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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Ensayo

Dónde comienza Orwell

Por: Pedro Sorela Miércoles 02 Noviembre 2011. En Blog

© p.S
No muchos escritores se unen a la guerra contra
los tópicos, poco rentable porque buena parte de la
industria literaria vive de los lugares comunes.
Pocos como él la libraron con tanta coherencia.

La sorpresa que llega de inmediato con la lectura del Orwell prehistórico -su media docena de libros anteriores a los que hicieron de él el autor-llave de la literatura política del Siglo XX, y también del siglo en sí: Granja de animales, 1984 y yo añadiría Homenaje a Cataluña-, es que de prehistórico nada. Lo esencial de Orwell está casi en cada uno de sus libros, y ello desde el primero: "Burmese days", novela escrita a los treinta años e inspirada de cerca por su experiencia como policía británico, y durante varios años, en Burma, Birmania, hoy Myanmar; uno de los destinos menos lustrosos del entonces vasto Imperio Británico de entre guerras.

   ¿Y qué es lo esencial? Difícil elegir pero es probable que una escritura dictada por un pensamiento político fuerte, que no militante: una postura que va evolucionando pero que sin duda se mantiene en lo que él llamaba "socialismo democrático", incluso después de que Orwell se convirtiese en el primer o uno de los primeros denunciantes, a finales de los treinta, del lúgubre teatro estalinista.

   Una preocupación no menos importante porque esta escritura, por política que fuera, tuviese una dimensión literaria y artística (formas, personajes, colores, sugerencias, ritmos....) de primer nivel y a la altura de la mejor literatura inglesa. Que conocía bien, entre otras cosas porque había asistido, becado, al mejor colegio británico de su tiempo: Eton, en los tiempos improbables en que esos colegios insistían más en los clásicos que en las matemáticas. (Él jamás hubiese aceptado semejantes elogios de Eton, que al parecer odiaba). Con frecuencia se omite que Orwell era también un perspicaz e informado comentarista literario, véanse, entre otros muchos, sus escritos sobre Dickens, Swift (el autor que más le influyó), Tolstoi, Joyce (importó de contrabando el prohibido Ulysses desde París, y tuvo que ponerlo de lado para no compararse con él), "Los buenos libros malos", sus "Confesiones de un comentarista de libros" o "La política y el idioma inglés", donde declara célebremente la guerra a los tópicos y los lugares comunes. No muchos escritores se unen a esa guerra, poco rentable porque buena parte de la industria literaria vive de los lugares comunes. Pocos como él la libraron con tanta coherencia. Además de una inteligencia excepcional y sin duda alguna también visionaria, eso es lo que diferencia a Orwell de casi todos los escritores políticos, incluidos los comprometidos. De hecho, ese fue uno de sus principales objetivos: hacer de la escritura política una forma de arte.

   Y un interés realmente intenso del escritor por la realidad sobre la que escribía que casi siempre -o siempre- le llevaba a vivir y conocerla todo lo posible de primera mano antes de escribir sobre ella o, si se prefiere, en ella. Así hizo con Down and out in Paris and London (Vagabundo en París y Londres, Menoscuarto), resultado de dos años de vida de nómada sin cama fija por las dos ciudades, o en empleos como friegaplatos en hoteles en París. Sólo así se puede conseguir un libro tan informado como ese... pero también un capítulo tan inimaginable como el de los vagabundos muertos de frío en Trafalgar Square que esperan la hora legal de ir a compartir entre tres una taza de té, en La hija del clérigo. Vivir entre los mineros y beber en sus tabernas, en las cuencas mineras de Gales, le permitió, por encargo de un editor, Victor Gollancz, que tuvo el acierto de encargarle a Orwell el libro, escribir un informe como Wigan Pier, que rivaliza en conocimiento del medio con la magnífica novela Germinal, de Zola. Por eso ya hay quien menciona a Orwell como un precursor del Periodismo de Participación, una corriente del -mal llamado, como se ve- Nuevo Periodismo de los años sesenta.

   Intuyo que tal vez ahí esté lo más peculiar de Orwell: esa capacidad de meterse hasta el tuétano dentro de cierta realidad, por lo general movido por la revuelta y con intención justiciera. Él mismo lo dice en su ensayo más revelador: "Por qué escribo": "Mirando hacia atrás mi obra, veo que de forma invariable fue donde no había una intención política cuando escribí libros sin vida y me traicioné en pasajes grandilocuentes, frases sin significado, patrañas y adjetivos decorativos". Esa sin duda alguna pasión extrema del escritor con el tema y la elaboración de sus libros, y que está en la base de la sensación de "verdad" que producen -que poco o nada tiene que ver con cifras o estadísticas-, es quizá el misterio más profundo y a la vez sugerente lección de Orwell como escritor. Y se constituye en tema literario en sí mismo y alegoría en Keep the aspidistra flying (la aspidistra es la planta que solía decorar todas las casas de la clase media inglesa de entonces), en la que el protagonista, Gordon Comstock, lleva hasta extremos incomprensibles para cualquier mentalidad normal su obsesión por lo que hoy llamaríamos "no entrar en el sistema", y él, abstenerse a cualquier precio de conseguir "un buen empleo". Siendo empleo el sinónimo de la trampa del "dinero", y "dinero" el objeto por el que siente una repugnancia, un odio se diría que insuperable: el dinero es el instrumento casi invencible de la esclavitud. Y la novela, la historia de su batalla con él, es la historia de una lucha concreta por la libertad... que por lo demás cruza toda la obra del escritor, y también su vida. Y en el caso del comportamiento sin precedentes de Comstock, ¿acaso Orwell no dijo a un amigo que le ofrecía compartir un apartamento en un barrio burgués de Londres que la sola posibilidad de vivir en un barrio semejante "le ponía enfermo"?

   La obra y vida de Eric Blair (George Orwell, seudónimo elegido para firmar Down and out, que no reunía para él las cualidades de una literatura firmable), es un contundente argumento en sí mismo contra la extravagante pero cómoda y ahorrativa idea -y quizá por eso mayoritaria en la universidad y la crítica- según la cual una obra literaria no tiene nada que ver con la biografía de quien la hizo, o ésta es irrelevante. Que es algo así como decir que la calidad de la leche no tiene nada que ver con el tipo de pastos que haya rumiado la vaca, o con el hecho de que el novio de la vaca haya muerto heroicamente en una plaza cruzada por la línea de sombra. Una idea surrealista incluso en el caso de Kafka, Kavafis o Pessoa, en apariencia oficinistas inofensivos (véase El otro proceso de Kafka, de Canetti), y cuánto más insólita en el caso de un Orwell, en cuya vida parecen estar sin duda las claves de toda su obra y pensamiento.

   Una vez establecido lo cual, la pregunta es... ¿dónde? ¿En qué parte de Orwell están las claves de su obra? Porque las posibilidades son muchas. Los que parecen determinismos de origen abundan. Las experiencias que indican un punto de la estrella de los vientos menudean... Orwell parece un nido de trampas para caer en todos los tópicos y clichés del escritor determinado por su familia y su clase: En su caso, una suerte de muy baja medio aristocracia venida a menos, algo que parece más bien propio de un escritor ruso y coincidente con otros ejemplos en la literatura inglesa (Dickens o Lawrence de Arabia). O sea, una suerte de extranjeridad o periferia, el territorio mismo de la literatura.

     Cualquier lector de Burmese days tiene la tentación de apostar a que buena parte de lo que allí se cuenta -clasismo y racismo colonialista entre los policías británicos y en la sociedad imperial en Birmania-, está inspirado en hechos ciertos. Y que Orwell tenía mucho que ver con Flory, el protagonista apuesto, inteligente y poco racista, aunque con una marca de nacimiento en la mejilla que lo devalúa a ojos de una jovencita, guapa y sin un penique, a la caza de marido: por lo visto, los funcionarios de las colonias eran un buen caladero para europeas solteras desesperadas. La enigmática melancolía de Flory, que recuerda la de Orwell, tiene algo que ver con el hecho de haber elegido sin necesidad ese remoto destino que no corresponde a su rango social, en un personaje que parece un antecedente de algunos de Graham Greene, una década después.

   En ese libro, vagamente deudor de A passage to India, de E.M. Forster, de temática parecida, Orwell volcó lo más sustancioso de los únicos años de su vida en que suspendió su vocación literaria, creyendo que sí podría prosperar en el escalafón de la burocracia imperial y garantizarse unos ingresos regulares, el ideal mismo de su familia y de su clase. Su padre había sido un modesto funcionario en la administración británica en la India, donde nació Orwell en 1903, aunque a diferencia de Kipling él se fue pronto a la metrópoli, a estudiar. Y eso mismo pensó el editor inglés, Gollancz: que Burmese days era "verdad", y esperó a que un editor norteamericano no recibiese denuncias por difamación para arriesgarse a publicar la ya depurada versión del libro en el Reino Unido; el original se perdió. Y como sería la norma hasta Granja de animales y 1984: Orwell recibió buenas críticas y no vendió mucho. También entonces publicar novela era un oficio impredecible y arriesgado.

   Casi como norma, las primeras novelas de Orwell están protagonizadas por un solo personaje, que se mueve en los márgenes de una sociedad que entonces, recordemos, padecía las consecuencias de la Crisis del 29 y se preparaba para la Segunda Guerra Mundial. Pero si ello es evidente en las demás, lo es menos en La hija del clérigo, cuyo retrato sólo de forma indirecta refleja una condición social -por dura que sea la vida de una parroquia anglicana pobre en un pueblo inglés no demasiado practicante y rivalizando con otras iglesias protestantes-, y en cambio ilustra la capacidad observadora de Orwell, a quien no parecen escapársele ni los olores en la casa de una vieja beata impedida (Orwell tenía una nariz de perdiguero), en una suerte de hiperrealismo social que ha envejecido apenas por lo bien escrito que está. También aquí la labor de campo fue su propia vida -era nieto de pastor- y la peripecia de la protagonista, aquejada de una amnesia de pura angustia, tiene en cambio mucho que ver con el recuerdo de sus viajes de vagabundo por los caminos y en Londres.

   Orwell, como quizá se sepa, sufrió toda su vida de pobreza, a veces extrema, aunque él pensaba que un escritor no debía vivir de lo que escribía, ni ganar demasiado para no corromper su mirada en la comodidad y la complacencia, y en cambio tener un segundo oficio, nada literario ni artístico, que le mantuviese en contacto con la realidad de las cosas. Él escribió artículos y reseñas de libros hasta gastarse los dedos y, como es leyenda, se agotó en la transcripción final de 1984, ya muy enfermo de tuberculosis, entre otras cosas porque no fue posible encontrar, ni pagándole el triple, a una mecanógrafa que aceptara trasladarse al remoto islote escocés en el que pasó sus últimos días. Murió en 1950.

     Y no queda más remedio que mencionar las dos últimas batallas que al parecer Orwell no ganó: el escritor pertenece a ese grupo de autores cuya obra, en ocasiones excelente, como es el caso de varios de sus primeros libros, queda sepultada por otra de mucho mayor éxito entre el público. Otro ejemplo sería Saint-Exupéry. Y por ello es una buena noticia la recuperación o primera edición de varios de estos textos en castellano.

   Y luego, la caricaturización de Orwell por quienes pretenden hacer de él una suerte de campeón de la propaganda contra el estalinismo más ramplón. Algo un tanto melancólico si se piensa que Orwell hizo en "Keep de aspidistra flying" el retrato de la publicidad más lúcido y visionario que se recuerda, y no sin escalofrío fue comprobando que la industria copiaba sus magníficos sarcasmos, sólo que proponiéndolos en serio. Eso le sucedería más de una vez. Es evidente que su retrato de la tiranía abarca mucho más, y una pista podría ser que cada vez usamos más expresiones que parecen el colmo del futurismo y que fueron acuñadas por él, como "policía del pensamiento". Él no sólo pretendió siempre abogar por un "socialismo democrático", como dejó escrito en su tardío "Por qué escribo", sino que su obra trasciende con mucho esas peleas de la mitad del siglo pasado, ya un poco grises y polvorientas. No sin misterio, sus escritos ganan con el tiempo en actualidad y novedad.

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    Ensayo. Autor: Pedro Sorela Alianza Editorial, 2006. Páginas: 472. Portada: Ángel Uriarte. ISBN: 978-84-206-4559-9. 

    Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry. Inventores de la escritura moderna

    Prólogo

    Este libro debería pedir perdón por romper con algunas de las reglas del juego –la académica, la de la industria nacionalista, la de la correción política y otras-, pero no lo va a hacer pues, como se intenta contar, si de algo han sido víctimas los por otra parte irreductibles autores de los que aquí se habla es justo de esas etiquetas.

    Su selección no responde más que al gusto personal de su autor y al único criterio de que el placer de su lectura no defrauda y por el contrario aumenta, a la par que sus enseñanzas decisivas sobre la escritura de nuestro tiempo. Y ello además de la progresiva certeza de que estas enseñanzas no serían posibles sin el conocimiento de las vidas de los autores, incluso en el caso del misterioso Shakespeare, que debemos adivinar entre líneas y legajos. Lo que sin duda discute el vasto malentendido según el cual la literatura es un asfixiante sistema ordenado en función de los más variopintos, no siempre convicentes y en ocasiones bromistas criterios, desde la patria hasta el sexo, o de que la literatura es sólo texto. Más aún, texto cuya principal razón para existir es la de ser interpretados y la interpretación es lo que importa. Como decía Borges, las “universidades crédulas” no hablan de literatura sino de historia de la literatura. A Faulkner, a su vez, no le extrañaba nada que pudiesen hacer los académicos. 

    SAINT EXUPÉRY en Dibujando la tormenta. Fragmento

    Domingo 06 Marzo 2005. Páginas de novelas

    Hay que ser un incendio[1]

     

    Se debe escribir,

    pero con el propio cuerpo[2]

     

    No es posible terminar de saber quién fue Saint-Exupéry. Escritor y piloto, desde luego, pero también inventor (al morir dejó registradas 14 mejoras para el vuelo de los aviones), mago con las cartas hasta el punto de haber podido vivir de eso, conde más a ojos de los otros que para él mismo, ajedrecista temible, amaestrador con un don para los animales, dibujante (¿qué sería El Pequeño Príncipe sin los dibujos?), violinista de chico y cantante capaz de llenar una noche con canciones medievales sin repetirse, generoso filósofo de la amistad, matemático, al parecer, de genio…

    André Gide, compañero de ajedrez y su padrino literario, decía que de su cabeza no se sabía si admirar más su potencia o su diversidad, y es unánime el comentario admirativo de su conversación –en los restaurantes las otras mesas se iban callando, para escucharle…-, hasta el extremo de que no fue raro quien pensara, tras escucharle, que su verdadero talento no estaba en la escritura. Según el general Chassin, éste era de la misma naturaleza que el del poeta y consistía en localizar una relación invisible entre dos cosas muy diferentes en principio y –aquí es donde deja de ser un talento de poeta- luego aplicarlas para resolver un problema. Según Leon Werth, “tenía un pensamiento que sin pausa se hacía poesía, y una poesía que sin pausa se hacía pensamiento”. Y poseía la virtud que Borges atribuía a su amigo Macedonio Fernández (y que él también practicaba): especulando, hacía que su contertulio pensase que estaba descubriendo con él; le permitía sentirse más inteligente.

    Pero más allá de la anécdota de sus muchos talentos, lo que ocurre con Saint-Exupéry es que estaba muy vivo, y lo estaba, además de por una energía vital que al final se sobreponía a no pocos achaques, porque se lo había propuesto: “Lo importante es estar vivo”, decía en los años treinta, ante la amenaza de la mediocridad que acechaba una vida inmóvil. (Bruyère). Esa misma conciencia parece guiar la pregunta que le hizo un día a un colega piloto: “¿Eres consciente de que estás creando tu pasado?”.

    Su atractivo no carecía de sombras: mercurial y ciclotímico, podía pasar de la exaltación a la más profunda melancolía en un instante y por razones misteriosas. Además de ideas que ayudan a comprender los azares de su obra y su fama después de muerto, y que también iluminan pasajes de la historia francesa contemporánea, los lúcidos escritos políticos de sus últimos años interesan a los historiadores pero también a los sicólogos. Insomne, entre otras razones porque bebía casi tanto té como café Balzac, despertaba a sus amigos a cualquier hora para leerles sus últimas páginas… y sin embargo pocos se quejaban en voz alta. Cuando Nueva York era también una ciudad francesa a causa de los numerosos exiliados de la guerra, Denis de Rougemont –cuenta en su diario-, les dijo al piloto y a Consuelo, su mujer: “No sois una pareja sino una conspiración contra el sueño de vuestros amigos”. La razón de quejas tan poco ácidas es que era también, según todos los testimonios, una persona que comprendía a los demás hasta un punto perturbador. Eso dice en su diario Anne Lindbergh, la escritora y esposa del piloto, el mismo día de conocerle. “… Me sentía alegre, liberada y feliz. Yo y ese desconocido que comprendía tan bien todo lo que yo expresaba y sentía…”  

    Cuesta aceptar que Saint-Exupéry viviese sólo 44 años –su avión de reconocimiento no regresó de una misión sobre Francia poco antes de terminar la II Guerra Mundial-, pues su vida fue tan intensa que uno se pregunta si Stendhal no estarían pensando en él cuando propuso la idea de que es preciso hacer de la propia vida una obra maestra como condición para escribirla.

    Y si ese carácter intenso y desordenado no resulta evidente a primera vista es por una sola razón: tuvo un instrumento para darle una portentosa unidad, la escritura, y su escritura fue en particular armoniosa. Y un punto de vista privilegiado: el cielo. No es casual que, según varios testimonios, a veces leyese mientras pilotaba, que dibujase, que nunca se separase de un papel y un lápiz, y que, a la pregunta de un periodista de qué se sentía más, si piloto y escritor, contestara que no veía la diferencia (Estang). La respuesta refleja de forma magnífica la forma del escritor de vivir el vuelo, la escritura… y su propia vida.

    El desorden de Saint-Exupéry es, sencillamente, inenarrable. Él lo cultivó con mimo en todos sus dormitorios, en el de su infancia en el castillo familiar de Saint-Maurice, cerca de Lyon, en su pupitre en el colegio, en su campamento en el desierto, o en las muchas residencias de su itinerario casi nómada de adulto. Incluso cuando estaba invitado, como supieron durante varios meses en la casa del doctor Pélissier, que le acogió en Argel durante un periodo en particular depresivo, durante la guerra. Un desorden “indescriptible”, según Pélissier, tan exagerado que el servicio doméstico se negaba a arreglarlo, cuando chico, y eran sus hermanas las que tenían que intervenir, según cuenta Simone; el escritor, compungido, hacía votos de enmienda, pero inútiles. Pues se trataba de un desorden militante, si podemos decir, ya que de una forma muy significativa a mi juicio tendía a no poder regresar a esa habitación si alguien la había hollado intentando poner orden: como podrían sugerir múltiples ejemplos de animales, el escritor destruía el mundo (lo desordenaba)… para reordenarlo poniéndole su marca. Según Nelly de Vogüé (Pierre Chevrier), si los libros de aviación de Saint-Exupéry no pierden contemporaneidad es porque “el escritor no cree en la lectura directa de la realidad. Se sitúa más allá de la actualidad con el fin de imponer su orden”.

    Pero no cualquier marca: ese desorden era, por así decir, poético, como sugiere el poema que el estudiante escribió para recuperar un pupitre individual que le habían quitado en el colegio, a causa precisamente de su desorden. Dice el pupitre en tres de sus divertidos versos: 

    Estaba premiado por mi amo

    de un bello desorden, efecto del arte.

    La paz allí era profunda…

    Rastros de su pensamiento poético y anárquico se ven desde su aversión por la geografía –el más rígido orden que existe-, y por la historia: el no por desesperado menos optimista intento de poner orden en el caos del tiempo. Según su hermana Simone, su aversión por la geografía y la historia, y más tarde por las lenguas extranjeras, venía de que era incapaz de concentrarse en lo que le aburría. “Saint Exupery nació arcángel”, dice Charles Moeller, “mal adaptado a las rutinas de nuestra vida moderna” (…) El hecho de que le tentara seriamente la carrera de bellas artes y, al mismo tiempo, la marina y la aviación muestra que en todo buscaba el mundo de la belleza”.

    Su también legendaria capacidad de distracción es también síntoma de que el escritor había configurado un mundo a su medida, en el que cobran sentido anécdotas que reflejan un grado de inconsciencia notable, como el hecho de ponerse a dibujar sus personajes en un momento de vuelo sumamente peligroso, o a leer mientras pilotaba. Mediante el procedimiento de fijar el timón con una goma y así poder leer, dibujar o meditar, se adelantó a la concepción del piloto automático: en cierta ocasión dio vueltas sobre la pista antes de terminar el libro, con la excusa de que si no lo terminaba antes el ansioso aterrizaje podía llegar a ser peligroso.

    Su intensidad y desorden, o no necesidad de arraigo, si se prefiere, se refleja en lo que sin duda fue una vida nómada. Sus direcciones son numerosas y de diverso tipo, y se alternan con hoteles (del deprimente Titania del boulevard D’Ornano de los tiempos en que vendía camiones al elegante Lutetia, donde vivía en departamentos separados con su mujer, y que luego había de ser cuartel general alemán durante la Ocupación y hoy prohibitivo monumento a un mundo ya ido), y van punteadas con avisos judiciales para incautarse de muebles a cambio de impuestos o alquileres impagados: llegó a ser casi una táctica, según se desprende de las explicaciones que le dio a su esposa el día en que ella le llamó alarmada porque ugieres judiciales se disponían a quedarse con sus muebles. Eso no impedía que viviesen con lujo y hasta con Boris, un criado ruso refugiado que hacía la compra en taxi (años treinta, un duplex en la place Vauban), aunque no siempre (casi nunca, salvo al final) se lo podían permitir. En París, Saint Exupéry tenía sus cuarteles en el café Aux Deux Magots, centro hoy de la industria turística cultural-nostálgica de Saint-Germain, y en la brasserie Lipp, justo enfrente, todavía hoy centro de reunión de los políticos y periodistas parisinos.

    Esa carencia de arraigo se refleja de forma muy visible en el hecho de que no tenía una mesa, por ejemplo. A menudo escribía en los cafés, como se puede ver en los membretes de su caudalosa correspondencia. Tanto en el elegante duplex de la avenida Vauban como antes, en el desierto, su mesa era una tabla puesta sobre dos apoyos, lo cual armoniza con una concepción de la escritura en la que “la perfección se consigue, no cuando no hay nada más que sumar, sino cuando no hay nada más que restar” (Tierra de los hombres). Pero una vez depurados hasta una perfección zen, por así decir, los manuscritos regresaban al caos. En París los guardaba en masa en una caja de sombreros.

    Toda la vida del escritor está marcada por una suerte de búsqueda, y ésta condiciona todo lo demás. Por ejemplo, y aunque su comportamiento no lo permitiese deducir –pues siempre estuvo acompañado de alguna mujer-, desde muy joven tuvo la idea de que el matrimonio entorpece y adormece la búsqueda. Desarraigo… o elección de arraigo. Siempre pareció ir en busca de algo que iba por delante, y con una extraordinaria capacidad, como observó Leon Werth, para dejar escapar la felicidad: en cualquier momento podía sumirse en un melancólico silencio depresivo.

    Pero algo sí tuvo claro desde que comenzó a ser piloto, y era su deseo de alejarse de todo destino que le mantuviese inmóvil, sin algo que hacer. Desde el principio lo que más le gustaba de su trabajo de piloto es que no era un trabajo “para gigolós sino un verdadero oficio”. Gigolós, es decir inútiles. En ese lenguaje ¿no late un remordimiento de clase? Casi por definición, un aristócrata es aquel que no trabaja.

    Pues su vida vida de nómada también tenía que ver con ciertas costumbres de señorito, como cuando, en el servicio militar, alquiló un apartamento en la ciudad para poder tomar baños calientes fuera de las horas de servicio. Lo pagó su madre, que no tenía dinero para esos lujos, y que fue también, es muy posible que después de pedir un crédito, la que pagó su título de aviador (pese a temer la iniciativa como sólo podía temerla una madre en los comienzos de la aviación).

    El relato de cómo obtuvo el diploma es largo y prolijo, pero quizá convenga saber que fue una verdadera conspiración de clase, en la que dos oficiales aristócratas movieron las suficientes influencias para que lo obtuviera violando varios puntos del reglamento. (Durante su vida de estudiante no tuvo reparos en gestionarse enchufes varias veces). También era posible obtener gratis el título haciendo un servicio militar de tres años en aviación, pero esa posibilidad ni la consideró.

    Siempre mantuvo una actitud por encima de la situación. Según decía, amaba a la especie, pero no las masas (lo mismo que Stendhal). ¿Hay una idea más aristocrática?

    Igual tenían que ver los numerosos altibajos que vivió su vida a lo largo de sus primeros veinte años, en los que de un día a otro alternaba venturosos estados de piloto o seductor, con los de estudiante fracasado o vendedor de camiones (fracasado también), y con azares de novela: por un día escapó a la primera guerra mundial, pues el tratado de Versalles fue firmado al día siguiente de cumplir 19 años, la edad en que se enviaba a la gente a una guerra que devoró a la mitad de su generación.

    Según le decía a su esposa una de las viejas empleadas del castillo de Saint-Maurice, Denyse –y que en la mitología del escritor se termina convirtendo en la imagen de la civilización, al ser la centinela de los amplios armarios donde se conservaban en perfecto orden las sábanas planchadas-, el escritor no era cuidadoso en su naturaleza más profunda “al tener demasiadas cosas en la cabeza”. Y puede que ese comentario de apariencia ingenua no careciera de razón.

    Si hay algo constante sobre Saint-Exupéry es que todos los testimonios hablan de él como de una suerte de gigante que no se encontraba muy firme sobre la tierra. Salvo quizá en su infancia, cuando rodeado de una madre, una tía abuela, tres hermanas y un hermano era el rey Sol del castillo familiar. Alguien que heredaba, literalmente, un nombre de caballero andante pero a quien sentaban mal los uniformes, en particular el último, cuando se reincorporó al ejército francés en Argelia con un traje más o menos militar que había comprado en Nueva York en una tienda de implementos teatrales. Pierre Chevrier, seudónimo bajo el que se ocultaba su compañera de los últimos años, Nelly de Vogüé, y la primera en estudiar su obra, señala que “se sentía perseguido”, o que había perdido todo sentimiento de realidad. A veces buscaba la puerta de su habitación “en una pared en la que no estaba”...



    [1] Escuchado a Saint-Exupéry por Edmond Petit. La Pléiade, p. LIX

    [2] Saint-Exupéry se lo dijo a una señora que durante la guerra le reprochaba los riesgos que asumía para volar: “Se equivoca usted…. Si yo no resistiera con mi propia vida, sería incapaz de escribir… Se debe escribir, pero con el propio cuerpo”. (Bruyère, p. 356).