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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Conferencias

Grietas en el espejo español

Por: Pedro Sorela Martes 09 Noviembre 2010. En Conferencias

Instituto Cervantes de Madrid, encuentro con escritores chinos, noviembre de 2010

© Allan Teger / BNPS.co.uk

El debate en España es todavía entre realidades. Ese es el estado de la cuestión. Todo el debate. Así ha sido, desde hace mucho y hasta hace muy poco, poquísimo, y a lo mejor está cambiando en este mismo instante. En España –y desde que me recuerdo a mi mismo– en España sólo existe la realidad. La actualidad. Abajo con los sueños, la creación, lo distinto y lo lejano.

Y eso, que a algunos sonará exagerado, resulta evidente si nos atenemos a los resultados como recomiendan las más estricas escuelas de la realidad: Las obras. Lo que se hace. Pero tal vez -tal vez-, algunos indicios permiten preguntarse si lo imposible está a punto de cumplirse. Si esa omnipotente realidad no estará a punto de dejar de serlo. Quiero decir, dejar de ser omnipotente.

En algún sitio de la reciente cultura española debe de haber espacio para la transgresión, la curiosidad, lo lejano y distinto, pero lo cierto es que cuesta encontrarlo. Setenta años después, el gran tema sigue siendo la Guerra Civil, y es casi difícil encontrar a un escritor que no lo haya tratado –y me incluyo- o lo vaya a tratar en algún momento. Si hubiese que definir el cine español con una sola frase mucho me temo que tendríamos que decir “realista” y también “de actualidad”.

Las series de televisión, un formidable termómetro porque es adonde acuden nueve de cada diez personas para distraerse y donde se hace más que en ningún sitio lo que la gente pide, tratan… de nosotros y sólo de nosotros... 

Yo nací extranjero

Por: Pedro Sorela Jueves 05 Noviembre 2009. En Conferencias

Instituto Cervantes de Dublín, 2010

Yo nací extranjero. Quiero decir que nací en Bogotá, Colombia –el lugar más lejano de la tierra, según dice Dostoievski en algún sitio que no recuerdo-, hijo de padre español y madre colombiana. Ambos eran viajeros que me sacaron de Colombia a los seis meses para pasar una infancia trashumante por algunos países y –esto es importante- otros idiomas. Además esos idiomas no siempre se sobreponían a los países.

Desde mi primer recuerdo, mi percepción del mundo fue la de extranjero. O si se prefiere, forastero. O, en algunos casos que quisiera ir aumentando, un nativo un poco raro. No sé qué es no serlo, desconozco cualquier sentimiento de pertenencia exclusiva a un país, siquiera chico, una patria, una raza, un nosotros, una palabra en la que no confío demasiado pues nunca he terminado de saber sus límites.

Todo ello ha marcado mi vida hasta el extremo de que, estoy seguro, determinó mi decisión de escribir, oficio que, más allá de lo que proponía Albert Camus, quizá sea la expresión misma de la extranjeridad. Su pasaporte.

Se puede ser extranjero de formas muy diversas, pero –al menos desde mi percepción- no se puede escribir, escribir literatura, quiero decir, si no es desde cierta marginalidad. Cierta extranjeridad. Justo lo contrario de ese tentador pero tramposo equívoco que propone lo local como condición para lo universal, y que tanto ha prosperado en todas partes pues todo el mundo se apunta a imaginar que su pueblo es el centro del mundo. Soy consciente de ir en contra de los tiempos, algo que, por cierto, es o debiera ser también inherente a la escritura, o mejor, a la ética del artista: escribir a contracorriente...

Sombra y sol de Héctor Perea

Lunes 10 Diciembre 2007. En Conferencias

Casa de América. Madrid, 2007

Héctor Perea en Madrid, 2007. Foto: P.S 

Quizá el recuerdo más intenso que guardo de Héctor Perea es, paradójicamente, el viaje de sonámbulo en el que me llevó por Ciudad de México, en mi primera visita, y de madrugada. Terminábamos de aterrizar, en mitad de la noche, y yo padecía un ataque de sueño de niño, de los que me dan a mí, o sea que desde entonces, y de ahí la intensidad de mi recuerdo dormido, tengo la sensación de que me salvó la vida. Si me hubiese quedado dormido en algún punto entre mi aterrizaje y mi hotel, ¿habría sobrevivido? A menudo pienso que no. También le debo mi salvación al consejo de no beber agua del grifo nunca, bajo ningún concepto, y lavarme los dientes con Coca Cola si era necesario, o mejor con tequila, pero jamás acercarme al agua, ni siquiera embotellada, desconfiar de los retretes pues por ahí podían salir cocodrilos, cocodrilos mutantes por todo lo que sucede en los subterráneos de la ciudad más extraordinaria del mundo, y no respirar hondo. Era noviembre, uno de los peores meses de la contaminación marrón que a veces cubre la ciudad como si el cambio climático hubiese empezado allí, y ya hace tiempo.

Luego muchos recuerdos se confunden, en jerarquía e intensidad. ¿Quizá seguiría Lisboa? Como ocurre con la gente viajera de una edad ya provecta, como es el caso de ambos, uno siempre se termina encontrando con los amigos en alguna parte pues el número de buenas librerías, cafés silenciosos, calles extraordinarias y lugares de perdición que merezcan la pena son limitados. O sea que, cierta tarde invernal en que yo andaba por la calle O beco dos surradores, la de llovizna más invisible y dulce de todo Lisboa, entré en un viejo comercio de no sé muy bien qué, sólo sé que era un viejo comercio en Lisboa, no sé si me explico, y ahí me encontré a Héctor, por supuesto negociando con una atractiva bibliotecaria, o algo así: atractiva por una mirada inteligente escondida detrás de una gafas de concha y un jersey de cuello vuelto, disfraz de estudiosa que le daba una suerte de atractivo a juzgar por el entusiasmo de Héctor. Este no desplegaba las estrategias de un bibliófilo sino los encantos de un Casanova. Maduro. Pero Casanova. Eso no se pierde nunca.