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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Cuento

La crisis del escritor de fajas

Martes 07 Marzo 2017. En Blog, Cuento

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"... comenzó a titilar y luego soltó un pequeño chisporroteo..."

Jorge San Epifanio había terminado de escribir la última frase destinada a la faja de uno de los libros de la editorial, y se disponía a apagar el ordenador para ir a ver los últimos dos capítulos de su serie preferida, cuando la frase -la mejor novela de iniciación de la última década- comenzó a titilar, luego soltó un pequeño chisporroteo, como si no estuviese bien engrasada, y finalmente se desprendió de la pantalla. Primero una esquina que la dejó colgando al modo de un borracho aún cogido por una mano al repecho de un balcón, y luego las dos. E igual que ropa sucia arrojada a la lavadora, la frase fue a caer en "lunes", en la agenda que se encontraba debajo de la pantalla. San Epifanio la cogió, la examinó, le dio la vuelta, sopló un poco para quitarle el polvo y, visto que la frase no revivía y tampoco era tanto trabajo, la tiró al cesto de los papeles y se dispuso a escribirla de nuevo. Y estaba a punto de escribir "la mejor..." cuando la frase que había escrito antes, destinada a otra de las novedades -el contundente "un hallazgo"-, dejó asomar una especie de ampolla sobre la o final y, tras el mismo chisporroteo, fue a parar en la frontera entre el martes y el miércoles en la agenda.

      Para darse cuenta de la gravedad de la crisis es necesario decir que era la primera. San Epifanio no sabía lo que estaba pasando. Poeta con cierto talento resultón en la universidad, había escrito un par de novelas prometedoras poco después (eso dijeron los escritores de fajas de la época: "una espléndida promesa", "una de las más prometedoras promesas en estos tiempos de sequía"), y en contraprestación a que su editorial lo becara con un modesto sueldo para que pudiera cumplir esas esperanzas, se comprometió a escribir las fajas de las novedades para hacerlas más atractivas a los lectores: cuatro o cinco al mes, y con tiempo por delante. Nada. Como hubiese dicho uno de sus personajes sobrados y simpáticos,  "pan comido".

     Pero tratándose de alta literatura es arriesgado comprometerse. Hay que andarse con cuidado. Porque lo que no sabía San Epifanio es que, para los poetas como él, el número de versos es limitado y los adjetivos también. ¿Cuántas frases atractivas que inciten a la compra (a la lectura ya es otra cosa) puede escribir un escritor de fajas de libros, por mucho talento que tenga? Pues según una tesis doctoral presentada en la Facultad de Publicidad, no más de 200. En caso de verdadero talento, 250.  Era una tesis doctoral clandestina, como todas las tesis, pero solo era cuestión de tiempo de que llegara a muchos editores del país y, si no se habían dado cuenta por sus propios medios, el que procedieran a los despidos correspondientes en el sector, como indefectiblemente los llamaría la prensa. Y pese a que San Epifanio ya se acercaba a las 500 frases, se habría ofendido mucho de haber sugerido alguien que pertenecía a sector alguno. Él era un poeta. Un artista. Aún así, lo cierto en cualquier caso es que medio millar de fajas de libros desafía los talentos de cualquier poeta, por Petrarca que sea.

      No hizo falta que la tesis trascendiera. Por propia inercia, las frases vencedoras de San Epifanio dejaban aflorar sus tumores y artrosis -su fatiga de los materiales, por así decir- y, simplemente, ni siquiera resistían en la página.  San Epifanio escribía brillante, conmovedor, memorable, pero su entusiasmo no bastaba y no pasaban diez segundos antes de que las palabras se desprendieran de la pantalla del ordenador y cayeran chisporroteando sobre el escritorio como guerreros fritos en aceite hirviendo durante el asalto a una fortaleza.

      Asustado aunque no rendido, San Epifanio volvió a leer poesía con afán y pronto se dio cuenta de que los poetas se movían, o entre el verso hecho y el topicazo, o entre metáforas que no se podían escribir en fajas de libros porque las consecuencias habrían sido todavía más fulminantes. ¿Como poner en una faja Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan como las huellas de las gaviotas en las playas? No se puede. El editor saldría de su despacho furioso y con el cabello en desorden y arrojaría al culpable por la ventana. La gran poesía no está para ser moneda de cambio en las editoriales.

    Acudió entonces a la Real Academia, como hace todo el mundo que pretende revestirse de autoridad, pero solo para descubrir que allí también se habían infiltrado los bárbaros y se dedicaban a consagrar palabras que no eran de consagrar. Resultado:  no era posible abrir mucho tiempo el Diccionario sin que la habitación se perfumase con un olor sospechoso y los dedos que habían dado vuelta a las páginas cogieran un aspecto escrofuloso y maluco.

     De modo que ahí está San Epifanio, con el ordenador encendido y al acecho, contemplando cadáveres de fajas, sin saber qué hacer.

El alarido de la calle Golfo de Salónica

Jueves 16 Febrero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"...por el cielo circulaban nubes más oscuras todavía que la noche..."

Serían la una y treinta de la madrugada de una lóbrega noche de febrero cuando un alarido, largo y espeluznante recorrió la calle Golfo de Salónica del barrio del Pinar de Chamartín, en Madrid. Era martes. Había estado lloviendo a ráfagas desde una tarde que se oscureció antes de tiempo. Por el cielo circulaban rápidas nubes más oscuras todavía que la noche. Y por el suelo bailaban en remolinos las últimas hojas supervivientes del otoño. En el piso 15 D de una de esas siniestras torres que dominan la ciudad desde las alturas de Arturo Soria, y que hacen de portones a la M-30, imaginada por el enemigo en los años de plomo de la posguerra, Diana Ortiz, de 39 años, había descubierto que su hijo Arturito tenía un ojo cuadrado. Y si había gritado, largo y con desesperación, era precisamente porque, pese a ser médica, no comprendía el alcance de lo que había descubierto al ir a tranquilizar a su hijo, que se había despertado a causa de una pesadilla. Nada así aparecía en sus apuntes, ni tampoco en Google, donde tecleó "ojo cuadrado" y no salió nada, comprobó, y si no sale nada en Google es que... mejor ni imaginarlo. Se temía algo grave y sin remedio.

    -Soñaba que te habías vuelto rectangular, dijo con angustia el niño, a quien habían empezado a enseñarle geometría en el colegio.

    - ¿Rectangular?, rectangular cómo, preguntó la madre, asombrándose una vez más de la creatividad de los sueños.

    - Rectangular como esa puerta, dijo el niño mientras miraba con temor la puerta de la habitación, que en efecto a partir de entonces adquirió un aspecto fantasmal y amenazador, con vida propia.

      Y fue al girar la mirada hacia la puerta cuando a la madre le pareció ver algo, y al comprobarlo -una pupila cuadrada, con un iris más cuadrado aún-, al comprobarlo, sin poderlo evitar, fue cuando empezó a emitir el largo alarido que fue a más y parecía el virtuosismo de una soprano para resumir el dolor del mundo.

     El síntoma evolucionó a más, en efecto. No mucho después los dedos de la mano derecha del niño dejaron de ser regordetes y un poco torpes para convertirse en pequeñas tubos delgados de cartón. El padre, viajante de comercio, regresó de una de sus largos viajes de trabajo con gafas cuadradas como las que habían dejado de estar de moda hacía años, y con el nudo de corbata windsor, conformado por un agresivo triángulo equilátero. Pasados los años, Arturito le regaló a su primera novia flores de plástico, estudió una oposición que aprobó en el tiempo previsto, se metió en una hipoteca por un piso conformado por ángulos rectos, y en general su vida se hubiese podido meter en un cubo perfecto, con los lados idénticos. Y quizá se metió, no lo sabremos nunca.

    ¿Y de qué extrañarse? Lo único que no estaba conformado por ángulos rectos en la vida de Arturo era el nombre en diminutivo, Arturito, y él exigió que dejaran de llamarle así el día en que se afeitó por primera vez. Por lo demás, en la calle siempre caminó por calles rectas y paralelas a otras, visitó casas de amigos hechas con piezas de Lego, como la suya, y anduvo primero en bicicletas, luego motos y más tarde utilitarios con las ruedas cuadradas. Votó siempre a políticos que llevaban en su programa expulsar las curvas y hasta los óvalos de las calles y las mentalidades (aunque no siempre cumplieran), e impedir el paso de inmigrantes que no acreditaran ángulos rectos en un largo linaje, y se terminó por casar con una chica que le había enamorado porque se movía con ordenados gestos de autómata. Ambos fueron padres de una simpática parejita de niños de color metalizado que al nacer ya sabían decir papá y mamá en un agradable tono de voz neutro. 

Sastra de espías

Miércoles 25 Enero 2017. En Blog, Cuento

p.S
"Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado..."

Mediada la guerra, el jefe de los espías de la Potencia del Oeste rindió cuentas a su gobierno de sus fracasos, que eran muchos:

    -Es inútil. Pillan a todos nuestros espías.  Y los fusilan.

    Sus compañeros de gabinete no se lo terminaban de creer.

    -¡Cómo es posible!, dijo uno de ellos. ¿En el siglo XXI no ha evolucionado la técnica del disfraz a la par que la Medicina y la Robótica? ¿Este va a ser el gran siglo del progreso humano, y el arte del disfraz, uno de los más antiguos, se va a quedar atrás?

    - Sí -dijo el jefe de los espías, tan desconsolado que hasta se permitió un tonito de intolerable piedad consigo mismo que revelaba la gravedad de la situación-. Lo hemos intentado todo...

    - ¿Todo? ¿Han intentado el disfraz de cliente de rebajas?

    - Ese, en versión de hombre, mujer, jubilado y hasta cliente que devuelve una prenda después de haberla usado. Y también el de víctima de las eléctricas, de militante del Atlético de Madrid y hasta del Numancia, de disidente de partido político y de campeón de concurso de cocina. Uno de nuestros espías se disfrazó incluso de juez de un concurso de canto en el que la gente no entonaba nada nuevo sino viejas canciones que todo el mundo pudiese acompañar... Se han disfrazado de ducha, de bolígrafo de multas de tráfico, de dron, de político corrupto con un jamón en Navidad, de pito de árbitro, de IRPF, de palo de golf y de todo el catálogo de Mortadelo y Filemón.

    - ¿Y?

     - Los pillaron siempre pues nuestros enemigos también conocen a Mortadelo, que es global. Y al paredón.

     El consejo de ministros se sumió en el silencio. Al cabo de un rato de melancolía lo que había parecido una entelequia, una utopía, una blasfemia -el triunfo de la Potencia del Este, imposible hasta esa mañana- se insinuó en la penumbra de la tarde. Además, a través de los árboles del complejo presidencial se veía caer un sol rojo de invierno y eso nunca ayuda. Y cuando alguno de los ministros más débiles ya concebía la palabra rendición pero no se atrevía a pronunciarla, una becaria, pequeñita y con los ojos verdes de inocencia, le cuchicheó al oído a uno de los ministros. Que al principio hizo un gesto de impaciencia pero algo le dijo la chica porque continuó escuchándola y cuando terminó todo el consejo le miraba, agarrándose a lo que fuese: ¿Hablaría por fin? ¿Se atrevería él a decir lo que nadie?

     El ministro repasó a sus colegas y finalmente dijo:

     - Dice que el error ha sido disfrazar a nuestros espías de lo que todo el mundo conoce. Por ejemplo, todo el mundo sabe a la perfección cómo es un usuario de whatsapp y cualquier policía de esquina puede reconocer a un whatsappero falso con un simple golpe de ojo... Ella dice que el truco sería disfrazar a nuestros espías de algo no previsto.

     La chica intervino con su vocecita de becaria para precisar con fe de científico que ha descubierto algo:

    - Es que ya nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto. Nos hemos acostumbrado tanto a las cadenas de mensajes y a poner megustas en las redes que hemos perdido esa esquinita del ojo.

    - ¿Por ejemplo?

     Ahí les costó. Así como casi nadie está preparado para reconocer lo que no está previsto, mucho menos lo está para imaginarlo... y para crearlo.

     En fin, que tras no pocos esfuerzos de la imaginación decidieron fiarse de la becaria y crear una espía con dos narices. No que los creadores tuvieran dos narices, como quien dice "un par" (aunque también), sino que la espía tenía dos narices. Rubia, alta, guapa, con tacones, gabardina de marca y el cuello levantado, pulseras tintineantes, perfume embriagador, medias de cristal... en fin, todo el uniforme perfecto de la espía internacional de hotel de cinco estrellas. Y dos narices.

      Oye: pues no la vieron.

      Así es: no la vieron.

      Y la espía pudo llevar a cabo su misión y restablecer los equilibrios de la guerra, que ahí sigue, interminable.