Coincidí con una mosca en un avión transocéanico y, como es natural, viéndola golpearse inútilmente contra la ventanilla que daba sobre el cosmos, me preocupó qué pasaría con ella a la llegada, si sería capaz de adaptarse o no al nuevo mundo. Al fin de cuentas por eso se producen los regresos: porque los viajeros no se adaptan y porque les agarra la nostalgia cuando menos la esperan. Pero dos días después la vi bajo el reluciente cielo de La Paz en el frío y seco verano de Los Andes -era ella, la mosca de mi avión, imposible no reconocerla-, y me tranquilizó comprobar que, pese a que mantenía la típica actitud de primermundista perdonavidas, se había adaptado bien, sin problemas, y ni siquiera le afectaba el soroche o mareo de las alturas. Y me pregunté por qué no es siempre así. Por qué no aprendemos de las moscas. Por qué los europeos entienden tan mal América y por qué los americanos…
Lo digo, sobre todo, por Esteban y Adriana. ¡Qué historia si…!
Y lo peor es que la historia, esa historia, también depende de mi. Sobre todo depende de mi. Si yo me retiro, si por alguna razón me retiran de La Luna (el proyecto de presa ecológica más alto del mundo y de ahí su nombre), con toda probabilidad su amor tropezaría en los malentendidos y se rompería las narices. ¿Y puedo yo asumir tal responsabilidad? No, no puedo. Que una historia no se desarrolle por culpa, no de los protagonistas, sino del narrador, del intérprete, es algo para lo que no debe de haber perdón en el cielo de los cuentistas. (¿Cuentistas? ¿historiadores? ¿traductores?) Seguro que es un pecado peor que si al final los personajes resultan unos cobardes.