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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Colombia

Ventajas de la blasfemia

Miércoles 11 Abril 2012. En Blog, Lecturas

p.S
Costa del Caribe colombiano, muy cerca de donde murió Bolívar.
 

La carroza de Bolívar, Evelio Rosero. Tusquets, Barcelona.

El primer problema que propone La carroza de Bolívar es si, siéndolo, y mucho, es en primer lugar una novela. Pues da la impresión de que se trata de un ensayo histórico que, por temer la polvorienta soledad a la que nuestras sociedades condenan a la idea y el ensayo, para ser leída se viste de novela: el único género que todavía compran unos cuantos miles de lectores... No por ello las novelas tienen garantizada ni mucho menos la polémica. Ya veremos.

   Y la idea que propone es que Bolívar, el héroe libertador de cinco países americanos, fue en realidad un cobarde y por ello jamás resultó herido en combate. Que además traicionó a otros héroes nacionales, como Miranda, Nariño y Paez. Y que detrás de su aureola de Gran Conquistador a quien los padres le llevaban a sus hijas, como al coronel Aureliano Buendía, para que mejorase la raza, se escondía en realidad un caimán, un depredador sexual sin escrúpulos. Además de todo ello, que la Independencia de España se produjo en un momento inadecuado, cuando esas sociedades no estaban aún preparadas para asumirla. En efecto, es difícil encontrar blasfemias más gordas en la religión laica de la Independencia Americana. Y sin duda es imposible no ver también el lado oportunista de la propuesta.

   Aclararé de inmediato que ni soy la persona adecuada para refutar o confirmar estas acusaciones, ni creo que lo pueda hacer una breve crítica literaria. Los implícitos de Rosero, que por otra parte no son sino una de las líneas de una novela compleja por sus varias capas, requerirían de abundante documentación y conocimientos muy especializados. Como por otra parte sucede siempre con el fenómeno de la literatura disfrazada: antiguo -Shakespeare ya situaba sus tramas en territorios lejanos del pasado para eludir los fanatismos de su tiempo-, pero muy actual. Entre otros ejemplos, no hace mucho que David Lodge, irónico novelista de éxito pero también erudito ex profesor lingüista, como se suele olvidar, disfrazó de novela, ¡Autor! ¡Autor!, un muy bien informado ensayo sobre la fracasada peripecia del novelista Henry James en el teatro.

   De modo que lo que la novela de Rosero plantea, además de la polémica histórica, es qué tipo de encrucijada cultural vivimos en la que es necesario que las ideas se disfracen para ser oídas. Es un fenómeno universal, de acuerdo (Lodge es inglés), pero reconozcamos que en unos sitios es más universal que en otros.

     Por otra parte, soy de los que creen que hay pocas palabras más amplias que "novela", por mucho que se empeñen los etiquetadores, que al fin de cuentas de eso viven, y me parece lícito, claro está, que un novelista escriba lo que le apetezca. Esto, que parecería una perogrullada a nuestros abuelos, no está ya tan claro en estos tiempos de dictadura -reconozcámosla de una vez- de lo Políticamente Correcto. Aún así, un científico y de buena formación histórica me advertía contra el fenómeno de las "verdades novelescas", que tanto daño pueden hacer: ¿Acaso los conquistadores no entraron a sangre y fuego en el continente en busca de un El Dorado y una California que sólo existían en los libros de caballerías? Sin entrar en la muy vieja idea de si la novela es o no una mentira para encontrar una verdad más profunda que la apariencia estadística, por ejemplo, o sociológica, es cierto que no pocos prejuicios e ideas equivocadas provienen de cuentos, novelas o crónicas que se hicieron eco entre sí, sin detenerse a comprobar. Y también de libros de supuesta Historia... que por otra parte dieron lugar a guerras y hecatombes. Es algo tan generalizado que ni siquiera hace falta irse muy lejos: basta con leer el periódico del día y sus montañas de ideas hechas sobre árabes, judíos, iraníes, católicos, chinos, inmigrantes de cualquier tipo y hasta norteamericanos de Kansas.

     No sé si Bolívar fue o no un cobarde, y desde luego no era esa mi versión... que incluye la imagen de alguien incomprendido por los demás próceres: aquello de "he arado en el mar, he edificado en el viento...". Pero en esta nueva Edad Media en la que el mundo se ha vuelto a dividir en ejércitos dispuestos a matar para que el otro no pueda decir según qué cosas, me parece un triunfo de la civilización que alguien pueda soltar esa blasfemia, u otra cualquiera, y no arriesgue la vida por ello. Y tal vez sea América, con toda su violencia por otras razones, donde todavía se practique algo parecido al Liberalismo que aglutinó, justamente, las ideas de independencia en el Continente... aunque haya quien diga que pese a Bolívar, de ideas no precisamente liberales. Por otra parte, ¿no es algo muy sano que alguien ponga a un ídolo sobre la mesa -cualquier ídolo- y proponga una nueva autopsia de su idolez? ¿No es eso lo que hacen sin pausa las sociedades desarrolladas?

     En la novela de Rosero, las teorías sobre Bolívar son las de uno de los personajes, historiador aficionado y experto en Bolívar que en los años sesenta se empeña en criticar a uno de los caciques de Pasto -ciudad provinciana de Colombia- y para ello aprovecha su parecido con la versión histórica de Bolívar. Y se burla de ambos a través de una carroza destinada a desfilar en un Carnaval. Con esa excusa se hace un por otra parte interesante repaso de ciertos episodios de la Independencia, se critica con no menor severidad y conocimiento a la izquierda latinoamericana de la época y sus laberintos marxistas-leninistas-maoístas y demás, y con ferocidad a la historiografía y pedagogía instaladas, incapaces de poner mínimamente en cuestión a Bolívar, mientras lo convertían en una suerte de santo de yeso y escayola sin la menor conexión con la realidad. Por criticar, hasta se critica, sin citar al autor -tan sólo "la pluma pluscuamperfecta del taumaturgo hechicero" (pag. 167)- la visión que de Bolívar dio García Márquez en El general en su laberinto, y que en su día fue también algo polémica por proponer un Bolívar de talante caribe frente al tradicional andino. Peccata minuta al lado de las acusaciones de un Rosero que, por otra parte, con rasgos de su estilo también rinde tributo al novelista que critica.

     Es de temer, pero supongo que Rosero lo sabía, que la polémica bolivariana opaque las otras líneas de la novela, que por otra parte juegan también con fuego al pretender novelar con máscaras y carnavales, en un juego de espejos y alusiones en el que el lector se puede perder un poco.

     Conviene subrayar que, junto con Fernando Vallejo, el autor de La virgen de los sicarios, Evelio Rosero se alinea en el difícil grupo de los escritores, por así llamarlos, blasfemos. Bueno, esa fue siempre una de las misiones de la literatura, desde Rabelais a Baudelaire o Joyce y Miller -¡o Flaubert!, aunque hoy nos asombre la acusación-, y no veo inconveniente alguno, y en particular en estos tiempos en que regresa una vez más una sofocante moralina de aldea, con valores de beatería y campanario. Lo que me parece que debería hacernos pensar es por qué se producen autores tan... ¿hambrientos? en un determinado momento y lugar. Quizá tenga que ver con la ansiedad de verdad tras muchos años de idioma sólo decorativo y de mentira. A esos años también se alude en la novela. Si es así, por su labor de limpieza tal vez habría que darles una medalla.

La pintura de escritor de Gustavo Zalamea

Por: Pedro Sorela Noviembre 2011 En: Blog, Invitado

Me parece que el recuerdo más remoto que tengo de Gustavo es la vez que le vi leyendo un libro en el momento en que los demás regresábamos de bañarnos en el río. Y no era cualquier río. No recuerdo su nombre pero el que atravesaba San Luis, la finca de Carlos Schloss en los Llanos Orientales de Colombia, guardaba tembladores: un pez eléctrico; güios: la boa americana; y rayas, cuyo latigazo en el empeine podía hacer llorar de dolor a un vaquero curtido. Lo sé: lo vi una vez. Y el libro que leía Gustavo no era cualquier libro, al menos no a esa edad. Era, lo recuerdo muy bien, uno sobre la Revolución Francesa. Debíamos de tener unos doce o trece años y estudiábamos todos en el Liceo Francés de Bogotá. Y todos los demás eran amigos desde el jardín de infancia y yo, llegado no hacía mucho de España, era un novato en el sol del trópico, que abrasa sin avisar, emboscado en la calima. No sé si fue en esas vacaciones o en otras cuando me quemé la espalda de tal modo que el médico, en una capital fría encaramada en Los Andes a casi tres mil metros de altura, se creía apenas que eso lo pudiese haber hecho el sol. Guardo de San Luis el recuerdo deslumbrado por una América salvaje que hoy me parece casi un invento imposible de la memoria, del mismo modo que me parece imposible que Gustavo haya muerto en julio, a consecuencia de una infección pulmonar contraída mientras remontaba el Amazonas hacia Brasil, en un viaje largo tiempo deseado.

   Gustavo, que tenía la curiosidad elegida por los antiguos como la definición misma de la juventud; pero no la de la piel sino la del espíritu.

     O tal vez no fue ahí. Tal vez fue la vez en que la balsa-llanta de tractor en que atravesábamos un río crecido por el invierno volcó, la corriente arrastró con violencia la rueda y a todos nosotros agarrados a ella como la cola de una cometa, y el sacudón cuando se tensó la otra cuerda por el árbol a la que estaba amarrado ese pontón rudimentario no nos arrojó al agua para ahogarnos porque hay un Dios y estaba ahí. Así comienza Trampas para estrellas, una novela sólo en apariencia fantástica: con esa historia real.

   Luego los recuerdos dejan de ser de acción y se remansan en una de las aulas del colegio, en la 87 desde la 7ª, la calle más bella del mundo antes de que ahí llegara también la Internacional del Ladrillo, que está escrito llegará a todas partes. Eran unos años hoy tan inverosímiles, lentos y pacíficos que teníamos tiempo hasta para hacer mapas, y los de Gustavo eran sin duda los mejores: exactos, balanceados, no pistas para urbanizadores de montañas o rastreadores de ríos sino para colgar en la pared como paisajes. Eso debiera haber servido de aviso, pero no: con la pesada circunstancia de que era el nieto del poeta Jorge Zalamea, el autor de El sueño de las escalinatas pero también el traductor de Pájaros, de Saint-John Perse, e hijo y sobrino de escritores, en el país de los abolengos y dinastías gobernantes, dábamos por hecho que Gustavo sería escritor o no sería.

     Deberíamos habernos fijado en su letra. De escritor, sin duda, pero también de artista: de los que perduran. Estoy convencido de que un calígrafo neurótico y puntilloso sería capaz de detectar su influencia en la escritura a mano de casi toda la clase. En la mía, sin duda, y se lo agradezco. Según confesiones posteriores, le debo alguna que otra conquista de la época en que los hombres y las mujeres se escribían cartas. Cuando las muchachas me conocían se fugaban, asustadas por mi voz de ogro, pero al principio -estrategias de ogro- las seducía con mi letra.

     Luego Gustavo se volvió pintor y en una sola noche dejó a la ciudad con la boca abierta con sus primeros cuadros de ballenas varadas en el Centro, casi otra ciudad pero el barrio desangelado que él prefería, aunque sólo fuese para llevar la contraria. Nadie las había visto nunca pero los que tenían ojos para ver, y no sólo para confirmar, se dieron cuenta de que estaban ahí, o deberían haber estado desde siempre. Entonces todo el mundo recordó que era hijo de Marta Traba, la crítica de arte de ese momento en Colombia, pero yo no estoy tan seguro de esa causa. Y aquí no tiene que ver el hecho de que Marta me atribuyese la responsabilidad de ser el culpable de que su hijo se corriese la primera gran juerga de su vida. Esa que deja con un atónito guayabo, una descomunal resaca durante una semana y se recuerda toda la vida. Y sólo porque fue en mi casa, aprovechando una ausencia de mis padres, y luego acompañé a Gustavo a su casa, con otro amigo. Una trastada de chicos que por otra parte jamás repetí. Parece una mala película gringa pero de esas minucias está también llena la vida de los grandes. Bien: desde esa noche infausta fui para Marta la "mala influencia", una de esas que a las madres les encanta buscar para atribuirles hasta los suspensos de sus hijos en matemáticas.

     Yo por el contrario creo que la pintura de Gustavo proviene sobre todo de sus lecturas, y no sólo porque respire literatura por los cuatro puntos. Y digo "literatura" en el buen sentido de la palabra, no el de que "cuenta historias", que es lo que habitualmente se entiende por "pintura literaria" y los pintores con razón rechazan. Lo digo en el sentido de que muchos de los cuadros de Zalamea son sobre todo dramáticos y los valores que entran en juego son literarios -la ballena blanca, en este caso negra-, o si se prefiere, simbólicos. Prometo no meterme en la jeringonza habitual de la crítica de arte, el castigo que le envió Dios a los artistas para rebajarles la soberbia y alejarles a los admiradores, pero no deja de ser sintomático que muchos de los cuadros de Gustavo incorporasen a un sujeto visto de espaldas, con la característica mala postura de Gustavo desde niño, pintando sus cuadros como si los escribiera. Y así lo hacía, me parece, y no es casual que en muchos escribiese misteriosos mensajes con su escritura clara de maestro artista.

     Creo además que esa pintura de escritor se forjó sobre todo, no en su casa de poetas y pintores de visita, sino en el colegio. Por extraño que hoy resulte, era un colegio en gran medida literario, con maestros -Vasseur, la Boyé, Dubouillh, Restrepo- que nos marcaron para siempre con la lectura de autores que no perdonan, de Molière, Hugo y Defoe a Balzac, Stendhal y Camus, de Ionesco y Beckett a Saint-Exupéry, el otro, no sólo el del Pequeño Príncipe. Tengo una prueba, pequeña pero de autoridad. No sé si fue Vasseur o Lebot quien años después me dijo un día: "Tenía un buen termómetro: si Zalamea me prestaba atención, es que estaba diciendo algo. Si no, es que decía tonterías".

   Y tengo otra. En las conversaciones que mantuve con Gustavo a lo largo de los últimos cuarenta años en mis ocasionales viajes a Colombia -él era uno de los amigos cuya conversación me hacía cruzar el mar-, la charla era rara vez sobre sus cuadros y sí en cambio sobre mis libros, que conocía bien, incluso los herméticos por exceso de ensimismada ambición -Fin del viento lo leyó en manuscrito- a los que siempre encontraba algo interesante. Una habilidad que por lo general no señala tanto un buen libro sino que descubre a un buen lector. Y por sorprendente que pueda parecer, no hablaba tanto de arte, al menos conmigo -y además creo que tenía ideas para mí discutibles, como por ejemplo su retórica estima de Botero, mito de bulevar en cuya construcción su madre fue decisiva, aunque es verdad que al comienzo sí era interesante-, sino que hablaba de letras, imaginación e ideas -esto es, de literatura- con la suave autoridad de un maestro. Yo en todo caso le escuchaba con atención y a menudo me sorprendía su perspicacia. Y le escuchaba hablar, le interrogaba, sobre la situación en Colombia -un país fácil desde lejos y sumamente complejo y misterioso desde cerca-, y sus ideas no eran izquierdismo, como se suele creer, sino pura cultura política e histórica, sentido común, lucidez y compasión.

   Sin duda ayudaba el que las conversaciones fuesen siempre en su casa -siempre: eludía sin alharaca pero con tenacidad los barrios residenciales del Norte-, casi en el Centro, en la falda de la montaña, por los lados del Bosque Izquierdo. La casa de un artista, sin la menor duda: Había fundido dos o tres pequeñas casas. Gran jardín para dejar entrar la luz trágica de Bogotá a través de ventanales de dos plantas o más, y sin cortinas. Claro está, un frío del carajo por las noches, ruanas y algunas chimeneas, como en una finca de la Sabana. Toda la planta baja era diáfana, en varios niveles, con sus mejores cuadros a modo de mamparas. Y luego el resto de la casa estaba distribuido en apartamentos a razón de uno por cada miembro de la familia: quien quería salir a llevar vida comunal, lo hacía. Y quien no, pues no. Casi una fórmula patentable para mantener familias unidas. Al menos familias de artistas. Y por ahí circulaban varios perros y al menos un gato, todos recogidos en la calle y alguno peligroso tras una vida cruel, que él mantenía manso con su sola presencia.

     He querido mostrar uno de los cuadros que colgaban en el bufete de mi hermano Luis Xavier, que era uno de los dos grandes coleccionistas de Zalamea y se especializaba, muerto de risa pero también conmovido, en los cuadros más grandes y difíciles de colgar por su tamaño o por la delicadeza de los materiales. El cuadro amarillo vertical que Zalamea reproduce en el otro de colores naranja, rojo y gris cielo de Bogotá justo antes de la tormenta colgaba en la casa de mi hermano y está pintado sobre un papel casi transparente. Y lo he hecho no sólo porque ese cuadro de montañas verdes me hipnotiza, incluso con un océano de por medio, sino porque a ambos los unía una amistad peculiar y única: mi hermano fue testigo de la boda de Gustavo con Elba, cuando ambos se casaron, todos ellos refugiados en la embajada de Colombia en Santiago de Chile, en los días siguientes al golpe de estado contra Salvador Allende. También estaba presente Ramiro Mariño, a quien escribí para darle el pésame cuando supe de la muerte de Gustavo.

   Los otros cuadros que aquí muestro son todos los que me regaló a lo largo de los años, o le compré, por cierto que a precios decentes no sólo por ser yo: tenía una visión honrada del oficio de artista, alejado de los especuladores que tanto sabotean la comunicación entre los pintores y el público, a menudo cómplice porque, no sin ingenuidad, cree estar comprando oro. Y, aunque sin duda muy conocido -fue durante años profesor en Bellas Artes- y el presidente envió un avión militar a buscar su cuerpo en el Amazonas, tal vez la razón de que Zalamea no goce todavía en Colombia de la reputación de gran artista que se merece es que lo era.

Yo soy mayor que mi padre

A finales del siglo XIX, mi bisabuelo Arquímedes optó por dejar a mi abuela y sus hermanos en Inglaterra, donde estudiaban, tras el asesinato en Colombia, por envenenamiento y en el curso de una de las múltiples guerrras de conservadores contra liberales, de mi tío abuelo Anibal. Este, ya ingeniero, había regresado de Cambridge, en Inglaterra, para ayudar a su padre con las haciendas de café en las que tiene su origen el dinero de mi familia materna. Y esa es la razón de que mi abuela Clementina, con quien me crié, fuese una señora básicamente inglesa -inglesa de aquellas- y que en mi familia haya una rama británica, incluido un tío abuelo médico, el tío Medardo, que me contaba historias del blitz, en Londres, durante la guerra, así como un alcalde de Bodmin, Cornwall.

Un siglo más tarde, en Bogotá, mi hermano, abogado, recibió por correo una única foto de sus tres hijos a la salida del colegio, y así supo que él y su familia se encontraban... seguían en peligro. Pese a que convalecía en la finca de un amigo, en la Sabana de Bogotá, de dos heridas de bala en el pecho, temió por la vida de sus hijos y confirmó que quienes habían atentado contra él, desde una moto y vaciándole encima un revólver en un semáforo, pensaban repetir: la foto era un mensaje mafioso inequívoco. Sacó pues del colegio a sus tres hijos, Luis, Isabel y Lucas, aún niños y, todavía con una bala en un pulmón, que nunca le pudieron extraer, emprendió el camino a un exilio, lejos, que duraría diez años. Su cuarta hija, Beatriz, nació en el extranjero y, al término de los diez años, parte de los hijos ni siquiera regresaron a Colombia, y alguno volvió a salir al poco tiempo de hacerlo. Hoy ninguno vive ya en Colombia. Se repetía así la historia de mi familia colombiana, quizá extrapolable a la de todo el país. Algunos lo llamarían maldición, otros destino. Y ello, pese a que, en mi libro, Bogotá se llame Tres de Marzo, como en otras novelas mías. No pude cambiarle el nombre, pese a las invitaciones de la editorial.

El libro conoció un éxito considerable, que todavía dura, y vista la dureza de la historia de la que parte y a su modo cuenta, no sé muy bien por qué. Lo escribí en un solo impulso en el centro de un verano (por lo general soy mucho, mucho más lento), con una única norma -ser claro- después de haber fracasado en el intento previo de escribir una novela para chicos con otro tema. "Seguro que es una buena novela", me dijo María Jesús Gil, la editora que me había animado a escribir para jóvenes- "pero no es una novela para chicos". Para que esta vez sí lo fuese, hice que la narrase el hijo mayor, de unos doce años entonces. Y aunque respeté sólo la curva de la historia, inventándome los detalles, supe que había acertado cuando mi sobrina Isabel, ya para entonces una muchacha, leyó en una sentada el cuento de su propia historia y salió de la habitación con los ojos encendidos.

Entre las manifestaciones del éxito, novedosas hasta entonces para mí, y al que es probable que ayudase la estupenda portada de Raúl, un escritor amigo, también guionista, me dijo que tenía al productor necesario y me preguntó si estaría dispuesto a permitir una película. Pues conocía mi idea de que la escritura -la escritura literaria-, es un camino paralelo al cine y rara vez coincide con él. Pero al parecer, las posibilidades de seducir al productor en cuestión pasaban por cambiar elementos esenciales de la historia y ambientarla en lugares más conocidos y con una trama más identificable. Y lo esencial no se puede cambiar, ni siquiera a cambio de una película.

Además la historia continuó fuera del libro, y años después siguió siendo igual de dramática. Mucho más. Para tranquilizarme, para consolarme, me digo que a mi hermano, que al fin de cuentas era la víctima, también le gustó en su día el libro. Y encuentro cierto sosiego con los comentarios que me hace algún que otro estudiante, en la universidad de Madrid, donde enseño, cuando reconoce en mi al autor de un libro con el que, en su día, permaneció más de una noche en vela y le dio el deseo de leer más. No hay mayor éxito que ese.

También me confirmó en la idea de que literatura y verdad están o pueden estar unidas, aunque para encontrar esa verdad haya que contar la realidad de otra forma que con un espejo, una cámara de fotos.

Con la publicación del libro en Colombia siento que cumple con su propia vida. 

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Juvenil. Autor: Pedro Sorela SM El Barco de Vapor, 2001. - SM Colombia, 2011. Páginas: 228. Portada: Raúl.