta en las entrevistas: al menos, con un liberalismo bien entendido, en las páginas de Cultura. De modo que, tras una primera entrevista en formato de pregunta-respuesta a Pedro Laín Entralgo, historiador de la Medicina y ex intelectual franquista medio arrepentido, nadie me dijo que mis entrevistas no debían estar escritas en estilo indirecto -narradas-, y fue así como fui comprendiendo que una entrevista tiene, o puede tener, tanto de relato como de teatro, y a veces más. Así me sucedió escribir alguna entrevista sin apenas comillas.

    Algunos teóricos llamarían a eso entrevista-perfil pero yo sostengo que es una entrevista, sin necesidad de adjetivos. Lo único que sucede es que, sorteando la apariencia de un diálogo real que en realidad es falso (la idea es de Picasso), yo reorganizaba la conversación para, en estilo indirecto, como un narrador, llevarla de una forma intencionada hacia la verdad de un personaje. O su construcción a partir de una verdad intuida: como en el teatro. De una forma menos libre que en una novela, se trata, como en esta, de una manipulación -la reorganización del diálogo y su conversión en relato- para llegar a la redacción tal vez más sofisticada pero a la vez más profunda de un encuentro.

     Y en él también se puede dar algún equívoco, y por eso traigo a colación una entrevista con el escritor cubano Miguel Barnet. Se trata de una entrevista anodina que sin embargo ilustra cómo el estilo indirecto también sirve para disimular, o incluso manipular una conversación.

       De visita en Madrid, el por otra parte interesante escritor Miguel Barnet reunía la condición de militar en el castrismo hasta ostentar algún alto cargo de la asociación de escritores, o algo así, lo que hacía obligatorias las preguntas sobre castrismo, libertad de expresión en la isla y demás. Aunque a mí me interesaban más los aspectos literarios de la obra de Barnet -inspirada en los sucesivos mestizajes de la sociedad cubana-, con el objeto de poder entrar en ellos cuanto antes decidí empezar la entrevista con las preguntas incómodas relativas a libertad de creación y pensamiento en la isla; todo ello una década después del caso Padilla, cuando las grietas habían comenzado a aparecer en el espejo de la revolución. Pero ya en la segunda o tercera pregunta me encontré con que Barnet me decía algo así como "no, ya veo por donde va usted", sugiriendo a continuación que yo era un periodista a sueldo de la CIA o algo así. En fin, el maniqueísmo estalinista habitual en ese tipo de discurso.

      Ni que decir tiene que tras ese encontronazo me costó no poco restablecer cualquier confianza esencial, y jamás pudimos crear la complicidad indispensable en la entrevista de cultura. Y sin embargo, el choque aparece apenas insinuado en el relato posterior de la entrevista, lo cual habla bastante de la capacidad de manipulación o al menos disimulo del estilo indirecto.

      Todo ello le daría puntos ganadores al directo... si no supiésemos que también ahí se puede omitir, postergar, reorganizar, abreviar y demás, sólo que se nota menos. Quizá por eso mismo se hace sin pausa.

Preguntas al escritor

Martes 30 Octubre 2012. En Blog, Entrevistas

Hay on Wye, ciudad librería en Inglaterra.

Diálogos/Quién elige al entrevistado

 "¿Usted qué hace aquí?", me preguntó irónico pero cordial Ken Follett la segunda vez que lo fui a entrevistar. "¿No es su periódico un periódico serio? Yo soy un escritor de aeropuerto, hago entretenimiento. Los grandes periódicos no se ocupan de mí". En realidad, a su modo, Ken Follett estaba fishing for compliments, frase hecha inglesa que alude a quien busca mimitos:  Escandalizadas frases del periodista de periódico serio tranquilizándole: "No, hombre, no: usted es un gran escritor. De eso no hay duda En realidad no importa que venda cientos de miles de ejemplares"... Y en realidad no importa: Follett jamás ganará el premio Nobel, si es que esa quiniela le interesa a alguien, pero a su modo, en su estilo, Follett ha sido a menudo un estupendo escritor, sin tanto que ver como pareciera con el género del bestselerismo: entendiendo por buen escritor, como me comentaba una joven novelista amiga, que lectores nada analfabetos quieran llegar a casa para seguir leyéndole.

    Esa segunda entrevista era a propósito de Los pilares de la tierra, la peor de sus novelas entre las tres o cuatro suyas que he leído (y no estoy diciendo que sea mala, aunque eso aquí no venga al caso), o sea que todavía no había comenzado a vender como un record internacional -eso comenzó con Los pilares-, pero ya se acercaba al podio. Y, antiguo periodista de tabloide, conocía las estrategias en la administración de la imagen y se hacía el avaro con la suya... como le ocurre a los ex periodistas: véase García Márquez. Como se cuenta en la entrevista, tras concertar esta por vía indirecta, fue él quien me fue a buscar a mi hotel para llevarme a un banco de The Serpentine, que es a Hyde Park, en Londres, lo que el estanque de las barcas a El Retiro en Madrid. Y ahí se desarrolló la entrevista en un tibio día de septiembre, con él vestido como un joven   y arrojado banquero de la City, lo que a su modo tal vez fuera ya entonces: Pelo gris abundante y haciéndose el rebelde (toca la guitarra en un conjunto de pop, o rock, o algo), zapatos de lazo tan brillantes que parecían de charol, camisa a medida con cuello raro, corbata de seda gorda y nudo agresivo... etc. Un triunfador. Un hijo del pueblo que ha accedido al lujo, o lo que se entiende por tal, y no le remuerde ni esto pues se lo merece.

   En mis dos entrevistas con Follett y en la lectura de sus libros -no es obvio pero lo uno va o debiera ir con lo otro como el jamón serrano con el pan con tomate- confirmé que sí existe un modo de escritura anglosajona que se diferencia de la española: allí los escritores planean sus libros hasta el detalle antes de sentarse a escribirlos. Recuerdo que el también británico William Boyd, en otra entrevista, me mostró los sucesivos planos de una de sus novelas, y al penúltimo ya sólo faltaba ponerle unos cuantos adjetivos y puntos y aparte para quedar terminada. O sea que nada queda al azar: el colmo de la escritura deliberada, inaugurada según Borges por Poe y por Flaubert, y a su modo desarrollada por Henry James. Y también aprendí que un best seller suele tener las dimensiones de una catedral "porque cuando aciertas, la gente quiere mucho. Quiere quedarse a vivir en el libro". 

    Pero estos días me he acordado de Follett porque ¿cómo no hacerlo? Sería más rápido decir dónde no lo han entrevistado que dónde sí... como suele ocurrir con sus periódicas apariciones... y de gente como él. De todo el mundo, en realidad: hoy los contratos de edición incorporan la obligación del escritor a prestarse a la publicidad de la obra, y las posturas de intransigente discreción ante los medios de Faulkner, Beckett, Maurice Blanchot u otros (Salinger ni siquiera permitía que se hablara de él ni del libro en la contracubierta) resultan relatos de excéntricos de otro tiempo.

     Bien, allá los escritores con su actitud ante los medios... que a mi juicio contribuye no poco a retratarles. Pero ¿y los periodistas? ¿Los entrevistadores? ¿Por qué los periodistas (los redactores-jefe y directores), al menos en España, sienten la obligación de entrevistar al último premio, al último best-seller, al último Nombre que pasa por su ciudad, siempre y cuando no sea ni un sabio ni un viejo y esté respaldado por un potente gabinete de prensa? Y ello, en la cadena más que engrasada de una industria cultural que poco tiene que ver con la cultura, el interés del lector o la peculiaridad o mérito de la obra, y sólo para que el suplemento en cuestión coincida en tiempo y forma con la mesa de novedades de El Corte Inglés. (En cine, los productores se gastan más de la mitad del presupuesto en publicidad).

    Así las cosas, quizá no fuera tan irónica la observación de Follett de que por lo general los periódicos serios no se ocupan de él, o al menos no está previsto que lo hagan. Ello se debe a algo que en las redacciones llaman actualidad. Pero que casi siempre es desinformación y obediencia. 

Cómo entrevistar a un sabio que no sabe que es sabio

Miércoles 22 Febrero 2012. En Blog, Entrevistas

Molinero medieval. Ilustración francesa.

Diálogos. Teoría de la entrevista

Es más que probable que él no estaría de acuerdo, pero intuyo que Georges Duby fue uno de los grandes revolucionarios de nuestro tiempo. Ahí es nada: mirando desde la Edad Media, intuyó que la Historia no la escriben los reyes y cardenales, y en alianzas en camas con dosel entre príncipes guerreros y princesas melancólicas, sino la gente del común. Y que las revoluciones no existen -de ahí su desconfianza-, sino que se trata de lentos y profundos procesos de los que luego sólo vemos las puntas, como titulares en un periódico, y es lo que enseñamos a los chicos en los colegios.

   Así formulado -de una forma, lo sé, muy superficial-, suena más bien fácil. No lo fue y, pese al optimismo de la entrevista que propongo de nuevo, no lo es aún. Duby dice en ella que ya han sido conseguidos los objetivos de la escuela de los Annales, la revista que en su día marcó una raya en la historia de la historiografía, y ahí están no pocos libros, suyos y de otros "neohistoriadores" (¿se puede decir así?). Y entre otras, obras tan conocidas como la "Historia de la vida privada", escrita por muchos, como es obvio, que él dirigió. Pero como tantas otras cosas, no parece que el optimismo de hace unos cuantos años sea hoy tan inevitable. Pues no es tan fácil colocar en su verdadero sitio a la gigantesca, la descomunal industria de los productores de notas a pie de página -tal vez más grande que el mismísimo Bollywood-, ni tampoco la mentalidad triunfadora triunfante, sobre todo en España, que mide la realidad en precios, records, premios, sentencias, votos y goyas u óscares -una mentalidad de justa medieval, que no ha cambiado desde entonces-, sin darse cuenta de que el cuento es otro.

   Entrevistar a Duby conllevaba el desafío más clásico de la entrevista cultural: cómo puede un ignorante entrevistar a un sabio. Una relación que se da siempre, incluso en el remoto supuesto de que el ignorante no lo sea del todo y se haya preparado algo, lo que hoy permiten rara vez los procesos industriales que comienzan a darse en los medios. Y que a su vez son una extendida coartada entre los periodistas mediocres. Supongo que el éxito de la entrevista -esto es, que interese a los lectores y la comprendan- depende de que las teorías expuestas no se excedan en ambición. Sin duda alguna, que el periodista tenga una idea de lo que habla y de a quién interroga, algo que no está garantizado en las entrevistas de Cultura. Que no pierda de vista el objetivo de seducir a los lectores, igual que si entrevistase a un cuerpo con una sonrisa... sólo que entrevistar a un sabio es más fácil, pues este tiene algo que decir. Y que el entrevistado no sea un oscuro pedante insoportable y con alitosis que se lo ha creído. También abundan.

     Lo cual no fue el caso. Recuerdo muy bien que después de entrevistar a Duby pensé una vez más que entre las pistas para detectar a los verdaderamente grandes figuran su sencillez y la facilidad con que se ponen al nivel de quien les habla. Así las cosas, Duby era uno de los más grandes que he conocido.

   Sólo que él no se reconocería en este lenguaje bombástico.