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Pedro Sorela

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Cuentos invisibles

Cuentos. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 2003. Páginas: 208. ISBN: 9788420465869

Cuentos_invisiblesCuentos invisibles porque aspiran a la literatura, que no se puede filmar. Porque tratan de viajes y el viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante y, al igual que la literatura, hace posible que de nuestro mundo hagamos una creación.

Y por otras razones que han de permanecer invisibles".

La contraportada

...De una represa de aguas milenarias en la cima de los Andes a un motín de blancos en un río chino, de una persecución en Londres al renacimiento de un pobre tipo en Estambul, de una reunión de extravagantes en Helsinki a un Berlín improbable y sin embargo histórico, de un Madrid inédito a un Buenos Aires francés, estos cuentos ponen en evidencia el lado mentiroso de los pasaportes.

Con humor y un idioma afilado, estos cuentos amplían el arco de una obra definida por la originalidad de la mirada y la sugerencia inherente a su doble condición de literatura y viaje.

El intérprete de La Paz

Por: Pedro Sorela Jueves 14 Febrero 2002. En Cuentos, Viaje

En Cuentos invisibles. Alfaguara 2003

Coincidí con una mosca en un avión transocéanico y, como es natural, viéndola golpearse inútilmente contra la ventanilla que daba sobre el cosmos, me preocupó qué pasaría con ella a la llegada, si sería capaz de adaptarse o no al nuevo mundo. Al fin de cuentas por eso se producen los regresos: porque los viajeros no se adaptan y porque les agarra la nostalgia cuando menos la esperan. Pero dos días después la vi bajo el reluciente cielo de La Paz en el frío y seco verano de Los Andes -era ella, la mosca de mi avión, imposible no reconocerla-, y me tranquilizó comprobar que, pese a que mantenía la típica actitud de primermundista perdonavidas, se había adaptado bien, sin problemas, y ni siquiera le afectaba el soroche o mareo de las alturas. Y me pregunté por qué no es siempre así. Por qué no aprendemos de las moscas. Por qué los europeos entienden tan mal América y por qué los americanos…

Lo digo, sobre todo, por Esteban y Adriana. ¡Qué historia si…!

Y lo peor es que la historia, esa historia, también depende de mi. Sobre todo depende de mi. Si yo me retiro, si por alguna razón me retiran de La Luna (el proyecto de presa ecológica más alto del mundo y de ahí su nombre), con toda probabilidad su amor tropezaría en los malentendidos y se rompería las narices. ¿Y puedo yo asumir tal responsabilidad? No, no puedo. Que una historia no se desarrolle por culpa, no de los protagonistas, sino del narrador, del intérprete, es algo para lo que no debe de haber perdón en el cielo de los cuentistas. (¿Cuentistas? ¿historiadores? ¿traductores?) Seguro que es un pecado peor que si al final los personajes resultan unos cobardes.

Azul para cenar

Por: Pedro Sorela Sábado 13 Noviembre 1999. En Cuentos

En Cuentos invisibles. Alfaguara 2003

Foto: P.S.

En una cena en casa de Dimas apareció sin avisar un plato distinto -un magnífico plato con rayas de azul cobalto sobre un fondo amarillo-, que se reprodujo en cenas posteriores. No se reprodujo el plato sino su carácter distinto: platos únicos (aunque seleccionados por un mismo ojo) y que se adjudicaban a ciertos invitados, como sutiles condecoraciones, a la vez que se ninguneaba a la menguante vajilla habitual hasta hacerla desaparecer: unas cenas después todos los invitados comíamos en platos diferentes aunque con algo azul.

De algún modo el color tenía su importancia, no sólo porque en esa ocasión coincidí por vez primera con María Daniel -y ella llevaba un jersey de cachemir azul turquesa que sugería y evocaba la tersura increíble de sus pechos, de suave perfume aguamarina, no sabría definirlo de otra forma-, sino porque también, estoy convencido, la distribución igualitaria del azul contribuyó a que por una vez fuese una cena pacífica.

¿Acaso no lo solían ser?

Pues no, no solían. Tardé en comprenderlo pues yo no hacía mucho que había llegado de México y aún me defendía en la vida a base de muñequeo. Me faltaba mucho para terminar de comprender las reglas del juego español, complicadas, precisamente, a causa de su nitidez. Uno nunca creería que un pueblo tan antiguo haya podido sobrevivir prescindiendo hasta ese extremo de la sutileza y la ojeada, del sobrentendido y de la sombra.

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