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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Educación

El inglés como síntoma de subdesarrollo

Jueves 05 Junio 2014. En Blog

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Si algo ha demostrado el paso del tiempo en Europa en las últimas décadas ha sido la progresiva implantación del inglés en todas partes. Hace treinta, cuarenta años el francés era todavía la lengua pasaporte en la mitad del continente -incluida Flandes, donde hoy es casi imposible que alguien acepte hablarlo-, en tanto que, salvo en Escandinavia, el inglés sólo lo hablaba una pequeña parte de la población, y nada mayoritaria en Alemania, Holanda o Francia, al menos según mi experiencia. Hoy hablan en inglés hasta los franceses -de hecho el francés "moderno" está contaminado de numerosos anglicismos inútiles por puro esnobismo de moda: quién te ha oído y quién te oye-, y el único país que mantiene un considerable y perjudicial retraso en su aprendizaje, como es sabido, es España: este es uno de los poquísimos países del mundo, incluidos muchos en vías de desarrollo, en el que la clase política no habla inglés, salvo la familia Real, Jordi Pujol, Esperanza Aguirre y alguno más, y uno de los más pocos todavía en el que gente alfabetizada y hasta con estudios se da media vuelta si llega al cine y descubre que la película se proyecta en versión original y con subtítulos. Muchos no saben que tal comportamiento es conocido en muchos sitios y se cita como uno de los pintoresquismos del país, igual que los toros, la sangría y el vicio de la siesta que según muchos extranjeros nos tiene enganchados a todos.

     Pues bien: en estas circunstancias los sindicatos de la enseñanza han levantado la bandera de la denuncia y la revuelta para protestar por la iniciativa de la Comunidad de Madrid (para algo que hacían bien en Educación) de contratar a unos cuantos cientos de profesores nativos como apoyo en la enseñanza del inglés en los colegios que han comenzado la experiencia del bilingüismo. Los sindicatos, con esa portentosa lógica que les caracteriza cuando se ponen, consideran que si a los profesores españoles que dan inglés se les pide que sepan los dos idiomas -y habría que ver el nivel de inglés que les piden-, a los profesores foráneos también hay que pedirles el mismo conocimiento. O sea, que sepan español.

     Me he puesto a hacer memoria y no logro recordar haberle escuchado una sola palabra de español a ninguna de las tres excelentes profesoras de inglés que recuerdo de mis colegios (cinco horas de inglés a la semana). Una era clara y orgullosamente escocesa, Miss Hinkley, y de otra nunca supimos si era o no de origen inglés (el acento era inconfundible), pues se llamaba Mrs. Lecaroz pero Lecaroz era su marido y ella, de soltera, se podía haber llamado White o Lansbury. Y queda claro que pedir un conocimiento igual del español a los profesores nativos es lo mismo que impedirles dar clase, siendo así que son los urgentes y necesarios en un déficit español con muchas más consecuencias de lo que se suele creer. Nadie ha cuantificado por ejemplo las pérdidas de los jóvenes españoles que no pueden acceder a trabajos en la Comisión Europea porque siempre están en déficit de idiomas, comparados sobre todo con los nórdicos.

      La petición de los sindicatos me parece tan corporativista y, sí, cerril, que habla por sí sola y no creo que merezca mayor comentario. Lo que, pese a una larga experiencia, me sigue pareciendo asombroso es que esos portavoces del absurdo sigan teniendo este tipo de poder, y que la sociedad española, como siempre ensimismada detrás de los Pirineos, permita que sigan perjudicando a sus jóvenes en aras de no sé qué derechos corporativistas.

     Me recuerda la creación de estudios de literaturas comparadas en algunas facultades. Lo suyo era que se hubiesen contratado profesores originarios de esos países para enseñar Literatura Francesa, Inglesa, Alemana y demás. Pues no: esas asignaturas las enseñan, en su práctica totalidad, profesores españoles. Seguramente formidables especialistas de reputación internacional, aunque yo no apostaría a ciegas por su conocimiento incluso del idioma, como no sea cierta capacidad de lectura en la lengua respectiva. Lo cual me recuerda a su vez, no sé por qué, a un estudiante de doctorado en Filología Española que me dijo que él no leía a Borges porque este era Latinoamericano y por lo tanto no entraba en su especialidad. Sí, un estudiante de doctorado. Y es probable que futuro docente.

Perdemos lastre

Jueves 12 Diciembre 2013. En Blog

p.S
"...pero ya no el 6 X 6"

 Sí parecían más ligeras, las maletas, cuando al fin surgieron en la cinta de equipajes, pero no dije nada. Ni siquiera me detuve a mirar las caras de otros pasajeros: tanto ellos como yo salíamos con prisa en busca de un taxi, como se hace siempre en los aeropuertos, quién sabe a qué se debe esa impaciencia por llegar.

     -¿Ha ocurrido algo?, le pregunté al taxista cuando ya enfilábamos por la Avenida de América.

     - Algo como qué, me preguntó con la vaga desconfianza taxística habitual.

     Tenía razón, yo también desconfiaba: La fila de taxis en Barajas era tan larga como siempre pero no había policía, y una viejísima mafia de taxistas corruptos habían vuelto a sacar las navajas para pelearse por los pasajeros, a ser posible los asiáticos: son los que no se extrañan de pagar 100 euros por un trayecto.

   No le dije que desde el aire Madrid me había parecido más pequeña, o mejor, más leve, el tamaño de una ciudad es tan relativo...

   Pero lo confirmé esa misma noche, en la cama. Aunque yo no soy particularmente alto, los pies tendían a desbordar el edredón, como si yo fuese un Gulliver jugador de baloncesto. Antes, en el comedor, la cena me había parecido, más que escasa, mezquina, que es peor. Como si hubiesen echado agua a la sopa y sacado los congelados de la nevera en lugar de esforzar la imaginación al abrir la despensa.

    No podía saber que todo eso no eran más que anuncios, y a medio gas, para no asustarme. Cuando en los días siguientes ya había comprobado todos los restaurantes que habían cerrado por la crisis, y las librerías, y todos los libros que ya no se podían encontrar, y los cines con monotema y no digamos ya los teatros, un día me encontré con que una dependienta -muy bonita, por lo demás, aunque de una belleza un poco publicística- se hacía un lío con los cambios que me tenía que dar tras una compra.

    - Usted perdone, terminó por decirme, pero es que las matemáticas nunca fueron lo mío. Yo soy de letras.

    - Bueno, existen las calculadoras, los móviles...

    - Ya, me dijo; es que la dirección nos los tiene prohibidos porque hablábamos demasiado por WhatsApp.

     Podía comprenderlo mas esa no era razón para que nos venciese una sencilla operación aritmética.

     Y ese fue mi primer hallazgo serio: como fui comprendiendo poco a poco, la chica se sabía la mitad de sus matemáticas. No es que no se supiese las tablas de multiplicar del 7 y el 8 (yo mismo sigo teniendo dificultades con la del 8), no: lo que sucedía es que sólo se sabía la mitad de las tablas: hasta el 5 X 6, por ejemplo, pero ya no el 6 X 6. Hasta el 8 X 4..., y ya no el 8 X 6 (y mira que es fácil).

     Una cosa muy rara que se fue confirmando a continuación, y a toda velocidad. Como si una vez desvelado el secreto ya no tuviese sentido seguir manteniéndolo. Por ejemplo: No era cierto que la chica fuese de letras, era sólo un modo de hablar. ¿Cómo iba a ser de letras si -según me confirmó en una conversación- en el último año no había leído un solo libro, y el año anterior tan sólo uno de los volúmenes de 50 sombras de Grey?

    - ¿No te gustó?

    - Mucho. ¿Por qué piensa que no me gustó?

    - Como sólo leíste uno de los volúmenes...

    - Bueno, este año pienso leer otro.

    No le dije que ya estábamos en diciembre y que más valía que se diera prisa porque justo en ese momento, como si se hubiese despejado la niebla de diciembre que cubría la ciudad, comencé a ver que la ciudad sí había disminuido, como mi maleta. No es que hubiesen comenzado a menguar o desaparecer edificios, o arcos del triunfo, o bancos en los parques: nada de eso, y eso sería además demasiado fácil. Tampoco había perdido nada al abrir mis maletas. Tan sólo me pareció que los libros que llevaba habían perdido peso.

    Lo que quiero decir es que -no quedaba más remedio que verlo de frente- la gente había comenzado a perder lastre en la cabeza. Lastre es la palabra pues  parecían muy contentos con quitarse peso inútil y encontrar todo lo que necesitaban en la Red y en Wikipedia. Lo primero que habían comenzado a perder era la memoria pues quiero creer que esa chica alguna vez se supo la tabla del ocho -si no, no la habrían dejado pasar de curso, ¿no?-, y alguna vez escuchó quién fue Hernán Cortés, de lo que ahora no tenía ni la más remota. (Cortés fue uno que quemó sus barcos para no tener la tentación de regresar).

     Pero ya no se trataba de la memoria. Otra cosa que estaban perdiendo o habían perdido ya era la imaginación. La prueba es que nadie me preguntaba por qué había visto o qué había hecho en mi viaje, y eso que le había dado la vuelta al mundo. Parecían muy felices con los límites de la ciudad, que además -me pareció deducir de las conversaciones-, que además iba encogiendo.

      Lo que me confirmó que vivíamos un proceso de desaparición, y quién sabe si extinción, fue que ya muy pocos, y pronto nadie, comprendían ciertas ideas, palabras, abstracciones que eran habituales cuando yo era joven, y que no puedo traer aquí pues el corrector de mi teclado no me deja. Las escribe en rojo y cuando insisto se niega a dejarme avanzar. 

              

No enseñamos libertad

Miércoles 18 Septiembre 2013. Blog

No enseñamos libertad

p.S

Lo más alarmante del debate sobre la educación en España es la casi falta de ese debate en lo que de verdad importa, y en todo caso el desconocimiento general, cuando no tergiversación, sobre la realidad educativa. Baste mencionar la muletilla generalizada de que "esta es la generación más preparada de la Historia", que suena a sarcasmo para cualquiera que se haya acercado a un aula universitaria española: Al menos en las facultades de Ciencias Sociales o Humanidades (no veo por qué en las de Ciencias y en las carreras técnicas la situación sería mejor), no sólo las carencias darían para llenar bibliotecas enteras de antologías del disparate, como siempre y en todo lugar, por otra parte, sino que se detectan limitaciones de verdad preocupantes por su trascendencia en el tipo de sociedad que nos damos. Y en concreto serias limitaciones en dos talentos cruciales: la capacidad de abstraer o pensar ideas; y la capacidad de imaginar. De imaginar de verdad, no simplemente traducir a otros nombres y escenarios la propia realidad del joven. Y ello con independencia de la inteligencia de los alumnos, que como sucede con los jóvenes, suele ser alta.

    Y sí, no parece que sea muy difícil encontrar las causas de tan alarmantes carencias: sin duda alguna, y en buena parte, un menosprecio evidente de las humanidades, y en concreto una postergación cuando no supresión de la filosofía y la literatura. Baste mencionar que la literatura se enseña en los colegios en la misma asignatura que la lengua, con la evidente priorización  de ésta por ser, a fin de cuentas, la más práctica. El resultado es que los alumnos españoles de hoy no saben -estos son ejemplos reales de aulas enteras- quiénes eran María Zambrano, Azorín o los caballeros de la Mesa Redonda. Según mi experiencia, estudiantes españoles con buena nota de acceso llegan a la universidad sin tener algo parecido a un comienzo de formación en literatura, redacción o filosofía, y padeciendo una dolencia intelectual que yo llamo la literalidad.

     Todo esto no pasaría de ser la habitual jeremiada de algunos profesores o viejos propensos a quejarse del presente comparado con el pasado, pero lo cierto es que se trata de algo en verdad alarmante. Pues sucede que son las capacidades de abstracción y de imaginación las que definen al ser humano, y que de ellas está hecha la libertad.

(Publicado en la revista "21", agosto 2013)